Chapter 3 #2
—Maddy —dije, tomándole la mano. Agradezco a Dios el tiempo que pasan en el ejército grabándonos a fuego buenos modales, pues fue solo gracias a mis reflejos que pude inclinarme sobre su muñeca y decir, en un tono de voz relativamente normal—: Dichosos los ojos.
—Estás igual que siempre —dijo.
Su voz sonaba débil, pero seguía siendo la Maddy que recordaba.
—Tú estás todavía más bella que antes —respondí.
—Y tú, más sinvergüenza, mintiendo de esa manera —contestó, aunque con una sonrisa. El gesto devolvió algo de color a sus mejillas.
Le solté la mano y Roderick me señaló a la otra persona presente. En mi preocupación por Maddy, casi ni me había dado cuenta de que estaba ahí.
—Te presento a mi amigo James Denton.
Denton era un hombre alto y desgarbado de pelo cano que rozaba la cincuentena, si es que no la había pasado ya. Vestía como si la ropa no fuese más que ropa, en vez de símbolo de estatus, y lucía un bigote demasiado largo para la moda actual.
—¿Qué hay? —dijo aquel hombre.
Ah. Americano. Eso explicaba el vestir y la postura: de pie con las piernas bien abiertas y los brazos en jarras, como si tuviera mucho más espacio del que había en realidad.
(Nunca sé muy bien qué pensar de los americanos.
Aunque su arrogancia puede resultar simpática, siempre me pasa que, en cuanto decido que me caen bastante bien, me topo con alguno que desearía que se volviera a América.
Y, ya puestos, que siguiera andando hasta que se le acabase el continente y se precipitase al mar).
—Denton, te presento a Easton, teniente del tercer escuadrón de húsares, su destacamento más reciente. Cuando éramos niños, Easton y Maddy eran uña y carne.
—Un placer, caballero —dije.
Le ofrecí la mano, porque sé que los americanos son capaces de estrecharle la mano hasta a una mesa si nadie se lo impide. Denton la aceptó con un gesto automático y se me quedó mirando fijamente; no dejó de apretarme los dedos hasta que yo los solté.
Conocía aquella mirada, por supuesto. Me estaban clasificando otra vez, aunque con mucha menos elegancia que la señorita Potter.
En América, hasta donde yo sé, no tienen soldados de jura, pero sí he oído que se publican boletines muy sensacionalistas.
Seguramente Denton esperara encontrarse con una amazona de dos metros con un pecho cortado y un harén de hombres postrados de miedo ante ka.
Desde luego, no un retaco vestido con un gabán polvoriento y un rapado militar.
Ya no me molestaba en vendarme los pechos, pero nunca tuve mucho de lo que preocuparme en ese aspecto, y tengo un ordenanza que se encarga de que me corten la ropa al debido estilo del ejército.
Denton no era muy avispado en lo social, me parece, o quizás estuviera acordándose de los boletines. Vi a Roderick en tensión a su espalda, aguardando por si su invitado metía la pata hasta el fondo. Este necesitó un momento antes de carraspear y decir:
—Teniente Easton, un placer. Ya me puede perdonar; mi país no participó en la última guerra, así que no he tenido el privilegio de servir junto a sus compatriotas.
—Un país con suerte —dije lacónicamente—.
El ejército galaciano… Bueno, digamos que quedamos los justos para formar un regimiento, si uno no se fija mucho.
Yo cobré y lo dejé cuando se volvió evidente que había más interés en llenar las arcas privadas de unos cuantos aristócratas bien cebados que en rearmar filas…
¡Y ahora soy yo quien debe pediros perdón, sir Roderick, Maddy, por hablar mal de vuestra casta!
Roderick se rio con demasiado alivio. Acepté el vaso de licor que me ofrecía su criado.
—Te perdonaría con gusto si hubiera algo que perdonar —respondió—. Aquello fue un crimen espantoso. Yo agradezco que aún sigas queriendo tratar con quienes somos de alta cuna.
—¿Por qué no iba a querer? —dije, saludando a Madeline al estilo militar con dos dedos en el borde del vaso—. Pero ¿cuál es el problema por el que me escribiste?
Mi comentario hizo desaparecer el poco rubor que aún conservaban las mejillas de Maddy.
—Quizás podamos hablarlo más tarde —murmuró, blanca como el hueso, mirándose las manos.
—Sí, por supuesto —respondí—. Cuando quieras.
Denton la miró, me miró a mí y después a ella otra vez. Veía los engranajes dentro de su cabeza, esforzándose por determinar mi relación con la hermana de su amigo. Era vagamente gracioso y ofensivo a la vez.
En general, prefería mil veces la rápida clasificación de Eugenia Potter.
En cierto modo, es bastante novedoso sentir que te tratan igual que a un hongo, aunque quizás no habría pensado igual si aquella mujer hubiera insistido en tomarme una esporada o ver de qué color me pongo si me aprietan con el dedo.
—Estoy cansada —dijo Madeline de repente.
Roderick se levantó como un resorte y la acompañó hasta la puerta.
Al verlos juntos, volvió a chocarme lo mal que los había tratado el tiempo.
Madeline, que había sido siempre una sílfide de cabellos claros, parecía haber envejecido cuarenta años, aunque sabía que no habían pasado ni veinte.
Roderick se conservaba mejor, salvo por el pelo.
Era en sus ademanes donde lo notaba más desmejorado.
Madeline se movía despacio, como una inválida, mientras que Roderick rebosaba una energía trémula y nerviosa.
Era incapaz de tener los dedos quietos. Recorría con ellos la bata de su hermana en un gesto ansioso, como si tocase un instrumento musical, y giraba la cabeza hacia un lado una y otra vez, como aguzando el oído, pero yo no oía nada.
Según se dirigían hacia la puerta, no habría sabido decir quién de los dos llevaba a quién.
Prácticamente acababan de abandonar la sala cuando Denton dijo en voz baja:
—Impresiona, ¿verdad?
Lo miré con brusquedad.
—No se preocupe —añadió, inclinándose hacia delante—. Las habitaciones de la señorita Usher están a un buen trecho de aquí. Tenemos un rato.
—Ojalá estuvieran más cerca y no tuviera que andar tanto —dije—. No está bien.
—Ninguno de los dos lo está —respondió Denton—. Pero no pueden estar calentando todas las habitaciones de este caserón.
Eso lo entendía. Mi mente se remontó de golpe a la casa de mi infancia, donde mi madre se llevaba las manos a la cabeza por el precio del carbón y las habitaciones se cerraban a medias con sábanas para que no se escapara el calor.
—No veía a Roderick desde hacía… ¿Qué será? Cuatro o cinco años, creo yo —dijo Denton—. No sé cuánto tiempo lleva usted sin verle.
—Bastante más —respondí, clavando los ojos en mi bebida.
El líquido ámbar se arremolinaba a la luz del fuego, y reprimí el impulso de extinguirlo para ahorrar leña. Haciéndolo solo conseguiría herir el orgullo de Roderick.
No veía a ninguno de los dos desde hacía demasiado tiempo.
Antes vivían en Galacia, cerca de mi casa, con su madre, que siempre se había negado a vivir en la mansión.
Ahora que la había visto, me admiraba que hubiera pasado el tiempo suficiente en aquel lugar como para quedarse embarazada.
O quizás se quedase en la luna de miel, tras lo cual se dio a la fuga nada más ver la casa.
Desde que Roderick la heredó, no los había vuelto a ver.
—En ese caso, le diré que esta es una desintegración reciente —dijo Denton—. Roderick siempre ha sido delgado, pero esto es otra cosa.
—Su pelo —murmuré—. Recuerdo que lo tenía rubio, como su hermana, pero…
Denton negó con la cabeza.
—Esto es otra cosa —insistió—. Pensaba que tal vez se tratase de algún mal de la alimentación, pero he visto lo que come, y son platos saludables, si bien frugales.
—¿Quizás se deba a algo ambiental? Este lugar… —Abarqué el espacio vagamente con la mano libre, aunque en realidad estaba pensando en el lago, en el agua oscura y los hongos malolientes—. Creo que es como para hacer enfermar a cualquiera.
Denton asintió.
—Yo le he sugerido que se marche, pero la señorita Usher no está en condiciones de viajar. Y Roderick no piensa marcharse mientras ella viva.
Me incorporé en la silla.
—La carta decía que Roderick cree que su hermana se muere.
—¿Usted no?
Apuré el vaso, y Denton volvió a llenarlo.
—Llevo poco más de una hora aquí. Apenas sé lo que creo todavía.
Y, sin embargo, ver a Madeline en aquel estado me había conmocionado. Conque muriéndose. Sí. La muerte tenía ese aspecto.
No sabía cómo apañármelas con esta clase de muerte, la que llega lenta e inexorable y no te suelta.
Soy soldado; lo mío son las balas de cañón y los disparos de fusil.
Entiendo cómo una herida puede infectarse y matar a un soldado, pero la herida inicial sigue siendo lo que es, algo que puede evitarse con un poco de habilidad y mucha suerte.
Aquel tipo de muerte que llega y se instala sin más era algo con lo que no tenía ninguna experiencia. Negué con la cabeza.
—En su día me comentó algo sobre el mal estado de la finca, pero…
—Alcé las manos en un gesto de impotencia.
Seguramente existan países a cuya gente no le dé vergüenza ser pobre, pero yo no conozco ninguno.
No me extrañaba que Roderick hubiera evitado mencionar el impactante estado de la casa—.
Supongo que la propiedad está sujeta a mayorazgo y no se puede vender, ¿no?
—No puede venderla, pero le he suplicado que se marche. Hasta le ofrecí alojarse conmigo. Pero Roderick no dejaba de repetir que su hermana no podía viajar.
Exhalé. Seguramente fuera verdad. Por su aspecto parecía que hasta una corriente de aire podría derribarla. Fijé los ojos en mi brandi, preguntándome qué demonios hacer.
—Perdóneme si he sido grosero antes —dijo Denton—. Nunca había conocido a un soldado de jura.
—Que usted sepa —repliqué, dando un sorbito de brandi—. No todos llevamos la insignia.
Aquello lo hizo callar un momento.
—Yo… No. Supongo que no. ¿Puedo preguntarle…? Disculpe, pero ¿por qué juró?