37 Natalie
Natalie
Llegamos al lugar y hay dos coches de policía aparcados fuera con las luces destellando.
El rojo y el azul bañan el césped delantero, la acera y las caras de los adolescentes apiñados cerca del porche.
Veo a Kelly enseguida. Se rodea el cuerpo con los brazos y habla con uno de los agentes.
Detrás de ella hay otros adolescentes, callados y con los ojos como platos. Aparco, y Kate y yo salimos del coche.
Mientras caminamos hacia Kelly, levanto la mano y la saludo con un pequeño gesto. Su expresión se anima un poco, y me gustaría pensar que se alegra de que esté aquí.
Un agente levanta la mano.
—Necesito que se mantengan atrás —dice—. Estoy interrogando a una testigo.
Kate saca su placa.
—Soy la Detective Kate Maddox. Yo he dado el aviso. Y ella es Natalie Sloane. Hemos venido por Kelly. Somos amigas.
Kate asiente hacia Kelly, y esta parece agradecida.
El agente mira la placa de Kate, luego a mí y de nuevo a Kelly.
—¿Recuerda algo más? —pregunta.
Kelly niega con la cabeza. Está temblando, aunque no hace tanto frío por la mañana. Kate se quita la chaqueta de cuero y se la pone a Kelly sobre los hombros.
—¿Podríamos tener unos momentos a solas con ella, por favor? —pregunta Kate.
El agente mira hacia los coches patrulla.
—Prácticamente ya tenemos todo lo que necesitamos aquí. Vamos a hablar con los vecinos, a ver si alguien tiene una buena descripción o una matrícula.
—Gracias —dice Kate.
El agente se dirige hacia los otros. Me acerco a Kelly.
—¿Cómo lo llevas?
—Tengo miedo —dice—. No creo que esto vaya a acabar bien.
—¿Qué les has contado a los agentes? —pregunta Kate.
—Lo mismo que a ti. —Kelly se aprieta la chaqueta de Kate—. Pero, para ser sincera, no les he contado todo.
Kate ladea la cabeza.
—¿Por qué no?
—Ha sido por él. Es que… —Kelly traga saliva—. No me fiaba.
—¿De quién? —pregunto.
—Del agente.
—¿Qué es lo que no le has contado? —pregunta Kate.
Kelly mira por encima del hombro antes de bajar la voz.
—Uno de los hombres que se llevaron a Bee me resultaba un poco familiar. Llevaba una gorra de béisbol calada, pero había algo en su forma de andar… —Deja la frase a medias, con la mirada saltando de mí a Kate—. No sé. Me resultaba familiar.
—¿Qué te hizo no querer contárselo al agente? —pregunto.
—No sé. Algo dentro de mí me dijo que no lo hiciera. —Mira a Kate—. ¿Eso es malo?
—No —dice Kate—. No es malo. A veces la intuición sabe cosas antes que la cabeza.
Un destello de alivio cruza el rostro de Kelly, pero no dura mucho.
—Vamos a ayudar a averiguar quién ha sido —digo.
Kelly mira a Kate.
—¿Trabajas con ellos?
—No —dice Kate—. Yo trabajo en Oakland. Pero soy amiga de Natalie, y si Natalie dice que necesitas ayuda, entonces voy a ayudarte.
—Gracias.
La voz de Kate sigue sonando amable.
—¿Vives aquí?
—No. Es la casa de una amiga. Solo pasábamos la noche aquí.
—¿Vives muy lejos de aquí? —pregunta Kate.
—No mucho. —Kelly baja la mirada—. Pero mi madre no tiene muchas ganas de verme este fin de semana. Tiene un novio nuevo.
Kate y yo intercambiamos una mirada. Odio todo lo que explica esa simple frase. —Tengo un sofá cama —digo—. Si quieres quedarte conmigo el fin de semana, puedes hacerlo.
A Kelly se le abren mucho los ojos. —No hace falta que hagas eso.
—No digo esto para asustarte —digo, manteniendo la voz queda—. Pero si se llevaron a Bee porque estaba hablando conmigo, puede que sepan que tú también has estado hablando conmigo. Y eso significa que podrían volver a por ti.
Palidece.
—¿Por qué no te quedas conmigo al menos lo que queda de día?
—propongo—. Y si quieres quedarte a dormir, tengo mantas de sobra.
El sofá es tuyo todo el tiempo que quieras.
Tengo comida. Podemos quedarnos en casa este fin de semana hasta que encontremos a Bee y, con suerte, le pongamos fin a todo esto.
Kelly mira hacia la calle. —Es que no dejo de pensar en Tyreek —dice—. En lo que le hicieron. Creo que a Bee se lo van a hacer también.
Su miedo es fundado. Porque es lo mismo que estoy pensando yo. Y debajo de eso hay algo todavía peor: que puede que Bee esté muerto por mi culpa. No debería haberlo presionado tanto.
—¿Tienes que recoger algo antes de irnos? —pregunta Kate—. Podemos llevarte ahora, si el agente ha terminado de interrogarte.
—Tengo algunas cosas dentro.
—Voy a comprobar que la policía no necesite nada más de ti —dice Kate—. ¿Por qué no entráis tú y Natalie a por tus cosas? Luego te llevamos a casa de Natalie.
—Vale.
—¿Tenemos que avisar a alguien de dónde vas a estar? ¿Necesitas llamar a tus padres? —pregunta Kate.
Kelly niega con la cabeza, y queda sobreentendido. A pesar de su corta edad, se las apaña sola.
Con un asentimiento, Kate se dirige hacia los agentes.
Kelly y yo nos volvemos hacia la casa. —¿Cómo es que sois tan majas? —pregunta.
—¿Qué quieres decir?
—En plan, soy una desconocida. Y vosotras ahí, ayudando sin más.
—A veces los desconocidos son lo único que tenemos.
Me mira.
—¿Recuerdas que te conté lo que me pasó el año pasado? —le pregunto.
Asiente.
—Si Kate y Martina, que ahora es amiga mía, no me hubieran ayudado, estaría muerta. Martina era una desconocida entonces. Kate creció en casas de acogida, así que entiende que a veces ofrecerle a alguien un salvavidas puede cambiarle el mundo.
Kelly se queda en silencio un momento. —Qué guay.
—Lo es.
—¿Cómo conociste a Kate?
—Estaba trabajando. No paraba de darle la tabarra para que me diera una historia. Al principio no le caía muy bien.
Eso le arranca una sonrisita a Kelly.
—Pero se fue ablandando —añado—. Con el tiempo. Ahora somos mejores amigas.
—Qué bien tener a una detective de mejor amiga.
—Créeme, viene muy bien.
—Me lo imagino.
Entramos en el salón, donde están reunidos los otros adolescentes. Todos dejan de hablar cuando entramos. Kelly se aclara la garganta. —Vengo a por mis cosas. Me voy a quedar en otro sitio este fin de semana.
—¿Estás bien? —pregunta una de las chicas.
—Estaré bien. Creo que quien se haya llevado a Bee podría volver a por mí, así que voy a pasar desapercibida.
Algunos asienten, pero sus ojos se desvían hacia mí con recelo. No los culpo. No me conocen. Han pasado una noche de perros y ahora soy la mujer extraña que está en el salón de su amiga después de que metieran a Bee en un maletero a la fuerza.
Kelly coge una mochila y una sudadera con capucha de un rincón de la habitación.
—¿Lista? —le pregunto.
Asiente. Volvemos a salir. Kate está de pie cerca de la acera, hablando con alguien junto a uno de los coches patrulla. Kelly me pone una mano en el brazo. Y entonces se queda helada. Me clava los dedos en el brazo. —¿Quién es ese? —susurra.
Sigo su mirada. El Detective Steele está hablando con Kate. —Es el Detective Steele —digo—. ¿Lo conoces?
Kelly me mira, con los ojos como platos. Se le ha ido por completo el color de la cara. —Es uno de ellos —susurra.
Siento un vuelco en el corazón. —¿Uno de quiénes?
Me aprieta el brazo con más fuerza, hasta hacerme daño. —Uno de los hombres que se llevaron a Bee.