Lo que esconde el foso LO QUE ESCONDE EL FOSO #4
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LO QUE ESCONDE EL FOSO #4

—Analicé la muestra de exudado en el microscopio —le dije, observando su reacción—. Hay tejido celular y fibras de nylon azul. ¿Qué ocurrió en esta casa hace treinta y dos años?

Julián apretó los labios y miró instintivamente hacia la puerta de la biblioteca, asegurándose de que seguíamos solos. Luego volvió su mirada hacia mí, con una expresión cargada de un pavor absoluto.

—Adelaida Valterra no es solo la dueña de esta casa; es la matriarca de una estirpe de coleccionistas obsesionados con la perpetuidad —explicó en voz baja—.

Elena era la última heredera directa por parte de su hijo difunto.

La chica quería marcharse. Se había enamorado de un muchacho del pueblo costero y planeaba vender su parte de los bienes familiares para financiar su fuga.

—Y no lo permitieron —deduje.

—Una noche de tormenta, en esta misma biblioteca, hubo una discusión. No sé quién asestó el golpe definitivo —si fue la propia Adelaida o el difunto señor Valterra—, pero Elena murió al impactar contra la arista de ese escritorio de roble donde usted está apoyado.

Miré la esquina barnizada de la mesa. En la madera oscura se apreciaba una sutil grieta rellenada con cera de restauración, casi imperceptible para un ojo no entrenado.

—No podían llamar a las autoridades —continuó Julián—.

Un escándalo de esa magnitud destruira el apellido y la finca pasaría a embargo por las deudas tributarias que arrastraban.

Así que recurrieron a un viejo conocido de la familia: un químico y falsificador que trabajaba para las galerías de Nápoles.

Ése hombre sugirió una solución tan macabra como brillante desde el punto de vista de la conservación.

—El reentelado —murmuré, sintiendo un escalofrío helado recorriendo mi espina dorsal.

—Exacto. Desmembraron la prenda de la chica, procesaron los restos biológicos con un compuesto de cal, resina sintética y sosa para detener la putrefacción rápida, y utilizaron la mezcla como masa de aparejo para pegar la tela original del retablo del siglo XVII sobre un nuevo lienzo de lino.

Luego, el falsificador retocó la zona del verdugo, cubriendo cualquier relieve anómalo con capas sucesivas de óleo denso.

Convirtieron una obra maestra de la pintura barroca en una caja fuerte orgánica.

—Pero el tiempo no perdona a la química —dije, conectando las piezas en mi cabeza—. Las mezclas inestables tarde o temprano reaccionan. La cal empezó a degradar el aceite de linaza y la sangre atrapada terminó por saponificarse, generando una presión interna que rompió el barniz superior.

—Por eso lo han traído a usted —sentenció Julián, fijando sus ojos desorbitados en los míos—.

Y por eso me trajeron a mí. No quieren restaurar una obra de arte.

Quieren a un técnico capaz de aplicar una capa de resina epóxica e hidrófuga que vuelva a sellar la fisura durante otros treinta años.

Y una vez que usted termine de aplicar el sellador... usted sabrá demasiado.

Un crujido sordo resonó en el pasillo exterior.

Julián se petrificó al instante. Apagó de un soplo la débil chispa del candil que sostenía y me agarró del brazo con una fuerza inverosímil para su estado físico.

—Alguien viene —susurró contra mi oído—. Vuelva a su habitación. Guarde la carpeta. Si ven que falta, sabrán que hemos hablado.

—Venga conmigo —le pedí en voz baja—. Podemos salir de la finca al amanecer y llamar a la policía.

—No hay salida al amanecer, Alarcón —respondió con desesperación—.

La verja exterior está cerrada con cadena motorizada y los perros sueltos en el perímetro desde las medianoche hasta las seis de la mañana.

Yo conozco los conductos de ventilación del ala norte.

Quédese en su cuarto y finja ignorancia.

Antes de que pudiera replicar, Julián se deslizó con la agilidad de una sombra hacia el fondo de la biblioteca, desapareciendo tras una pesada cortina de terciopelo que cubría un pasadizo de servicio.

Cerré la carpeta de 1994, la coloque de nuevo exactamente en la misma posición dentro del archivador de roble y me aseguré de no dejar rastro alguno de mi presencia sobre la mesa. Apagué la linterna y me aproximé a la puerta de entrada.

Al pegar el oído a la madera, escuché el sonido inconfundible del bastón de Adelaida Valterra golpeando el suelo de mármol del pasillo principal. El golpe era lento, uniforme, implacable: clac... clac... clac...

Se detuvo justo frente a la puerta de la biblioteca.

Contuve el aliento. Mi mano derecha apretó instintivamente el mango del bisturí que guardaba en el bolsillo de mi abrigo.

Escuché el sonido de una llave introduciéndose en la cerradura desde el exterior. El mecanismo giró un punto. Luego, repentinamente, el proceso se detuvo.

—¿Sra. Olmedo? —la voz de Adelaida resonó al otro lado de la puerta, fría y nítida como el cristal de una guillotina.

—¿Sí, Sra. Valterra? —respondió la voz distante del ama de llaves.

—Asegúrese de que el señor Alarcón reciba su té de manzanilla a primera hora. Mañana debe comenzar la fase de sellado térmico sin falta. Quiero el retablo terminado antes del fin de semana.

—Todo está preparado en el taller, señora. Las mezclas de resina están listas.

—Bien. Vamos. Odio el olor a humedad de esta galería.

El sonido del bastón volvió a alejarse por el pasillo hasta extinguirse en la lejanía.

Esperé cinco minutos completos en la oscuridad absoluta, sintiendo el galope desbocado de las pulsaciones en mi garganta. Cuando me cercioré de que el pasillo estaba desierto, abrí la puerta con un cuidado extremo, salí al corredor y regresé a mi habitación a paso veloz pero silencioso.

Una vez dentro de mi cuarto, trancué la puerta con el único sillón de caoba que había junto al ventanal.

Me senté en la orilla de la cama, mirando mis manos.

Mi mente de restaurador, acostumbrada a la lógica pura de la física y la química de materiales, luchaba por asimilar la enormidad del horror que se escondía en la capilla.

No se trataba de salvar un cuadro de la degradación; se trataba de romper un pacto de silencio de más de tres décadas.

Si aplicaba la resina que Adelaida me exigiría preparar al día siguiente, terminaría de sepultar la única prueba del asesinato de Elena Valterra y me convertiría en su cómplice involuntario...

o en una víctima prescindible una vez ejecutada la tarea.

Pero si me negaba abiertamente, correría la misma suerte que Julián: cazado dentro de los muros de aquella mansión helada.

Tenía que actuar con astucia. Debía utilizar las herramientas de mi propio oficio para desmantelar la mentira.

Me levanté, encendí la pálida luz de la lámpara de noche y abrí mi maletín de herramientas.

Entre los frascos de disolventes y las espátulas, saqué un pequeño bote de reactivo Químico de Revelado Orgánico (Luminol en solución concentrada) que utilizaba para detectar repintes antiguos realizados con aglutinantes proteicos.

Si quería sacar a la luz la verdad de Elena Valterra y salir con vida de la Finca Las Marismas, no debía sellar el retablo. Tenía que forzar su apertura completa en presencia de alguien que Adelaida no pudiera controlar.

Y para eso, necesitaba acelerar la reacción química del lienzo antes de que amaneciera.

A las dos de la madrugada, la mansión parecía haber sumergido sus cimientos en el fondo del océano. El viento había amainado ligeramente, cediendo su lugar a una llovizna fina y persistente que golpeaba los cristales con el murmullo constante de un enjambre de insectos.

Aparqué el sillón de caoba que bloqueaba mi puerta con el mayor sigilo posible.

Metí en los bolsillos de mi abrigo dos frascos de reactivo concentrado, un bote de disolvente neutro, un bisturí de hoja curva y mi linterna de inspección.

Si me capturaban esta vez, no habría excusas sobre paseos nocturnos o insomnio.

Salí al pasillo. La penumbra era densa, casi táctil. Bajé las escaleras de caracol evitando el centro de los escalones, donde la madera solía ceder con crujidos delatores, y me deslicé por la galería posterior hacia la capilla.

La enorme puerta de roble estaba cerrada, pero no pasada con llave desde fuera. El trinquete cedió bajo la presión de mi mano con un chasquido ahogado. Me colé en el templo, cerrando la hoja tras de mí hasta dejar solo una rendija de ventilación.

El aire interior olía intensamente a la mezcla viscosa que había brotado del lienzo horas antes. Avancé por la nave central con la linterna apagada, guiándome únicamente por la luz pálida de la luna que se filtraba a través del rosetón roto de la fachada.

Al llegar al altar mayor, la figura desfigurada de San Bartolomé parecía observarme desde las sombras. El santo desollado y sus verdugos cobraban una tridimensionalidad grotesca bajo los reflejos de la lluvia exterior.

Encendí la linterna ajustada al nivel mínimo e iluminé la esquina inferior derecha.

La gota que había recogido previamente había sido reemplazada por un reguero constante, un surco de pigmento oscuro y líquido que descendía zigzagueando por el marco de madera dorada hasta aposentarse en una pequeña laguna sobre la tarima.

—Es hora de ver qué hay detrás de ti, Elena —susurré.

No iba a limitarme a realizar una cata analítica. Para destapar el crimen de los Valterra sin dejar margen a la manipulación o al encubrimiento, necesitaba exponer la estructura interna del reentelado.

Saqué el bote de disolvente neutro y un pincel plano de cerda dura.

Comencé a aplicar el líquido sobre el área del verdugo donde se apreciaba el rostro oculto.

La solución estaba diseñada para ablandar rápidamente las capas de resina sintética y barnices oxidados sin disolver la pintura al óleo barroca original.

A medida que el disolvente hacía efecto, la superficie barnizada comenzó a arrugarse como una piel quemada. Con ayuda del bisturí de hoja curva, fui retirando la película de repinto aplicada en los años noventa.

La resina cedía en escamas pegajosas. Debajo de la sombra oscura, la luz halógena comenzó a revelar no solo los contornos del rostro de la joven, sino algo que congeló mi pulso.

La masa de aparejo —aquella mezcla macabra de cal, resina y restos procesados— no se limitaba a cubrir un hueco diminuto.