Lo que esconde el foso Capítulo 14
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Capítulo 14

Las sirenas de los bomberos y de los patrulleros de la Policía Nacional no solo cortaban el silencio de la madrugada; rasgaban el entramado de mentiras que durante más de una década había mantenido impune a la red de la Catedral Vieja.

Llegué a la Jefatura Superior de Policía con el rostro manchado de hollín, la chaqueta desgarrada por los ángulos del andamio y los pulmones castigados por el humo químico de la cripta.

No tuve que dar explicaciones a los agentes de puerta; bastó con pedir que contactaran de inmediato con el capitán Velasco, quien había asumido la coordinación de los delitos contra el patrimonio tras la resolución del caso Valterra.

Velasco me recibió en su despacho diez minutos después. Llevaba la camisa desabotonada en el cuello y la mirada de quien no ha dormido en las últimas cuarenta y ocho horas.

—Alarcón —dijo al verme entrar, poniéndose en pie de golpe—. Los bomberos acaban de activar la alerta de nivel dos en Santa María de la Sede. Me dicen que hay una deflagración en la cripta del ábside. ¿Qué demonios ha pasado allí?

—El deán Esteban Delicado —respondí, vaciando el contenido de mi mochila táctica sobre la mesa de trabajo—. La catedral no es solo un monumento; era el centro logístico de sustitución de obras de arte sacro más grande del país.

Conecté la tarjeta de memoria de mi cámara réflex al ordenador del capitán.

Las imágenes comenzaron a proyectarse en el monitor de alta resolución: el cuaderno de contabilidad con las firmas manuscritas del deán y Vincenzo Maresca, las fotografías de los lienzos barrocos sustituidos, las planchas de réplica sintética y, sobre todo,

los números de registro de las cajas de embalaje preparadas para la exportación.

Velasco observó las imágenes en silencio. A medida que avanzaba las diapositivas, la expresión de su rostro mutaba de la sorpresa inicial a una severidad implacable.

—Las cajas tienen sello de valija diplomática del consulado de un país centroeuropeo —señaló el capitán, enfocando una de las etiquetas fotográficas—. Con ese sello, la aduana del puerto no inspecciona el interior del camión de transporte.

—Y el camión sale del templo a las cuatro en punto de la mañana —le recordé, mirando el reloj de pared del despacho: eran las tres y veinte—.

Si ese transporte cruza el control de la terminal de carga del puerto de Amberes, perderemos la pista de más de una docena de obras originales del siglo XVI y XVII.

Velasco no lo dudó un segundo. Descolgó el teléfono y activó la línea directa con la Comandancia Marítima y el Juzgado de Instrucción número cuatro.

—Quiero un bloqueo total en los accesos a la zona franca del puerto —ordenó con voz tajante—.

Intercepten cualquier vehículo de transporte pesado que proceda del casco antiguo con placas diplomáticas.

Y movilicen a dos unidades de la Policía Judicial para la detención inmediata del deán Esteban Delicado en su residencia del Cabildo.

A las cuatro menos diez de la mañana, la plaza de la catedral era un hervidero de luces rotativas rojas y azules.

Tres camiones de bomberos desplegaban sus mangueras por la nave central, sofocando los últimos focos de la deflagración en la cripta subterránea mientras los peritos de Científica acordonaban el acceso al pasadizo del sagrario.

Acompañé al capitán Velasco al Palacio Episcopal, situado en el flanco este de la plaza. Los agentes rompieron el precinto de la puerta principal y subieron a la tercera planta, donde se ubicaban las dependencias privadas del deán.

La puerta de la biblioteca del deán estaba abierta.

El padre Esteban Delicado no intentaba huir. Estaba sentado tras su escritorio de caoba, vestido con su sotana de gala, sosteniendo una copa de vino rancio en la mano derecha mientras observaba el despliegue de luces de emergencia a través del gran ventanal que daba a la catedral.

Sobre la mesa descansaba una maleta de piel abierta, a medio llenar con fardos de billetes de quinientos euros y un pasaporte diplomático emitido a un nombre falso.

—Llega a tiempo para la última escena, señor Alarcón —dijo el sacerdote sin volverse, con una voz extrañamente calmada, como si estuviera oficiando una misa de réquiem—. Debo admitir que subestimé su obstinación. Su antecesor en el encargo del retablo fue mucho más complaciente.

—Su antecesor descubrió el fraude y terminó encerrado en un aljibe por la familia Valterra, Padre —intervine, dando un paso al frente junto a los agentes de la Policía Judicial—. Ustedes no restauraban el arte; lo saqueaban y enterraban la historia bajo capas de resina sintética.

El deán giró lentamente su sillón. La luz amarillenta de la lámpara de mesa revelaba unas ojeras profundas y una sonrisa amarga.

—¿Historia? —ironizó el sacerdote, dando un sorbo a la copa—.

La historia son piedras viejas y maderas carcomidas por la polilla que a nadie le importan hasta que valen millones en una subasta en Zúrich.

Con el dinero de esas piezas hemos financiado las obras de mantenimiento de veinte parroquias rurales que el Ministerio dejó caer en el olvido.

Solo tomamos lo que la Iglesia ya poseía para salvar lo que la burocracia dejaba morir.

—No intente vestirse con el manto de la caridad, Esteban —interrumpió el capitán Velasco, mostrándole la orden judicial de arresto—. Usted y Maresca se enriquecieron a costa del patrimonio público, y el incendio de esta noche ha puesto en peligro un templo del siglo XIV.

Dos agentes se aproximaron al escritorio y le colocaron las esposas de acero en las muñecas. El deán no ofreció resistencia alguna. Dejó la copa de vino sobre la madera, se levantó con elegancia y caminó hacia la salida flanqueado por la policía.

Al pasar a mi lado, se detuvo un instante y me miró a los ojos.

—La catedral sobrevivirá a este incendio, Martín —murmuró con una frialdad helada—. Pero los vacíos en los altares no se podrán restaurar jamás.

A las cinco y media de la mañana, la noticia de la detención del deán y la incautación del camión diplomático en los muelles del puerto abría las ediciones digitales de los principales periódicos del país.

Las doce obras originales —incluyendo el lienzo auténtico de la Virgen del Rosario y dos tablas del siglo XV— habían sido recuperadas intactas en el interior de los contenedores de transporte.

Me quedé solo en el centro de la nave gótica de Santa María de la Sede.

El humo de la cripta se había disipado finalmente gracias a los extractores de alta potencia de los bomberos. La luz dorada del amanecer comenzaba a filtrarse por los vidriales altos, proyectando destellos azules y carmesíes sobre la selva de andamios que custodiaba el Altar Mayor.

Subí una última vez a la plataforma del sexto nivel.

Me acerqué al panel del sagrario central. Con la ayuda de un juego de cuñas de madera y resina estructural, sellé definitivamente la abertura del riel clandestino, uniendo la moldura de nogal a la mampostería medieval con mortero de cal tradicional.

Observé la escena policromada de la Crucifixión. Bajo la luz limpia de la mañana, la pátina del siglo XV no mostraba el engaño de la falsa resina, sino la nobleza de la madera que había resistido el embate del tiempo, la codicia y la oscuridad.

Mi trabajo en la catedral apenas comenzaba: quedaban meses de delicada limpieza, consolidación y estudio para devolverle al retablo su esplendor original. Pero mientras guardaba mi bisturí y mis pinceles en el maletín de aluminio, supe que la verdadera restauración ya se había completado.

La verdad, despojada de sus falsas capas, volvía a brillar bajo la luz del día.

Seis meses después de la noche en que el humo de la cripta casi consume el ábside de Santa María de la Sede, el Palacio de Justicia de la capital olía a cera para suelos, expediente acumulado y el aliento frío del aire acondicionado del salón de actos.

El juicio contra la red de tráfico de arte sacro y la trama de la Finca Las Marismas se había unificado en una sola causa macro instruida por la Audiencia Provincial.

La expectación mediática era sofocante: decenas de cámaras de televisión se agolpaban en las escalinatas de granito del edificio, mientras en el interior del Salón de Plenos de la Segunda Sección, el público y la prensa abarrotaban los bancos de roble.

En el banquillo de los acusados se sentaban los supervivientes de un imperio en ruinas.

Adelaida Valterra, visiblemente envejecida y postrada en una silla de ruedas, vestía de riguroso luto, manteniendo una compostura de piedra que no cedía ni ante las miradas de reproche de la sala.

A su lado, el exdeán Esteban Delicado lucía traje civil gris en lugar de la sotana, con la mirada clavada en el estrado de los jueces.

En la segunda fila de acusados, flanqueados por la policía, se hallaban el guarda de la finca y el falsificador napolitano repatriado tras su captura en Amberes.

Fui citado a declarar como perito judicial principal de la acusación.

—Se hace saber a las partes que comparece en calidad de perito el señor Don Martín Alarcón, licenciado en Bellas Artes y miembro del Ilustre Colegio de Restauradores —proclamó la secretaria judicial con voz monótona.

Me levanté del asiento reservado para los peritos técnicos, tomé mi maletín de cuero y me dirigí al estrado central.

Al cruzar la mirada con el abogado defensor de la familia Valterra —un penalista célebre de la capital conocido por su agresividad táctica—, detecté una sombra de cálculo en sus ojos.

Su estrategia durante las tres semanas previas de vistas orales había sido sistemática: desacreditar las pruebas alegando la invalidez del testimonio de Julián por supuesto trastorno mental y calificar mis hallazgos de "meras conjeturas de un restaurador ambicioso".

—Señor Alarcón —comenzó el fiscal de la causa, levantándose de su escaño—. Proceda a detallar al tribunal el análisis realizado sobre la muestra del retablo El martirio de San Bartolomé rescatada durante el registro de la Finca Las Marismas.

Apoyé las palmas de las manos en el atril de madera, ajusté el micrófono y miré fijamente al tribunal presidido por tres magistrados.