Lo que esconde el foso Capítulo 11
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Capítulo 11

El olor a cal viva, cera de abejas y hollín acumulado durante cuatro siglos no se diferencia demasiado del aroma de una sepultura abierta.

Tres meses después de la caída de la familia Valterra y de la detención de Adelaida en las ruinas de su propia capilla, el Ministerio de Cultura y el Cabildo Catedralicio me concedieron la dirección técnica de la restauración del Altar Mayor de la Catedral Vieja de Santa María de la Sede.

Era un encargo monumental: una nave gótica del siglo XIV con intervenciones renacentistas y barrocas que amenazaba con venirse abajo por las filtraciones de humedad del río y la acumulación de gas sulfuroso emitido por el tráfico del casco antiguo.

El suelo del templo estaba sepultado bajo una selva de tubos de acero y plataformas de madera.

Un andamio de seis niveles se alzaba hacia la penumbra del crucero, alcanzando los veinticuatro metros de altura donde el retablo principal —una obra colosal atribuida al maestro Jorge Inglés— permanecía oculto tras una densa película de mugre, barnices oxidados y humos de cirio.

A las siete de la mañana, la catedral estaba en silencio absoluto. Solo el murmullo lejano de las palomas en las naves altas y el goteo sordo de las condensaciones rompían la paz del templo.

Me ajusté el arnés de seguridad, encendí la linterna frontal de mi casco y comencé a ascender por los peldaños metálicos del andamio. Llevaba en la mano mi maletín de herramientas de precisión y una carpeta con los esquemas fotogramétricos del sector superior.

El nivel seis era una plataforma estrecha, suspendida justo debajo de los arcos de crucería. Ahí arriba, la temperatura descendía bruscamente y el aire se volvía enrarecido, cargado con el polvo mineral de las piedras en descomposición.

Fijé el mosquetón del arnés a la línea de vida y me acerqué a la esquina superior izquierda del retablo.

Allí figuraba la escena de la Crucifixión: un relieve tallado en madera de nogal, cubierto con pan de oro de veinticuatro quilates y policromía al temple de huevo.

La superficie estaba amarillenta por el paso del tiempo, pero mi trabajo en esa primera fase no era limpiar el oro, sino realizar la prospección del soporte estructural.

Enfoqué la luz halógena sobre la pared de piedra situada detrás de la escena bíblica.

Entre las vigas de soporte de madera y el muro ciego del ábside debían existir unos treinta centímetros de cámara de aire, diseñados en el siglo XV para evitar que la humedad de la piedra destruyera las tablas policromadas.

Introduje una sonda boroscópica —una cámara óptica flexible de alta definición equipada con luz fría— por una de las fisuras del ensamblaje.

Miré la pantalla digital del monitor portátil.

La imagen mostró primero la estructura de vigas de roble original, recubierta de polvo y telarañas. Pero a medida que deslicé la sonda dos metros más adentro, hacia la cavidad oculta detrás del sagrario central, la lente chocó contra algo que no pertenecía a la arquitectura medieval del templo.

No era piedra ni madera de pino de Flandes.

Era una superficie de lino sintético moderno, tensada sobre un bastidor de aluminio de aviación con remaches industriales.

Me quedé inmóvil sobre la plataforma del andamio, sintiendo que el aire se me congelaba en los pulmones.

Ajusté el enfoque óptico de la cámara. La lente captó la esquina de una pintura oculta en la penumbra del muro. Los colores no mostraban la pátina del siglo XV; eran pigmentos orgánicos saturados, brillantes, protegidos por una capa reciente de resina acrílica.

La escena representada detrás del sagrario medieval no era ningún motivo sacro.

Era el retrato al óleo de un hombre de mediana edad, de cabello cano y expresión severa, vestido con el hábito de los caballeros de la Orden de Santiago.

Y en la esquina inferior del lienzo, trazado con una caligrafía idéntica a la que había visto en la Finca Las Marismas, figuraba el sello personal de Vincenzo Maresca: la inicial V.M. entrelazada con una serpiente y una navaja.

—No puede ser... —murmuré para mí mismo.

El falsificador napolitano no solo había trabajado para la familia Valterra en los años noventa.

La red de sustitución de obras de arte sacro había operado dentro de la mismísima Catedral Vieja, utilizando el espacio ciego detrás de los grandes retablos para ocultar piezas robadas o almacenar réplicas antes de su exportación ilegal.

De pronto, la plataforma de madera del andamio tembló levemente bajo mis pies.

El crujido no provenía del viento ni del asentamiento de las vigas. Alguien estaba subiendo por los peldaños metálicos de la escala de servicio, cuatro niveles más abajo.

Apagué de inmediato la pantalla del monitor boroscópico y retraije la sonda con un movimiento rápido y silencioso.

—¿Martín? —resonó una voz desde la penumbra del tercer nivel.

Era la voz del padre Esteban, el deán de la catedral y responsable directo del comité de restauración por parte del Cabildo. Era un hombre de unos sesenta años, delgado, de modales refinados y sonrisa afable, que siempre vestía una sotana impecable con botonadura de seda.

—¡Aquí arriba, Padre! —respondí, tratando de mantener la compostura mientras guardaba el monitor en la bolsa lateral de mi cinturón.

El sonido de los zapatos del deán sobre los peldaños de hierro se hizo más cercano hasta que su figura emergió en el sexto nivel del andamio. Venía un poco agitado por la caminata, pero sus ojos oscuros examinaron la plataforma con una agudeza inmediata.

—Le veo madrugador, señor Alarcón —dijo el sacerdote, apoyando la mano en el pasamanos de seguridad—. El obispo está muy complacido con el ritmo de la fase previa. ¿Ha encontrado algún problema en la estructura del ábside?

—La humedad está controlada en el sector alto —mentí con soltura, manteniendo el cuerpo entre el sacerdote y la fisura de la madera por donde había introducido la sonda—.

Sin embargo, las vigas de anclaje traseras presentan cierta holgura.

Tendré que desmontar las molduras del sagrario para revisar el tramo central.

El padre Esteban ladeó levemente la cabeza. La luz halógena de mi casco iluminó la media sonrisa que se dibujó en sus labios.

—No creo que eso sea necesario, Martín. El contrato con la consejería limita su labor a la consolidación de la policromía exterior. Los soportes traseros y la mampostería son responsabilidad del equipo de arquitectos del ayuntamiento. Ellos revisarán la parte posterior el mes que viene.

—Padre, si la madera trasera cede por un fallo en el anclaje, la policromía que limpiemos hoy se agrietará mañana —insistí, sosteniéndole la mirada—. Es mi deber técnico certificar el estado del muro.

El deán dio un paso adelante en la estrecha plataforma. El olor a agua de colonia de lavanda que despedía no lograba enmascarar un sutil tufo a tabaco negro.

—El Cabildo aprecia su celo profesional, señor Alarcón —dijo, descendiendo la voz a un tono peligrosamente suave—.

Pero tras lo ocurrido en Las Marismas, el obispado prefiere evitar cualquier tipo de sensacionalismo en la prensa.

No queremos que los periódicos empiecen a inventar historias de "misterios ocultos" en la catedral.

Ceñíos al retablo visible. Es una orden directa del patronato.

Guardé silencio durante tres segundos que parecieron eternos. La sugerencia no era una simple recomendación administrativa; era una advertencia velada.

—Entendido, Padre. Me ceñiré al protocolo del contrato.

—Sabía que podríamos entendernos —dijo el deán, dándome una palmada afectuosa en el hombro—. Baje a desayunar en una hora. He pedido que le preparen un café en la sacristía.

El sacerdote dio media vuelta y comenzó a descender despacio por la escala de metal.

Me quedé solo en el sexto nivel, escuchando cómo sus pasos se alejaban hacia las naves inferiores. Cuando el silencio volvió a dominar la bóveda gótica, saqué nuevamente el monitor portátil y conecté el cable de transferencia de datos a mi teléfono móvil.

El lienzo oculto detrás del sagrario con la firma de Vincenzo Maresca no era una falsificación cualquiera. El hombre del retrato llevaba una insignia específica en la solapa de su hábito: una cruz patriarcal de doble travesaño sobre una calavera de plata.

Esa misma insignia figuraba en las cartas y recibos de compraventa confiscados a Adelaida Valterra durante el registro de su mansión.

La red no había muerto con la detención de la matriarca.

Las piezas robadas de las iglesias y capillas de la provincia seguían circulando por una ruta clandestina que utilizaba la catedral como punto de tránsito y almacenaje, y el Cabildo —o al menos alguien dentro de él— estaba cobrando su parte por mantener la mirada ciega.

Desconecté el equipo, me desenganché del arnés y comencé a bajar por el andamio.

Si quería salir con vida de esa nueva telaraña, no podía acudir a la policía sin pruebas irrefutables.

Necesitaba saber qué había en el reverso del sagrario antes de que el "equipo de arquitectos" del deán hiciera desaparecer la evidencia.

Y para eso, tendría que regresar al templo a medianoche, cuando las puertas de bronce de la catedral estuvieran atrancadas por dentro y los únicos testigos fueran los santos de piedra de las hornacinas.