42 Natalie
Natalie
Mientras camino por el aparcamiento lleno de gente, busco a cualquiera que pueda ser Dean.
El aparcamiento disuasorio está más concurrido de lo que esperaba.
Los coches avanzan lentamente por los pasillos en busca de sitio.
Un autobús se detiene en el bordillo y sus frenos sisean mientras la gente sube con mochilas y tazas de viaje.
Cerca, la alarma de un coche pita y casi me hace dar un brinco.
He visto fotos antiguas de Dean del carné de conducir, gracias a Martina y a su equipo y a su astuta manera de obtener información sobre la gente rápidamente. Pero las fotos son de hace mucho tiempo. La gente envejece. Las caras cambian.
Solo espero no acercarme a la persona equivocada y decirle: «Hola, ¿eres mi fuente secreta que podría o no haber provocado que mataran a mis padres y ayudado a llevar una turbia estafa de becas que ha estado matando a adolescentes?
». Intento reprimir ese pensamiento y pensar con lógica.
Se cazan más moscas con miel que con hiel.
De repente, un hombre sale de detrás de una furgoneta de carga blanca.
Nada siniestro, vamos. Una cosa tengo clara: no pienso dar ni un paso en esa dirección.
Puede que vaya a reunirme con una fuente turbia, pero desde luego no voy a caminar hacia una furgoneta blanca cerrada.
Eso es sinónimo de que me cojan, me tiren en la parte de atrás y me lleven a una segunda ubicación. No, gracias.
Me quedo donde estoy. Nuestras miradas se cruzan. El hombre debe de rondar los cincuenta, con el pelo castaño claro con mechones plateados. Lleva vaqueros y un jersey, y parece un tipo cualquiera que se dirige al tren de camino al trabajo.
Quizá no es Dean.
Entonces sigue caminando hacia mí. No saluda con la mano ni dice nada, pero me está mirando directamente. Se me acelera el pulso. Retrocedo por instinto, colocando el capó de un coche aparcado entre los dos. No es que no pueda verme, pero me hace sentirme un poco menos expuesta.
Se detiene a unos metros de distancia.
—Natalie.
—¿Dean?
—Sí —tengo la garganta seca—. Vale. Tú eres quien quería que nos viéramos. Dijiste que me lo contarías todo.
—Sí.
Me hace un gesto para que retroceda y me ponga detrás de un par de coches, junto a un muro de hormigón.
Luego saca una gorra de béisbol del bolsillo trasero, se la pone y se la baja hasta la frente.
Ese gesto me hace darme cuenta de que cree que puede que alguien nos esté observando, aparte de Martina y su gente.
No es probable que Dean pueda dejarme inconsciente y llevarme a algún sitio.
Kate, Martina y algunos de los tíos más aterradores de Martina —como ella misma los describió— están aquí, observando y escuchando.
Llevo un dispositivo de escucha pegado al interior de mi camiseta y otro localizador metido en el bolso.
Aun así, el aparcamiento de repente parece demasiado abierto. Demasiados coches. Demasiados desconocidos. Demasiados sitios donde esconderse. Me acerco, pero solo un poco. —Te escucho.
—Antes de nada, siento lo que les pasó a tus padres.
Reprimo el impulso de decir: «Bueno, quizá seguirían vivos si no fuera por ti». Porque todavía no sé si eso es verdad. —Gracias —digo en su lugar. Mi voz suena fría—. Ha sido duro no tenerlos, como te puedes imaginar.
—Estoy seguro. —Sus ojos recorren mi cara—. Cuando leí lo que te pasó el año pasado, es obvio que eres una joven fuerte. De hecho, así es como te describía tu madre.
Sus palabras me golpean en alguna parte de mi interior, pero no dejo que lo vea.
Por un segundo, me imagino a mi madre hablando de mí.
Quizá riendo. Quizá poniendo los ojos en blanco.
Quizá diciendo que era terca, difícil e imposible de controlar.
Quiero preguntarle qué dijo exactamente, pero no estoy aquí para recordar viejos tiempos con un hombre que podría haber ayudado a que la mataran.
—Gracias —digo, esta vez más fríamente—. Sigo escuchando.
Él asiente, con aire casi de disculpa. —Parece que ya has descubierto algunas cosas por tu cuenta.
—Sí —digo—. He estado prestando atención. La gente está dispuesta a hablar conmigo. Al menos, algunos.
—¿Cuánto sabes?
Como si fuera a contárselo todo. —Prefiero escuchar lo que tienes que decir.
Asiente de nuevo. —¿Desde el principio?
—Desde el mismísimo principio.
Dean se apoya en la pared y se le hunden los hombros. —Empezó con el asesinato de Trevon e Isaiah —dice—. Fue antes de que yo trabajara en el centro, pero leí algunas cosas. Hablé con algunas personas. Él había visitado el centro antes de morir.
—¿Eras periodista entonces?
—Sí. Y, como periodista, iba a hacer preguntas. Fue entonces cuando me ofrecí a hacer trabajo voluntario allí. Para conseguir más información.
Lo miro fijamente.
Parece agotado y un poco atormentado. —Enseguida vi que pasaba algo. No estaba seguro de qué. Entonces se me acercó un representante de lo que llamaban Becas Northstar.
Cierro los dedos en torno a la correa del bolso.
—Querían que seleccionara a chavales que parecieran prometedores. Chavales que pudieran querer esforzarse por conseguir una beca. Lo presentaron como un programa de trabajo y estudio. Los chicos harían algunos trabajos para ellos y, a cambio, recibirían ayuda para pagarse la universidad.
—¿Y te lo creíste?
—Al principio.
No oculto mi incredulidad.
—En aquel momento no sabía que los trabajos eran ilegales. Te lo juro.
—Pero ¿cuándo te enteraste de que lo eran?
Niega levemente con la cabeza. —Para entonces, ya era demasiado tarde. Fue por esa época cuando hice que tu madre viniera a hablar con los alumnos —continúa—. Entonces le conté lo que sospechaba de las Becas Northstar. Sobre las muertes de Trevon e Isaiah y cómo podían estar relacionadas.
—¿Se lo contaste a mi madre?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Melissa era buena —dice en voz baja—. Mejor que yo. Mejor que casi nadie que conociera. Si había algo que encontrar, pensé que ella lo encontraría.
Odio creerle, al menos la parte sobre mi madre.
—Vino —dice Dean—. Se acercó a algunos alumnos. Y entonces asesinaron a Brielle.
—¿Brielle formaba parte de Northstar?
—Sí. —Traga saliva—. Por lo que oí, estaba intentando salirse. Eso no les gustó.
El ruido del aparcamiento se desvanece a mi alrededor. —Mi madre consiguió una fuente —digo.
Dean asiente. —Así es.
—Sebastian.
—Sí. Baz Black.
Incluso ahora, oír el antiguo nombre se me hace extraño. Como mirar la versión más joven de un monstruo antes de que entendiera en qué se convertiría. —¿Qué información le dio?
—Que Northstar intercambiaba promesas de becas por tráfico y venta de drogas. En esencia.
—¿Y eso fue lo que hizo que la mataran?
—No exactamente.
—Entonces, ¿qué fue lo que hizo que la mataran?
—Al principio, y de verdad que lo creo, Sebastian quería ayudar a delatar a la gente de Northstar. Quería justicia para los chicos. No le gustaba que la gente se metiera con sus amigos o su comunidad. Era un líder en aquel entonces. Aún lo es, en cierto modo.
—Un líder —repito.
Dean oye la amargura en mi voz. —No siempre en el buen sentido —dice—. Pero se preocupaba por su gente. No le gustaba que los de fuera vinieran a su territorio a hacerles daño.
—Así que iba a ayudar a mi madre a delatarlos.
—Sí.
—¿Pero entonces?
—Descubrieron que él era su fuente.
Mi corazón late una vez. Con fuerza. —¿Cómo?
Dean desvía la mirada. El silencio me lo dice antes que él.
—Se lo dijiste tú —digo.
Me mira de nuevo. —Sí.
Estoy atónita y, por un segundo, ya no estoy en el aparcamiento.
Vuelvo a tener diecisiete años, sentada a la mesa de la cocina mientras la gente susurra en la habitación de al lado.
Guisos en la nevera. Todo el mundo vestido con ropa oscura.
Los adultos hablando en voz baja, como si la suavidad pudiera hacer que algo de aquello fuera menos brutal.
Miro fijamente a Dean. —¿Por qué?
—Sabía que eran corruptos —dice rápidamente—. Pero necesitaba darles algo para que confiaran en mí.
—Entonces, ¿qué salió mal?
—Amenazaron a la familia de Sebastian. Más concretamente, a su hermano y a su hermana pequeños. Le dijeron que, si no los ayudaba a silenciar a la periodista, les harían daño.
Niego con la cabeza, intentando encajarlo todo. —O sea, que tenían miedo de que los delataran. ¿Quién es esa gente?
—No tuve esa información hasta después de que mataran a tu madre y yo estuviera huyendo —dice Dean.
—Entonces, ¿por qué no los delataste?
—No tenía pruebas. Conocía a algunos de los implicados, por lo que me dijo tu madre. Encontré su memoria USB, pero no pude descifrar el código.
—¿Dónde está el pendrive ahora?
Dean se mete la mano en el bolsillo. Me tenso, pero solo saca un pequeño pendrive negro. —Si esto sale mal —dice, apretándomelo en la palma de la mano—, no dejes que se lo lleven. Quizá tus amigos puedan averiguar cómo acceder a él y destaparlo todo.
Mis dedos se cierran en torno a él. —¿Sabes dónde está Bee?
Aparta la mirada. —No tengo ni idea. Ojalá lo supiera.
Cierro los dedos alrededor del pendrive.
—Dean…
—Guárdalo. Ahora.
Hago lo que me dice y me lo meto en el bolsillo de los vaqueros. Siento la tentación de darme la vuelta y correr hacia Martina y su equipo para acceder a los archivos. Pero si Dean sabe algo más, necesito que me lo diga. —¿Qué pasó la noche que murieron mis padres?
El rostro de Dean palidece. Mi cuerpo se prepara antes de que responda, como si una parte de mí supiera que esto va a doler.
—Sebastian le mandó un mensaje a tu madre diciendo que tenía información.
Una grabación. El mensaje llegó tarde, pasadas las diez de la noche.
Le pidió que se reuniera con él esa noche a medianoche en Railroad Ave.
Ella me envió un mensaje cuando iba de camino.
Espero a que continúe.
—Yo sabía lo bastante como para darme cuenta de que algo no iba bien. Así que llamé a tu padre.
Se me corta el aliento. —Mi padre no tenía que estar allí.
—No. Estaba durmiendo cuando ella se fue, y tu madre no quería dejarte sola, pero yo le insistí en que lo despertara, y no quiso… —A Dean se le quiebra la voz—. Sabía que él querría saberlo. Así que lo llamé. Fue para asegurarse de que ella estaba bien.
No puedo hablar. Mi padre la siguió porque la quería.
—Fue una trampa —dice Dean—. Sebastian estaba allí para la reunión, pero los tiradores ya estaban preparados para ella. No contaban con tu padre. Pero cuando lo vieron… —Su voz se apaga.
—Los eliminaron a los dos.
Dean cierra los ojos. —Sí.
Durante trece años, he cargado con el peso de la ausencia de mis padres. Sabía que habían muerto juntos, pero no así. No que mi padre caminara hacia la muerte por intentar proteger a mi madre.
Trago saliva. —¿Quiénes eran los tiradores?
—No lo sé. Yo no estaba allí.
—Qué oportuno.
—Sé cómo suena.
—No —digo—. La verdad es que no creo que lo sepas.
Me mira entonces y, por primera vez, veo algo parecido a la vergüenza sin la parte de teatro. —He podido reconstruir parte de lo que pasó —dice Dean—. El Detective Steele está implicado. Y también Sebastian Black.
—¿Quién más?
Sus ojos se encuentran con los míos. —Esa es la cuestión —dice—. Creo que por eso mataron a tu madre.
El aire cambia. Incluso antes de que pronuncie las siguientes palabras, lo siento.
—Ella lo descubrió.
Se me seca la boca. —¿Descubrió el qué?
—Quién estaba en la cima.
—¿Steele?
—No.
—¿Sebastian?
—Desde luego que no.
—Entonces, ¿quién?
Dean abre la boca, pero un silbido agudo corta el aire. Y por una fracción de segundo, no entiendo lo que estoy oyendo. Entonces, un chorro de sangre brota del cuello de Dean. La sangre salpica su jersey, su mano y el muro de hormigón que tiene detrás.
Me agacho antes siquiera de pensarlo. Se me escapa un grito, pero apenas lo oigo por encima del repentino rugido de pánico en mis oídos. Los ojos de Dean se abren de par en par. Se lleva una mano a la garganta. Parece sorprendido. Entonces, sus rodillas se doblan.
Me lanzo detrás del coche más cercano y me raspo la palma de la mano contra el asfalto.
Alguien grita. Unos neumáticos chirrían.
Suena un claxon y no para. Unas botas resuenan sobre el pavimento.
Por un segundo de terror, creo que vienen a por mí.
Entonces, la voz de Kate atraviesa el caos. —¡Natalie!
Levanto la vista. Kate y Martina corren hacia mí, agachadas y rápidas, con la mirada fija en mí. Dos de los hombres de Martina pasan a su lado, inspeccionando el aparcamiento, con las manos bajo las chaquetas.
Kate me agarra del brazo. —Muévete.
—Pero Dean…
—Muévete.
Martina se pone a mi otro lado y, juntas, me alejan de allí mientras Dean permanece desplomado contra el hormigón, con una mano aún apretada inútilmente contra su garganta.
Me giro para mirar atrás. —¡No, no, no! ¡Estaba a punto de decírmelo!
Kate sigue arrastrándome. Martina dice algo por el teléfono, con una voz calmada de una forma que parece irreal.
Vuelvo a mirar atrás. El cuerpo de Dean está doblado junto a la pared, con sangre esparciéndose por todas partes.
Todas las respuestas estaban justo ahí. A un solo nombre de distancia. Y ahora se están desangrando con él.
Kate me empuja al asiento trasero. Me tiembla tanto el cuerpo que apenas puedo respirar. Entonces lo siento. El borde duro del pendrive clavándose en mi muslo. Dean ha caído. Quizá esté muerto. Pero lo que no tuvo tiempo de decir podría estar en ese pendrive.