Lo que esconde el foso LO QUE ESCONDE EL FOSO
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Lo que esconde el foso

Lo que esconde el foso

Por Eduardo Aguera Villalobos

© inepub.com

LO QUE ESCONDE EL FOSO

Llego a la mansión de la familia Valterra en un pueblo costero sumido en la niebla constante.

Mi encargo es restaurar un retablo del siglo XVII oculto en la capilla privada de la finca.

Sin embargo, al retirar las primeras capas de barniz y hollín, descubro que el lienzo esconde un doble fondo con pigmentos mezclados con sangre humana y un diario en clave fechado el día en que la heredera de la familia desapareció sin dejar rastro hace veinte años.

A medida que avanzo en el trabajo, alguien en la casa empieza a manipular mi material, las sombras de la mansión cobran vida y me doy cuenta de que mi llegada no ha sido una coincidencia: mi propio pasado está atado al de esa muchacha.

Martín es quien cuenta y narra esta historia, es analítico.

El aire del atlántico septentrional no limpia los pulmones; los llena de salmuera, humedad arcillosa y la sospecha imborrable de que todo lo que toca se encuentra en un estado de lenta y meticulosa descomposición.

El autobús de línea me dejó en el cruce de la carretera comarcal a las cuatro de la tarde, cuando la luz del día ya había comenzado a colapsar sobre el horizonte con la lentitud agónica de un enfermo terminal.

Mi equipaje era escaso pero pesado: un maletín de cuero raído con mis herramientas de trabajo —matorracas, disolventes con base de acetato, bisturís de precisión alemana y pinceles de pelo de marta— y una maleta rígida con apenas tres mudas de ropa.

El viento soplaba desde el acantilado, arrastrando una niebla espesa que se adhería a las solapas de mi abrigo como una capa de grasa fría.

Observé el cartel de madera podrida que señalaba el camino de tierra: Finca Las Marismas.

La caligrafía en hierro forjado estaba medio comida por el óxido, pero aún resultaba legible.

Caminé algo más de un kilómetro por un sendero flanqueado por cipreses deformados por las borrascas costeras.

Cada paso sonaba como un mordisco sobre la grava húmeda.

Allí estaba la casa.

No era la típica mansión barroca de la aristocracia norteña, sino un caserón sobrio, monumental y severo, erigido a finales del siglo XVIII sobre los restos de un antiguo baluarte defensivo.

Sus muros de piedra oscura se alzaban desafiando al mar, con ventanas altas y estrechas que semejaban aspilleras.

La pintura blanca de la fachada se caía a tiras, dejando al descubierto la mampostería desnuda, como piel desgastada que deja ver la carne viva.

Subí la pátina de peldaños gastados hasta la puerta principal, una enorme mole de roble tachonada de clavos de hierro. Antes de que pudiera accionar el picaporte con forma de boca de león, la puerta se abrió hacia adentro con un gemido sordo.

—El señor Vane no le esperaba tan temprano, señor Alarcón —dijo la mujer que apareció tras el umbral.

Era una figura enjuta, vestida con un rigor casi monástico. Llevaba el cabello cano recogido en un moño tan tirante que parecía estirarle la piel de los pómulos. Tenía los ojos oscuros, desprovistos de cualquier destello de cortesía o curiosidad.

—El autobús del mediodía llegó con adelantamiento —mentí con suavidad.

La verdad era que no quería pasar un segundo más de lo necesario esperando en la marquesina del pueblo, soportando las miradas inquisitivas de los pescadores locales—.

Soy Martín Alarcón. Supongo que doña Adelaida le habrá informado de mi llegada.

—Soy la Sra. Olmedo, la ama de llaves. La señora Adelaida no recibe a nadie a esta hora. Le mostraré su habitación y, posteriormente, el taller improvisado en la capilla. Acompañeme.

El vestíbulo oía a cera vieja, humedad encerrada y a algo levemente dulce que no logré identificar de inmediato: quizás manzanas pudriéndose en algún rincón oscuro.

El suelo de mármol negro reflejaba la pálida luz de una lámpara de araña a la que le faltaban la mitad de las lágrimas de cristal.

Seguí a la Sra. Olmedo por una escalinata de caracol que crujía bajo nuestro peso combinado.

—El encargo es muy específico, señor Alarcón —dijo ella sin volverse hacia mí mientras subíamos—. La restauración debe limitarse estrictamente al retablo del altar mayor de la capilla. No debe deambular por el ala oeste. La señora pasa allí la mayor parte del tiempo y requiere tranquilidad absoluta.

—Comprendo. No soy dado al turismo doméstico, Sra. Olmedo. Vengo a trabajar.

—Eso espero. El último especialista duró menos de tres días. Argumentó que el ambiente era inhóspito para sus pulmones.

—Mis pulmones están bastante habituados a los vapores del disolvente y la humedad —respondí.

La habitación asignada era amplia pero austera: una cama de hierro de matrimonio, un armario de caoba con olor a naftalina y un ventanal alto que daba directamente a los acantilados.

A lo lejos, el mar rompía contra las rocas con un rugido sordo y constante que parecía hacer vibrar las vigas del techo.

Dejé el equipaje en el suelo y me acerqué a la ventana.

Abaixo, la espuma del mar parecía una masa hirviente en la penumbra.

Este lugar me generaba una opresión inmediata en el pecho, pero la tarifa que Adelaida Valterra había accedido a pagar por la restauración del retablo de la capilla familiar era el triple de lo que cobraría en cualquier galería de la capital.

Y yo necesitaba el dinero. Necesitaba desaparecer durante unos meses, pagar las deudas del taller de mi padre y enterrar los murmullos sobre aquel nefasto incidente en el museo de Ávila.

Quince minutos más tarde, bajaba tras los pasos de la Sra. Olmedo hacia la zona posterior del caserón. Cruzamos un pasillo largo y helado cuyos muros mostraban las marcas de cuadros que habían sido retirados hacía mucho tiempo.

—La capilla permanece cerrada desde la muerte del señor Valterra hace cinco años —explicó el ama de llaves mientras descolgaba una pesada llave de latón de su cinturón—. Nadie entra aquí salvo para limpiar el polvo de la nave principal una vez al mes.

La llave giró con un chasquido seco en la cerradura de hierro. La puerta cedió y un golpe de aire helado, cargado de hedor a hollín antiguo, moho y cera rancia, nos golpeó de lleno.

La capilla era un espacio reducido, de nave única, con arcos de medio punto y un techo de crucería.

Pero mi mirada fue directa, casi de forma instintiva, al altar mayor.

Allí, enmarcado por una estructura de madera dorada completamente devorada por la carcoma y cubierta por una densa capa de suciedad negra, se alzaba el retablo.

Era un lienzo enorme, de casi tres metros de altura.

La imagen representaba el martirio de San Bartolomé.

El santo aparecía atado a un árbol seco, con la cara desfigurada por el dolor mientras sus verdugos comenzaban a despellejarlo.

A pesar del deterioro, de la acumulación de hollín de siglos de velas y de la capa oxidadísima de barniz de linaza que había vuelto la pintura de un color amarillento y verdoso, la calidad técnica era brutal.

Los trazos eran firmes, violentos, ejecutados con una maestría barroca escalofriante.

—Es del taller de Caravaggio... o de un seguidor directo de José de Ribera —murmuré, dando un paso adelante sin pedir permiso.

—La señora solo desea que la imagen quede limpia y estabilizada. Nada de reintegraciones cromáticas excesivas —intervino la Sra. Olmedo desde el umbral, negándose a poner un pie dentro del recinto sagrado.

—Primero debo examinar el estado del soporte, las capas de preparación y ver si la tela sufre ataques biológicos —dije, sacando de mi bolsillo una pequeña linterna halógena de inspección.

Me acerqué al altar. El polvo cubría la tarima de madera en una capa tan gruesa que mis pisadas quedaban perfectamente marcadas.

Alcé la linterna e iluminé la cara del santo.

La superficie estaba repleta de craqueladuras profundas, pequeños surcos en la pintura que amenazaban con desprender la película pictórica en escamas.

Pero algo llamó de inmediato mi atención.

En la esquina inferior derecha, donde la sombra de uno de los verdugos se fundía con el fondo oscuro, la capa de suciedad no parecía natural.

Había marcas. Rayonazos rectilíneos y transversales, como si alguien hubiera intentado raspar la superficie con algo punzante mucho tiempo después de que la pintura estuviera seca.

Me acerqué a apenas diez centímetros del lienzo. Ajusté el haz de luz.

No eran simples arañazos. Eram marcas intencionadas. Símbolos. Pequenas cruces superpuestas y números tallados directamente sobre el barniz de la obra.

—¿Señor Alarcón? —la voz de la Sra. Olmedo resonó con la frialdad de un eco en la piedra—. Dejaré las llaves sobre la mesa lateral. El almuerzo se sirve a las ocho en punto en el comedor pequeño. La señora no tolera la impuntualidad.

—Gracias. Me quedaré un momento más evaluando el equipo que necesitaré instalar mañana —respondí sin volverme.

Escuché el sonido de sus pasos alejándose y el crujido de la puerta al cerrarse parcialmente.

Me quedé a solas con el santo despellejado. El silencio de la capilla era casi absoluto, solo interrumpido por el rumor distante del oleaje contra los cantilados y el suave silbido del viento colándose por algún vitral roto en la parte alta.

Saqué del estuche un escalpelo de hoja fina y unos guantes de nitrilo. Me enfundé los guantes, acerqué la linterna hasta mi mejilla para crear una luz rasante y posé con infinita delicadeza la punta del bisturí sobre el área rayada de la esquina inferior derecha.

Si el barniz oxidado cedía, podría ver si las incisiones habían dañado la capa de imprimación original. Realicé una suave cata de limpieza, retirando un milímetro cuadrado de la capa de hollín y grasa usando un bastoncillo impregnado en una solución diluida de alcohol isopropílico y agua destilada.

Lo que apareció bajo el hollín me erizó el vello de los brazos.

El pigmento rojo utilizado para la sangre que manaba de la pierna del verdugo no era bermellón ni laca de granza.

A diferencia de las partes barnizadas del resto del cuadro, esta zona no mostraba la fluorescencia típica de los pigmentos orgánicos antiguos bajo la luz tenue.

La consistencia era distinta, más opaca, rugosa, casi gelatinosa en su microestructura.