Lo que enterraron 45 Natalie
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45 Natalie

Natalie

Marginada. Eso es lo que soy. Kate y Martina están ahí fuera con un equipo, siguiendo la dirección del pendrive, y yo estoy aquí.

A salvo y protegida. Inútil. Estoy que echo humo.

No porque no entienda por qué lo han hecho.

Lo entiendo. Sé de sobra que no debo buscarme una pelea con Kate y Martina cuando las dos han decidido que van a salvarme la vida.

Hacen lo que creen que es mejor. Pero estar aquí sentada sin hacer nada es una tortura.

Bee ha desaparecido. Puede que Dean esté muerto.

La Detective Steele sabe que no estoy en mi apartamento.

Y se supone que debo tomar té y esperar.

De eso nada. Al menos, han accedido a dejarme mirar el pendrive, y ahora estoy a segundos de leer su contenido.

Las notas de mi madre. Al darme cuenta, me duele el corazón.

Probablemente pensó que algún día ayudaría a alguien a terminar lo que ella empezó.

¿Pensaría que ese alguien podría ser yo?

Kelly se sienta a mi lado y echa un vistazo a la pantalla por encima de mi hombro.

Probablemente no debería estar viendo nada de esto, pero, por otro lado, ¿por qué no?

Tiene más información que casi nadie. Estaba muy unida a Tyreek.

Y a Bee. Trató de decírmelo la primera vez que nos vimos.

Simplemente, aún no confiaba en mí. Dice:

—Abre la carpeta de las ubicaciones para ver adónde van Kate y Martina.

¿Por qué no?

Tras unos cuantos clics, hago clic en la carpeta llamada «Piso franco 2». Dentro están la dirección y algunas fotos.

—Este es en el que Kate y Martina creen que está.

Me mira.

—¿Crees que sigue vivo?

Me encuentro con su mirada triste, tan cansada que no tengo energías para mentir o fingir optimismo.

—Tengo que tener esperanza.

Kelly asiente, pero se le llenan los ojos de lágrimas.

—¿Y si no está en esa dirección?

—No lo sé. Supongo que seguirán con la lista hasta que lo encuentren.

Se acerca más al portátil e intenta volver a las carpetas, inclinándose sobre mí.

Le paso el portátil, ya que está claro que tiene una misión.

Empieza a desplazarse por las carpetas con los ojos moviéndose a toda velocidad.

Demasiado rápido para alguien que dice no saber nada.

Entonces, suelta una exclamación ahogada.

—¿Qué pasa?

Señala la pantalla y posa el dedo directamente sobre el cristal. Me encojo. Incluso ahora, en medio de secuestros, asesinatos y policías corruptos, las huellas en la pantalla de un ordenador me molestan.

—¿Qué es?

—Es una iglesia.

Efectivamente, pone «Iglesia de San Pedro». Hace clic en la carpeta y revela una dirección y unas fotos.

—¿Eso significa algo?

Asiente, con el rostro pálido.

—Bee podría estar allí. Recuerdo que Tyreek dijo que fue a la antiiglesia.

No la sigo del todo.

—¿Qué dijo sobre ella?

—Lo llevaron allí. Dijo que fue allí —en esa iglesia donde solo pasaban cosas malas— donde supo que las cosas iban muy mal de verdad.

—¿Qué pasó allí?

Kelly traga saliva.

—Llevaron a alguien para darle una paliza.

—¿Para asustarlo?

—Quizá. O para castigarlo. No lo sé —su voz se apaga—. Pero dijo que si alguien la cagaba de verdad, lo llevaban allí.

Miro fijamente la dirección.

No es a la que se dirigen Kate y Martina.

—¿Podría estar Bee allí? —pregunto.

Kelly se abraza a sí misma. —Puede ser. O sea, no lo sé. Seguramente tengan más de un sitio. Pero si querían asustarlo…

No termina la frase. No hace falta. Cojo el móvil de prepago que me dio Martina y llamo a Kate. No contesta. Lo intento otra vez. Nada. Llamo a Martina. No contesta. Otra vez. Nada.

—Seguramente estén entrando —digo.

—¿Entrando dónde? —pregunta Kelly.

—En el sitio equivocado.

Sitio equivocado. Casa equivocada. Pista equivocada. Todo equivocado. Me quedo mirando la dirección en la pantalla y luego a Kelly.

—¿Cómo de segura estás?

—Bastante segura.

—Eso no es lo mismo que estar segura del todo.

—Lo sé.

Cierro los ojos. Este es el momento en la vida en que tienes que tomar una decisión. ¿Me quedo aquí sentada esperando porque dos profesionales me lo han dicho o sigo la única pista que de verdad podría llevarme hasta Bee?

¿O es esto una soberana estupidez? Probablemente las dos cosas. Ni siquiera tengo el coche. Mi móvil de verdad está guardado en una bolsa inhibidora de señal. Tengo un móvil de prepago, un portátil, una adolescente aterrorizada y una corazonada.

—Ahora vuelvo —le digo a Kelly.

Voy corriendo hacia el despacho, donde uno de los hombres de Martina está mirando las cámaras y bebiendo café de una taza de acero inoxidable. Me ha dicho su nombre antes. Steve. Hombros anchos. Calvo. El aire de alguien que no sonríe en las fotos.

Levanta la vista cuando entro. —Se supone que tienes que estar en la habitación segura.

—Soy consciente.

—Esta no es la habitación segura.

—Necesito un coche.

Enarca las cejas. —No.

—Steve, escúchame.

—No.

—Ni siquiera has oído lo que iba a decir.

—He oído «necesito un coche». La respuesta es no.

Me acerco más y pongo el portátil sobre la mesa, girando la pantalla hacia él.

—Kelly ha reconocido una dirección. No es a la que han ido Kate y Martina. Dice que Tyreek le contó que ahí es donde llevaban a la gente cuando querían asustarla o castigarla.

Steve mira la pantalla. Por un segundo, su expresión no cambia. —¿Has llamado a Martina?

—Sí. No contesta. Tampoco Kate. Seguramente ya se estén movilizando hacia la otra ubicación.

Echa mano al móvil. —La llamaré yo. Llama. No hay respuesta. Lo intenta de nuevo. Sigue sin haber nada.

Me cruzo de brazos. —¿Ves?

—Eso no significa que te vaya a llevar a ningún sitio.

—No —digo—. Significa que llamas a quien tengas que llamar y vamos a comprobarlo.

—¿Vamos?

—Tú y yo.

—No.

—Entonces llamaré a un taxi.

Entorna los ojos. —No te atreverías.

Lo miro fijamente. Él me mira fijamente a mí. Finalmente, maldice entre dientes. —Martina me va a matar.

—Probablemente no si encontramos a Bee.

—Ese «probablemente» tiene mucho peso en esa frase.

—Pues entonces ven conmigo y asegúrate de que no haga ninguna estupidez.

Se levanta, coge las llaves de la mesa y me señala. —Tú sigues mis instrucciones. Sin discutir. Sin escaparte. Sin heroicidades.

—De acuerdo.

Coge una radio y habla por ella, diciéndole a Otto que necesita refuerzos para un trayecto y que alguien se quede con Kelly y siga intentando contactar con Martina. Otto aparece instantes después. —¿Qué pasa?

Steve se lo explica y Otto le lanza una mirada de escepticismo. —¿Al menos le has mandado un mensaje a Martina o le has dejado un mensaje de voz?

—Le he mandado un mensaje cuando no he podido localizarla.

Otto se encoge de hombros. —Vamos.

Steve se vuelve a mirarme. —Cuando lleguemos al coche, te sentarás en el asiento de atrás. Mantendrás la cabeza gacha. Y si te digo que te muevas, te mueves.

Asiento con la cabeza. El corazón ya me late con fuerza.

Le prometí a Kelly que encontraríamos a Bee y creo que lo haremos.

No sé si esto es valiente o temerario. No sé si nos dirigimos al lugar correcto o directos a otra trampa.

Pero tengo un equipo entero y, si existe la más mínima posibilidad de que Bee esté en esa vieja iglesia, vamos a encontrarlo. Solo espero que no sea demasiado tarde.