Lo que esconde el foso LO QUE ESCONDE EL FOSO #5
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LO QUE ESCONDE EL FOSO #5

La capa de soporte reentelada cubría más de la mitad de la superficie inferior del cuadro.

Alguien había rellenado el espacio entre el lienzo original de siglo XVII y la tela de refuerzo trasera con una densidad abrumadora de materia orgánica.

Pero lo más inquietante no era el anverso.

Al pasar la luz de la linterna por el borde del marco, me percaté de que la madera de soporte del retablo —el bastidor de pino de Flandes sobre el que estaba tensada la tela— no estaba fijado directamente a la pared de piedra de la capilla.

Había una holgura de casi quince centímetros entre el reverso del marco y el muro del altar.

Me subí con cuidado a la tarima del altar, apoyando las botas sobre la madera gastada. Introduje la mano derecha por detrás del lateral del cuadro.

Mis dedos acorazados por el guante de nitrilo tocaron algo duro, frío y metálico.

No era la pared de piedra. Era una estructura de hierro.

Giré la linterna hacia la ranura entre el lienzo y el muro. Ajusté la luz rasante para escudriñar la penumbra del reverso.

Detrás del retablo de San Bartolomé no había un muro ciego. El bastidor de madera estaba montado sobre un sistema de bisagras industriales de hierro forjado, disimuladas hábilmente entre las molduras barrocas del altar. El retablo entero era una puerta.

Apreté los dientes, afirmé los pies en la tarima y tiré con firmeza del borde lateral del marco de madera.

La estructura chirrió con un gemido metálico y pesado, desprendiendo una lluvia de polvo, cera seca y fragmentos de carcoma.

El lienzo de tres metros de altura cedió hacia adelante sobre las bisagras, pivotando despacio y dejando al descubierto una cavidad rectangular excavada directamente en la piedra de la capilla.

Un golpe de aire pestilente emergió del interior de la oquedad. Era un hedor insoportable, cargado de amoníaco, humedad sepulcral y el tufo dulzón de la descomposición química prolongada.

Me tapé la boca y la nariz con la manga del abrigo, conteniendo la náusea, y alcé la linterna hacia el nicho oculto.

El espacio tras el cuadro no era una simple caja fuerte ni un escondite de documentos. Era una pequeña cripta vertical de dos metros de profundidad.

En el suelo de la cavidad descansaba un recipiente rectangular de acero inoxidable, similar a los tanques de decantación utilizados en los antiguos talleres de curtido.

El tanque estaba lleno hasta la mitad por un líquido denso, parduzco y cristalizado en los bordes por el efecto de los reactivos químicos.

Y sumergido en ese baño de conservación artesanal, con la cabeza reclinada hacia atrás y el rostro parcialmente cubierto por un entramado de hilos sintéticos de nylon azul disueltos por el ácido, se encontraba el cuerpo preservado de Elena Valterra.

No la habían incinerado. Tampoco habían procesado todo su cuerpo en la masa de aparejo del reentelado como creía Julián.

Solo habían utilizado parte de sus prendas y tejido para sellar el lienzo por delante, mientras que el resto de su cadáver había sido depositado en aquel tanque de estabilización química justo detrás de la obra de arte,

mantenido en un estado de momificación artificial a escasos centímetros del santo martirizado.

El nivel del líquido en el tanque había descendido dramáticamente debido a una fuga en la base del recipiente de acero. Esa fuga era la que alimentaba la presión sobre el lienzo, filtrándose a través de la tela por la parte posterior.

Un choque de adrenalina pura me sacudió el cuerpo. Dar un paso atrás estuvo a punto de hacerme perder el equilibrio sobre la tarima del altar.

—Dios mío... —susurré, incapaz de apartar la mirada de las facciones petrificadas de la muchacha.

En ese preciso instante, un sonido seco resonó en la nave de la capilla.

El impacto metálico de un bastón contra el mármol.

—Le advertí que no hiciera arqueología, señor Alarcón —dijo la voz de Adelaida Valterra desde la penumbra del pasillo central.

Giré la cabeza bruscamente. La anciana permanecía de pie a pocos metros del altar, recortada contra la débil luz de la luna. A su lado, sujetando una pesada linterna de caza y una escopeta de dos cañones con el martillo levantado, se encontraba la Sra. Olmedo.

—Una lástima —añadió Adelaida con una serenidad aterradora—. Tenía la esperanza de que fuera más inteligente que el señor Julián. La curiosidad en los restauradores siempre ha sido un defecto mortal.

La Sra. Olmedo alzó la escopeta y apuntó directamente a mi pecho.

El cañón doble de la escopeta recortada brillaba bajo la luz tenue de la linterna de caza que sostenía la Sra. Olmedo. La boca de los dos tubos de acero me encañonaba directamente al pecho, a menos de cuatro metros de distancia.

—Baje de la tarima, señor Alarcón —ordenó Adelaida Valterra. Su voz no temblaba; tenía el tono seco y carente de emoción de quien dicta un inventario de propiedades desahuciadas.

Sostuve el frasco de disolvente neutro en mi mano izquierda y el bisturí en la derecha. Mis pies continuaban fijos sobre la madera crujiente del altar, a escasos centímetros del borde del tanque de acero donde descansaban los restos de Elena.

—Sabe que no podrá ocultar esto —dije, buscando ganar cada segundo posible mientras mi cerebro calculaba febrilmente las pocas opciones de escape—.

Un restaurador desparecido puede ser una coincidencia.

Dos restauradores volatilizados en la misma finca en menos de un mes levantarán sospechas hasta en la comisaría más corrupta de la provincia.

—Nadie sabe que el señor Julián sigue aquí —respondió la anciana con una sonrisa helada que apenas arrugó su piel de pergamino—.

Y respecto a usted... su reputación en la capital ya estaba arruinada tras la controversia de Ávila.

Que un profesional caído en desgracia decida poner fin a sus deudas internándose en el Atlántico desde nuestros acantilados no sorprenderá a ninguno de sus colegas.

—Fue una muerte accidental, ¿verdad? —insistí, dando un paso milimétrico hacia la izquierda, acercándome a la repisa del altar donde descansaba mi maletín de productos químicos—. Elena quería marcharse con el chico del pueblo. Discutieron en la biblioteca.

Adelaida me observó en silencio durante un segundo. En el fondo de sus ojos vidriosos no había remordimiento, solo una soberbia patológica.

—Elena no entendía la responsabilidad del apellido.

Quería entregar su herencia a un miserable marinero de aguas bajas.

Mi esposo intentó retenerla... ella tropezó.

El resto fue simplemente una labor de preservación patrimonial.

El apellido Valterra no podía ser arrastrado por las rotativas de la prensa sensacionalista.

—Preservación —repetí con ironía áspera—. Han convertido a su propia nieta en una capa de aparejo y la han sumergido en ácido alcalino tras un lienzo barroco. Eso no es preservación, doña Adelaida. Es locura.

—Es suficiente, Olmedo —intervino la matriarca, dando un paso atrás hacia el pasillo de la capilla—. Llévelo abajo con el otro. Cuando el mar suba con la marea de la madrugada, nos ocuparemos de ambos.

La Sra. Olmedo dio un paso adelante, acortando la distancia. El martillo de la escopeta chasqueó al ser amartillado hacia atrás.

—Camine hacia la puerta lateral —instó la sirvienta con su voz monótona.

En ese instante, aproveché el segundo exacto en que la Sra. Olmedo desviaba la mirada hacia el peldaño inferior para actuar.

No intenté abalanzarme sobre la escopeta.

En lugar de eso, desenrosqué con el pulgar el tapón del frasco de disolvente concentrado de mi mano izquierda —un compuesto altísimamente volátil a base de acetona pura,

nitrometano y alcohol isopropílico— y arrojé todo su contenido directamente hacia la lámpara de caza que la mujer llevaba en la otra mano.

El reactivo golpeó la bombilla halógena incandescente y la carcasa caliente de la linterna.

El resultado fue una deflagración instantánea. Un fogonazo azul y anaranjado estalló en el aire entre nosotros, desprendiendo una llamarada violenta y una ola de calor expansivo.

La Sra. Olmedo soltó un alarido de sorpresa y dolor al sentir el fuego abrasándole la mano.

El arma se disparó accidentalmente: un estruendo ensordecedor retumbó en la capilla cuando el cartucho de perdigones impactó contra la cornisa superior del altar, desprendiendo una lluvia de yeso, molduras doradas y astillas de madera.

El estallido sofocó la luz por un instante.

Aproveché el caos, me tiré al suelo de la tarima, agarré mi maletín de herramientas por la correa y me arrojé hacia la parte trasera del retablo, colándome por la hendidura abierta de la cripta secreta.

—¡Fuego! ¡Apágalo, estúpida! —gritó la voz enfurecida de Adelaida desde la penumbra.

Escuché las pisadas pesadas de la Sra. Olmedo tratando de sofocar la pequeña llama que ardía sobre el suelo de mármol.

Tras el retablo, el aire era casi irrespirable por la concentración del solvente quemado y la pestilencia del tanque de acero. No podía volver a la nave principal; la Sra. Olmedo bloqueaba la única salida con la escopeta y la linterna.

Encendí mi pequeña linterna halógena de mano y dirigí la luz hacia la parte posterior de la cavidad de piedra.

La cavidad no terminaba en el muro ciego.

Detrás del tanque de acero inoxidable donde descansaba el cuerpo de Elena, la mampostería se deshacía en un túnel estrecho, tallado directamente en la roca madre del acantilado sobre el que descansaban los cimientos de la finca.

Era un antiguo paso de servicio o un conducto de ventilación diseñado en el siglo XVIII para evacuar la humedad del subsuelo.

Sin dudarlo un segundo, salté por encima del borde del tanque de acero, evitando tocar la solución líquida oxidada, y me arrastré por el pasadizo de piedra húmeda.

El túnel descendía en una pendiente pronunciada. El techo era tan bajo que me veía obligado a avanzar a gatas, raspándome los hombros y las rodillas contra la piedra rugosa. El suelo estaba cubierto por una fina capa de barro frío y filtraciones de agua de mar.

A mis espaldas, la voz desgarrada de la Sra. Olmedo resonó a través de la cavidad: