44 Sebastian
Sebastian
Al mirar a este chaval, no puedo evitar sentir remordimiento. No solo por él. Por mí. Por todo lo que he hecho. Bee no se merece esto. Está atado, herido, asustado, y aun así, de algún modo, intenta parecer duro. Quizá más duro de lo que yo llegué a ser.
Si no hubiera depredadores ahí fuera esperando para devorarlo, quizá aún podría salir de esta vida. Quizá podría llegar a ser alguien. Lo mismo creí de Tyreek. Y sé lo que le hicieron.
Un estallido de voces surge de la parte delantera de la casa. Me giro. Pasa algo. Uno de los hombres de Steele viene corriendo por el pasillo, con el rostro tenso.
—Creemos que nos han descubierto —dice—. Brian viene a hacer limpieza.
Luego, hace un gesto con la cabeza hacia la entrada y desaparece por donde ha venido.
Hacer limpieza. Sé lo que significa. No dejar testigos. Ni cabos sueltos. Nadie que pueda contarlo.
Los han descubierto. De algún modo, Natalie ha averiguado lo que pasaba. ¿Cómo demonios lo ha hecho?
Miro a Bee. Ahora tiene los ojos más abiertos. Él también lo ha oído. Sabe lo que está a punto de pasar. De repente, ya no estoy mirando a Bee.
Estoy mirando a Melissa Sloane. La forma en que estaba de pie en la oscuridad, confiando en mí. La forma en que me miró en aquellos últimos momentos, confusa, pero aún con la esperanza de que hubiera una razón para aquello que le parecía que no estaba bien. «¿Va todo bien?», había preguntado.
Y yo lo único que dije fue: «De maravilla».
Pocos minutos después, ella y su marido estaban muertos. Podría haber huido entonces. Podría habérselo contado a alguien. Podría haber dejado de fingir que era diferente a los hombres que daban las órdenes. Pero no lo era.
Durante años, me dije a mí mismo que no tenía elección. Amenazaron a mi hermano y a mi hermana. Dejaron claro lo que pasaría si los traicionaba. Y quizá entonces fuera verdad.
Quizá estaba atrapado. Quizá estaba asustado.
Quizá era un crío que no sabía cómo sobrevivir más que obedeciendo.
Pero mi hermano y mi hermana ya ni siquiera viven en California.
Han crecido y se han ido de esta vida. Las amenazas cesaron hace mucho tiempo.
Yo simplemente seguí obedeciendo. Ya no tengo excusas, y está claro que me he convertido en uno de ellos.
La idea me golpea con más fuerza que cualquier puñetazo. Bee me mira fijamente.
—¿Qué? —pregunta con voz ronca.
Miro hacia el pasillo. Pasos. Más voces. Movimiento. No queda mucho tiempo. Me apresuro hacia él, saco la navaja de los vaqueros y la abro. Bee se estremece.
—Tranquilo —le digo, aunque me tiemblan las manos—. No voy a hacerte daño.
No me cree. No se lo reprocho. Le corto primero las cuerdas de las muñecas. Luego las de los tobillos.
—Sal por detrás —susurro—. Corre tan rápido como puedas.
A Bee no hay que decírselo dos veces. Empieza a levantarse.
—¿Qué está pasando aquí?
Me giro. Brian está en el umbral. Por un segundo, nadie se mueve. Su mirada baja hasta el cuchillo en mi mano. Luego a las cuerdas cortadas. Luego a Bee.
—Me han dicho que lo trasladamos —digo.
El rostro de Brian no cambia.
—Lo traslado yo. No tú.
Casi pongo una excusa para encubrir mis actos. En lugar de eso, me oigo decir otra cosa. Algo que debería haber dicho hace trece años.
—No.
Brian parpadea una vez.
—¿Qué has dicho?
Me interpongo entre él y Bee.
—He dicho que no.