Lo que mueve a los muertos Chapter 2 #2
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Chapter 2 #2

Si no conocéis a ningún galaciano, lo primero que debéis saber es que Galacia está habitada por un pueblo testarudo, orgulloso y feroz cuyos guerreros son una panda de inútiles.

Mis ancestros se dedicaron a vagar por Europa buscando bronca con prácticamente todos los pueblos con los que se topaban, que procedían a partirles la cara.

Al final, se asentaron en Galacia, que queda cerca de Moldavia y es más pequeña todavía.

Se ve que se quedaron en aquel lugar porque nadie más lo quería.

El Imperio Otomano ni se molestó en convertirnos en un Estado vasallo, para que os hagáis una idea.

Es un país frío y pobre, y, si no te mueres de hambre o te matas cayéndote a un hoyo, se te come un lobo.

Lo único bueno que tiene es que no suelen invadirnos; o, al menos, no solían, hasta la última guerra.

En el transcurso de todo ese vagar y recibir palizas, desarrollamos una lengua propia: el galaciano.

Me comentan que es peor que el finés, que ya es decir.

Cada vez que perdíamos una batalla, salíamos con un puñado de palabras prestadas de nuestros enemigos.

Todo esto ha hecho que el galaciano sea una lengua profundamente idiosincrática.

(Tenemos, por ejemplo, siete pronombres, uno de los cuales se usa para objetos inanimados y otro solo para Dios.

Probablemente sea un milagro que no tengamos uno exclusivo para las setas).

La señorita Potter asintió con la cabeza.

—Aquella de allí, al otro lado del lago, es la casa de los Usher, por si tenía curiosidad.

—De hecho —dije—, allí me dirijo. Madeline Usher es una amiga de la infancia.

—Ah —respondió la señorita Potter. Por primera vez pareció titubear y apartó la mirada—. He oído que está muy enferma. Lo lamento.

—Han pasado unos cuantos años —dije, y, en un acto reflejo, me llevé la mano al bolsillo en el que guardaba la carta de Madeline.

—Quizás no sea tan grave como lo pintan —comentó en un tono que sin duda pretendía ser jovial—. Ya sabe que en los pueblos las noticias vuelan y siempre van a peor. Estornude al mediodía y verá cómo llega el enterrador a tomarle las medidas antes de que se ponga el sol.

—La esperanza es lo último que se pierde.

Volví a mirar el lago. Una ligera brisa levantó ondas en el agua que lamieron la orilla. Así estábamos cuando de pronto una piedra se desprendió de alguna parte de la casa y se precipitó al agua. Hasta el chapoteo sonó amortiguado.

Eugenia Potter se espabiló con una sacudida.

—Bueno, tengo que seguir con mis bocetos. Buena suerte, oficial Easton.

—Igualmente, señorita Potter. Espero con ilusión recibir noticias sobre sus amanitas.

Ella crispó los labios.

—Si no son las amanitas, tengo grandes esperanzas puestas en algunos de estos boletus.

Acto seguido, se despidió con la mano y se alejó a zancadas campo a través. Sus pasos dejaron huellas plateadas en la hierba húmeda.

Guie a Hob de vuelta al camino, que sorteaba la orilla del lago.

Era una imagen despojada de alegría, pese a que ya divisaba el final del viaje.

Vi más juncos pálidos y un puñado de árboles muertos, demasiado grises y podridos como para que pudiera identificarlos.

(Imagino que la señorita Potter habría sabido qué árboles eran, aunque no osaría pedirle que se rebajase a identificar mera vegetación).

El musgo recubría los bordes de las piedras, y aquí y allá, como bultitos obscenos, brotaban más escarlatas malolientes.

La casa se cernía sobre todo aquello como la seta más grande de todas.

Mi tinnitus eligió aquel momento para atacar: un quejido agudo me atravesó los oídos y engulló incluso el manso chapoteo del lago.

Me detuve y esperé a que se me pasara. Aunque no es peligroso, a veces sí hace que mi equilibrio se vuelva un poco cuestionable, y no me apetecía nada caerme al lago de un tropezón.

Hob, que ya está acostumbrado, aguardó con el aire estoico de un mártir que soporta su tortura.

Por desgracia, mientras mis oídos volvían en sí, no había nada más para mirar que aquel edificio. Dios, qué panorama tan deprimente.

Es un cliché decir que las ventanas de un edificio parecen ojos, porque los humanos vemos caras en cualquier cosa, y qué iban a ser las ventanas sino ojos.

La casa Usher tenía docenas de ojos, de modo que podía tratarse de un montón de caras en fila o bien de una sola, el rostro de alguna criatura situada en un orden de la vida completamente distinto; una araña, tal vez, con hileras de ojos repartidos por toda la cabeza.

Por lo general, no soy un alma imaginativa.

Llevadme a la casa más encantada de Europa a pasar la noche, que dormiré como un tronco y despertaré al día siguiente con buen apetito.

No tengo ni la más mínima sensibilidad psíquica.

Suelo caer bien a los animales, pero a veces deben de frustrarse conmigo cuando se quedan tiesos mirando fijamente a un espíritu desconocido y yo les digo tonterías como: «¿Quién es el perrito más bueno del mundo?

». O: «Ay, el gatito, que quiere un premio, claro que sí».

(Una cosa os digo: si no hacéis el ridículo cuando tenéis un animal delante, al menos en privado, no sois de fiar.

Esa era una de las máximas de mi padre, y de momento nunca me ha fallado).

Dada mi nula imaginación, quizá me perdonéis si digo que todo aquel lugar me provocaba la misma sensación que una resaca.

¿Qué tenían la casa y el lago que era tan deprimente?

Los campos de batalla son lugares lúgubres, por supuesto, pero nadie se pregunta cuál es el motivo.

Aquel no era más que otro triste lago, con una triste casa y un puñado de tristes plantas.

No debería haberme afectado al ánimo de aquella manera.

Cierto es que todas las plantas parecían muertas o moribundas.

Y las ventanas de la casa me observaban como las cuencas de los ojos de una hilera de cráneos, es verdad.

Pero ¿y qué? Una hilera de cráneos de verdad no me afectaría tanto.

Conocí a un coleccionista en París que… Bueno, no hace falta entrar en detalles.

Era un alma cándida, aquel hombre, aunque se dedicaba a coleccionar cosas bastante peculiares, la verdad.

Pero solía ponerles sombreritos festivos a las calaveras según la época del año, y quedaban de lo más alegres.

Haría falta algo más que unos sombreritos festivos para alegrar la casa Usher. Me monté en Hob y le hice aligerar al trote para llegar cuanto antes a la casa y dejar aquella vista atrás.