Capítulo 13
El olor a disolvente nitrocelulósico y trementina en la cripta ya no era solo un indicador de trabajo clandestino; para mí se convirtió en la única arma disponible.
El guarda avanzaba a pasos lentos pero calculados por el pasillo central de la cripta, barriendo las sombras con el haz blanco de su linterna táctica mientras sostenía la pistola semiautomática con ambas manos.
El falsificador, presa de un pánico tembloroso, permanecía junto a la mesa de trabajo buscando frenéticamente cualquier señal de desorden en los cuadernos.
—Sé que eres tú, Alarcón —dijo el guarda, su voz resonando con una frialdad sin matices contra la piedra medieval—. No sé cómo lograste salir con vida del barro de las marismas, pero esta noche no vas a llegar a la comisaría.
Estaba pegado al reverso del pilar de piedra, a menos de cuatro metros de la mesa principal donde se acumulaban los reactivos químicos.
Mi mochila, repleta de las fotografías macro del cuaderno de contabilidad y los sellos aduaneros, pesaba sobre mis hombros como un recordatorio brutal: si me abatían allí,
la verdad sobre la red del deán y la sustitución del patrimonio sacro moriría sepultada en las entrañas de Santa María de la Sede.
Tanteé a ciegas con la mano izquierda a lo largo del estante de madera situado a mi espalda.
Mis dedos tropezaron con la forma cilíndrica de dos latas metálicas de un litro.
Por la viscosidad del residuo exterior y el peso, reconocí de inmediato el contenido: acetona pura y alcohol metílico de alta graduación, utilizados para el decapado rápido de barnices sintéticos.
Junto a las latas yacía un frasco de cristal de nitrato de celulosa en solución de éter, un compuesto extremadamente volátil e inflamable.
Deslicé los dedos con paciencia infalible, liberando los tapones de ambas latas sin producir el menor ruido metálico.
—Busca por la izquierda, detrás de las cajas de madera —ordenó el guarda al falsificador, perdiendo la paciencia al no obtener respuesta—. Si se mueve, le pegas un tiro en las piernas.
El falsificador rodeó el primer caballete con una barra de hierro en la mano. Su sombra projected por la luz halógena se hacía cada vez más grande sobre la pared adyacente a mi posición. Tenía apenas cinco segundos antes de que su ángulo de visión me delatara.
Incliné las dos latas sobre el suelo de losas de granito, dejando que el disolvente y el alcohol fluyeran en un reguero continuo hacia la base del extractor de aire y la mesa de trabajo donde descansaban los focos de alta potencia.
La evaporación del compuesto fue inmediata; un gas denso y transparente comenzó a expandirse a ras de suelo, llenando el espacio con un vapor altamente reactivo.
Saqué de mi bolsillo de herramientas un encendedor piezoeléctrico de soplete, empleado habitualmente para el sellado de ceras de reintegración.
—¡Ahí está! —gritó el falsificador al divisar la puntera de mi bota.
El guarda giró el cañón de la pistola hacia mi pilar.
Antes de que pudiera apretar el gatillo, accioné el soplete y arrojé el encendedor encendido directamente hacia la charca de disolvente.
La reacción no fue una explosión destructiva, sino una deflagración sorda y violenta.
Una llamarada azulada y brillante recorrió el suelo a la velocidad de un látigo, alcanzando los trapos impregnados en aceite de linaza y la mesa de mezclas.
En cuestión de tres segundos, una barrera de fuego denso y humos negros se alzó entre los dos hombres y mi posición.
—¡Maldita sea! ¡El fuego! —chilló el falsificador, retrocediendo a tropezones mientras las llamas prendían en el lienzo sintético del caballete central.
El guarda disparó dos veces a través del humo. Los proyectiles impactaron contra la piedra del pilar, haciendo saltar esquirlas de granito que me rozaron la mejilla, pero la densidad de la humareda tóxica y el resplandor ciego del fuego impidieron que pudiera precisar su blanco.
Aproveché la confusión y el pánico del disparo a ciegas.
Salí de detrás del pilar, esquivé la primera hilera de fuego y corrí hacia el arco de la escalera de caracol.
El falsificador intentó interceptarme blandiendo la barra de hierro, pero le encajé un golpe seco con el borde de mi maletín de aluminio en el esternón que lo envió de espaldas contra las cajas de madera.
Gané la escalera.
Subí los peldaños en espiral de tres en tres, sintiendo el aire abrasador y el humo de la combustión de resinas persiguiéndome por el tubo de piedra como el tiro de una chimenea.
Abajo, los gritos de rabia del guarda y el sonido del falsificador intentando sofocar el fuego con un extintor sofocado confirmaban que la deflagración había inutilizado su capacidad de respuesta inmediata.
Emergí de nuevo en la pasarela oculta detrás del sagrario central del Altar Mayor.
Deslicé el panel de madera de nogal montado sobre rieles, salí a la plataforma del sexto nivel del andamio y volví a encajar la tabla policromada en su sitio.
Abajo, la nave central de la catedral continuaba sumida en una calma aparente, sumergida en la penumbra de la dos de la madrugada, ignorante del incendio que comenzaba a propagarse en las cavidades subterráneas del templo.
Sin embargo, el humo negro no tardaría en salir por las fisuras de la mampostería.
—Tengo que llegar a la salida antes de que salten las alarmas o regresen por la pasarela alta —me dije, conectando el mosquetón a la línea de vida para un descenso de emergencia.
Descendí por la escala metálica con la agilidad que da la adrenalina pura. Al alcanzar el suelo de la nave gótica, el olor a quemado ya comenzaba a filtrarse por la rejilla del sagrario, flotando bajo la majestuosidad de los arcos de crucería.
Corrí hacia la puerta de la Nevera por la que me había colado dos horas antes. Introduje la ganzúa en el cerrojo de paletón doble, desenganché el mecanismo y salí de nuevo al frío de la noche en el callejón del Obispo.
El aire puro del exterior golpeó mis pulmones con una violencia reconfortante.
Me apoyé contra el muro de piedra exterior para recuperar el aliento, apretando la mochila contra mi pecho.
Las fotografías del cuaderno de contabilidad, las listas de embarque diplomático hacia Amberes y las firmas del deán Esteban eran definitivas.
A lo lejos, en la avenida principal del casco histórico, comenzó a escucharse el ulular distante de las sirenas de la Policía Nacional y los Bomberos.
El fuego en la cripta obligaría a una inspección inmediata de los subterráneos del templo.
La red del deán acababa de quedarse sin espacio donde ocultar sus mentiras, y yo tenía en mi poder la clave para desmontar el imperio de sombras que había sustituido la memoria del arte sacro por la ambición de unos pocos.
Caminé a paso rápido en dirección a la Jefatura Superior de Policía. La noche aún no había terminado, pero por primera vez desde que puse un pie en la catedral, la luz de la verdad comenzaba a imponerse.