Lo que esconde el foso Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—La muestra recuperada el pasado mes de marzo —comencé, proyectando una voz serena y articulada— no era un fragmento de pintura al óleo del siglo XVII.

Las pruebas cromatográficas de espectrometría de masas ejecutadas en el Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses confirmaron dos elementos fundamentales.

Primero: la presencia de un polímero sintético a base de resina acrílica que no existía antes de 1970.

Segundo: en la capa intermedia de preparación se hallaron restos biológicos fosilizados mediante un baño de hidróxido de calcio y salitre, compatibles al cien por cien con el perfil genético de Elena Valterra.

Un murmullo recorrió el público de la sala. El juez presidente dio tres golpes secos con el mazo sobre la mesa de caoba.

—Silencio en la sala o mandaré desalojar las tribunas —advirtió el magistrado.

—Señor Alarcón —intervino el abogado de Adelaida Valterra, poniéndose en pie con gesto teatral y ajustándose la toga—.

Usted afirma que una pintura del siglo XVII fue sustituida para ocultar un cadáver.

Sin embargo, en los informes previos de la Dirección General de Patrimonio de 1990 consta que esa obra estaba catalogada como auténtica por expertos internacionales.

¿Cómo explica usted que un simple restaurador de provincia descubriera en unas horas lo que historiadores del arte no vieron en tres décadas?

La pregunta buscaba acorralarme, insinuando una manipulación de la prueba por mi parte para justificar la irrupción en la finca.

—No fue una cuestión de erudición, letrado —respondí sin vacilar—.

Fue una cuestión de técnica forense. Un historiador del arte mira la iconografía y el estilo; un restaurador analiza la física del soporte.

El falsificador contratado por la señora Valterra cometió un error elemental de química de materiales: utilizó un barniz de secado rápido sobre una matriz orgánica viva.

El gas producido por la descomposición parcial no pudo evaporarse y rompió la película pictórica desde el reverso.

La pintura no cedióa por el tiempo; cedió por el peso de la sangre que intentaban sepultar.

El silencio que siguió en la sala fue tan denso que se podía escuchar el chasquido del cronómetro de la taquígrafa. El abogado de la defensa parpadeó, consultó de reojo sus notas y no encontró una repregunta técnica capaz de desarticular la evidencia científica de Toxicología.

El fiscal retomó la palabra:

—¿Y respecto al taller hallado en la cripta de la Catedral Vieja?

—El cuaderno de contabilidad intervenido en la cripta —continué, señalando las pruebas documentales numeradas del uno al cuarenta— coincide en trazo, composición de tinta y tipo de soporte con los recibos de compraventa hallados en la biblioteca de Las Marismas.

La red funcionaba como un circuito cerrado: la familia Valterra vendía las piezas originales para financiar sus deudas y el deán Esteban utilizaba los subterráneos del templo para almacenar las réplicas fabricadas por Maresca antes de su distribución.

El exdeán agachó la cabeza, apretando los puños sobre las rodillas.

Tras tres horas de riguroso interrogatorio pericial, en las que desgrané cada análisis de pigmentos, cada corte estratigráfico y las radiografías de los lienzos confiscados en el puerto, el juez presidente hizo una pausa en la sesión.

—El tribunal da por concluida la fase testifical pericial del señor Alarcón —declaró el magistrado—. Se suspende la vista hasta las cuatro de la tarde para el trámite de conclusiones finales.

Salí de la sala de vistas con el cuerpo exhausto pero con la mente despejada. En el pasillo de mármol me aguardaba Mateo. Llevaba un traje oscuro sencillo y sostenía entre las manos una pequeña carpeta con fotografías antiguas.

—Ha estado impecable, Martín —dijo Mateo, estrechándome la mano con firmeza—. Al fin la memoria de Elena y de mi hermano deja de ser una mentira contada por los periódicos del pueblo.

—Los análisis no mienten, Mateo —respondí—. Los hombres pueden ocultar sus crímenes durante treinta años bajo capas de barniz o dinero, pero la materia siempre conserva la huella de la verdad.

Nos dirigimos a la cafetería exterior del Palacio de Justicia.

Mientras contemplábamos a través de la cristalera la luz del sol iluminando los edificios de la capital, supe que la tarde traería el veredicto definitivo.

El largo viaje iniciado en el aljibe de Las Marismas estaba a punto de alcanzar su estación final.

La lectura de la sentencia se fijó para las cinco de la tarde del viernes siguiente.

El bochorno del final del verano volvía pesado el aire del Salón de Plenos de la Audiencia Provincial, donde las abejas de luz filtradas por las vidrieras históricas iluminaban los escudos de armas tallados en la madera.

El tribunal, presidido por el magistrado Don Fernando de la Vega, ocupó el estrado con solemnidad absoluta.

En la sala no cabía un alma más. Al fondo, junto a las puertas de roble, permanecían alineados varios agentes de la Policía Judicial y miembros del Colegio de Restauradores que habían seguido el proceso paso a paso.

—En la ciudad de Santa María de la Sede —comenzó a leer el magistrado presidente con voz pausada y grave—, vistas las actuaciones de la causa incoada por los delitos de asesinato, detención ilegal, falsedad documental, expolio de bienes del patrimonio histórico y tráfico ilícito de arte sacro...

Durante más de cuarenta minutos, el juez desgranó los hechos probados de la sentencia.

Cada párrafo leído desmontaba punto por punto las alegaciones de la defensa, citando de forma expresa las peritajes químicas, las fotografías microscópicas y el análisis de pigmentos como pilares fundamentales de la certeza judicial.

—Fallamos: que debemos condenar y condenamos a la procesada Doña Adelaida Valterra y de la Fuente a la pena de veinticuatro años de prisión mayor por el delito de asesinato en la persona de Elena Valterra,

así como a ocho años de prisión por la detención ilegal de Don Julián Ríos y tentativa de homicidio.

Un murmullo sordo recorrió la sala. Adelaida Valterra no pestañeó.

Permaneció inmóvil en su silla de ruedas, observando al vacío con esa compostura de piedra que solo se fracturó levemente cuando el juez ordenó el embargo preventivo de todas las propiedades de la familia, incluida la Finca Las Marismas,