Lo que esconde el foso Capítulo 12
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Capítulo 12

La noche sobre el casco antiguo de la ciudad no traía el silencio, sino una densidad pesada y húmeda que se filtraba entre los callejones de piedra.

A las doce de la madrugada, las campanadas de la torre de Santa María de la Sede retumbaron en la plaza desierta, doce golpetazos de bronce que hicieron vibrar los cristales de los letreros nocturnos.

Aguardé en la penumbra del callejón del Obispo, protegido por la sombra de los arbotantes laterales.

Llevaba ropa oscura, calzado con suela de goma blanda y una mochila táctica con mi kit de herramientas de intervención rápida: linterna halógena de cabeza, un conjunto de ganzúas de acero templado,

cámara fotográfica reflex con objetivo macro y un par de frascos de reactivos químicos para verificación de pigmentos.

La puerta de la Nevera —una entrada gótica secundaria utilizada antiguamente para introducir el carbón y el hielo a los sótanos del Cabildo— tenía un cerrojo de paletón doble.

Para un restaurador habituado a abrir candados corroídos del siglo XVIII sin dañar las molduras, el mecanismo era un juego de niños.

Introduje la ganzúa primaria y el tensor de torsión.

Tres giros precisos, un clic seco y la pesada hoja de roble cedió hacia adentro.

Me colé en el templo, cerrando la puerta tras de mí sin hacer el menor ruido.

La catedral a oscuras era un monstruo dormido. Los arcos de crucería se perdían en un techo invisible y las sombras de las columnas se estiraban como gigantes deformes sobre el suelo de losas sepulcrales. El olor a incienso rancio, moho y piedra húmeda era sofocante.

Avancé a través del deambulatorio, evitando pisar las rejillas de calefacción de hierro fundido que crujían al menor contacto. Llegué a la base de la selva de tubos del andamio.

No encendí la linterna. Subí los seis niveles de la escala metálica a ciegas, contando los peldaños de memoria y confiando en el tacto gastado de mis guantes.

Cada metro que ascendía en la penumbra me alejaba del suelo firme y me adentraba en la zona de sombra que el padre Esteban había intentado proteger horas antes.

Al alcanzar la plataforma del sexto nivel, fijé el mosquetón de seguridad a la línea de vida. Solo entonces encendí la luz halógena de mi casco, ajustándola a una franja mínima de haz concentrado.

Me posicioné frente a la escena del sagrario central.

Las tablas policromadas del siglo XV mostraban la escena del Prendimiento.

El marco de madera de nogal no estaba empotrado a la piedra con mortero tradicional; mis ojos detectaron de inmediato dos cabezas de tornillo de métrica moderna disimuladas bajo una capa de pasta de madera y betún de Judea.

Saqué el destornillador de punta plana y retiré los fijadores.

Con un esfuerzo controlado, apliqué palanca sobre la moldura lateral.

El panel central del sagrario —una estructura de casi dos metros de alto por uno de ancho— pivotó levemente hacia afuera.

No era solo una cubierta decorativa: estaba montada sobre un riel de bronce pulido de deslizamiento silencioso.

Detrás del retablo no había una simple cavidad de ventilación.

El hueco en la piedra conducía a una pasarela de madera tendida sobre el espacio ciego de la bóveda del ábside. Me colé por la abertura, volviendo a encajar el panel a mis espaldas para que no fuera visible desde el suelo de la nave en caso de que el sereno hiciera su ronda nocturna.

Caminé encorvado por la pasarela. A tres metros de la entrada, la pasarela terminaba en un tramo de escaleras de caracol talladas en la mampostería medieval que descendían en espiral hacia las entrañas de la catedral.

El aire en la escalera se volvió repentinamente más cálido. Y con el calor llegó un olor que reconozca a un kilómetro de distancia: aceite de linaza industrial, esencia de trementina pura, barniz Dammar y el picor cáustico del solvente nitrocelulósico.

Era el olor de un taller de pintura activo.

Bajé los escalones con el bisturí firmemente aferrado en mi mano derecha. Al llegar al pie de la escalera, la mampostería abría paso a una amplia cripta subterránea iluminada por varios focos LED de alta potencia suspendidos del techo de piedra.

Me quedé petrificado en la sombra del último arco.

La cripta no era un depósito de tumbas antiguas.

Había sido transformada en un laboratorio clandestino de falsificación y restauración de arte de nivel profesional.

En el centro de la estancia descansaban cuatro grandes caballetes de roble.

Sobre ellos se exhibían tres lienzos de gran formato de estilo barroco y una escultura policromada de una Virgen del Rosario del siglo XVI a la que le estaban aplicando una capa de envejecimiento artificial a base de hollín y cera sintética.

A un lado de la sala, alineadas en estanterías metálicas, se apilaban docenas de cajas de embalaje para transporte aéreo internacional, todas ellas selladas con etiquetas de expedición diplomática y marcas de control aduanero del puerto de Amberes.

—Increíble... —susurré en un aliento.

No era solo un punto de almacenamiento. Era la fábrica central de la red.

Aquí se producían las copias exactas de los bienes culturales robados en las iglesias de la diócesis.

Las piezas auténticas se enviaban al extranjero dentro de las cajas con sello diplomático, mientras que las réplicas recién envejecidas regresaban a sus alteres de origen para que nadie notara la sustitución durante años.

Me acerqué a una de las mesas de trabajo. Sobre el tablero repleto de frascos de pigmento y disolventes yacía un cuaderno de tapas de cuero negro.

Lo abrí con cuidado.

Era el libro de contabilidad de la operación. Las entradas estaban fechadas desde 2010 hasta la semana pasada. En cada columna se detallaba la obra sustituida, la iglesia de origen, la fecha de exportación, el comprador final en subastas privadas de Suiza o Londres y la comisión correspondiente.

En la primera página, encabezando la lista de socios ejecutivos de la red, figuraban dos firmas manuscritas:

La primera era la de Vincenzo Maresca.

La segunda, trazada con tinta estilográfica negra, era la del Padre Esteban Delicado, Deán del Cabildo Catedralicio.

—El deán no es un mero encubridor —dije en voz baja, sintiendo una punzada de rabia fría—. Es el cerebro logístico.

Saqué mi cámara réflex y comencé a fotografiar cada página del cuaderno de contabilidad, encuadrando con precisión las fechas, los sellos y las cantidades en euros que sumaban millones.

Luego me dirigí a las cajas de embalaje y fotografié los números de serie de los lienzos auténticos que aguardaban para ser sacados del país esa misma semana.

De pronto, el zumbido de un extractor de aire en el techo se detuvo bruscamente.

El silencio volvió a adueñarse de la cripta, pero fue un silencio breve. Desde el pasadizo superior, el eco de dos pares de pasos descendiendo por la escalera de caracol comenzó a resonar con una claridad aterradora.

—Asegúrate de que la caja de la pintura de Ribera esté sellada antes de las tres —dijo una voz masculina de tono rasposo—. El camión del consulado llegará a la puerta de la Nevera a las cuatro en punto.

—El deán quiere que el trabajo en el andamio alto se detenga mañana —respondió una segunda voz que reconocí al instante: era uno de los guardas de la Finca Las Marismas que había logrado huir antes de la llegada de la Guardia Civil—.

Dice que el restaurador nuevo mete demasiado la nariz donde no le llaman.

Me pegué de inmediato contra la pared posterior de la cripta, ocultándome tras un pilar de piedra y una hilera de cajas de madera.

Los dos hombres irrumpieron en la sala iluminada.

Uno de ellos era el guarda de la finca, que llevaba una chaqueta militar y una linterna de mano.

El otro era un hombre maduro, de cabellos canos y monóculo de aumento colgado del cuello: el falsificador que había continuado el trabajo de Vincenzo Maresca en la catedral.

El falsificador caminó hacia la mesa de trabajo donde yo acababa de fotografiar el cuaderno.

Se detuvo en seco.

Su mirada se posó en el frasco de disolvente que yo había movido ligeramente al sacar las fotos y en las marcas recientes de mis botas sobre la fina capa de polvo del suelo.

—Alguien ha estado aquí —dijo el falsificador en un susurro cargado de pánico.

El guarda reaccionó de inmediato: sacó de su cinturón una pistola semiautomática con silenciador montado y encendió su linterna de alta intensidad.

—¡Sal de ahí! —gritó el guarda, barriendo los rincones de la cripta con el haz de luz—. ¡Sé que estás aquí, Alarcón! ¡Esta vez no hay ningún aljibe para bucear!

Permanecí inmóvil tras el pilar de piedra, conteniendo la respiración y apretando los puños. Mi cámara fotográfica, repleta de las pruebas definitivas que hundirían a la red del deán y a los últimos remanentes del caso Valterra, estaba a salvo en mi mochila.

Pero el único camino de salida era la escalera de caracol por la que ellos acababan de bajar, y el guarda bloqueaba el paso con el arma levantada.