LO QUE ESCONDE EL FOSO #7
Salimos a la superficie envueltos en una marea de espuma y marejada.
El impacto del aire frío nocturno contra mi cara me obligó a soltar un jadeo agónico. El viento del Atlántico nos golpeó de lleno. Estábamos en la base de las rocas, en una pequeña cala de piedras negras azotada por el oleaje, justo debajo del perfil monumental de la Finca Las Marismas.
Mire hacia arriba. El caserón se alzaba en la cima del acantilado como una fortaleza sombría recortada contra el cielo de la madrugada. Desde una de las ventanas altas del ala oeste, una luz cenicienta permanecía encendida.
Tiré de Julián hacia las rocas secas, fuera del alcance del mar. El hombre tosía convulsivamente, expulsando agua salada y jadeando sobre los guijarros de la playa.
—Lo... lo logramos... —gimió, colapsando sobre las piedras.
Me dejé caer a su lado, apoyando la espalda contra la pared del acantilado.
El agua de mar me chorreaba del pelo y de las mangas del abrigo.
No me quedaba nada: mi maletín de herramientas yacía en el fondo del aljibe, mis manos estaban ensangrentadas y el cuerpo me temblaba sin control por el shock térmico.
Pero seguíamos vivos. Y en el bolsillo interior de mi abrigo, envuelto en el guante de nitrilo que había guardado antes de que estallara el caos en la capilla, aún conservaba el frasco de cristal sellado con la muestra biológica del lienzo.
—Esto no ha terminado, Julián —dije, tratando de ponerme en pie con las piernas de trapo—. No podemos ir por la carretera comarcal. Adelaida habrá enviado a la Sra. Olmedo o a los guardas a vigilar el cruce.
—Hay... un sendero de pescadores —dijo Julián, señalando con un dedo tembloroso hacia el sur de la bahía—. Bordea los acantilados por la cresta hasta el puerto del pueblo. Son cuatro kilómetros...
—Vamos —le dije, pasándole su brazo por encima de mi cuello para sostenerlo—. Vamos a llevar la sangre de Elena Valterra a la policía.
Comenzamos a ascender por el angosto sendero de cabras que zigzagueaba por la pared del acantilado bajo la llovizna implacable. Sin embargo, al mirar hacia la cima del camino, donde el sendero conectaba con los prados de la finca, una silueta oscura se recortó contra la penumbra.
No estábamos solos en la costa. Los perros de la finca —dos enormes mastines del pirineo empleados para la custodia del perímetro— acababan de detectar nuestro rastro en las rocas y sus ladridos sordos retumbaron en la noche por encima del sonido del mar.
Los ladridos de los perros rebotaban contra las paredes de piedra del acantilado con una reverberación seca y amenazante. No eran ladridos de aviso; eran los gruñidos cortos y rítmicos de animales entrenados para acorralar y despedazar.
—¡Son los mastines! —ahogó Julián un grito, mientras su cuerpo entero sufría una violenta sacudida de pánico. Intentó acelerar el paso, pero sus piernas entumecidas por el agua helada cedieron y cayó de rodillas sobre el barro del sendero.
—¡Levántese! —le ordené, tirando de la solapa de su jersey con todas las fuerzas que me quedaban.
Miré hacia la cima de la cornisa. El haz denso de una linterna de gran alcance cortó la niebla desde la parte superior del barranco.
A unos doscientos metros por encima de nosotros, la silueta encorvada del guarda de la finca se recortaba contra el cielo.
Llevaba a los dos perros amarrados con cadenas cortas, pero era cuestión de segundos que los soltara en cuanto los animales fijaran nuestro rastro en la pendiente.
—¡Por aquí no! —susurré, arrastrando a Julián hacia una hendidura estrecha en la roca madre que se abría a la derecha del sendero—. El camino alto está vendido. Si nos cogen en campo abierto, nos matarán antes de que podamos gritar.
Nos embutimos en la fisura de la piedra. Era un corte kárstico provocado por la erosión de la sal, apenas lo bastante ancho para que cupieran dos hombres de costado. El suelo dentro de la grieta era un lecho de grava filosa y excrementos secos de aves marinas.
Apenas cinco segundos después, escuchamos el chasquido del eslabón de trinquete al liberarse en lo alto.
Los mastines bajaron por el sendero como dos trombas oscuras.
Sus patas percutían contra la grava con una violencia salvaje.
Pasaron a menos de tres metros de nuestra posición, jadeando fuertemente, con las fauces abiertas desprendiendo un vaho espeso en el aire helado de la madrugada.
Sostuve la respiración, pegando la espalda a la roca húmeda y cubriendo la boca de Julián con la palma de mi mano. El hombre temblaba de tal modo que sus dientes amenazaban con delatarnos.
Los perros continuaron su carrera hacia abajo, siguiendo el rastro falso que habíamos dejado en la playa de guijarros hasta el borde del mar.
—Se han desorientado con la sal del agua —le murmuré a Julián al oído, liberándole la boca—. El olor a salitre en las rocas de abajo confundirá su olfato durante un par de minutos. Es nuestra única oportunidad. Debemos cortar hacia la carretera interior cruzando el pinar viejo, no hacia el puerto.
—El pinar... está cercado con espino —balbuceó Julián, intentando recuperar el aliento—. Y la Sra. Olmedo conoce cada metro de esa finca.
—No conoce cómo piensa un hombre que lucha por su vida. Vamos.
Salimos de la hendidura y nos desvíamos del sendero de pescadores, escalando directamente por la ladera de marga y matorral bajo que ascendía hacia el flanco este de la Finca Las Marismas. Las zarzas nos desgarraban la ropa y las manos, pero la adrenalina amortiguaba cualquier sensación de dolor.
Cada metro ganado era un combate contra la gravedad y la hipotermia.
Mis pulmones quemaban como si estuviera inhalando polvo de vidrio.
Julián era un peso muerto que requería casi todo mi esfuerzo físico para mantenerlo en pie, pero la perspectiva de dejarlo atrás ni siquiera cruzó por mi mente: él era el testigo vivo del encierro, la prueba irrefutable de que la locura de los Valterra no se limitaba a los años noventa.
Llegamos a la linde del pinar tras quince minutos de ascensión agónica. La niebla aquí era aún más densa, filtrándose entre los troncos de los pinos como una masa de vapor grisáceo que limitaba la visibilidad a menos de cinco metros.
Una valla de alambre de espino de dos metros de altura marcaba el límite de la propiedad.
—Por abajo —dije, buscando con la vista el punto donde la escorrentía del agua de lluvia había excavado un surco bajo la alambrada.
Nos arrojamos al suelo embarrado, arrastrándonos bocabajo por el canal de barro seco. El alambre oxidado se enganchó en la espalda de mi abrigo, desgarrando la tela y arañándome la piel del hombro, pero logramos pasar al otro lado.
Estábamos fuera del perímetro vallado de Las Marismas.
El bosque exterior pertenecía al monte público de la comarca. Avancé a ciegas entre los pinos, guiándome únicamente por la pendiente descendente que debía conducir a la carretera regional donde me había bajado del autobús doce horas atrás.
De pronto, un resplandor amarillento cortó la bruma por entre los árboles.
El sonido de un motor diésel al ralentí resonaba en el silencio del bosque.
Nos detuvimos tras el grueso tronco de un pino centenario. A unos cincuenta metros de nosotros, aparcado en el arcén de la carretera secundaria, se encontraba un todoterreno antiguo con los faros encendidos.
Junto a la puerta del conductor, recortada por la luz de los faros, una figura alta aguardaba con las manos metidas en los bolsillos de un chubasquero militar.
No era nadie de la finca.
Llevaba un gorro de lana y fumaba un cigarrillo cuyo destello anaranjado brillaba en la oscuridad. El coche lucía en el lateral la rotulación descolorida de la Cofradía de Pescadores de la comarca.
—Es... es Mateo —susurró Julián, dejándose caer contra el tronco del pino—. El muchacho del puerto. El hermano del novio de Elena...
Sentí una descarga de lucidez en medio del cansancio desolador.
—¿El chico con el que Elena quería huir en 1994? —pregunté.
—Mateo era apenas un niño cuando su hermano mayor desapareció del pueblo tras la muerte de Elena —explicó Julián con un hilo de voz—.
Llevaba semanas merodeando por los alrededores de la finca.
Él fue quien me dio el aviso de que la familia Valterra estaba buscando a un nuevo restaurador a través de un contacto en Nápoles. Él sabe que la casa oculta algo.
Emergí de las sombras del pinar, manteniendo una mano levantada para no alarmar al hombre.
—¡Mateo! —llamé en un tono ahogado pero claro.
El hombre del chubasquero se giró de golpe, sacando una mano del bolsillo con un gesto instintivo de defensa. Al ver dos figuras desharrapadas, empapadas de salitre y barro, emerger de la espesura, dio tres pasos rápidos hacia nosotros.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó con voz ronca, sosteniendo una linterna pesada.
—Soy Martín Alarcón. El restaurador —dije, alcanzando el arcén del camino y ayudando a Julián a salir de la cuneta—. Y éste es Julián. El hombre que la familia Valterra mantuvo cautivo en la finca durante dos semanas.
Mateo enfocó la luz hacia el rostro demacrado de Julián. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocerlo.
—Por la Virgen... —murmuró Mateo—. Pensé que estaban muertos. Escuché los ladridos de los perros desde el cruce inferior.
—No hay tiempo —le interrumpí, sintiendo que las fuerzas me abandonaban finalmente.
Me eché la mano al bolsillo interior del abrigo y saqué el pequeño frasco de vidrio envuelto en el guante de nitrilo—.
Elena no huyó. Nunca salió de Las Marismas.
Su cuerpo está preservado tras el retablo de la capilla y su sangre mezclada en las capas de la pintura.
Mateo se quedó petrificado. La luz de su linterna tembló sensiblemente sobre el frasco que yo sostenía en la mano. Su rostro, curtido por la sal y el viento del mar, se endureció con una rabia contenida durante más de tres décadas.
—Mi hermano se ahorcó hace diez años en el astillero porque todo el pueblo le acusó de haber matado a Elena para quedarse con su dinero... —dijo Mateo con una voz que amenazaba con quebrarse—. Esos malditos monstruos destruyeron dos familias para salvar su apellido.