Lo que mueve a los muertos Chapter 2
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Chapter 2

L as láminas de la seta eran del color rojo oscuro del músculo seccionado, ese tono casi violeta que crea un contraste espantoso con el rosa pálido de las vísceras. Había visto aquel color unas cuantas veces en ciervos muertos y soldados moribundos, pero me sobresaltó encontrármelo en aquel lugar.

Quizás no habría sido tan perturbador si las setas no hubieran tenido un aspecto tan parecido al de la carne, con esos sombreros húmedos y protuberantes de color beige, hinchados contra las láminas oscuras.

Brotaban entre las piedras de aquel lago de montaña como tumores en una piel enferma.

Sentí el impulso de alejarme de ellas, solo superado por el impulso aún mayor de pincharlas con un palo.

Me sentía vagamente culpable por hacer un alto en el camino para desmontar y ponerme a mirar setas, pero empezaba a cansarme.

Y, lo que es más importante, mi caballo también.

La carta de Madeline había tardado más de una semana en llegar a mi casa y, por mucha urgencia que hubiera en sus palabras, poco importaba llegar cinco minutos antes o después.

Hob, mi caballo, agradeció la pausa, pero nuestro entorno parecía fastidiarlo. Miró la hierba y luego me miró a mí, indicando que aquella no era la calidad a la que estaba acostumbrado.

—Podrías beber agua —dije—. Un traguito, tal vez.

Ambos contemplamos el agua del lago, oscura y muy quieta, sobre la que se reflejaban aquellas setas grotescas y los juncos grises y flácidos que crecían a lo largo de la orilla. El fondo igual podía estar a dos metros que a veintidós.

—O tal vez no.

Descubrí que a mí tampoco me apetecía mucho beber de aquella agua.

Hob suspiró como suspiran los caballos que no consideran el mundo de su gusto y perdió la mirada en la lejanía.

Yo dirigí la vista más allá del lago, hacia la casa que se alzaba al otro lado, y suspiré también.

La escena no era muy acogedora: una vieja y sombría mansión construida al viejo y sombrío estilo, una monstruosidad de piedra para cuyo mantenimiento las habría pasado canutas hasta el hombre más rico de Europa.

Una de las alas se había desmoronado y de ella solo quedaban un montón de piedras y vigas que asomaban como estacas entre ellas.

Madeline vivía allí con su hermano mellizo, Roderick Usher, que distaba mucho de ser el hombre más rico de Europa.

Aun para los cánones modestos y más bien sencillos de Ruravia, los Usher eran una familia refinadamente empobrecida.

Para los cánones del resto de la nobleza europea, eran más pobres que las ratas, y su casa era buena muestra de ello.

No divisaba ningún jardín. Percibí un ligero olor dulzón en el aire, seguramente de algo que había florecido entre la hierba, aunque no bastaba para disipar lo melancólico del ambiente.

—Yo que usted no la tocaría —dijo una voz detrás de mí.

Me di la vuelta. Hob levantó la cabeza y, tras declarar a la visitante una decepción comparable a la de la hierba y el lago, la bajó de nuevo.

Era una mujer, como diría mi madre, «de cierta edad». En este caso, dicha edad rondaba los sesenta años. Llevaba botas de hombre y un traje de equitación de tweed que bien podría datar de antes de la mansión.

La mujer era alta y robusta, y llevaba un sombrero gigantesco con el que lo parecía aún más. En la mano tenía un cuaderno y un gran macuto de cuero.

—¿Disculpe? —dije.

—La seta —contestó, y se plantó frente a mí. Tenía acento británico, aunque no de Londres; quizás fuera de alguna zona campestre—. La seta, joven…

Su mirada me recorrió de arriba abajo hasta posarse sobre las insignias militares del cuello de mi chaqueta, momento en que se le iluminó la cara con una chispa de reconocimiento: «¡ajá!».

No, «reconocimiento» no es el término adecuado. «Clasificación» se le acerca más. Esperé a ver si abreviaba o seguía hablando.

—Yo que usted no la tocaría, oficial —repitió, señalando la seta.

Miré el palo que tenía en la mano como si no fuera mío.

—Ah… ¿no? ¿Son venenosas?

La mujer, de rasgos gomosos y expresivos, frunció los labios en un gesto dramático.

—Son escarlatas malolientes. A. foetida , que no se ha de confundir con la A. foetidissima ; aunque no es probable en este rincón del mundo, ¿a que no?

—¿No lo es? —aventuré.

—No. La foetidissima es africana. Esta de aquí es endémica de esta región de Europa. Y no es venenosa, exactamente, pero digamos que…

La mujer alargó la mano y yo, no sin desconcierto, le entregué el palo.

Naturalista, estaba claro. Ahora entendía la sensación de haber pasado por un proceso de clasificación.

Aquella mujer me había adjudicado una categoría y colocado en la rama correspondiente, tras lo cual ya podía darme el tratamiento adecuado antes de pasar a asuntos mucho más importantes, como la taxonomía de las setas.

—Le recomiendo que sujete a su caballo —dijo la mujer—. Y quizás convenga que se tape la nariz también.

Metió la mano en el macuto, sacó un pañuelo de él y, tras apretárselo contra la nariz, dio un golpecito a la escarlata maloliente con la punta del palo.

Fue un toquecito de nada, pero el sombrero de la seta se amorató al instante y se puso del mismo tono visceral, rojo violáceo, de las láminas.

Al cabo de un momento, nos asaltó un olor indescriptible: carne putrefacta con un regusto a leche agria y, lo más horrible de todo, un toque a pan recién horneado.

La peste extinguió todo el dulzor que pudiera haber en el aire y me revolvió las tripas.

Hob resopló y tiró de las riendas. No lo culpaba.

—¡Argh!

—Esa era pequeña —dijo la mujer de cierta edad—.

Y no estaba del todo madura, gracias al cielo.

Las grandes te vuelan la boina y te rizan el pelo.

—Después dejó el palo en el suelo sin quitarse el pañuelo de la boca—.

De ahí viene el «maloliente» de su nombre vulgar.

Confío en que lo de «escarlata» se explique solo.

—¡Repugnante! —dije, cubriéndome la cara con el brazo—. Entonces, ¿es usted micóloga?

Aunque el pañuelo me impedía verle la boca, sus cejas reflejaban ironía.

—Solo una aficionada, me temo, tal y como presuntamente le corresponde a mi sexo.

Pronunció cada palabra como un mordisco, e intercambiamos cautas miradas de comprensión mutua.

En Inglaterra no hay soldados de jura, por lo que tengo oído, y, aunque existiesen, quizás aquella mujer hubiera elegido una vía distinta.

Sea como fuere, no era asunto mío, al igual que yo no era asunto suyo.

Todos nos labramos nuestro propio camino en este mundo, o no.

Con todo, podía hacerme una idea del tipo de obstáculos a los que había tenido que hacer frente.

—Soy ilustradora de profesión —dijo, escueta—. Pero el estudio de los hongos es algo que me ha intrigado toda la vida.

—¿Y es eso lo que la ha traído hasta aquí?

—¡Ah! —Hizo un gesto con el pañuelo—. Ignoro cuánto sabe usted de hongos, pero este lugar es extraordinario.

¡Tantas formas inusuales! He encontrado boletus que hasta ahora nunca se habían visto fuera de Italia, y una amanita que parece ser completamente desconocida.

Cuando termine mis dibujos, por muy aficionada que sea, la Sociedad Micológica no tendrá más remedio que reconocerla.

—¿Y qué nombre le pondrá? —pregunté.

Me chiflan las pasiones oscuras, incluso las más inusuales.

Una vez, en la guerra, me escondí en la cabaña de un pastor.

Estaba esperando a oír al enemigo subir la ladera, cuando el pastor se arrancó en una apasionada diatriba sobre los pormenores de la cría de ovejas que competiría con cualquier sermón de iglesia que haya oído en mi vida.

Para cuando terminó, me tenía asintiendo con entusiasmo y a su total disposición para emprender una cruzada contra todos los rebaños débiles, sobreexplotados para la cría y propensos a diarreas y miasis que estaban desplazando a las ovejas decentes del mundo.

—¡Gusanos! —dijo el pastor, agitándome el dedo en la cara—. ¡Gusanos y meaos en los dobleces del pellejo!

Me acuerdo mucho de él.

—La llamaré A. potteri —dijo mi nueva amiga, que por fortuna desconocía la deriva de mis pensamientos—. Me llamo Eugenia Potter, y de un modo u otro lograré que mi nombre figure en los libros de la Sociedad Micológica.

—No tengo ninguna duda de que así será —dije, solemne, y, con una inclinación de cabeza, añadí—: Yo soy Alex Easton.

Ella asintió. Quizás un espíritu menos noble se habría avergonzado de proclamar sus pasiones de aquel modo, pero claramente la señorita Potter estaba por encima de semejante debilidad.

O quizás solo daba por hecho que cualquiera reconocería la importancia de marcar el paso de una por los anales de la micología.

—Entonces, esta escarlata maloliente —dije—, ¿no es un nuevo descubrimiento científico?

La señorita Potter negó con la cabeza.

—La describieron hace años. Y a partir de especímenes hallados en esta misma zona rural, o muy cerca de aquí.

Hace mucho tiempo, los Usher fueron grandes mecenas de las artes, y uno de ellos encargó una obra botánica.

De «flores», sobre todo —el desprecio contenido en aquella palabra fue magnífico de oír—, pero también de algunas setas.

Y ni siquiera un botánico pudo pasar por alto la A.

foetida . Aunque, por desgracia, no conozco su nombre vulgar en galaciano.

—Quizás no tenga.