Lo que esconde el foso LO QUE ESCONDE EL FOSO #3
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LO QUE ESCONDE EL FOSO #3

Alguien había utilizado el lienzo barroco como un lienzo de ocultación. Alguien había repintado la escena del martirio de San Bartolomé para cubrir una imagen previa, utilizando un pigmento aglutinado con sangre fresca y tejido orgánico en el momento de su preparación.

Aparté la mirada del microscopio. Las sienes me latían con furia.

¿Qué clase de monstruosidad estaba restaurando? ¿Por qué la familia Valterra había traído a un restaurador de fuera para "estabilizar" un lienzo que guardaba semejante atrocidad en sus entrañas?

De pronto, el sonido del viento en el exterior fue sofocado por un ruido procedente del interior de la casa.

Era un sonido suave, rítmico, que resonaba en la estructura de madera del suelo. Alguien estaba caminando por el pasillo del ala oeste. Unos pasos pausados, acompañados por el arrastre leve de algo pesado sobre la alfombra.

Me acerqué a la puerta de mi habitación y pegué la oreja a la madera helada.

Los pasos se detuvieron justo al otro lado de mi umbral.

El picaporte de latón de mi puerta comenzó a girar hacia abajo, muy lentamente, con una precisión casi quirúrgica.

Sostuve la respiración, retrocediendo un paso en el aire enrarecido del cuarto, mientras la puerta cedía un milímetro y una corriente de aire helado se colaba por la rendija.

El picaporte completó su recorrido hasta el tope. La puerta se abrió unos tres centímetros con un suspiro de madera vieja, dejando ver únicamente una franja de oscuridad absoluta en el pasillo.

Permanecí inmóvil, con el cuerpo en tensión y los puños apretados. El aire que se filtró por la rendija venía cargado de ese mismo hedor dulce y rancio que había percibido en el vestíbulo al llegar: manzanas podridas y humedad estancada.

—¿Hay alguien ahí? —pregunté en un susurro firme.

Nadie respondió. Tampoco hubo el sonido de unos pasos alejándose. Solo el silencio denso y pesado de la mansión, interrumpido por el embate distante de las olas contra los acantilados.

Avancé despacio hacia el umbral, agarré el borde de la puerta y la abrí de golpe.

El pasillo estaba desierto. La tenue luz de mi lámpara de mesa se proyectaba sobre las tablas del suelo, dibujando un rectángulo de claridad sobre la alfombra raída.

Miré hacia ambos lados. A la izquierda, el pasillo se hundía en la penumbra hacia la escalinata principal; a la derecha, la galería del ala oeste permanecía a oscuras, clausurada por una pesada puerta de doble hoja que ahora estaba entreabierta apenas un par de dedos.

En el suelo, justo sobre el felpudo de mi habitación, alguien había dejado un objeto.

Me agaché para recogerlo. Era una llave pequeña, de hierro forjado, con la paletón visiblemente desgastado y una etiqueta de cartón atada con un cordel de pita. En el cartón, escrito con una caligrafía temblorosa pero precisa, se leía una sola palabra: Biblioteca.

Miré hacia la puerta entreabierta del ala oeste. Una corriente de aire helado hizo oscilar la cadena del candado que debería haberla mantenido cerrada. Alguien quería que entrara. O alguien estaba jugándose la piel para darme una pista sin ser descubierto.

Guardé la llave en el bolsillo de mi pantalón, regresé a la mesa, apagué el microscopio y me puse el abrigo.

Agarré mi linterna de inspección. Si Adelaida Valterra o la Sra. Olmedo me descubrían rondando por la casa a medianoche, la expulsión sería inmediata, pero el hallazgo de las fibras sintéticas y la sangre en el lienzo convertían mi permanencia allí en una cuestión de supervivencia.

Tenía que entender qué estaba restaurando antes de que me convirtiera en el siguiente elemento a eliminar.

Salí al pasillo procurando no hacer ruido. Me deslicé en la penumbra, pegando la espalda a la pared de piedra para evitar que las maderas del suelo crujieran. Crucé el arco que dividía la vivienda y me adentré en la galería del ala oeste.

Aquí el frío era aún más intenso. Las paredes estaban cubiertas por tapices descoloridos que olían a polvo seco y polilla.

A medida que avanzaba, el haz de la linterna iluminaba retratos al óleo de las anteriores generaciones de los Valterra: hombres de mirada severa con uniformes militares, mujeres de rostros pálidos y vestidos de corte victoriano.

Todos compartían esa misma expresión de rigidez helada que había visto en los ojos de la matrona.

Al final del corredor se alzaba una imponente puerta de caoba con molduras talladas. Introduje la llave en la cerradura. Giró con un chasquido suave, casi sin resistencia.

Empujé la puerta y entré.

La biblioteca era un espacio monumental de dos plantas, con galerías de madera que albergaban miles de volúmenes empastados en cuero. Grandes ventanales arqueados mostraban el mar embravecido bajo la luz de una luna velada por las nubes. El olor a papel viejo, tinta y cera llenaba la estancia.

Cerré la puerta a mis espaldas y ajusté el haz de la linterna al nivel más bajo posible.

Buscaba archivos, diarios o carpetas de prensa. Si el reentelado del cuadro y el crimen que intentaba ocultarse databan de hace tres o cuatro décadas —según la presencia del nylon azul en la muestra—, debía haber algún registro de lo ocurrido en la familia durante esa época.

Me dirigí hacia un escritorio de roble macizo situado en el centro de la estancia. Los cajones laterales estaban abiertos y vacíos. Sin embargo, en el mueble archivador que se alzaba detrás de la mesa, ordenado por fechas, encontré carpetas con recortes de periódicos locales e internacionales.

Revisé los lomos con rapidez: 1978, 1982, 1989, 1994.

Extraje la carpeta correspondiente a 1994.

Al abrirla sobre el escritorio, lo primero que saltó a mi vista fue una fotografía en blanco y negro recortada del diario comarcal El Eco del Norte.

El titular, impreso en letras grandes y ennegrecidas, decía: DESAPARECE LA HEREDERA DE LOS VALTERRA EN EXTRAÑAS CIRCUNSTANCIAS.

La imagen mostraba a una muchacha de unos diecinueve años, de sonrisa tímida y cabello claro recogido en un peinado sencillo. Sentí un vuelco en el estómago.

Eran los mismos ojos. Los mismos trazos fisonómicos que había intuido bajo el pigmento de la sangre en la esquina inferior derecha del retablo.

Leí el artículo en voz baja, tragando saliva:

"La joven Elena Valterra, nieta de doña Adelaida Valterra y única heredera directa de la fortuna familiar, lleva desaparecida desde la noche del pasado martes. La Guardia Civil ha desplegado un amplio dispositivo de búsqueda por la costa y los acantilados contiguos a la Finca Las Marismas.

Las autoridades no descartan un trágico accidente en las rocas, aunque la familia sostiene que la joven se marchó voluntariamente dejando una carta de despedida..."

Volví la página del recorte. Debajo del artículo había un informe policial fotocopiado, filtrado o archivado privadamente por la familia.

En la descripción de la ropa que llevaba la joven la noche de su desaparición, una línea estaba subrayada con tinta roja: Chaqueta de punto de lana azul con entramado de fibras sintéticas de nylon.

Un sudor frío me recorrió la nuca.

No había habido ningún accidente. Elena Valterra no se había ahogado en el mar ni había huido a la capital.

Estaba allí. Había sido asesinada dentro de la mansión hace treinta y dos años, y su cuerpo o sus restos habían sido procesados o disueltos para mezclar sus pigmentos y ropas con la materia pictórica del reentelado de El martirio de San Bartolomé.

Alguien había utilizado una obra maestra del siglo XVII para convertirla en una tumba invisible.

—Buscaba información sobre la iconografía del santo, supongo —dijo una voz a mis espaldas.

Giré en redondo, ocultando el informe tras mi espalda y encendiendo la luz halógena directamente hacia el origen del sonido.

A un par de metros de mí, apoyado contra una de las estanterías de roble, se encontraba un hombre de mediana edad. Vestía un jersey de cuello alto desgastado y un pantalón de pana manchado de pintura y polvo. Tenía la barba descuidada, los ojos hundidos por el cansancio y una delgadez enfermiza.

En su mano derecha sostenía un candil de latón apagado.

—Usted es el restaurador anterior —dije, tratando de mantener la voz firme—. El que "duró menos de tres días".

El hombre dejó escapar una risa amarga y seca, sin el menor rastro de humor.

—No me fui, señor Alarcón. Nunca me dejaron marcharme —dijo, dando un paso hacia la luz de mi linterna.

—Me llamo Julián —dijo el hombre, cubriéndose levemente los ojos con la mano para protegerse del haz de mi linterna—. Y si no baja esa luz, la Sra. Olmedo verá el resplandor desde el patio interior. Ella no duerme. Solo espera.

Bajé la linterna hacia el suelo, dejando que la penumbra volviera a adueñarse de la biblioteca.

La luz pálida de la luna, colándose entre las nubes, perfilaba la figura demacrada de Julián.

Sus manos temblaban ligeramente y tenía la piel de los dedos manchada de surcos negros, una marca inconfundible del contacto prolongado con el nitrato de plata y los solventes más agresivos.

—Dijeron que había abandonado la finca por problemas de salud —dije, dando un paso cauteloso hacia él.

—Es la historia oficial para cualquier indeseable que hace demasiadas preguntas —respondió Julián en un susurro áspero—.

Me encerraron en los aposentos del sótano cuando me negué a continuar con la fijación del aglutinante.

Llevo dos semanas escondiéndome en los pasillos de servicio y en el hueco del tiro de la chimenea vieja.

Sobrevivo con la comida que consigo sustraer de la despensa de madrugada.

—Fue usted quien dejó la llave en mi puerta —afirmé.

Julián asintió despacio.

—Tenía que advertirle antes de que aplicara la capa de sellado.

Si aplica el consolidante térmico que le habrán preparado en el taller, sellará químicamente la descomposición del soporte exterior.

El barniz sintético no se degradó por casualidad, señor Alarcón.

Se degradó porque la materia viva que hay debajo se está abriendo paso.

Me acerqué al escritorio y volví a mirar el recojo de prensa de 1994 con la imagen de Elena Valterra.