Lo que enterraron 29 Sebastian
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29 Sebastian

Sebastian

La cancha de baloncesto está llena esta tarde.

Fue lo que me atrajo en un principio al Community Center hace tantos años.

Cuando tenía su edad, me gustaba jugar al baloncesto.

De hecho, me encantaba. El sonido de las zapatillas chirriando contra la cancha.

El golpe seco del balón contra el cemento.

El subidón de adrenalina cuando metes una canasta y todo el mundo lo ve.

Poco imaginaba yo adónde me llevaría ese camino.

Veo a Bee chocando los cinco con uno de sus compañeros de equipo mientras salen de la cancha.

Fin del partido. Eso significa que solo tengo unos minutos antes de que empiece el siguiente.

Sonrío y saludo con la mano al pasar junto a los otros chicos, con aire despreocupado, amigable, como siempre. Luego voy directo hacia Bee.

—Buen tiro —digo.

—Gracias, Sebastian.

—Se te ve en forma ahí fuera.

—Gracias.

—Sabes —digo, bajando la voz lo justo para que suene personal—, podrías conseguir una beca. Eres así de bueno.

Bee me echa una mirada que no acabo de descifrar. No es de interés. No exactamente. Más bien de recelo.

—¿Qué tipo de beca? —pregunta, y su tono tiene un deje cortante.

Sonrío como si no me diera cuenta. —No sé. Hay distintas universidades que ofrecen becas deportivas. Depende de adónde quieras ir tú.

Echa la cabeza hacia atrás. —Ah. Vale. Sí, genial. Puede que lo mire.

—Hablando de universidad y carreras —digo, manteniendo un tono ligero—, ¿qué tal te va en la nueva clase de escritura con la señorita Sloane?

—Está guay. Al principio pensaba que iba a ser un poco rollo, pero está bien.

—Sí, os vi a ti y a Kelly hablando con la señorita Sloane después de clase. ¿De qué hablabais?

Bee se pone rígido. —Solo cosas de la clase. Quería saber si nos gustaba. ¿Por qué? ¿A ti qué te importa?

Nunca antes me había contestado así. Ahora creo que mis temores se están haciendo realidad.

—¿Te estaba preguntando por Tyreek?

—Ya me preguntó por él antes. Sabe que éramos amigos.

—¿Y qué le dijiste?

—¿Que qué le dije? —alza la voz—. Que nos da pena que se haya ido y que esperamos que cojan a quien sea que se lo hizo. Él no se merecía eso.

Ahora se está alterando. Sé que él y Tyreek eran uña y carne. Los veía juntos a menudo antes de que mataran a Tyreek. Pero no puedo permitir que hable con Natalie. Ni de Tyreek. Ni del centro. Ni de nada que ella pueda convertir en una pregunta para la que no quiero respuesta.

—Bueno, es mejor que no hables de Tyreek con la señorita Sloane —digo—. Ya sabes que es periodista.

—Ya sé que es periodista. ¿Por qué no debería hablar con ella?

—Es que ella es… —hago una pausa, como si intentara encontrar las palabras adecuadas. Como si me importara—. No quiero que escriba un artículo sobre ti y el centro.

—¿Por qué no?

—Bueno, no sé. A lo mejor quien mató a Tyreek no quiere que la gente hable del tema. Y me preocupo por ti si saben que estás hablando de él, sobre todo con una periodista.

Bee me mira con recelo. Durante un segundo, ninguno de los dos dice nada. Luego asiente con lentitud. —Te entiendo.

Bien.

—No diré nada más —dice.

—¿Nada más?

—Solo le estaba diciendo que era un buen chaval. Que tenía la vista puesta en la universidad. Eso es todo. —Aprieta la mandíbula—. ¿Qué más hay que contar?

Alguien me llama a mi espalda.

—Bee, ¿juegas el siguiente?

Bee me mira.

Asiento con la cabeza. —Que tengas un buen partido.

Me despido con la mano y sonrío a todo el mundo mientras me marcho de la cancha, como siempre. Sebastian, el simpático. El tío que todo el mundo conoce. Al alejarme de la cancha, me vuelvo y veo que Bee me está observando.

Espero que haya entendido lo que intentaba decirle. Solo miro por él. Estoy de acuerdo con él. Lo que le pasó a Tyreek no estuvo bien. Pero los actos tienen consecuencias. Antes de llegar siquiera a la oficina, aparece un nombre en la pantalla de mi móvil. Respondo.

—¿Qué pasa?

—¿Has hablado con ellos?

—He hablado con uno de ellos.

—¿Y?

—No va a decir nada.

Una pausa.

—¿Y has quedado para acercarte a Natalie?

—Hemos quedado esta noche para tomar algo.

—¿Ha aceptado?

—Sí.

—Bien. Asegúrate de que siga despistada. No creo que ninguno de los dos quiera que esto se ponga más feo de lo que ya está.

—De acuerdo —digo—. Te cubro.

—Ya me contarás qué tal va esta noche.

—Lo haré. —Cuelgo la llamada y niego con la cabeza. Natalie parece maja. Es una pena que las cosas tengan que ser así.