LO QUE ESCONDE EL FOSO #8
—El aljibe está abierto y el barniz del retablo ha cedido —le dije sosteniéndole la mirada—.
Si avisamos a la Comandancia de la Guardia Civil de la capital ahora mismo, no podrán quemar la prueba antes de que lleguen los peritos de la Policía Judicial.
Pero tenemos que movernos ya. Adelaida sabe que hemos escapado del aljibe.
Mateo no lo dudó un solo segundo. Abrió la puerta trasera del todoterreno y nos ayudó a subir.
—Tienen mantas en el asiento de atrás y un termo con café en la guantera —dijo, subiéndose al puesto del conductor y arrancando el motor diésel con un rugido potente—.
La comisaría central está a cuarenta minutos por la carretera del puerto.
Les prometo que esta noche no dormirá nadie en esa mansión.
El todoterreno dio un giro brusco sobre la grava de la carretera y aceleró en medio de la niebla, alejándonos definitivamente de la silueta amenazante de Las Marismas.
Me dejé caer hacia atrás sobre el asiento de cuero raído, sintiendo el calor del vehículo comenzando a penetrar en mis huesos helados. En mi puño apretado, el frasco de cristal contenía las hebras azuladas y los vestigios biológicos que pondrían fin a treinta y dos años de impunidad y sombras.
Miré por la ventanilla trasera. A lo lejos, en la cima del acantilado, la mansión de los Valterra se hundía definitivamente en la oscuridad de la noche, mientras las primeras luces del amanecer comenzaban a recortar la línea del horizonte sobre el Atlántico.
La Comandancia Central de la Guardia Civil en la capital provincial no olía a humedad ni a salitre, sino a tabaco rancio, suelo fregado con lejía industrial y aire acondicionado demasiado fuerte.
Eran las seis y media de la mañana cuando Mateo detuvo el todoterreno frente a las puertas de par en par de la zona de urgencias del cuartel.
Nos atendió un capitán de la Policía Judicial llamado Velasco.
Era un hombre enjuto, de entradas pronunciadas y ojos cansados de ver tragedias rutinarias, que al principio nos recibió con una severa mueca de escepticismo.
Ver entrar por la puerta a dos hombres tiritando, cubiertos de barro y algas secas, afirmando que una de las familias más influyentes y antiguas de la provincia guardaba un cadáver momificado detrás de un cuadro del siglo XVII en su capilla privada, habría hecho dudar a cualquiera.
—Señor Alarcón, ¿comprende la gravedad de lo que está acusando a la familia Valterra? —preguntó Velasco, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa de fórmica de la sala de interrogatorios.
—No acusó por sospechas, capitán —respondí con la voz cascada por el frío, pero firme como la hoja de un bisturí—. Mire esto.
Saqué del bolsillo de mi abrigo el frasco de cristal sellado, aún envuelto en el guante de nitrilo. Lo deposité sobre el centro de la mesa junto a mi carnet de colegiado del Ilustre Colegio de Restauradores de Bienes Culturales.
—Esa muestra contiene un compuesto aglutinante sintético mezclado con tejido humano y fibras de nylon azul perteneciente a la ropa que llevaba Elena Valterra el día de su desaparición en 1994.
Si envía esto ahora mismo al laboratorio de toxicología forense, confirmarán la presencia de queratina, eritrocitos deshidratados y resina colofonia oxidada.
Además, en el aljibe bajo el ala norte de la finca encontrarán el sistema de amarre con el que intentaron ahogarnos al señor Julián y a mí.
Velasco observó el frasco durante unos largos segundos. La determinación en mi mirada y la presencia de Julián —que estaba siendo atendido en la sala contigua por el médico de guardia tras mostrar signos severos de hipotermia y contusiones— terminaron por romper la barrera de su incredulidad.
El capitán se levantó de la silla, descolgó el teléfono de pared y marcó un número corto.
—Póngame con el juzgado de guardia. Necesito una orden de entrada y registro inmediata para la Finca Las Marismas. Y movilicen al equipo de Científica.
A las ocho y media de la mañana, la caravana de vehículos de la Guardia Civil descendía por la carretera comarcal en medio de una niebla espesa que comenzaba a disiparse bajo el primer sol del amanecer.
Tres patrulleros, una furgoneta del laboratorio móvil de la Policía Judicial y una ambulancia avanzaban a gran velocidad con las luces de emergencia apagadas para no alertar a los ocupantes de la mansión.
Yo iba en el asiento delantero del coche del capitán Velasco. Tenía las manos vendadas y llevaba un abrigo seco que me había prestado uno de los agentes, pero mi mente continuaba atrapada entre las paredes heladas de la capilla.
Al llegar a la entrada principal de la finca, la verja de hierro forjado estaba abierta de par en par. La falta de custodia en la portada nos dio la primera señal de alarma.
—Rápido —ordenó Velasco por el radioteléfono.
Los vehículos aceleraron por el sendero de cipreses hasta frenar en seco sobre la grava del patio frontal.
El caserón parecía extrañamente silencioso. Sin embargo, un hilo fino de humo negro salía por una de las chimeneas laterales del ala oeste, desprendiendo un olor acre, químico y penetrante que el viento del Atlántico esparcía por todo el recinto.
—¡Están destruyendo pruebas! —grité, saliendo del patrullero antes de que el motor terminara de pararse.
Velasco y cuatro agentes armados corrieron tras de mí subiendo los peldaños de la entrada. La mole de roble de la puerta principal no estaba atrancada. Al empujarla, el vestíbulo nos recibió inundado por un humo denso y grisáceo que dificultaba la respiración.
—¡Guardia Civil! ¡Que nadie se mueva! —resonó la voz de Velasco mientras los agentes desenfundaban sus armas y se desplegaban por el pasillo.
Avanzamos a través de la nave hasta la entrada de la capilla.
Allí, en el centro de la estancia, sobre la tarima de mármol del altar mayor, se alzaba una escena grotesca. Un gran bidón metálico cortado a la mitad ardía con furia, alimentado por latas de disolvente y montones de legajos viejos sacados de la biblioteca.
Frente al fuego, apoyada en su bastón de plata con cabeza de cuervo y observando las llamas con la mirada extraviada de quien contempla el colapso de su propio imperio, se encontraba Adelaida Valterra.
No había rastro de la Sra. Olmedo ni de los guardas de la finca; la matriarca había sido abandonada por sus sirvientes al percatarse de que la huida de los prisioneros tornaba indefendible la posición en Las Marismas.
Alzar la vista hacia el altar me encogió el corazón.
El retablo de El martirio de San Bartolomé había sido arrancado violentamente de sus bisagras de hierro.
El marco de madera barroca yace desmembrado en el suelo, y el lienzo...
la obra maestra del siglo XVII sobre la que descansaba la memoria del crimen...
había sido cortada a tiras con una navaja de jardinero y arrojada al interior del bidón en llamas.
—¡El fuego no! —grité, abalanzándome hacia el altar con el extintor de polvo seco que uno de los agentes traía desde la entrada.
Accioné el gatillo del extintor. Una masa densa de polvo blanco sofocó las llamas dentro del bidón con un soplido sordo, apagando el fuego antes de que devorara la totalidad de los restos textiles.
—Llega tarde, señor restaurador —dijo Adelaida Valterra sin volverse a mirarme, con una voz extrañamente tranquila, casi espectral—. Nada de lo que haya en este fuego podrá ser utilizado en un tribunal. El arte es efímero. La memoria también.
—Se equivoca, Sra. Valterra —intervino el capitán Velasco, poniéndole la mano sobre el hombro y mostrándole la orden judicial de arresto—. La memoria no estaba en la pintura.
Los especialistas del equipo de la Policía Judicial, pertrechados con focos halógenos y maletines de toma de muestras, se abrieron paso hacia la cavidad rectangular que se abría en la piedra de la pared, justo detrás del marco desmantelado.
El tanque de acero inoxidable continuaba allí, expuesto a la luz limpia de la mañana.
El médico forense se aproximó a la estructura de hierro y enfocó su linterna hacia el interior del recipiente. Tras unos segundos de minuciosa inspección, se giró hacia el capitán y asintió gravemente.
—El cadáver está preservado de forma casi íntegra en la matriz reactiva. Las huellas dactilares y la estructura ósea están intactas. Hay evidencias claras de traumatismo craneal severo por objeto contundente en la región occipital.
Adelaida Valterra permaneció en silencio. Por primera vez desde que la había conocido, su postura rígida cedió sensiblemente. Sus dedos temblorosos soltaron la empuñadura de plata del bastón, que cayó contra el suelo de mármol produciendo un sonido metálico que resonó en toda la capilla.
—Doña Adelaida Valterra, queda usted detenida por el asesinato de Elena Valterra, detención ilegal y tentativa de homicidio —proclamó Velasco, colocándole las esposas de acero en las muñecas pálidas.
La anciana no protestó. Mientras dos agentes la conducían desposada hacia la salida por el pasillo central, sus ojos tropezaron con los míos.
No había rabia en su mirada, sino esa vacuidad aterradora de quienes han vivido durante treinta años convencidos de que estaban por encima de las leyes humanas y de la propia muerte.
Me acerqué al bidón de incineración medio apagado. Entre la capa de polvo blanco del extintor y los bordes carbonizados del lienzo de San Bartolomé, asomaba un trozo intacto de la pintura. Era la esquina inferior derecha.
El rostro de la joven que había permanecido sepultado bajo el barniz y la sangre durante más de tres décadas finalmente emergía a la luz del día, desprovisto de sombras, libre del peso macabro de la mansión.
Tres semanas después de la operación policial en la Finca Las Marismas, el laboratorio de análisis pericial de la Policía Judicial en la capital aún olía a una mezcla intensa de disolventes de prueba, nitrógeno líquido y papel quemado.
Permanecí sentado frente a un microscopio estereoscópico de gran formato, observando los cortes microscópicos de la pintura que habíamos logrado rescatar del fuego.
El capitán Velasco entró en el área de trabajo sosteniendo dos tazas de café humeante.