30 Natalie
Natalie
De pie, fuera del restaurante, estoy un poco nerviosa.
No estoy del todo segura de por qué. Estamos en un lugar muy público.
Si Sebastian tiene malas intenciones, no es que pueda hacer nada aquí.
No puede secuestrarme. No puede matarme.
Estamos en una zona céntrica y concurrida, con gente pasando en ambas direcciones y coches circulando por la calle.
Bueno, a ver, podría hacer esas cosas, pero habría un montón de testigos.
Quizá de verdad solo quiera hablar de la clase y que nos conozcamos.
Quizá Kate ha tenido razón todo el tiempo, y en realidad está interesado en mí románticamente y es que es un poco torpe con las mujeres.
Quizá está muy ocupado, y por eso tuvo que acompañarme a la salida tan rápido el otro día.
Podría estar equivocada sobre Sebastian.
Miro a lo largo de la acera y lo saludo con la mano mientras se acerca a mí con una sonrisa.
Viste diferente a como lo hace normalmente.
Por lo general, parece que esté listo para saltar a la cancha de baloncesto.
Esta noche lleva unos vaqueros oscuros y una camisa bonita, y está guapo.
Muy guapo. No es que no me hubiera dado cuenta antes de que era atractivo, pero verlo arreglado me provoca un cosquilleo inesperado en el estómago.
Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que tuve una cita.
Solo que esto no es una cita. Tengo que mantener la vista en el objetivo. Información para mi artículo.
—Hola —digo.
—Hola, Natalie. ¿Qué tal estás?
—Estoy bien. Es viernes. ¡Por fin es viernes!
Al instante me arrepiento de haberlo dicho. Sueno como una señora de mediana edad en la cantina del barrio.
Él sonríe de todos modos.
—No estaba seguro de si era muy tarde para cenar —dice—, pero he pensado que quizá podíamos tomar unos aperitivos con unas bebidas. A no ser que tengas hambre. También podemos cenar. Estoy abierto a lo que sea.
—Seguramente podría comer un poco —sonrío.
Para mi sorpresa, ha hecho una reserva y nos sientan de inmediato. Lo ha planeado.
Sentada justo enfrente de él, los nervios no se disipan. Es más, ahora me pregunto si esto es una especie de cita. —¿Qué tal el trabajo hoy? —pregunto mientras la camarera me entrega la carta.
—Bien. Varios partidos de baloncesto. No ha estallado ninguna pelea. Hoy ha sido un buen día.
—¿Estallan muchas peleas?
—No. Físicas no. Pero surgen discusiones cuando los ánimos se caldean en la cancha.
O se pelean por los mandos. Ese tipo de cosas.
La mayoría de las veces son unos chicos geniales, pero a veces tengo que intervenir y hacerles saber que compartir es de sabios —lo dice con una pequeña sonrisa. Casi me río.
—¿Y tú? —pregunta—. ¿Qué tal tu día?
—Bastante bien. He tenido que escribir un par de artículos. Algunas cosas de crímenes locales. Nada demasiado emocionante.
Solo que eso no es verdad. He estado en contacto con Kate y Martina.
Ambas están siguiendo pistas relacionadas con los asesinatos.
Martina me dijo que el Detective Steele todavía no había solicitado que la división de casos sin resolver se hiciera cargo de los casos antiguos, pero me aseguró que lo remediaría con un chivatazo anónimo.
Martina es capaz de obrar de maneras misteriosas.
Estoy bastante segura de que es capaz de casi cualquier cosa.
Mientras espero la información, he tenido que ser paciente, algo que no me gusta nada. A decir verdad, he estado buscando maneras de infiltrarme en una fuente y conseguir que alguien confíe en mí, todo como preparación para esta reunión con Sebastian.
—Suena bastante guay —dice él—. ¿Te gusta tu trabajo?
—Sí.
—¿Alguna vez se ha vuelto peligroso para ti? —Su tono es serio ahora.
—Se ha vuelto muy peligroso antes —digo.
—¿Y eso no te detiene?
—No. A ver, prefiero que no me vuelvan a secuestrar, pero ya sabes, son gajes del oficio.
Su mirada se agudiza.
—¿Estuviste secuestrada?
—Lo estuve.
—¿Cómo escapaste?
—Tengo amigos con influencias. Mi mejor amiga es inspectora de homicidios y tengo una nueva amiga que es básicamente como Terminator en forma de mujer.
—¿Así que ellas te salvaron?
—Así es —le sostengo la mirada—. Está bien tener gente así. Gente que te cubra las espaldas.
Observo la cara de Sebastian. Está procesando la información, pero no parece demasiado sorprendido. Quizá ya lo sabía. Quiero decir, salió en los periódicos. También en los nacionales. Además, tuvo que investigar mis antecedentes para que yo pudiera trabajar en el centro.
—Bueno… —digo, cambiando de tema—. ¿Has estado aquí antes?
—Sí. Es un buen restaurante. Me gustan los platos para compartir. Buen vino —hace una pausa—. ¿Te gusta el vino? Ni siquiera te he preguntado si bebes.
—Bebo.
La camarera se acerca. Nos ponemos de acuerdo en un par de catas de vinos y algunos aperitivos, y se va a toda prisa.
—Tengo que admitir —digo— que me sorprendió un poco que me invitaras a tomar algo.
—Bueno, ya que vamos a trabajar juntos, es bueno que nos conozcamos. Supongo que no conoces a mucha gente del centro.
—No conozco a nadie —admito—. Y esperaba que pudiéramos hablar. No solo de la clase, sino que dijiste que conocías a mi madre.
Asiente mientras la camarera coloca nuestros vinos sobre la mesa y nos describe cada uno. Le damos las gracias y se va.
—Salud —dice él.
Ambos damos un sorbo al primer vino. Es un chardonnay agradable, ligero y con toques de roble. Bastante sabroso.
—Entonces —digo, dejando mi copa—. ¿Decías?
—Sí. Conocía a tu madre. Todavía me sorprende que falleciera.
—¿En serio? —pregunto—. ¿No te diste cuenta de que dejó de venir al centro?
—A ver, el señor Milford dijo que ya no vendría más, y él se marchó poco después. Así que no sé. Simplemente supuse que lo habían cerrado por temas de presupuesto o algo.
El señor Milford. Dean Milford.
—¿Pero te gustaba su clase?
—Sí. Estaba muy bien, la verdad. —Su expresión se suaviza—. Sé que ya lo he dicho antes, pero siento mucho su muerte. Es horrible. ¿Cómo murió?
—La mataron. A mi padre también. —Mi voz suena más dura de lo que pretendo, pero una parte de mí no se cree que Sebastian no supiera que mi madre estaba muerta.
—Vaya. —Se echa un poco hacia atrás—. No tenía ni idea. Lo siento muchísimo.
—Sí. Los asesinaron cuando yo tenía diecisiete años.
Me dedica una mirada y casi me creo que empatiza conmigo. Pero hay algo que no encaja. —¿Llegaste a pensar que a lo mejor mi madre estaba investigando algo mientras estaba en el centro?
—¿Investigando?
—Habrás oído hablar de los asesinatos. Trevon Johnson, Isaiah Walker y Brielle Carter. Creo que Brielle murió mientras mi madre daba clases en el centro. Tuviste que conocerla.
Sebastian se queda quieto antes de coger otra copa de vino y dar un sorbo.
Sé que es arriesgado preguntar por ello, pero vamos. Si somos amigos, ¿por qué no contármelo? Si no tiene nada que ocultar, ¿por qué no hablar conmigo? Ha sido él quien ha sacado que conocía a mi madre, lo que significa que estaba allí cuando mataron a Brielle.
Suelta el aire y deja la copa de vino sobre la mesa.
—No sé si estaba investigando algo, pero yo estaba allí cuando murió Brielle.
Fue muy triste. O sea, Brielle y yo no éramos íntimos, pero algo así, que se muera una compañera de clase, alguien de tu edad, te afecta mucho.
—Me observa con atención—. Seguro que tú lo has visto desde que estás trabajando en la historia de Tyreek.
—Sí, lo he visto.
—Y eso también lo siento.
—¿Sabes algo de las investigaciones? ¿La de Isaiah? ¿La de Brielle? ¿La de Trevon?
—No. Yo solo era un crío por aquel entonces.
Sonrío, intentando aceptar su respuesta. Era un crío por aquel entonces, pero esperaba que supiera algo o que me contara algo útil. Pero es obvio que si sabe algo, no está dispuesto a compartirlo.
Entonces cometo un error. Lo sé en cuanto las palabras empiezan a formarse en mi cabeza. No lo digas, Natalie. No seas estúpida. Pero quiero ver su reacción. —Tengo que hacerte una confesión —digo.
Sebastian enarca las cejas.
—He recibido un SMS anónimo que decía: «Sebastian sabe la verdad». ¿Tienes alguna idea de a qué podía referirse?
Sebastian se queda helado a medio sorbo y luego dice: —¿La verdad sobre qué? —Vuelve a dejar la copa.
—No lo sé. Pensé que tú podrías saberlo.
—¿Cuál era el número?
—Era un número oculto.
—¿Todavía tienes el número?
—Sí. Pero cuando intenté llamar, no estaba operativo. Supuse que tenía que ver con la muerte de Tyreek, ya que estaba haciendo preguntas sobre él y luego recibí el mensaje.
—Mira, no sé quién te ha enviado eso. Y no sé de qué hablan. —Se toma un momento, desvía la mirada y luego vuelve a clavarla en mí—. ¿Es por eso por lo que estás en el centro? ¿Sigues investigando la muerte de Tyreek?
—Solo estoy dando una clase. Y tratando de terminar mi artículo sobre Tyreek. De momento, no he conseguido nada, excepto el mensaje sobre ti. No espero averiguar mucho más. La policía tampoco sabe nada.
Él parece relajarse al oír eso. —A veces es mejor dejar las cosas como están.
El camarero nos trae el primer aperitivo. Ambos forzamos una sonrisa y comemos en silencio. Unos minutos después, Sebastian vuelve a hablar y rompe el incómodo silencio. —Pareces enrollada, Natalie. Pero tienes que tener cuidado. No eres de donde soy yo.
Mi tenedor se detiene a medio camino de la boca.
—Sería una buena idea que dejaras de dar clases en el centro —dice.
Dejo caer el tenedor y lo miro. —¿Y eso por qué?
—A la gente no le gusta que vayas por ahí haciendo preguntas.
—¿Tú eres una de esas personas? —pregunto, y me doy cuenta de que he levantado la voz en un lugar público.
—Yo no tengo ningún problema. Solo digo que, en nuestro barrio, no se habla con la policía. No se habla con los periodistas. No se habla con nadie. Así es como la gente acaba muerta.
—Así es como acabaron muertos mis padres.
Él aparta la vista.
En ese momento, no creo que ni una sola cosa de las que me ha dicho Sebastian sea verdad.
Quienquiera que me enviara ese mensaje tenía razón. Sebastian sabe la verdad. Simplemente no me la va a contar.
—Mira —dice—. Pareces una buena persona, Natalie. Solo estoy cuidando de ti.
—¿Diciéndome que no vuelva al centro? Si tú mismo lo has dicho: la clase es buena para los chavales.
—Creo que lo es —dice—. Pero no creo que sea buena para ti. Tienes que renunciar.
—¿Por qué no me despides?
Él desvía la mirada.
Digo: —Porque no tienes poder para hacerlo. —Me sostiene la mirada—. No me voy a ir a ninguna parte. No me echo atrás ni me intimido fácilmente.
Él asiente con lentitud. —Ojalá no fuera cierto.
El camarero se acerca. —¿Está todo a su gusto?
—Genial —digo rápidamente. Busco en mi bolso, saco dos billetes de veinte y los dejo sobre la mesa para cubrir mi parte de la cuenta—. Me tengo que ir. —Entonces me levanto y salgo furiosa.
No puedo evitar el calor que me sube por el cuello. Estoy fracasando. Fracasando en sacarle información a Sebastian. Fracasando en sacarle información a nadie. Empiezo a pensar que quizá esto me venga grande. Unos pasos pesados me siguen hacia la acera.
—Natalie.
Sigo caminando.
—Natalie, lo siento. No pretendía que te fueras.
Me doy la vuelta bruscamente. —¿En serio? Porque me has dicho que me vaya y que no vuelva al centro.
—Mira, hay cosas que no puedo decir. Solo estoy cuidando de ti. Esa es la verdad.
Un coche se acerca a la acera. Es oscuro y tiene los cristales tintados. Sebastian se gira y mira. Sus ojos se encuentran con los del hombre en el asiento del copiloto. Entonces el hombre inclina la cabeza.
El corazón se me acelera. No soy la única que tiene refuerzos. Solo que los de Sebastian están aquí. Los míos no.