33 Melissa
Melissa
Después de clase, sonrío y saludo con la mano mientras los últimos alumnos salen del aula. Todos menos uno. Baz. Se acerca a mí con su chulería habitual, pero hoy hay algo distinto en él. Menos engreído. Más reservado. Su mirada se desvía hacia la puerta antes de volverse hacia mí.
—Hola, señorita Sloane.
—Hola, Baz. ¿Qué te ha parecido la clase de hoy?
—Ha estado bastante bien. —Levanta una mano y se tapa la boca brevemente, como si no quisiera que nadie le leyera los labios. Luego baja la voz—. Y creo que he conseguido más información sobre Northstar.
Se me acelera el pulso.
—¿Ah, sí?
—Sí. Hablé con un amigo de un amigo. Intenté averiguar más sobre cómo conseguir esa beca.
—¿Y?
—Bueno, me parece de lo más turbio, si le digo la verdad. Porque me dijeron que podían contarme más, pero que tenía que quedar con ellos a medianoche en el centro.
—¿Una beca requiere que quedes en el centro a medianoche?
—¿Verdad?
El corazón me late un poco más deprisa.
—Ninguna que sea legal lo hace. —Lo miro para que continúe.
—Así que quedé con ellos anoche.
—¿Quedaste con ellos?
Se encoge de hombros, como si no tuviera importancia. Como si quedar con desconocidos en el centro a medianoche fuera algo que la gente hiciera continuamente. Pero le noto la tensión en la cara.
—Efectivamente, me ofrecieron una beca —dice—. Incluso me dijeron que podían ayudarme a entrar en la universidad. Una pasada, ¿no cree?
—Lo es —digo con cautela. Sé que hay gato encerrado. ¿Cuál es la trampa?
—La trampa es que tengo que hacerles unos cuantos recados. A veces tendré que cruzar la frontera con México para recoger algo. Otras veces, solo tendré que hacer una entrega por la zona. Nada peligroso, según dijeron.
—Nada peligroso —repito.
—A no ser que seas Trevon, Isaiah o Brielle —dice él.
Echo un vistazo al pasillo, pero no hay nadie.
—¿Qué les dijiste?
—Les dije que sonaba genial. La semana que viene me darán mi primer encargo.
—¿Quién es esa gente?
—No me dieron nombres reales.
—Vale —digo, intentando mantener la calma—. Entonces, ¿cuál es tu plan? ¿Hay alguna forma de que averigües quiénes son?
—Bueno, he pensado en ir a ver cuál es el primer encargo. Intentar sacar más información. Cuando lo haga, se lo haré saber.
—Baz…
—Pero no podemos hablar aquí —dice él a toda prisa—. Eso está claro. Este sitio no es seguro.
Me quedo quieta.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que no debería ni estar hablando con usted ahora mismo. —Vuelve a desviar la mirada hacia la puerta—. La próxima vez que hablemos de esto, tiene que ser en otro sitio.
Se mete la mano en el bolsillo y me da un papelito doblado.
—Tenga mi número.
Se lo cojo. Hay un número de teléfono escrito dentro.
—No le cuente esto a nadie —dice—. Lo digo en serio. No quiero acabar como ellos. ¿Sabe a lo que me refiero?
—Sí. —Más de lo que me gustaría—. Bueno, más vale que te des prisa —le digo—. No quiero que te hagan daño.
—Ni yo. Entonces, asiente con la cabeza y sale del aula como si nada.
Como si no acabara de darme la primera pista real en todo este asunto. Como si no acabara de ponerse en peligro. El intercambio ha sido rápido, pero lo siento en los huesos. Esta es la clave para que todo salga a la luz.
Un momento después, entra Dean.
—¿Cómo ha ido la clase?
—Bastante bien.
Dudo. Las palabras de Baz resuenan en mi cabeza.
No le cuentes esto a nadie. Pero Dean y yo trabajamos juntos.
Él conoce el centro. Conoce a los chicos.
Conoce la historia. Si este sitio de verdad no es seguro, necesito a alguien de confianza que pueda ayudarme a ver lo que se me puede estar escapando.
Lo pongo al día de lo que Baz acaba de contarme. Dean sonríe levemente.
—Te estás acercando —dice—. Sabía que lo conseguirías.
—¿Qué sabes de Baz? —pregunto—. ¿Puedo fiarme de él?
—Nunca lo he visto dar problemas —dice Dean—. Pero nunca se sabe.
—Dice que no podemos volver a vernos en público. Que es demasiado peligroso.
Dean asiente despacio.
—Tiene sentido.
—¿Tú crees?
—¿En este negocio? —pregunta—. Confiar siempre es un riesgo.
Suelto un suspiro.
—También le he estado contando a Daniel lo que está pasando. Solo como respaldo.
—Bien pensado.
Guardo el número de Baz en el bolso.
—Muy bien —dice Dean—. Hablamos luego.
Salimos juntos del aula y yo me dirijo al aparcamiento.
Fuera, unos cuantos chicos están reunidos cerca del borde del aparcamiento, hablando y riendo como si nada en el mundo pudiera afectarles.
Entonces veo a Baz. Está de pie junto a un coche, hablando con un par de chicos más.
No le hago ningún gesto. Él tampoco a mí.
Así es como tiene que ser ahora. Ahora tengo una fuente infiltrada.
Solo espero no haberlo puesto en un peligro excesivo.