Lo que enterraron 27 Natalie
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27 Natalie

Natalie

Mientras miro la pantalla, no puedo evitar preguntarme por qué nadie insistió más para resolver los casos de Trevon, Isaiah y Brielle.

¿Fue porque no había nadie pidiéndole a la policía que resolviera el asesinato de su hijo?

Puede que sus familias no supieran cómo hacerlo.

Puede que no se fiaran de la policía. Nunca había habido una valla publicitaria, ni un artículo por el quinto aniversario, ni una pieza por el décimo intentando reabrir el caso y conseguir una nueva perspectiva.

Nadie intentaba averiguar quién había matado a esos críos.

Creo que nadie intentaría averiguar quién mató a Tyreek tampoco. Pero eso se acaba ahora.

He investigado los antecedentes de todas las familias, he hecho llamadas y no he llegado prácticamente a ninguna parte. He dejado algunos mensajes. No todos han contestado. Solo puedo esperar que alguien me devuelva la llamada. O que lo haga Dean.

Intenté llamarlo al número desde el que me llamó él, pero decía que estaba fuera de servicio.

Debía de ser un teléfono de prepago que destruyó después de llamarme, o lo apagó.

Tenía que resolver esto. Pasé media noche revisando todas las notas de mi madre.

Aparte de la mención de Sebastian «Baz», no encontré nada útil.

Si de verdad descubrió algo, ¿dónde estaban los archivos de sus artículos?

Lo único que había encontrado era la carpeta de sus clases.

¿Se los llevó alguien después de que muriera?

Llegados a este punto, mi mayor esperanza es que una de las familias de las otras víctimas me devuelva la llamada y pueda preguntarles por los amigos de sus hijos y por cualquiera con quien se juntaran.

O intento acercarme a Sebastian. Él estaba en el Carmichael Community Center en la misma época en que mi madre trabajaba allí, lo que significa que tuvo que conocer al menos a una de las primeras víctimas.

Tengo que encontrar la manera de que Sebastian confíe en mí. Lo que no sé es qué puedo hacer para que se abra a mí, o para que al menos deje de meterme prisa para que me vaya del centro.

¿Y qué hay de Bee y Kelly? Es posible que todavía no me hayan contado todo lo que saben.

Eli se acerca a mi mesa.

—¿Qué tal vas, Natalie?

Levanto la vista del ordenador, con los ojos arenosos por haber dormido poco y haber mirado demasiados archivos antiguos.

—Bastante bien —digo—. Aún no hay novedades. He quedado con Kate esta noche para una sesión de estrategia. Para intentar averiguar adónde nos lleva todo esto.

—Tengo que decir que lo que has destapado es bastante gordo. —Eli baja la voz—. Estás teniendo cuidado, ¿verdad?

—Por supuesto.

—¿Pero de verdad de la buena?

Kate me preguntó lo mismo. A ella también le dije que por supuesto que sí.

—Sí.

—Bien. ¿Ha podido investigar las muertes anteriores?

—No —respondo—. Le preocupa que, al buscar los archivos, alerte a quienquiera que haya intentado mantener los casos archivados.

—Lo entiendo, pero estaría genial conseguir una copia de esos expedientes.

—Ya lo creo.

—Se me ha ocurrido una cosa —dice Eli.

—¿El qué?

—¿Y si Kate ofreciera sus servicios? A ver, es detective de homicidios. Es otro condado y técnicamente no es su trabajo, pero ¿y si se ofreciera a ayudar al Detective Steele? Así podría acercarse a él y a los casos.

Echo un vistazo a la redacción y luego bajo la voz.

—¿De verdad los policías hacen eso?

—No veo por qué no. Seguro que tendrían que aprobarlo sus dos departamentos.

—¿Has oído que alguien lo haya hecho antes?

—No, pero siempre hay una primera vez para todo. Además, no creo que fuera muy diferente de si trasladaran los archivos a la división de casos sin resolver del condado.

Al mencionar la división de casos sin resolver, se me ocurre una idea. Antes de que pueda compartirla, Eli dice:

—Conoces al Detective Steele desde hace mucho. Probablemente confíe en ti.

—Así es. Y nunca me ha dado un motivo para no confiar en él.

—Es verdad. Quizá solo son casos difíciles de resolver, teniendo en cuenta que nadie de la comunidad quiere dar un paso al frente.

—De acuerdo.

Incluso mientras lo digo, pienso en la primera vez que me dijo que creía que a mis padres los habían atracado y que por eso los habían matado. Ya entonces le dije que no tenía sentido. Habían quedado con una fuente. El lugar donde los mataron no cuadraba con un atraco.

—Voy a llamarlo. A ver si hay alguna novedad.

—Buena idea. Nos vendría bien otro artículo de seguimiento sobre Tyreek. Quizá podríamos incluir en el artículo que si alguien tiene alguna información sobre Tyreek o con quién se ha estado juntando, debería ponerse en contacto con el periódico.

—Buena idea, Eli. Lo haré. Llamaré al Detective Steele y sacaré otro artículo.

—¿Puedes tenerlo listo para mañana por la mañana?

Echo un vistazo al reloj. Son las cuatro de la tarde. —¿Qué tal para pasado mañana?

—Vale. Seguimiento de Tyreek en dos días. Mándamelo al correo para que le eche un ojo antes de que acabe el día de mañana.

—Hecho. —Cojo el teléfono y llamo al Detective Steele.

Lo coge enseguida. Es buena señal, creo. —Hola, Natalie.

—Hola, Detective Steele.

—¿Cómo está?

—Bastante bien. Estaba trabajando en un artículo nuevo. Un seguimiento sobre Tyreek. ¿Hay alguna novedad en el caso?

—Todavía no.

—¿Y los otros?

Una pausa. —¿Los otros?

—Trevon. Isaiah. Brielle.

—Ah. He echado un vistazo —dice—. Y tengo que admitir que tiene razón. Encajan en un patrón determinado. La causa de la muerte fue distinta en todos, pero se supone que todos eran buenos chicos sin vínculos con las drogas ni las bandas. Seguiré investigando.

¿Acaso estaba investigando? —¿Y si le echaran una mano? —Aprieto los dientes, esperando que no me rechace de plano.

—¿A qué se refiere?

—Bueno, yo puedo ir llamando a las puertas. Si tuviera una copia de los informes policiales, podría hacer una lista de testigos y volver a interrogarlos.

—Son casos abiertos, Natalie. No puedo darle los expedientes y usted no puede investigar los casos. Es una civil.

—¿Y si le ayudara otro detective?

Cruzo los dedos, esperando que Kate acepte antes de haberla ofrecido como voluntaria por completo. —¿Como quién?

—Mi amiga Kate. Bueno, no es que ella haya aceptado ayudar ni que yo se lo haya pedido, pero es detective de homicidios.

—¿No tiene la agenda bastante llena en Oakland?

—Sí. Acaba de recibir un caso nuevo, pero es una adicta al trabajo. Ya sabe cómo es. Estoy segura de que querrá ayudar. —No estaba segura al cien por cien de que fuera a aceptar cuatro casos nuevos con alegría, pero me dijo que me ayudaría.

—Son condados distintos. No creo que funcione. Hay problemas de presupuesto y de jurisdicción. No podemos coger los casos que nos dé la gana, sobre todo si son de otro condado.

—Ah. Vale. —Golpeteo el bolígrafo contra mi bloc de notas, intentando que la frustración no se me note en la voz—. ¿Hubo algún sospechoso en los asesinatos anteriores de Brielle, Isaiah o Trevon?

—Ningún sospechoso. Creo que por eso se enfriaron tan rápido.

—¿Ni una persona de interés? ¿Alguien con quien quisiera hablar? Puede darme algunos nombres. Yo puedo hacer preguntas sin más.

Ahora sé que estoy siendo pesada. Intento no serlo en mi trabajo, pero él tiene sobre la mesa seis asesinatos, todos sin resolver. Dean me dijo que están todos conectados, pero no es que el Detective Steele disponga de esa información.

Oigo un suspiro.

—¿Quizá podría organizar un grupo de trabajo o algo así? Esto podría ser algo gordo. —Miro al techo, esperando no estar siendo demasiado insistente ni presuntuosa. No quiero perderlo como contacto.

—Presentaré los casos para que los revisen en la próxima reunión del departamento —dice—.

Tenemos una división de casos sin resolver que podría querer echar un vistazo.

Eso depende de la oficina del sheriff. Podría enviarles los expedientes, pero tengo demasiados casos abiertos.

Estoy hasta arriba de investigaciones nuevas.

La División de Casos sin Resolver del Sheriff del Condado de CoCo.

Esa era exactamente la idea que tenía. Y resulta que conozco a alguien que trabajaba allí, Martina Monroe.

—Vale —digo—. Sí, suena bien. Los detectives de casos sin resolver suelen ser bastante buenos atando cabos de décadas atrás.

Sería genial si les enviara los expedientes.

—Presentaré una solicitud, pero no se haga ilusiones, Natalie. Solo porque solicite que les echen un vistazo no significa que puedan hacerlo de inmediato. Podrían pasar años antes de que tengan un hueco en su agenda.

—Vale. Gracias, Detective Steele. Avíseme si se entera de algo nuevo sobre lo que pueda informar.

—Lo haré. Y, oiga, ¿Natalie?

—¿Sí?

—Tenga cuidado.

—Usted también —digo, y cuelgo. Me quedo mirando el teléfono.

Todo el mundo me dice que tenga cuidado. ¿Es que todos piensan que soy una temeraria o algo así? Lo juro, te captura un asesino en serie y ya todo el mundo piensa que eres una bala perdida.

Me muero de ganas de coger el teléfono y llamar a Martina. Contarle lo que sabemos. Preguntarle qué opina y si podría llamar a sus antiguos colegas de la División de Casos sin Resolver para que los investiguen. Pero probablemente debería hablarlo primero con Kate.

Dos horas más tarde, Kate y yo estamos comiendo comida china para llevar en la mesa del comedor mientras le explico todo lo que he descubierto hoy. Mi llamada con el Detective Steele y la idea de involucrar a Martina. Y lo más peliagudo, pero quizá lo más útil: intentar acercarme a Sebastian.

Kate deja los palillos sobre la mesa. —Creo que podríamos pedirle a Martina que nos haga un favor —dice—. Quizá si consigue convencer a la división de casos sin resolver para que miren estos casos más pronto que tarde, ya habremos ganado algo. Y nadie estaría saltándose ningún protocolo.

Asiento con la cabeza y le doy otro bocado al chow mein de verduras. —Todo perfectamente legal.

Kate asiente. —¿Qué más has encontrado?

—Bueno, he repasado todas las notas de mi madre. Del derecho y del revés. No hay nada más que me llame la atención.

—Eso es bastante típico de un periodista, ¿no? No va a dejar todas sus fuentes y su información confidencial en una carpeta.

—Cierto, pero tenía que tener la información en alguna parte —digo, pensando en voz alta.

El ordenador de mi madre fue requisado como prueba tras su muerte como parte de la investigación del homicidio para ver quién podría haberla matado, si no fue solo un robo. La policía dijo que no encontró nada.

No sabían lo del trastero. El que tenía todos los archivos en papel de mis padres.

Los archivos que ahora viven en mi cuarto de invitados.

Yo tampoco supe de la existencia del trastero al principio.

No hasta que cumplí los dieciocho y el administrador de mi fondo fiduciario, un amigo de la familia, me dio la llave.

Me dijo que tenía instrucciones de no dejar que nadie la tuviera hasta que yo cumpliera los dieciocho.

La llave había estado en un sobre cerrado, y ni siquiera él había sabido para qué era.

—¿Y qué hay de los archivos de tu padre? —pregunta Kate.

Coge una gyoza con los palillos y se la mete en la boca.

—No he revisado ninguno de sus archivos.

—Bueno, murieron los dos juntos. Debía de saber lo que estaba pasando. Es posible que haya algo en sus archivos.

Se me caen los palillos.

Luego me levanto de la silla de un empujón, salgo apresuradamente del comedor y vuelvo corriendo al cuarto de invitados. Kate me sigue, lo bastante lista como para no preguntar si estoy bien porque ya sabe la respuesta. Empiezo a sacar cajas del armario. Kate coge una. Yo cojo otra.

Nos sentamos las dos en el suelo y empezamos a buscar cualquier cosa relacionada con aquello en lo que trabajaba mi madre. Carmichael. Sebastian. La enseñanza. Cualquier cosa de esa época.

Una hora después, Kate deja a un lado su caja. —No veo nada relacionado con Carmichael ni con ese periodo de tiempo aquí.

—Hay más.

Se levanta y coge otra caja, y yo aparto la que he estado mirando. Tampoco he encontrado nada ahí, pero no me detengo. No puedo parar. Acerco otra caja hacia mí y abro la tapa.

Dentro hay carpetas, cuadernos, papeles sueltos y sobres viejos. Meto la mano y saco una carpeta de cartón.

Cuando la abro, hay una tarjeta de felicitación dentro.

Una tarjeta de San Valentín. Sonrío, aunque siento una opresión en el pecho.

Incluso de adolescente, cuando casi siempre me creía demasiado guay para salir con mis padres, recuerdo específicamente que seguían enamorados.

Cómplices. Románticos de esa forma que solía darme vergüenza.

Ver la tarjeta me encoge el corazón. Pero, de alguna manera, también me da un poco de alegría.

Al menos se tuvieron el uno al otro todo el tiempo que pudieron.

Con un suspiro, abro la tarjeta.

Se me abren los ojos como platos. —Kate.

—¿Qué es?

—Creo que esto significa… ¡Oh, Dios mío!

Se acerca más.

Dentro de la tarjeta de San Valentín hay un trozo de papel. Es la letra de mi madre.

Baz Black. Becas Northstar. Tráfico de drogas.

—Es esto —susurro.

Kate se inclina y su rostro se queda inmóvil.

—Esto es lo que encontró mi madre. —Mi voz apenas parece la mía—. Carmichael. Baz Black. Becas Northstar. Tráfico de drogas.

Miro fijamente las palabras hasta que se vuelven borrosas. —Bee y Kelly me dijeron que Tyreek había estado metido en un chanchullo raro de becas. Tiene que ser lo mismo. Becas Northstar.

Dejo la tarjeta de San Valentín a un lado con cuidado, como si pudiera deshacerse si resoplaba demasiado fuerte sobre ella, y sigo adelante. Tiene que haber más. Algo que nos indique quién estaba detrás de las becas Northstar.

El corazón me late tan deprisa que parece que se me vaya a salir del pecho. En ese momento, sé que voy a terminar lo que mis padres empezaron.