39 Sebastian
Sebastian
Miro a Bee desde arriba e intento hacerlo entrar en razón.
—Si quieres seguir vivo, tienes que confiar en mí. Y tienes que contarme lo que sabes.
Bee levanta la cabeza. Incluso atado a una silla, con el labio partido y un ojo hinchado, se las arregla para mirarme como si yo estuviera por debajo de él.
—¿Por qué iba a confiar en un mentiroso como tú?
Se muestra desafiante y enfadado, pero también asustado, aunque intenta disimularlo.
No confía en mí y no puedo culparlo. Yo tampoco confiaría en mí.
De hecho, no confié en alguien como yo cuando estuve en su lugar.
Cuando era joven y lo bastante estúpido como para creerme que una beca podía ser real, que unos hombres que sonreían como si me estuvieran haciendo un favor podían ofrecerme una vía de escape.
Al igual que yo, Bee sabe lo suficiente como para que lo maten. A pesar de todo lo que he hecho, a pesar de toda la sordidez de mi pasado, no quiero que nadie más salga herido.
—Mira —digo, bajando la voz—. He estado en tu misma situación.
Entorna los ojos.
—Amenazaron a mi familia para que hiciera lo que querían. Y no digo que lo que hice estuviera bien. No lo estuvo. Pero necesito que me digas qué sabes. De verdad.
A Bee se le tensa la mandíbula. —¿Mataste tú a Tyreek?
—No —digo—. Yo no mato a nadie.
¿Acaso es verdad? Nunca he apretado el gatillo.
Nunca he empuñado el cuchillo. Nunca he rodeado el cuello de nadie con las manos para ver cómo la vida abandonaba sus ojos.
Pero sí que he acompañado a gente a la muerte.
Los he conducido hasta ella. Los he atraído hasta ella.
A más de uno. La primera fue Melissa Sloane, y, sin que yo lo supiera en ese momento, su marido Daniel.
Los padres de Natalie. ¿Y todo para qué?
—¿Entonces por qué los ayudas? —pregunta Bee.
—Porque son peligrosos —digo en voz baja—. Por si todavía no te has dado cuenta. —Echo un vistazo hacia el pasillo, aguzando el oído. No creo que los demás puedan oírme. Si lo hacen, diré que le estaba contando mentiras para que hablara.
—¿Qué sabes de Tyreek? —pregunto.
Bee desvía la mirada. Me acerco un paso más. —¿Qué sabes?
Niega con la cabeza. —Sé que se apuntó a una beca falsa. Pero le hacían hacer cosas. Cosas ilegales.
Se me encoge el estómago. —¿Sabes cómo se hacían llamar?
La voz de Bee se apaga. —Northstar.
Si les digo que Bee conoce ese nombre, lo matarán sin dudarlo. —¿Tienes pruebas?
—No.
—¿Se lo contaste a Natalie Sloane?
—No se lo conté —Bee me mira—. Pero ella sabe lo de Northstar.
Esas no son buenas noticias.
—¿Qué más le contaste?
No responde.
—¿Le enviaste un mensaje?
Se le contrae la boca. No es exactamente una sonrisa. Es algo más afilado. —Sí, lo hice. Desde un móvil de prepago de un amigo. Le dije que sabías la verdad.
Siento un calor que me sube por la nuca. —¿Por qué has hecho eso?
—Porque la sabes —su voz cobra fuerza—. Sabes la verdad, ¿a que sí? Y dejaste que pasara todo sin más.
Cierro el puño a un costado. —Hay cosas que escapan a mi control, Bee.
—Eso es lo que dice la gente cuando no quiere hacer nada.
—No lo entiendes. Esta vida, este juego… —me detengo. Palabra equivocada. Pero él la ha pillado igualmente.
—¿Juego? —dice—. Solo soy un peón, ¿verdad?
No respondo. Se ríe una vez, pero sin pizca de gracia. —Tú también eres un peón. Solo que no lo ves.
Se abre la puerta de la entrada. Se me dispara el pulso. La voz de Brian llega desde el vestíbulo.
Me inclino hacia él rápidamente. —Escúchame —susurro—. No le cuentes a nadie más lo que sabes. Me lo has contado a mí, y punto. Puedes decirles que estabas reuniendo información sobre Tyreek, pero no les digas que se lo contaste a Natalie. ¿Me oyes?
Bee se me queda mirando.
—Si creen que le has contado algo útil, te matarán a ti y la matarán a ella.
—Me van a matar de todas formas.
—Puede ser —digo—. Pero tendrás más posibilidades de sobrevivir si te callas y dejas que te ayude.
Unos pasos se acercan. Me enderezo. Y entonces le doy una bofetada. El chasquido retumba en la habitación. La cabeza de Bee se gira hacia un lado. Por un segundo, parece aturdido. Luego sus ojos se encuentran con los míos. Lo entiende. O, al menos, eso espero.
—Si no vas a hablar conmigo —digo en voz alta—, vamos a tener que hacer esto por las malas.
Brian entra en la habitación. Me vuelvo hacia él como si no hubiera pasado nada. —Eh —digo—. ¿Qué pasa?
—Natalie y su amiga la detective han aparecido en la escena del crimen y se han llevado a Kelly —dice Brian.
Miro a Bee antes de poder contenerme. Se le agudiza la mirada. Brian se da cuenta. Al fin y al cabo, es un detective profesional.
—¿Se la han llevado? —pregunto.
—Sí. Se la llevan al apartamento de Natalie.
Bee forcejea contra las cuerdas. —¡Kelly no sabe nada! ¡Dejadla en paz!
Le lanzo una mirada severa y niego con la cabeza. Capta el mensaje y cierra la boca de golpe.
Brian me coge del brazo y me lleva a un lado, bajando la voz.
—Natalie acaba de aparecer en la escena del crimen.
Le dije que se quedara en casa, pero ella y la Detective Maddox han venido de todas formas.
Han dicho que llevarían a Kelly a comisaría si recordaba algo más, pero no podemos contar con ello.
—¿Qué quieres que haga? —pregunto.
Los ojos de Brian están fríos ahora. No hay detective amistoso. Ni policía preocupado. Nada de la máscara que se pone para Natalie y para casi todo el mundo. —¿Crees que buscarán a Bee? —pregunto.
—Quizá. Probablemente también han supuesto que Kelly corre peligro. Por eso se la han llevado, para intentar protegerla —la voz de Brian se vuelve venenosa—. Eso podría ser un problema.
Miro a Bee. Luego a Brian. —¿Qué clase de problema?
—Si vienen a por Bee —dice Brian—, tienen que desaparecer todos.
Bee me está mirando fijamente ahora. Los dos sabemos lo que eso significa. Se me seca la boca. Brian se acerca más, bajando la voz aún más. —Natalie. La detective. La chica. Cualquiera que se interponga. Desaparecen.
Miro a Bee de nuevo. La sangre en su labio.
El terror que intenta ocultar. El crío que todavía es.
Por primera vez en mucho tiempo, comprendo algo con una claridad meridiana.
No van a parar. Ni con Bee. Ni con Kelly.
Ni con Natalie Sloane. No a menos que alguien los obligue a parar.
Durante años, he sobrevivido haciendo lo que me decían.
Esta vez, hacer lo que me dicen los matará a todos.
Y no estoy seguro de poder vivir con eso.