Lo que enterraron 25 Natalie
51%

25 Natalie

Natalie

Cierro la puerta de golpe a mi espalda y suelto un bufido de frustración.

Quiero más respuestas. ¿Por qué son tan difíciles de conseguir?

He ido a todas y cada una de las direcciones de mi lista de las otras tres víctimas: Isaiah, Trevon y Brielle.

Por lo visto, todas las familias se han mudado.

Supongo que no es del todo sorprendente, teniendo en cuenta que todos vivían en apartamentos.

La mayoría de la gente no se queda en el mismo piso más de diez años.

Necesito encontrar una forma de dar con ellos.

Eso es exactamente lo que pienso hacer a continuación.

Me encantaría ver las declaraciones de los testigos de las investigaciones de sus homicidios, pero voy con cautela, y técnicamente no son casos cerrados, así que de todos modos no me las darán.

Incluso en el improbable caso de que me las dieran, una solicitud de expedientes podría tardar meses.

O años. Tengo la sensación de que la violencia no va a terminar hasta que saquemos la verdad a la luz.

No creo que Tyreek vaya a ser el último, y de verdad pienso que no fue el primero.

Entro en la cocina y cojo una galleta del plato que hay en la encimera. Mientras la mordisqueo, pienso en qué puedo hacer a continuación.

Kate aceptó buscar a Sebastian, averiguar sus antecedentes, pero yo ya sé que conocía a mi madre y que había estado en el Carmichael Community Center. Es entonces cuando me doy cuenta. Suelto la galleta de nuevo en el plato y me voy corriendo al cuarto de invitados.

El corazón se me acelera mientras abro la carpeta con los apuntes de clase de mi madre. No aparece en la lista de la clase. Frunzo el ceño y vuelvo a pasar el dedo por la página.

¿Por qué no aparece en la lista si asistió a su clase?

¿Es de verdad quien dice ser?

Esa idea me empuja a rebuscar más a fondo en la carpeta. El móvil me vibra en el bolsillo y lo saco.

—Dime.

—Vale —dice Kate—. Tengo los antecedentes de Sebastian Black. Su nombre completo es Sebastian Jacob Black, de treinta años. Se metió en algún que otro lío de niño, pero el expediente está sellado. Por aquel entonces usaba el nombre de «Baz».

—Baz —digo en voz alta.

Mi atención vuelve de golpe a los papeles que tengo delante.

Efectivamente, ahí está. Baz. Estuvo en la clase de mi madre. Y hay un asterisco al lado de su nombre.

—Kate —digo, poniéndome en cuclillas—. Vale, estoy mirando la lista de la clase de mi madre ahora mismo. Baz, alias Sebastian, estaba en su clase, y hay un asterisco junto a su nombre.

—¿Un asterisco?

—Sí.

—¿Sería posible que fuera su confidente?

—Quizá. Pero, si es así, ¿por qué no quiere hablar conmigo? ¿Y por qué se comporta de una forma tan rara conmigo?

—¿Y estás segura de que no le gustas?

—No me da esa impresión. Me da más bien la impresión de «quiero que te largues de aquí». La mayoría de los tíos que intentan salir contigo quieren que te quedes, ¿no?

Kate se ríe entre dientes.

—Por lo que yo recuerdo.

Eso me recuerda algo. Necesito tener vida propia. En algún momento, tengo que añadir eso a mi lista de tareas. Tener vida propia. Tener una cita. Quizá irme de vacaciones… después de que destape esta historia.

—¿Algo interesante en sus antecedentes? —pregunto.

—No, la verdad es que no. Los antecedentes penales de menores son confidenciales, pero su historial como adulto está bastante limpio. Que seguramente es por lo que puede trabajar en el centro.

—Entonces está limpio.

—Un historial limpio no demuestra que sea trigo limpio —me recuerda Kate.

—Cierto. Bueno, he ido a las direcciones que tengo y nadie conocía a las familias de las víctimas. Es un callejón sin salida por ahora.

—¿Vas a seguir buscando?

—Por supuesto. Voy a investigar sus antecedentes. Tengo los nombres de los padres, pero nada más.

—Quizá pueda ayudarte —dice Kate—. Pero no puedo ponerme a rebuscar demasiado, por si alguien tiene alguna alerta en alguno de los casos…

—¿Por qué iban a tener una alerta en los casos?

—Bueno, si hay polis corruptos implicados, puede que quieran saber si alguien está investigando los expedientes en los que están metidos.

—Oye, qué rápido das por hecho que hay polis corruptos. ¿De verdad hay tantos polis corruptos por ahí?

—Los hay, y suficientes. Sobre todo cuando hay mucho dinero de por medio y tienes una serie de asesinatos sin resolver.

—Pero no sabemos si hay mucho dinero implicado. Aún no he conseguido averiguar quién ha financiado el Centro Juvenil de la Bahía.

En realidad no sabíamos gran cosa. Solo teníamos un puñado de coincidencias que apuntaban a que todo estaba conectado.

—Cierto.

Suspiro.

—Vale. Pues entonces voy a investigar los antecedentes de los familiares usando algunas páginas públicas de comprobación de antecedentes. Eli ha aprobado el presupuesto.

—Inteligente. ¿Te quedas en casa esta noche?

—Sí, estoy bastante hecha polvo.

—Yo también —dice Kate—. Acaban de asignarme un caso nuevo y tengo mucho trabajo de campo por delante.

—Ah, vale. Bueno, gracias por investigar a Sebastian.

—De nada. Hablamos luego.

—Adiós.

Cuelgo y me quedo mirando el expediente.

Baz. Sebastian. Conocía a mi madre e iba a su clase.

Y tiene un asterisco junto a su nombre. ¿Era un informante o solo un alumno estrella?

¿Y quizá simplemente recela de que haya extraños cerca de sus alumnos?

Es posible que no se fíe de mí. ¿Se fiaba de mi madre?

El móvil me vibra de nuevo y casi respondo con una broma, dando por hecho que es Kate.

Pero no lo es. Es un número desconocido. Distinto al anterior. Me quedo mirando la pantalla. Teniendo en cuenta que en el mensaje anterior una persona con número oculto me decía que Sebastian sabía la verdad, descuelgo.

—Hola, soy Natalie.

—He oído que me estás buscando.

Me quedo inmóvil. La voz es grave y tensa.

—Necesito que pares —dice.

Se me acelera el corazón.

—¿Dean?

—Sí. Necesito que entiendas que esta es una situación muy peligrosa y que lo dejes estar.

—No puedo dejarlo estar —digo sin siquiera pensarlo—. Ya he encontrado un patrón. Ha habido otro asesinato. Tres anteriores y mis padres. Dime que no están todos conectados.

Se queda en silencio. El silencio se alarga tanto que puedo oír mi propia respiración.

—Lo están —dice al fin—. Pero no dudarán en eliminarte si creen que eres una amenaza. ¿Entiendes lo que te digo? Pasa desapercibida, no te fíes de nadie y déjalo estar. Es lo que tus padres habrían querido.

—Mis padres habrían querido que investigara sus muertes.

—No querrían que te mataran.

—¿Dónde estás? ¿Cómo puedo contactar contigo?

Oigo un profundo suspiro al otro lado de la línea.

—Si te niegas a dejarlo estar, podrías ponernos a los dos en un peligro aún mayor. A mí ya me tienen en el punto de mira. No quiero que a ti también te lo pongan. Ten cuidado, Natalie.

La llamada se corta.

Bajo el teléfono y me quedo mirando la pantalla. Es todo verdad. Está todo conectado. Y, según mi confidente anónimo, Sebastian sabe la verdad.