Lo que mueve a los muertos Chapter 14
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Chapter 14

L a casa ardió durante dos días. Denton y yo, muertos de cansancio, hicimos turnos para mandar por donde había venido a todo aquel que intentaba acudir a extinguirlo. Supongo que en algún momento me dormiría, pero, sinceramente, no lo recuerdo.

Con el rugido del fuego en los oídos, pensé en cuando Roderick dijo: «Sé exactamente dónde tiraría la cerilla».

Si el lago fulguraba en aquel momento, los reflejos anaranjados del fuego engulleron su luz por completo.

Por fin, cuando estuvimos seguros de que ya no habría manera de salvar la casa ni nada de lo que había en ella, nos fuimos a la posada del pueblo.

Dormí dieciocho horas del tirón, despertándome solo para beber té frío y mearlo otra vez.

Si habían hervido el agua para el té, sería seguro beberla. Tenía que serlo.

Cuando al fin me levanté, me miré la lengua en el espejo en busca de algún signo de lana blanca. No vi nada.

Bajé a trompicones a la sala común y me encontré a Denton acurrucado cerca del fuego.

—Vaya cara. Refleja muy bien cómo me siento —le dije.

—Qué coincidencia —respondió—. La suya refleja muy bien cómo me siento yo.

Me desplomé en la otra butaca que había junto a la chimenea. La tabernera me trajo una taza con algo dentro. Estaba caliente. Con eso me valía.

Así estuvimos un rato, sentados en las butacas, mientras yo me bebía lo que quiera que contuviese aquella taza y volvía a recuperar poco a poco algo de humanidad.

Lo cual tenía sus pros y sus contras. Ahora podía pensar, y mis pensamientos eran horripilantes.

A juzgar por las ojeras de Denton, los suyos no eran mucho mejores.

—No dejo de pensar en todo lo que esa cosa sería capaz de hacer —dijo Denton.

—¿Como controlarnos, quiere decir?

—No solo eso. —Denton arrastró la butaca para acercarse un poco—. Podía mover a la gente de aquí para allá. Estaba aprendiendo a hablar. Imagínese que lo perfeccionase hasta tal punto que nadie se diese cuenta. Imagínese que se extendiera.

Sentí un frío en los huesos que pareció irradiar hacia fuera.

—Podría ir a cualquier parte —dije en voz baja—. Reproducirse. Estaríamos a su merced. Seríamos simples extensiones suyas, como las liebres.

Denton asintió con la cabeza.

Madeline había dicho que el lago no pretendía hacernos daño.

Seguramente la rabia tampoco lo pretendiera.

Pero no podíamos poner la supervivencia de la humanidad en juego por confiar en la buena voluntad permanente de un monstruo que, ya en su infancia, era capaz de usar a los muertos como marionetas.

Agarré el atizador y removí el leño, tratando de entrar en calor.

—¿Cómo sabemos que no lo tenemos ya?

—No sé. Creo que, si el agua del lago no nos entra en los pulmones, quizá no nos pase nada.

Parece que ahí es donde empieza. Y Madeline volvía al agua una y otra vez, quizás para…

No sé, para que la parte que estaba dentro de ella pudiera hablar con la que estaba en el lago.

Así que, tal vez, si encontramos el modo de destruir lo que hay en el lago…

Se le apagó la voz. Me pregunté si habría suficiente alcohol en aquel pueblo —o en toda Galacia, qué demonios— para purificar aquel lago.

—¿Qué puñetas hacemos para destruir un lago? —pregunté, al mismo tiempo que se abría la puerta.

—Bueno —dijo Angus, estampando los pies en el felpudo—, la carretada de azufre que hemos traído me parece un buen comienzo.

— oOo —

—¡¿Media tonelada de azufre?! —Miré a Angus, luego a la señorita Potter y a Angus otra vez—. ¿Dónde…? ¡¿Cómo…?!

Era evidente que el arduo viaje le había pasado factura a la señorita Potter. Tenía el pelo hecho una canosa maraña salvaje y unas bolsas enormes bajo los ojos. Pese a todo, estaba erguida como un escobillón, su flema inglesa seguía intacta, y yo me alegraba horrores de verlos a ambos.

Angus era el de siempre. Angus siempre es el de siempre.

—El azufre —explicó la señorita Potter, eficiente— se utiliza en el tratamiento de la sarna, la roya y diversos males fúngicos que afectan a los árboles frutales.

Cuando las autoridades nos dejaron rotundamente claro que no pretendían escuchar nada de lo que les decíamos, pasamos por varios huertos de los frutales que hay valle abajo.

Este, según me han dicho, es azufre siciliano de primera categoría, considerado superior a la variedad americana.

—Señorita —dijo Denton—, si bien normalmente trataría de defender el honor de mis compatriotas, en estos momentos podría besarlos a usted y al azufre siciliano.

—Pero no hará tal cosa —refunfuñó Angus—, o lo retaré a un duelo, doctor.

Juro que la señorita Potter se ruborizó.

—¿Dónde está Hob? —pregunté cuando salíamos a la calle.

—Bajando el valle. Lo hemos dejado de fianza por la carreta y el tiro.

Hob valía tres veces más que el par de caballos de tiro que esperaban en la calle, arreos incluidos, pero no era momento de poner pegas.

Aquella pareja de bestias de cascos airosos tenía fuerza para tirar, eso estaba claro.

Aunque la carreta estaba a rebosar de sacos, no flojearon, ni siquiera cuando los cuatro nos subimos también. Angus tomó las riendas.

Para mi sorpresa, Aaron quiso acompañarnos. Angus le saludó con una inclinación de cabeza. Tenía la cara macilenta y parecía tan cansado como todos los demás.

—Vamos a envenenar el lago —dijo Denton sin rodeos.

—¿Ah, sí?

Cerré los ojos mientras Denton le explicaba que había una enfermedad fúngica en el lago que provocaba arrebatos de locura. Era una explicación decente, dentro de lo que cabe, y no distaba mucho de la verdad.

Aaron sopesó la explicación.

—No me sorprende, señor. Sabemos que ese lago es malo desde tiempos de mi abuelo.

—Mary y tú deberíais tener cuidado —dijo Denton con cautela—. Es posible que se propague al beber agua del lago.

Aaron, con evidente sorpresa, respondió:

—Nadie bebe de esa agua, señor.

Denton guardó silencio un momento.

—¿Pero en la casa…?

—Hay un pozo. Un buen pozo, bien profundo.

Me volví para que nadie viera las lágrimas de alivio que me surcaron las mejillas.

Angus y la señorita Potter no dijeron nada cuando llegamos a las ruinas. Los escombros aún despedían finas volutas de humo. El lago permanecía silencioso, en una placidez engañosa.

Agarramos los sacos. El polvo tocó la superficie del agua y, por un instante, tuve miedo de que no se hundiera, pero entonces vi como los gránulos se iban depositando y mezclando con el agua, formando unos oscuros remolinos que se hundieron en las profundidades del lago.

Me había dado la vuelta para coger otro saco cuando un intenso resplandor verde nos envolvió.

El fulgor bañó el lateral de la carreta, y los caballos, impasibles hasta aquel momento, dieron un respingo de alarma repentina.

Angus se acercó para sujetarles la cabeza y les murmuró carantoñas para tranquilizarlos.

—Algo me dice que sabe que le están atacando —murmuró la señorita Potter.

—Qué cosas —dijo Aaron.

El lago llameó con una luz enferma. Unas formas pálidas y gelatinosas latían en las profundidades, pero no tenían poder para alcanzarnos.

Eché otro saco al agua, y luego otro, y se me embadurnaron las manos de azufre.

Cuanto antes muriera el lago, mejor. Incluso me atreví a cruzar el paso elevado, entre las piedras agrietadas que aún irradiaban calor, y desde allí lancé puñados al agua tan lejos como pude. «Dios —pensé—, ¿será suficiente?».

Despacio, muy despacio, la luz se fue atenuando. Regresé a la carreta a por otro saco, pero Angus me detuvo.

—Ya lo hemos echado todo —dijo.

—Necesitamos más.

—No, mire.

La señorita Potter señaló el agua. La luz casi se había extinguido. La observamos pulsar un poco más y, después, nada.

Aguardamos más de una hora mientras el sol se hundía, y todo siguió igual. El agua ya no emitía ningún fulgor. Las formas gelatinosas se desvanecieron bajo la oscuridad y por todas partes nos llegaba un penetrante olor a quemado.

—¿Ya está? —susurré.

La señorita Potter, aquella gran dama adusta con corazón de león, me miró y asintió con la cabeza.

—Creo, teniente, que ya está.

—Yo me encargaré de vigilarlo —se ofreció Aaron—. Si hay más luces, haremos lo que haya que hacer.

—De acuerdo —dije. Mi voz me pareció ronca y estridente—. Y si veis liebres… o cualquier animal que se acerque al lago a beber… pegadles un tiro y quemad los cuerpos. Es muy importante.

—Sí, señor. Eso haremos.

Alargó la mano y me estrechó el brazo. Me pregunté qué aspecto lamentable debía tener para que aquel hombre, cuyo hogar era una ruina humeante a nuestra espalda, intentase consolarme.

Acto seguido, nos subimos a la carreta y dejamos atrás el lago muerto y los rescoldos de la caída casa Usher.