LO QUE ESCONDE EL FOSO #2
Pero lo más inquietante no era la naturaleza del pigmento. Al retirar la suciedad de la zona raspada, la luz rasante reveló que debajo de la capa de pintura visible —debajo de la piel del verdugo— existía otra capa completamente diferente.
Alguien había pintado sobre un retrato anterior. Un arrepentimiento o una ocultación deliberada.
Volví a aplicar la luz halógena en un ángulo de cuarenta y cinco grados. En el borde inferior, donde las incisiones raspadas rompían la superficie, se entreveía la silueta diminuta de un rostro. No era el rostro de un santo del siglo XVII ni la faz de un mártir.
Eran los ojos trazados de una mujer joven. Y el pigmento oscuro que bordeaba su silueta contenía diminutas partículas grisáceas, granos apelmazados que solo podían ser una cosa: ceniza.
De repente, un chasquido fuerte reverberó en la capilla.
Me giré bruscamente, aferrando el bisturí en la mano derecha.
La puerta de la capilla, que la Sra. Olmedo había dejado entreabierta, se había cerrado de golpe. El sonido de la cerradura al encajarse resonó como un disparo en el pequeño templo.
Caminé rápidamente hacia la salida, el corazón me latía con violencia contra las costillas.
Agarré el pomo de hierro y tiré de él. Estaba atrancado.
La llave no estaba en la cerradura por el lado de dentro; el ama de llaves debía haber jalado la puerta por fuera o el viento había accionado el viejo trinquete.
—¿Sra. Olmedo? —llamé, golpeando la madera con los nudillos—. ¡La puerta se ha cerrado!
Nadie respondió.
Solo el viento. Y entonces, a mis espaldas, en el silencio sepulcral de la capilla helada, escuché un goteo suave, constante y viscoso que caía directamente sobre las maderas secas del altar. Un goteo que no provenía del techo.
El sonido del goteo sobre las tablas de madera del altar tenía una cadencia exasperante, un chasquido sordo y denso que rompía el silencio de la capilla como una aguja atravesando una tela tensa.
Giré sobre mis talones, sujetando la linterna halógena con el puño apretado. El haz de luz blanca tembló ligeramente al recorrer el suelo de la nave, subió por la escalinata de piedra y se posó de lleno en la base del retablo.
No venía del techo.
De la esquina inferior derecha del lienzo, justo sobre el área donde acababa de realizar la cata de limpieza y rascado el barniz oxidado, una gota de un líquido oscuro y viscoso emergía lentamente.
Se acumulaba en el borde del marco de madera dorada, vibraba un instante bajo su propio peso y caía pesadamente contra el suelo.
—Imposible —murmuré para mí mismo.
Me acerqué a pasos rápidos pero cautelosos. Posé la luz directamente sobre la grieta del cuadro. La pintura de un óleo antiguo, secada y curada a lo largo de trescientos años, es una corteza inerte de polímeros de aceite de linaza y pigmentos minerales. No sangra. No rezuma.
Extendí la mano derecha, aún protegida por el guante de nitrilo, y toqué la gota antes de que se desprendiera hacia la madera.
La textura era fría, espesa y aceitosa. Al acercármela a la nariz, un hedor penetrante me golpeó la garganta: barniz de colofonia podrido mezclado con el olor metálico e inconfundible de la sangre estancada y un matriz químico áspero, calcáreo, como la sosa cáustica.
El lienzo no estaba "sudando" desde el exterior; algo encerrado entre la tela original y el reentelado posterior —el lienzo secundario que los restauradores adhieren a la parte trasera para reforzar una obra dañada— estaba filtrándose a través de las microfisuras que yo había abierto con el bisturí.
Un sonido metálico desgarró el aire a mis espaldas.
La cerradura de la capilla giró con un chirrido seco y la enorme puerta de roble se abrió lentamente. La luz amarillenta del pasillo recortó una silueta en el umbral.
No era la Sra. Olmedo.
Era una mujer anciana, de hombros encorvados pero porte rígido, apoyada sobre un bastón de empuñadura de plata con forma de cabeza de cuervo.
Vestía un abrigo largo de terciopelo negro que parecía absorber la luz.
Su rostro era un mapa de arrugas profundas, endurecidas por una palidez cadavérica, pero sus ojos —azules, penetrantes, vidriosos— tenían la lucidez helada de un depredador.
—No debería manipular la obra en la oscuridad, señor Alarcón —dijo. Su voz era grave, raspada, cargada de un tono de autoridad que no admitía réplicas.
Me quité el guante con rapidez, ocultando la gota de líquido viscoso en el interior del nitrilo doblado, y me erguí con serenidad impostada.
—Doña Adelaida —dije, deduciendo su identidad de inmediato—. La puerta se cerró por culpa de una corriente de aire. Estaba examinando el estado de conservación del soporte antes de preparar el andamiaje para mañana.
La anciana dio unos pasos hacia el interior de la capilla. El sonido de su bastón contra el suelo de mármol retumbaba con la monotonía de un reloj de pared. Se detuvo a escasos metros de mí, inclinando levemente la cabeza para observar el lienzo de El martirio de San Bartolomé.
—Una pieza magnífica, ¿no le parece? —dijo sin mirarme—. Mi difunto esposo la adquirió en una subasta privada en Nápoles en los años setenta. Siempre tuvo una inclinación morbosa por la pintura de la escuela tenebrista. Los santos sufrientes, la carne abierta, las sombras que devoran la luz...
—El trabajo técnico es soberbio —respondí, manteniendo la distancia—.
Sin embargo, el cuadro presenta graves problemas estructurales.
El barniz sintético o de regeneración aplicado en intervenciones anteriores se ha oxidado de forma anómala.
Y el soporte textil está reaccionando a la humedad de la estancia.
Adelaida Valterra giró despacio la cabeza hacia mí. Sus pupilas se dilataron al fijarse en la linterna que aún sostenía en la mano.
—El ama de llaves me ha dicho que ha comenzado a raspar el sector inferior.
—Simplemente realicé una cata analítica —mentí con pulso firme—. Es el procedimiento estándar para comprobar si existen capas de repinte posterior o si la película pictórica corre riesgo de desprendimiento.
—No quiero raspados, señor Alarcón —su voz descendió un octavo, volviéndose imperiosa—. Se le ha contratado para limpiar la suciedad superficial y asentar la capa de protección. No ha venido aquí a hacer arquelogía pictórica. Mi familia no paga por sus curiosidades académicas.
—Si no evalúo qué hay bajo la superficie, el tratamiento de consolidación podría destruir el lienzo original —repliqué, sosteniéndole la mirada—.
Debajo de la sombra del verdugo hay material no orgánico.
Y las grietas están expulsando un compuesto químico inestable.
Si no me permite analizarlo, la obra se perderá por completo en un par de años.
La anciana apretó la empuñadura de su bastón hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Por un segundo, creí ver un destello de genuino pánico en el fondo de sus ojos vidriosos, pero desapareció tan rápido como había llegado, reemplazado por una frialdad absoluta.
—La casa y todo lo que contiene son de mi propiedad. Hará el trabajo según mis instrucciones o tomará el autobús de regreso a la ciudad mañana por la mañana. ¿Queda claro?
Guardé silencio durante tres segundos que se me hicieron eternos. Necesitaba el dinero, es cierto, pero la deformación profesional y el misterio brutal que acababa de tocar con los dedos me ataban a ese retablo mucho más que la tarifa pactada.
—Entendido, Sra. Valterra. Me ceñiré a la estabilización superficial.
—Excelente —dijo, dando media vuelta con una agilidad sorprendente para su edad—.
Cenará en su habitación. La Sra. Olmedo le llevará una bandeja.
Le sugiero que no salga de su dormitorio durante la noche.
Los pasillos de esta casa son antiguos, las corrientes descuadran las puertas y no me gustaría que se despistara en la penumbra.
Se alejó hacia la salida. La Sra. Olmedo, que aguardaba en la penumbra del pasillo como un espectro agazapado, cerró la puerta tras ella sin hacer el menor ruido.
Me quedé a solas de nuevo. No esperé ni un segundo: saqué del bolsillo de mi abrigo un pequeño frasco de vidrio para muestras que solía usar en los peritajes de campo, desdoblé el guante de nitrilo y deposité el residuo viscoso y oscuro dentro del recipiente antes de sellarlo herméticamente.
Luego, recogí mis herramientas y salí de la capilla, asegurándome de que el trinquete quedara bien encajado.
El dormitorio parecía aún más hostil bajo la luz tenue de la única lámpara de noche. El viento del Atlántico golpeaba el ventanal con ráfagas secas que hacían vibrar los cristales en sus marcos de madera podrida.
A las ocho en punto, dos golpes secos sonaron en la puerta. Al abrir, encontré una bandeja sobre un velador del pasillo con un cuenco de sopa humeante, un trozo de pan duro y una jarra de agua. La Sra. Olmedo ya se había retirado por el pasillo en sombras.
Ignoré la comida. Limpié la mesa de caoba que había en una esquina del dormitorio, saqué mi microscopio portátil de campaña —un equipo óptico compacto de alta resolución que siempre llevaba conmigo— y encendí la lámpara halógena para analizar el contenido del frasco de vidrio.
Con la ayuda de una micropipeta, extraje una fracción de milímetro cúbico del líquido denso y lo coloqué sobre un portaobjetos. Ajusté el enfoque a 400 aumentos.
Lo que vi en el campo de visión del microscopio me congeló la sangre.
No era una simple emulsión de aceite envejecido ni un barniz mal formulado.
La muestra estaba compuesta por una matriz de resina natural mezclada con corpúsculos celulares humanos deshidratados.
Había glóbulos rojos fosilizados en el aglutinante, pero lo más perturbador eran las finísimas hebras negras que cruzaban la muestra como una red microscópica.
Eran fibras sintéticas. Fibras de nylon azul, idénticas a las utilizadas en la confección de prendas de vestir modernas.
Aquella capa no había sido pintada en el siglo XVII por un maestro tenebrista napolitano.
La capa oculta, la que estaba debajo de la figura del verdugo y sobre la cual descansaba la imagen de la muchacha que había entrevisto con la luz rasante, había sido aplicada o alterada como máximo tres o cuatro décadas atrás.