Lo que enterraron 46 Natalie
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46 Natalie

Natalie

Steve conduce rápido, pero con seguridad.

Una mano en el volante, la otra cerca de la radio que lleva enganchada al chaleco.

Otto va en el asiento del copiloto, con sus anchos hombros ocupando todo el espacio y la mirada escrutando cada coche que pasamos como si buscara una amenaza.

Yo voy sentada detrás, encorvada hacia delante, con la vista fija en el parabrisas, entre ellos dos.

La dirección que ha reconocido Kelly no está muy lejos de la oficina de Martina, pero el trayecto se me hace eterno.

No dejo de ver la sangre de Dean en el hormigón. No dejo de oír la voz de Steele al teléfono: «No querrás que la maten a ella también».

Steve me mira por el retrovisor.

—¿Estás respirando ahí atrás?

—Más o menos.

—Intenta que sea más.

Asiento con la cabeza.

—Ya hemos llegado —dice Steve.

El barrio parece normal y corriente. Eso es lo peor. Casas pequeñas. Pintura descolorida. Vallas de tela metálica. Y, de repente, encajada entre ellas, una iglesia vieja. La antiiglesia. Donde solo pasan cosas malas.

El cartel de la entrada todavía anuncia los oficios del domingo, pero las letras están descoloridas y torcidas, y algunas incluso han desaparecido. La pintura blanca ha perdido su brillo hasta volverse gris, y el césped de la entrada es más tierra que hierba.

Steve reduce la velocidad antes de la iglesia y sigue de largo. No hay ningún Mercedes negro aparcado en la puerta. Ningún guardia a la vista. Ninguna señal de que dentro esté ocurriendo algo terrible.

Tiene un aspecto tan corriente que alguien podría pasar por delante cada día sin preguntarse jamás qué ocurre tras sus puertas. Parece uno de tantos lugares donde se esconde el mal cuando no quiere llamar la atención.

Steve gira en la esquina y aparca a dos casas de distancia.

—Quédate en el coche —dice. Se vuelve en su asiento y añade—: Agáchate y no hagas ruido. No salgas a menos que yo te lo diga.

—Entendido.

Otto por fin se gira para mirarme. Su expresión es más serena que la de Steve, pero, de algún modo, más intimidante.

—Te llamaremos para informarte —dice.

—Gracias.

Steve sale primero. Otto lo sigue. No dan portazos. No se apresuran. Son solo dos hombres que caminan con determinación, pero no lo bastante como para llamar la atención. Me hundo en el asiento trasero, con el corazón a mil por hora, pero sin apartar los ojos de la iglesia.

Steve y Otto se separan; Steve se dirige hacia la parte delantera y Otto se desvía hacia la trasera.

Mi mente va a toda velocidad y empiezo a cuestionarme mis decisiones. ¿Y si Bee ni siquiera está aquí? ¿Y si hago que a Steve y a Otto les peguen un tiro, como a Dean?

Entonces, algo se mueve en un lateral de la iglesia. Una estrecha puerta de servicio junto al edificio. Se abre un poco más. Alguien sale de allí tambaleándose. Al principio no lo reconozco.

Está encorvado, con una mano agarrada a la valla y la otra apretándose las costillas. La sudadera está rasgada. Tiene la cara hinchada. La sangre le oscurece la boca y la barbilla. Da un paso, y luego otro, como si las piernas pudieran fallarle en cualquier segundo. Bee.

Durante un segundo, no puedo moverme. No puedo pensar.

Lo único que puedo hacer es quedarme mirando.

Está vivo. Herido y apenas en pie, pero vivo.

Bee mira por encima del hombro y el pánico le cruza el rostro.

Entonces, otra figura aparece en la cancela.

Sebastian. Tiene una mano apretada contra el costado y en la otra sujeta algo.

Sin pensar, abro la puerta y corro hacia Bee. Con el ojo que no tiene hinchado, dice:

—¿Natalie?

Asiento con la cabeza.

—Estoy aquí —digo, mientras lo sostengo e intento llevarlo hacia nuestro coche—. Te tengo.

Él se detiene.

—¿Dónde está Kelly?

—Está a salvo.

Su rostro se contrae de alivio.

Sebastian está unos pasos por detrás. Necesito poner a Bee a salvo. Oigo gritos y el correr de unas botas. Steve está gritando algo. Creo que me dice que salga de ahí. Otto está cerca de la parte trasera de la iglesia, con el arma desenfundada y apuntando bajo, a un lado.

Entonces Sebastian grita:

—¡Salid de aquí! —su voz es áspera, y luego suelta a duras penas un «No».

Otra voz llega desde detrás de él. Me resulta familiar, pero no trae buenas noticias.

—No deberías haber venido, Natalie.

Miro por encima del hombro y veo al Detective Steele de pie junto a Sebastian.

Durante una fracción de segundo, mi cerebro intenta convertirlo en el hombre que conocía.

Pero ese hombre se ha ido. O quizá nunca existió.

El Detective Steele sostiene una pistola a su lado, inclinada hacia abajo pero lista para disparar.

Su rostro está relajado, casi aburrido. Steve avanza hacia nosotros.

—Suéltala —dice Steve.

El Detective Steele ni siquiera lo mira.

—Tú primero.

Tres hombres aparecen corriendo desde detrás de la iglesia. Los tres van armados. Otto se queda paralizado, con el arma todavía baja. Los ojos de Steve saltan de un hombre a otro. Nos superan en número.

El Detective Steele por fin mira a Steve.

—Las manos donde pueda verlas.

Steve no se mueve. Uno de los hombres levanta la pistola hacia Bee. Steve suelta una maldición en voz baja y luego levanta lentamente las manos. Otto hace lo mismo. Bee gime suavemente. Quiero decirle que todo va bien, pero ya tiene edad para saber cuándo le están mintiendo.

El Detective Steele me mira.

—¿Dónde está la memoria USB?

Se me acelera el pulso.

—No sé de qué hablas.

—Sé que la tienes —el Detective Steele da un paso hacia mí—. —La memoria —repite.

—No la llevo encima.

Su sonrisa se desvanece.

—No te creo.

—No la llevo encima. Está en el despacho de Martina.

El rostro del Detective Steele enrojece. Detrás de él, uno de los hombres hace un gesto hacia la iglesia.

—Tenemos que movernos. Ya.

El Detective Steele no me quita los ojos de encima.

—De acuerdo —hace un gesto con la pistola—. Todos dentro.

—No —dice Steve.

El pistolero más cercano a Bee da un paso adelante y presiona el cañón contra la sien de Bee. Bee se pone rígido. Me tiembla hasta la última célula del cuerpo.

El Detective Steele ordena:

—Todos dentro.

Sebastian cierra las manos en puños.

—Deja al chaval fuera de esto —dice.

Steele le echa un vistazo.

—Perdiste el derecho a pedir favores en cuanto lo soltaste.

—He dicho que lo dejes.

—Y yo he dicho que para dentro, ahora.

El hombre presiona con más fuerza la pistola contra la sien de Bee y empezamos a movernos. Sebastian deja de suplicar y se rinde. El hombre baja el arma. El Detective Steele retrocede, dándonos espacio para avanzar hacia la puerta lateral. Su mirada se encuentra con la mía.

—De verdad que deberías haber hecho caso.

El miedo que siento se endurece y se convierte en algo más frío.

Ayudo a Bee a dar un paso hacia la iglesia.

Luego otro. Sebastian camina detrás de nosotros, tan cerca que puedo oír su respiración.

El Detective Steele nos sigue, mientras que a Steve y a Otto los conducen a la fuerza detrás de nosotros.

Dentro, la estancia huele a polvo, a sudor y a lejía. Como si alguien se hubiera esforzado mucho en limpiar la sangre. Lo sé, con una certeza repentina y aterradora: no todos los que entran en esta iglesia saldrán de ella.