Lo que mueve a los muertos Chapter 3
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Chapter 3

T ardé más de lo esperado en llegar a la casa.

El paisaje era de esos que engañan, donde te crees que estás apenas a unos cientos de metros, pero, para cuando te abres camino entre las hondonadas y los pliegues del terreno, te das cuenta de que has tardado un cuarto de hora en llegar.

Ese tipo de terreno me salvó la vida unas cuantas veces durante la guerra, pero sigo sin tenerle mucho cariño. Es como si siempre escondiera algo.

En este caso, lo único que escondía era una liebre, que clavó sus enormes ojos anaranjados en Hob y en mí al pasar por su lado. Hob la ignoró. Es demasiado digno como para prestar atención a una liebre.

Para llegar a la casa había que cruzar un corto paso elevado por encima del lago, cosa que a Hob le hizo la misma gracia que a mí, así que descabalgué para llevarlo de las riendas.

Por muy sólido que pareciera aquel puente, el paisaje era tan decrépito en general que me sorprendí intentando no apoyar todo el peso en mis pisadas al cruzarlo, por absurdo que parezca.

Hob me lanzó esa mirada que pone cuando le pido que haga algo que él considera excesivo, pero me siguió.

Sus cascos emitían un sonido apagado, como amortiguado por lana.

No había nadie esperándome. El camino desembocaba en un patio un poco apartado del resto del edificio.

A ambos lados, los muros se hundían directamente en el lago, trazando líneas interrumpidas por algún balcón aquí y allá.

La puerta principal era definitivamente gótica —tanto en el sentido literal como en el figurado, a buen seguro—, un armatoste al fondo de una galería de arcos apuntados que habrían encajado a la perfección en la catedral de Praga.

Sujeté el gran aldabón de hierro y llamé a la puerta. Resonó tan fuerte que me encogí y di un paso atrás, casi esperando que toda la casa se viniera abajo con la vibración.

No hubo respuesta durante muchos minutos.

Empecé a inquietarme: Madeline no podía haber muerto en el tiempo transcurrido desde que me llegó la carta, ¿no?

¿Estarían todos asistiendo a un funeral?

(Lo cual demuestra cómo me estaba afectando a los nervios aquel maldito lugar.

En una situación normal no pensaría «funeral», así de buenas a primeras).

Por fin, cuando ya había desistido y, mirando el aldabón, me planteaba un segundo intento, la puerta se entreabrió con un crujido.

Un criado muy mayor asomó la cabeza y se me quedó mirando.

No era una mirada insolente, sino más bien desconcertada; no solo no parecía esperarme, sino que daba la impresión de que el concepto de visita le resultaba completamente desconocido.

—¿Hola? —dije.

—¿Puedo ayudarle? —dijo el criado al mismo tiempo.

Ambos nos callamos; después lo intenté otra vez.

—Vengo a ver a los Usher. Son amigos míos.

El criado respondió a aquella información con un solemne asentimiento de cabeza. Ahí me quedé, casi esperando que volviera a cerrar la puerta. Sin embargo, al cabo de un rato, un rato largo, dijo por fin:

—¿Quiere pasar?

—Sí —respondí, consciente de que mentía. No tenía ningún deseo de entrar en aquella casa exhausta, forrada de hongos y ojos arquitectónicos. Pero Madeline me había convocado, así que allí estaba—. ¿Hay alguien disponible para atender a mi caballo?

—Pase usted, y mandaré al mozo a que lo atienda.

El criado abrió más la puerta, aunque no mucho. La grisácea luz del día entró por la abertura y atravesó la oscuridad del interior sin iluminar gran cosa. Avancé sobre el haz de luz con mi sombra al frente, y entonces el criado cerró la puerta y me hallé de nuevo en la penumbra.

El paisaje exterior, plomizo como era, resplandecía como una ciudad en llamas comparado con el interior de la mansión.

Mis ojos tardaron un momento en adaptarse.

De pronto se oyó el chasquido de una cerilla, y el criado encendió las velas de la mesita auxiliar que había junto a la puerta.

Me entregó una de las velas, como si fuera de lo más normal que estuviera así de oscuro dentro de la casa en pleno día.

—¿Easton? —La voz me resultó familiar, aunque su dueño estaba sumergido en las sombras del corredor—. Easton, ¿qué haces tú aquí?

Me volví hacia el dueño de aquella voz en el preciso momento en que este daba un paso adelante.

A la luz temblorosa de la vela, contemplé a mi viejo amigo Roderick Usher.

Habíamos sido amigos de niños, y, por un accidente del destino, también estuvo bajo mi mando en la guerra.

Conocía su cara tan bien como la mía propia.

Y os juro que, si no hubiera oído su voz, no lo habría reconocido.

— oOo —

Roderick Usher tenía la piel del color del hueso, blanca con un tono cetrino. Era un color desagradable, como el de un hombre que ha sufrido una conmoción. Tenía los ojos hundidos en profundas cuencas teñidas de azul, y si quedaba alguna pizca de carne en sus mejillas, yo no la veía.

Aunque lo peor de todo era su pelo. Flotaba en el aire como una telaraña, y me dije que era el efecto de la luz de las velas lo que hacía que pareciese más blanco que rubio.

En cualquier caso, el pelo de Roderick se había convertido en un puñado de mechones lacios, como jirones de niebla que formaban un halo alrededor de su cabeza.

Solo los muy jóvenes y los muy viejos tienen un pelo así.

Me perturbaba vérselo a un hombre un año menor que yo.

Tanto Roderick como Madeline habían sido siempre muy pálidos, incluso de niños.

Más tarde, durante la guerra, estaba garantizado que Roderick se quemaría antes que broncearse.

Ambos hermanos tenían ojos enormes y acuosos, ese tipo de ojos que los poetas llaman de cierva, aunque sospecho que esos poetas no han debido de cazar muchos ciervos, porque ninguno de los hermanos Usher tenía gigantescas pupilas elípticas, y en ambos casos mostraban un blanco de los ojos perfectamente funcional.

De hecho, a Roderick se le veía demasiado ahora mismo.

Los ojos le relucían febriles en la palidez antinatural del rostro.

—Usher —dije—, por tu aspecto se diría que te han arrastrado por el infierno con el culo por delante.

Roderick ahogó una risa y se llevó una mano a la cabeza.

—Easton —repitió. Cuando alzó la vista, en su expresión reconocí un poco más al Roderick de siempre—. Dios, Easton. No tienes ni idea.

—Vas a tener que contármelo —respondí. Le pasé un brazo por los hombros y le palmoteé la espalda.

No noté ni un gramo de carne en sus huesos.

Siempre había sido un tipo escuálido, pero aquello ya era una exageración.

Podía contarle las costillas. Si me encontrase así a Hob, retaría al caballerizo a un duelo de pistolas al amanecer—.

Por Dios, Roderick, menudo cocinero tienes, si te tiene de esta guisa.

Roderick se dejó caer contra mí por un momento; después se enderezó y dio un paso atrás.

—¿Por qué has venido?

—Maddy me escribió una carta. Decía que está enferma… —Se me fue apagando la voz. No quería explicarle que me había hablado de él, que me había dicho que Roderick creía que se estaba muriendo. Era una afirmación demasiado directa para un hombre que ya parecía hecho polvo.

—¿Te escribió? —El blanco de los ojos se le vio aún más—. ¿Qué te dijo?

—Solo que temías por su salud. —Al ver que Roderick se me quedaba mirando en silencio, intenté quitarle hierro al asunto—. También me confesó la pasión no correspondida que ha sentido siempre por mí, claro. Así que he venido a llevármela en volandas a mi descomunal castillo de Galacia.

—No —dijo Roderick, ignorando al parecer mi lamentable intentona humorística—, no, no puede irse de aquí.

—Era broma, Roderick. —Gesticulé con la vela en la mano—. Me preocupé, eso es todo. ¿Quieres que nos quedemos aquí de pie, en el vestíbulo? Llevo todo el día cabalgando.

—Ah… sí. Claro, cómo no. —Se pasó una mano por la frente—. Perdóname, Easton. Hace tanto tiempo que no tengo visitas que he olvidado mis modales por completo. Madre se avergonzaría de mí.

Después se volvió y me hizo un gesto para que lo siguiera.

Ninguno de los pasillos estaba iluminado y en todos hacía frío.

A Roderick no parecía molestarle la ausencia de luz.

Aun con la vela en la mano, me apresuré para no quedarme atrás.

Los suelos parecían negros en la penumbra, y aquí y allá vislumbraba tapices raídos en las paredes y tallas en el techo, del mismo estilo gótico que la puerta.

Doblamos una esquina y llegamos a un ala más reciente del edificio.

Me relajé un poco. En lugar de tapices, había paneles en las paredes, y algunas incluso estaban decoradas con papel pintado.

Este estaba muy deteriorado, hinchado por la humedad, pero al menos ya no me sentía como si estuviera atravesando una cripta milenaria.

Muy pocas criptas milenarias tienen pastorcillas rechonchas y ovejas retozando en las paredes.

Lo cual me parece una grave negligencia.

Al fin llegamos ante una puerta de la que salía luz por debajo. Roderick la empujó y la puerta se abrió a una sala con una chimenea de verdad; y, aunque unas cortinas roídas por las polillas tapaban las ventanas, por ellas también se filtraba algo de luz.

Había varios sofás, que habían acercado al fuego, y en aquel momento me llevé el segundo susto del día, pues recostada en uno de ellos yacía Madeline.

Estaba envuelta en un montón de batas y mantas, así que no pude distinguir si estaba tan esquelética como Roderick, pero su cara se había quedado tan consumida que casi alcanzaba a verle los huesos bajo la piel.

Tenía los labios teñidos de violeta, como los de una mujer ahogada.

Quise creer que se debía a una mala decisión cosmética, pero entonces Madeline extendió hacia mí una mano como una garra de pájaro y vi que las uñas eran de aquel mismo tono cianótico de violeta.