Lo que enterraron 36 Sebastian
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36 Sebastian

Sebastian

No puedo creerme lo que acabo de oír. Por un segundo, ni siquiera hablo. Me quedo ahí de pie, con el teléfono pegado a la oreja mientras la otra mano se me cierra en un puño. ¿Por qué harían algo así? —¿Por qué os habéis llevado a Bee?

—Queríamos darle una lección a Natalie.

—La avisé anoche —digo, manteniendo la voz baja—. Creo que fue suficiente.

—Sí, pero también tiene a su amiga la detective de su parte. Teniendo en cuenta su historial, no estoy seguro de que una advertencia verbal sea suficiente. Necesita un mensaje de verdad.

No estoy del todo en desacuerdo con él. Eso es lo que hace que se me revuelva el estómago.

Natalie es cabezota y temeraria. Demasiado lista para su propio bien.

Y después de lo que me dijo anoche, después de cómo me miró a los ojos y dijo que ella no se echaba atrás, supe que una advertencia no sería suficiente.

¿Pero Bee? Bee es solo un crío. Si Natalie se entera de que se lo han llevado, tampoco lo dejará pasar.

No se quedará de brazos cruzados esperando a que la policía se encargue.

Intentará encontrarlo. Lo que significa que ahora los dos están en peligro.

—¿Qué vais a hacer con la detective? —pregunto.

—Me aseguraré de que también se mantenga al margen. Si sabe lo que le conviene a ella y a Natalie, se echará para atrás.

—¿Y si no lo hace?

—Esperemos que la cosa no llegue a tanto.

Cierro los ojos un segundo. Percibo la amenaza velada. No solo hacia Natalie. No solo hacia Kate. Hacia mí también.

—Te necesitamos aquí abajo —dice—. Queremos que hagas entrar en razón a Bee. Tú eres quien mejor lo conoce. Averigua qué le ha contado de verdad a Natalie.

—¿Qué te hace pensar que le ha contado más de lo que dijo?

—Porque siguió haciendo preguntas por ahí después de que le dijeras que dejara de hablar de Tyreek. Se puso en contacto con uno de nuestros activos.

La revelación me golpea con tanta fuerza que apoyo una mano en la pared para no perder el equilibrio. Bee no ha hecho caso. Natalie no ha hecho caso. Y yo tampoco. Tantos años después, sigo cometiendo el mismo error, pensando que una advertencia es suficiente para salvar a alguien.

—Vale. Mándame la ubicación por mensaje.

—Hasta ahora.

La comunicación se corta. Me tiembla la mano al bajar el teléfono. Esto se nos ha ido de las manos por completo. Ya fue bastante malo con Tyreek. Bastante malo con los Sloane. ¿Cuándo acabará todo esto? ¿Y cuándo se me acabará el tiempo?

Aparto ese pensamiento porque no me lo puedo permitir. Ahora no. Tengo que ir a donde está Bee. Tengo que convencerlo de que diga que no le ha contado nada a Natalie. Tengo que convencer a todos los demás de que lo dejará correr. Si no, será el fin de Bee.

Todavía es temprano. Aún no ha salido el sol y la casa está silenciosa, con ese silencio extraño y vacío que precede a la mañana.

Me echo agua en la cara y me agarro al lavabo, mirándome en el espejo.

Parezco cansado. Más viejo de lo que soy.

Me vibra el teléfono. La dirección. No está lejos de aquí.

Cierro la casa con llave y echo un vistazo al vecindario antes de dirigirme a mi vehículo. La calle está vacía. Ni gente paseando al perro, ni niños en bicicleta. Nadie que se vaya a fijar en mis idas y venidas si no vuelvo nunca.

Me aferro al volante e intento pensar qué le diré a Bee. Qué les diré a los demás. Si hay alguna forma de salvarlo. O si va a ser otra víctima más. Alguien que intentaba hacer algo bueno. Bueno, dicen que no hay buena obra que quede sin castigo. ¿A que es verdad?

Cuando llego a la casa, hay dos coches aparcados en la entrada.

El sol sigue sin salir, pero las luces brillan en el interior de la vivienda.

Conozco esta zona. Crecí a unas cuantas manzanas de aquí.

No suele haber mucha actividad tan temprano.

Me quedo un momento sentado en el coche, con el motor apagado, haciendo acopio de valor.

La verdad es que no sé en qué me estoy metiendo.

Solo he presenciado un asesinato en mi vida.

Rectifico. Dos. Y no quiero ver otro. Lo que les pasó me dejó una profunda cicatriz.

También me aterrorizó porque, si estaban dispuestos a matar a dos personas inocentes que solo intentaban ayudar, ¿qué me harían a mí?

No dudarían ni un segundo en quitarme de en medio.

Podría estar entrando en mi propia trampa mortal.

Trago saliva, obligando al aire a entrar en los pulmones, y reúno el poco orgullo y valentía que me quedan. Tengo que encontrar una salida a esto. Para todos.

Me dirijo a la puerta trasera y llamo una vez. La puerta se abre al instante. Uno de ellos está detrás y me hace pasar.

—Está ahí dentro —dice.

Asiento y sigo andando.

La habitación está demasiado iluminada. Parece que todas las luces están encendidas, lo que le da al lugar una sensación de vulnerabilidad e irrealidad. Hay sillas y mesas apiladas y un pasillo que se adentra más. A la izquierda, en el rincón, veo a Bee.

Está atado a una silla. Tiene las muñecas sujetas a la espalda y los tobillos, a las patas de la silla.

La cabeza le cuelga hacia delante, con la barbilla casi tocándole el pecho.

Entonces, la levanta. Tiene el labio partido y un ojo hinchado.

Hay sangre seca en la comisura de la boca.

Me mira y niega con la cabeza. —Sabía que estabas pringado.

Si lo sabía, ¿se lo habría dicho a Natalie?

A juzgar por el labio partido y el ojo hinchado, no ha cooperado. A juzgar por su expresión, no piensa hacerlo.

—Te dije que no hablaras más de Tyreek —digo—. ¿Por qué has seguido con el tema?

—Porque no eres mi dueño y no puedes decirme lo que tengo que hacer.

Niego con la cabeza. —No estoy seguro de que eso sea verdad. Teniendo en cuenta que ahora mismo estás atado a una silla.

Aparta la mirada porque sabe que en este momento es impotente. ¿Se da cuenta de que la única forma de salir de esta es jugando bien sus cartas? No estoy seguro de que lo haga.

—Entonces, ¿por qué? —pregunto—. ¿Por qué seguir preguntando por ahí? ¿Fue para ayudar a Natalie?

Bee levanta la barbilla y, por un segundo, incluso con la sangre y la hinchazón, parece inquebrantable.

—No estuvo bien lo que le hicieron a Tyreek —dice—.

No deberían habérselo hecho así. Solo quería ir a la universidad.

Así es como acabó metido en esto. —Sus ojos se clavan en los míos—.

Y ahí estás tú, haciéndote el buenazo, el que ayuda a todos los chavales.

Sus palabras me hieren, porque una parte de mí todavía quiere ser ese tipo. —Te dije que lo dejaras para que no acabaras así —digo—. Pero no escuchaste. Y ahora estás aquí.

—Tú no te preocupas por mí.

—Eso no es verdad.

—No te preocupas por nadie. ¿Cuánto te pagan?

—No te preocupes por mí. Hablemos de ti. —Me acerco, manteniendo la voz calmada aunque todo mi ser quiere salir corriendo—. ¿Qué le has contado ya a Natalie?

Aparta la mirada.

—¿Qué le dijiste a Natalie?

—Solo que Tyreek hablaba de conseguir una beca.

—¿Kelly sabe algo de esto?

Abre los ojos como platos. Ahí está. Intenta disimularlo, pero es demasiado joven, está demasiado asustado y demasiado enfadado. —Ella no sabe nada.

—Creo que tanto tú como yo sabemos que eso no es verdad. Hago un leve gesto con la cabeza a uno de los hombres que lo vigilan. Con esa información, se da la vuelta y sale de la habitación.

Bee forcejea contra las cuerdas. —¿Qué vais a hacer? —Se le quiebra la voz—. Ella no ha hecho nada malo. He sido yo el que ha hablado con Natalie. Podéis hacerme daño a mí. Pero no le hagáis daño a Kelly.

—¿Por qué? ¿Es tu novia?

—No. Pero no está metida en nada de esto. —Alza la voz—. ¿Qué eres, una especie de sociópata? ¿Es que no te importa nadie?

La habitación se queda en silencio. Por un segundo, ya no estoy aquí. Vuelvo a tener muchos años menos, mirando a otro chaval que pensaba que una beca significaba una salida. Oigo promesas sobre la universidad, sobre dinero, sobre ayudar a mis hermanos pequeños.

—Eres igual que ellos —dice Bee—. Los chavales no son nada para ti. Solo basura que tiras cuando dejas de usarla.

Mi primera reacción, hace todos esos años, cuando descubrí lo que estaba pasando, fue hundirlos a ellos también.

Quise hacerlo. Dios me perdone, quise hacerlo.

Entonces me acorralaron. Amenazaron a mi hermana pequeña y luego a mi hermano pequeño.

Me dijeron exactamente lo que les harían si no ayudaba.

Si intentaba ser valiente, dijeron que les harían lo que le hicieron a Isaiah, a Brielle y a Trevon.

Así que me doblegué. Hice lo que querían. Ahora estoy metido tan hasta el fondo que no sé si hay alguna salida. Miro a Bee, atado a esa silla, todavía fulminándome con la mirada como si yo fuera el monstruo de la habitación.

Quizá lo soy. Pero, aun así, me inclino hacia él. —¿Quieres que Kelly esté a salvo? —pregunto.

Su respiración se vuelve más pesada.

—Entonces, escúchame con mucha atención —digo—. No le has dicho nada a Natalie. No le has dicho nada a Kelly. Tyreek estaba asustado, tú hiciste suposiciones y eso es todo.

Bee me mira fijamente. —Eso es mentira.

—Es la mentira que te mantiene con vida.

Su expresión cambia. Solo un poco. Bien.

Ahora está escuchando. Echo un vistazo hacia el pasillo y bajo la voz.

—Cuando te pregunten qué sabes sobre la beca, les dices que no sabes cómo se llamaba.

Les dices que Tyreek nunca lo dijo. Les dices que Natalie Sloane estaba pescando información y que no tenías nada que darle.

—¿Por qué debería confiar en ti?

Pienso en Melissa Sloane. En cómo una vez creí que la verdad podía salvar a la gente, hasta que aprendí que no era así.

Cuando le pedí que se reuniera conmigo esa noche, dijeron que solo querían hablar con ella para que se alejara de la historia.

No tenía ni idea de que iban a matarla. Ni de que su marido aparecería y lo matarían a él también.

—No deberías —digo—. Pero ahora mismo, soy el único que intenta mantenerte con vida.