43 Natalie
Natalie
Mientras Martina sale del aparcamiento, me giro en el asiento trasero y miro por la luneta. Dean sigue en el suelo. O eso creo. Ahora hay dos personas a su alrededor, agachadas, y sus cuerpos tapan casi todo el suyo. No parecen paramédicos. —¿Quién está con Dean?
—¿Y si se muere?
—Pues se muere —dice Kate desde el asiento del copiloto.
La miro. Se vuelve un poco, con el rostro pálido y la mandíbula prieta. —Lo siento —dice, aunque no lo parece. Parece alterada—. Pero me alegro de que no te hayan dado a ti. Podrías haber sido tú perfectamente.
Podría haber sido yo. Unos centímetros. Un ángulo distinto. Se me revuelve el estómago y apoyo la mano en el asiento, como si eso pudiera calmarme.
—¿Creéis que me seguían a mí? —pregunto—. ¿O a él?
Martina me mira por el retrovisor. —Podrían ser ambas cosas. Dean tenía razón en ser precavido.
—No lo fue lo suficiente —dice Kate.
—No —dice Martina—. No lo fue.
Cierro los ojos, pero lo único que veo es la sangre brotando del cuello de Dean.
—Hemos oído todo lo que ha dicho —dice Martina—. Tenemos que llevar esa memoria USB a mi despacho y ver qué contiene. Quizá haya algo que nos indique dónde está Bee.
—Vale —digo, todavía temblando. No es la primera vez que veo cómo le disparan a alguien.
El año pasado vi sangre, armas y muerte de cerca.
Aquella vez, las balas salieron de las pistolas de Martina y Kate.
Aquello fue distinto. ¿O no? Uno de los hombres era un asesino.
El otro era Dean, que quizá contribuyó a que mataran a mis padres.
Quizá no directamente, pero él metió a mi madre en Northstar.
Le pasó información a la gente que la mató.
Eso no significa que mereciera morir. Y tampoco significa que yo estuviera preparada para verlo desangrarse en un aparcamiento. Trago saliva con dificultad. —¿Creéis que saben lo de la memoria USB?
Kate se vuelve para mirarme. —Es posible.
—¿Vendrán a por mí por ella?
Ninguna de las dos responde. —¿Crees que es seguro volver a tu despacho? —le pregunto a Martina.
—No hay lugar más seguro que mi despacho —dice Martina—. A no ser que tengan un lanzacohetes, no van a tocar a nadie que esté dentro.
Casi me río, pero se me hace un nudo en la garganta antes de que el sonido pueda salir.
Me alegro de que Kelly esté allí. Martina tiene varias suites en sus instalaciones para gente que trabaja hasta tarde o para cuando alguien necesita un lugar seguro donde quedarse.
El equipo decidió que era mejor que Kelly se quedase allí y no trasladarla a un piso franco externo.
Así que allí está Kelly ahora. A salvo, o tan a salvo como podemos estarlo cualquiera de nosotros.
—¿Cómo es que nadie ha visto al tirador? —pregunto.
—La distancia —dice Kate.
—Y que seguramente usó un silenciador —añade Martina.
—Alguien que sabe cómo disparar y desaparecer —dice Kate.
—Un profesional —dice Martina.
El coche se queda en silencio, hasta que Kate dice: —Esta gente tiene mucha pasta.
—Eso creo —coincide Martina.
En ese momento, me pregunto si volveré a estar a salvo alguna vez. No solo a salvo físicamente. No solo con cerraduras en la puerta y un teléfono en la mano. Sino la clase de seguridad en la que solía creer. Esa en la que la policía ayudaba. —¿Qué vamos a hacer? —pregunto.
—Lo primero, mantenerte a salvo —dice Kate.
—Lo segundo, examinar esa memoria —dice Martina—.
Si Dean decía la verdad, podría decirnos lo que necesitamos para averiguar quién está detrás de Northstar y de los asesinatos.
Mi equipo también ha estado peinando las cámaras de tráfico, intentando encontrar ese Mercedes negro.
Están comprobando las cámaras de cerca del restaurante al que fuiste con Sebastian y de cerca de donde se llevaron a Bee.
Si vemos el mismo coche en ambos lugares, tendremos una conexión y, con suerte, algunas respuestas.
No me quedan muchos amigos en este mundo, pero los que tengo son Kate y Martina.
No creo que pudiera pedir unos mejores. Aun así, la culpa pesa sobre mí.
Siempre me están salvando. Kate. Martina.
Sus equipos. Sus recursos. Sus armas. Sus pisos francos.
¿Qué hago yo aparte de atraer el peligro hasta su puerta?
Me miro las manos, salpicadas de sangre.
¿No era más que una carga para ellas? Siempre la que necesita ser rescatada, nunca la que salva a nadie.
El resto del trayecto en coche transcurre en silencio.
Para cuando volvemos al despacho de Martina, el shock ha desdibujado los contornos de todo.
Avanzo por el pasillo como si estuviera bajo el agua.
Las luces parecen demasiado intensas. A cámara lenta, voy a la cocinita y me lavo las manos, salpicadas de sangre.
Kate me prepara un té antes de irse a hablar con Martina y su equipo.
Regreso a la sala y encuentro a Kelly acurrucada en una esquina del sofá, comiendo patatas fritas de bolsa y bebiendo un refresco. Me siento frente a ella con una taza de té que en realidad no me apetece.
Mis dedos juguetean con la etiqueta de papel del hilo de la bolsita, retorciéndola hasta que casi se rompe.
—¿Qué tal ha ido? —pregunta Kelly.
Niego con la cabeza. —Mal.
Abre los ojos como platos.
—Pero puede que tengamos algo de información —digo deprisa—. Puede que encontremos a Bee. Kate y Martina están en ello.
Pero eso no basta para consolarla. Tampoco a mí. Nos quedamos sentadas en silencio no sé cuánto tiempo. El móvil me vibra. Echo un vistazo. Por un segundo, no me puedo mover. Pero entonces respondo porque no sé qué otra cosa hacer. —Hola, Detective Steele.
—¿Cómo está, Natalie?
Su voz es cálida y amable. Pero ahora ya no me fío. —Estoy bastante bien —digo, intentando mantener un tono de voz neutro. Pero, aun así, noto el temblor en mi voz.
—Bien. ¿Cómo está Kelly?
—Está bien.
—¿Ha recordado algo más?
—No. Todavía no.
Miro a Kelly. Se ha quedado mirando el móvil como si fuera a morderla.
—He pasado por su apartamento —dice el Detective Steele—. No he podido localizarla. ¿Está en otro sitio ahora?
Me tapo la boca con la mano para ahogar un jadeo. Ha ido a mi apartamento. Kelly puede oírlo aunque el teléfono no esté en altavoz. Su rostro pierde todo el color.
—Sí —digo—. Es que hemos salido un rato.
—Tiene que tener cuidado, Natalie. —Su voz baja de tono—. No querrá que la maten a ella también.
Me quedo helada de la cabeza a los pies. ¿Está diciendo que por mi culpa mataron a Dean? ¿O que por mi culpa mataron a Bee? —Estamos teniendo cuidado.
—Bien —dice—. Mantenga el móvil encendido.
Y la llamada termina. Sigo sosteniendo el móvil contra la oreja, incluso después de que haya colgado.
Una sensación de pavor me invade, y ahora me envuelve por completo.
No ha habido una despedida amistosa. Ni palabras tranquilizadoras.
Solo una advertencia. No hagas que maten a Kelly también.
¿Significaba eso que él sabía que yo lo sabía?
¿Significaba que estaba rastreando mi móvil?
¿Significaba que había ido a mi apartamento esperando encontrarla y llevársela? O algo peor.
La voz de Kelly es un susurro. —¿Natalie?
La puerta se abre antes de que pueda responder. Martina y Kate entran. Tienen los ojos brillantes. —Creemos que hemos encontrado algo —dice Kate.
Entonces su sonrisa se desvanece. —¿Qué pasa?
Kelly responde antes que yo. —Acaba de llamar el Detective Steele. Ha pasado por el apartamento de Natalie, pero ella no estaba. —Su voz tiembla—. Le ha dicho que tenga cuidado para que no haga que me maten a mí también.
Martina frunce el ceño. Kate dice algo entre dientes que no llego a oír. Entonces añado: —Me ha dicho que mantenga el móvil encendido.
Martina me tiende la mano.
—Dame el móvil.
Parpadeo. —¿Qué?
—Ahora.
Se lo entrego. Es una sensación extrañamente íntima, como si renunciara a una parte de mi cuerpo. Toda mi vida está en ese móvil. Contactos. Fotos. Mensajes. Notas. Mi agenda. Mi prueba de que existo en más lugares que esta pesadilla. Pero no hay nadie en quien confíe más que en Martina y Kate.
Martina lo coge. —Vamos a meter esto en una bolsa de Faraday. Así no se puede rastrear. Te conseguiré uno de prepago.
—Entonces, ¿crees que él…?
—Creo que debemos asumir que te está rastreando hasta que demostremos que no es así.
Sale de la habitación. Kate se acerca a Kelly y a mí. —Aquí estáis a salvo las dos —dice—. Tenéis mi palabra.
Quiero creerla. La creo, pero también creí al Detective Steele en su día. Quizá por eso no consigo calmarme. —¿Qué habéis encontrado? —pregunto.
Kate echa un vistazo hacia la puerta por la que acaba de salir Martina. —El equipo de Martina ha encontrado el Mercedes en las cámaras de tráfico. Han conseguido descifrar la contraseña de la memoria USB. La memoria USB tiene nombres y direcciones.
—¿Y eso cómo nos ayuda?
La expresión de Kate se endurece. —Hemos visto el Mercedes cerca de una de las direcciones. Creemos que sabemos dónde está Bee.
Kelly se anima y yo me levanto demasiado rápido; el té se derrama por el borde de la taza y me quema los dedos. Apenas lo noto. —¿Dónde?
Kate me mira. En su cara, veo la respuesta antes de que la diga. —Estamos formando un equipo —dice.
—Vale. Estaré lista.
Kate me mira como si hubiera perdido la cabeza. —No, Natalie. Tú no.
Se me encoge el corazón.
—Te quedas aquí con Kelly.