Lo que mueve a los muertos Chapter 4
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Chapter 4

C uando al fin se hizo tan tarde que empecé a bostezar, Roderick me acompañó a mis aposentos. Esta vez llevaba una vela y caminaba más despacio.

—¿Te ha ofendido Denton? —preguntó cuando ya no se nos oía desde el salón. Supe que su preocupación era sincera—. Es un buen hombre, pero ya sabes que en América no tienen soldados de jura. Hablaré con él si ha sido así.

Negué con la cabeza.

—Ha hecho los comentarios habituales. Se acostumbrará en un día o dos, calculo.

Roderick suspiró.

—Lo siento. Sé lo cargante que es para ti.

Resoplé. Cargante era hacía una década. Ahora había pasado a un estado completamente distinto. Un trascendente agotamiento, tal vez. Lo cual no tenía tanto que ver con el doctor Denton como con las diez mil personas que lo habían precedido.

—No era mi intención importunarte con tu invitado, Roderick.

—No, no. —Las sombras de la pared saltaron con el temblor de su mano—. Antes he sido descortés. Perdóname. Cómo no ibas a venir si creías que Madeline estaba… enferma. Debería haberlo pensado.

—Fuimos amigos en su día —dije con voz queda—. Espero que aún lo seamos.

—Sí. Claro que lo somos. —exclamó Roderick, volviéndose hacia mí casi con ansia.

Intenté no retroceder al ver como la vela proyectaba unas profundas sombras sobre las cuencas de sus ojos y sus facciones macilentas—.

Lo fuimos. Lo somos. Tú encabezabas todas las cargas.

Sabías lo que había que hacer y lo hacías.

Eso… eso es lo que necesito ahora mismo. Yo ya no sé lo que hay que hacer.

—Encontraremos la solución. No puede ser peor que tener una fila de rifles delante.

—¿Seguro que no? —Roderick pestañeó—. Esta casa…

esta casa… —Hizo un gesto con la vela. Seguí la dirección de su mano hasta donde los jirones de papel pintado se despegaban de las paredes y exponían las tripas del edificio que había debajo.

El moho trepaba por los tablones de madera pálida, formando constelaciones de puntitos negros—.

He empezado a oír cosas. Lo oigo todo. Los latidos de mi corazón.

La respiración de los demás es como un trueno.

A veces me parece que oigo hasta la carcoma de las vigas.

—Eso son vestigios de la guerra —dije, pensando en mi tinnitus—. Demasiadas bombas, demasiadas balas. Todos nos hemos quedado medio sordos y oímos cosas.

—Puede ser. Pero detesto este lugar —dijo en un tono casi abstraído—. Y tengo mucho miedo. Nunca sentí un miedo así en la guerra.

—Entonces éramos jóvenes —repliqué—. E inmortales.

Roderick forzó una sonrisa. La expresión era tan espantosa que volví a desviar la vista hacia el moho del papel pintado.

—Quizás sea eso. Pero este lugar me ha metido el miedo en el cuerpo. Esta casa horrible. Creo que preferiría enfrentarme a una fila de rifles, incluso ahora. Al menos ese enemigo es humano.

No tenía ni idea de cómo tomarme aquella conversación.

—Encontraremos la solución —repetí, firme.

—Eso espero. A estas alturas, todo me asusta. —Roderick negó con la cabeza y rio, y el sonido fue casi tan horrible como su sonrisa—. No soy el soldado que era.

—Ninguno somos lo que éramos —dije, y dejé que me llevase a mi habitación.

— oOo —

El desayuno se sirvió temprano. En la mesa auxiliar había huevos, tostadas, té negro y poco más.

Me serví tres huevos y de inmediato me sentí culpable por abusar de la hospitalidad de Roderick.

¿Había algún modo de compensarlo sin que pareciera que estaba ofreciéndole un acto de caridad?

¿Quizás si le traía un ciervo, o un par de perdices?

Ahí estaba, con mi té, mojando la tostada en la yema del huevo mientras pensaba en cómo reponer la despensa con disimulo, cuando Denton apareció.

Lo saludé con un gesto de cabeza. Él gruñó.

«Uno que no es mañanero», me dije. No pasaba nada; yo tampoco lo era.

Esperé hasta que se hubo tomado su segunda taza de té para hacerle la pregunta que había querido hacerle la noche anterior.

—¿Sabe qué es lo que le pasa a Madeline? ¿En términos médicos?

Denton levantó los ojos amodorrados de su té.

—Vaya, teniente. Directos al grano desde bien temprano, ¿eh? —Empecé a disculparme, pero le quitó importancia con un gesto de la mano—. No, está bien. Sabré lo mismo ahora que despierto. En París le diagnosticarían epilepsia histérica, pero eso y nada, lo mismo.

—¿Histeria?

—Sí. Valiente diagnóstico, como le digo.

—Se sirvió otra taza de té y me ofreció lo que quedaba en la tetera.

Lo acepté, aunque ya se había puesto amargo—.

La histeria es lo que antes era la tisis.

¿Que le pasa algo pero no lo podemos curar?

Pues tisis. Ahora que Koch ha logrado aislar el bacilo responsable de la tuberculosis, ya no tenemos eso en lo que apoyarnos, así que nos toca admitir que hay gente que se muere y no es por tuberculosis.

—Se terminó el té de un trago y esbozó una mueca—.

Pero, claro, todavía nos queda la dichosa histeria, aunque monsieur Charcot dice que los hombres la sufren tanto como las mujeres.

¿Conocemos la causa? No. ¿Sabemos cómo tratarla?

Tampoco. ¿Que podría tratarse de una docena de trastornos agrupados bajo el mismo nombre?

Casi seguro. Pero qué sabré yo. A mí lo que se me da bien es usar la sierra y echar brandi por gaznates y muñones.

Los trastornos de los nervios se me escapan.

—Qué raro —dije—. Madeline nunca me ha parecido especialmente nerviosa. Ninguno de los dos. Aunque Roderick…

Recordé su aire ansioso de la noche anterior, hablando del miedo y de lo espantosa que era la casa.

Denton inclinó la cabeza en un gesto elocuente. Supuse que Roderick le había expresado los mismos sentimientos.

—No puedo decir que se equivoque —dijo Denton—. Sobre todo, últimamente. Pero sí puedo decirle que Madeline tiene catalepsia.

—¡Catalepsia!

Denton asintió con aire sombrío.

—Y grave. Entra en un estado de inmovilidad durante horas, y va a peor. El ataque más reciente fue hace solo unos días y duró casi día y medio. No tenía reflejos, estaba fría como el hielo y apenas vi un rastro de hálito al acercarle un espejo a la boca.

Me arrellané en la silla. Aquello debía haber sido después de que Madeline me escribiera. No me extrañaba que Roderick pensase que se estaba muriendo.

—No sabía nada.

—No tenía por qué. —Denton se frotó el bigote con la mano—. Aunque, claro, es un diagnóstico del síntoma. En cuanto a la causa… No sé. Está anémica y no come lo suficiente.

Ojeé la comida dispuesta sobre la mesa.

—Tal vez salga a cazar, si Roderick no se opone.

—Habría ido yo, si no fuera un tirador nefasto.

Sonreí.

—Bueno, a mí se me da fatal coser a la gente cuando les disparan, así que todo resuelto.

Arrastré la silla, me levanté de la mesa y fui a ver el equipamiento con el que contaba para la tarea.

Como era de esperar, me perdí. La casa era un laberinto, y no la había visto bien la noche anterior.

Solo había dado con el salón del desayuno siguiendo el olor a pan tostado.

En cierto momento vi un par de puertas con postigos entreabiertas, lo cual parecía indicar que daban a un balcón.

Tal vez asomándome pudiera ubicarme en el edificio.

Y, si no, quizá pudiera bajar por la pared y volver a pie a la puerta principal.

Sin embargo, al llegar al balcón, lo descubrí ya ocupado.

A la luz del sol, Madeline impresionaba el doble. Tenía el pelo como el halo incoloro de un diente de león y la piel casi transparente. Al verla a contraluz, casi esperé que los rayos del sol la atravesaran como si de una vidriera se tratase, con tiras de hueso en lugar de plomo.

—Es un lago encantador, ¿verdad? —dijo, dirigiendo la vista al agua.

—Muchos lagos de montaña lo son —contesté, lo cual era verdad, aunque este en concreto no lo fuera.

El agua estaba oscura y estancada. «Encantador» no era la palabra que yo habría utilizado.

«Pidiendo a gritos fuego y agua bendita», tal vez.

¿Se puede prender fuego a un lago? Sé que en América había un río que se incendió, y salió en los periódicos con una cómica nota al pie que decía que los yanquis podían hacer arder hasta el agua, pero creía recordar que tuvo que ver con la presencia de químicos de algún tipo.

—Easton —dijo Madeline—, ¿recuerdas cuando bajamos al río a intentar atrapar peces?

—Recuerdo que atrapé uno —repliqué—, y ese abominable primo tuyo… ¿Cómo se llamaba? ¿Sebastian? Intentó robármelo.

—Y lo tiraste al agua.

Madeline arrugó la nariz y dejó escapar una risita. Intenté disimular el estupor que sentí al oírla. Era un sonido débil y agudo, como de papel, o como el de un insecto al frotarse las patas, y no se parecía en nada a la risa que yo recordaba. Con anhelo en la voz, Madeline prosiguió:

—Era mucho más fácil en aquel entonces, cuando éramos pequeños. Tan jóvenes, sanos y llenos de esperanza. Y mírame ahora. —Con un gesto, se señaló la cara y el cuerpo—. No me extraña que Roderick crea que me estoy muriendo, con este aspecto.

—¿Tú cómo te encuentras? —pregunté, aprovechando la oportunidad.

—¿Sabes qué? A veces me siento llena de energía. Sé que tengo un aspecto horrible. El espejo no engaña. No; Roderick tiene razón, no me queda mucho. Pero no creí que me sentiría tan inquieta.

Observé su cara. Seguía más pálida de lo que un ser vivo tenía derecho a estar, pero tenía dos manchas de color en los pómulos, altos y agitados.

De pronto me invadió la idea de que su piel era casi transparente, y que, si estuviéramos más cerca, podría verle los diminutos capilares, definidos y llenos de sangre.

Sus ojos tenían un brillo febril, pero al tocarle la mano la noche anterior, la había notado tan fría como las aguas del lago.

Catalepsia. Anemia .

—Deberías irte de aquí —dije de golpe—. Este sitio no puede estar haciéndote bien. Que Roderick te traiga de vuelta a París. Iremos al teatro y a los museos, pasearemos por el parque y tomaremos helado de limón.