Lo que enterraron 24 Sebastian
49%

24 Sebastian

Sebastian

En mi despacho, cierro la puerta y bajo las persianas. No del todo. Solo lo justo para que nadie que pase por delante pueda verme sentado tras el escritorio con el teléfono pegado a la oreja.

Debería llamarlo. Es mejor que lo llame yo a que venga él a buscarme. El teléfono suena dos veces antes de que responda.

—Se ha ido —digo—. No pasa nada.

Una pausa.

Entonces oigo su voz, grave y monocorde.

—¿Ha estado preguntando por Tyreek?

—Sí.

—¿Qué tipo de preguntas?

Me reclino en la silla y miro hacia la puerta cerrada. Fuera, oigo voces ahogadas en el pasillo. Risas de niños. Alguien gritándole a otra persona que se dé prisa.

—Me ha preguntado si sabía con quién andaba Tyreek —digo—. Si tenía movidas con alguien.

—¿Y?

—La he cortado en seco.

Otra pausa.

—Creo que no hay problema —añado.

—¿Tú crees?

Aprieto la mandíbula.

—¿Y los otros chavales? —pregunta—. ¿Ha hablado con alguno?

—No le he dado la oportunidad. Me he quedado en la sala todo el rato.

—Bien.

No digo nada, y no le cuento nada sobre la forma en que Natalie ha mirado a Bee después de que este leyera de su cuaderno. No le digo que Bee le ha devuelto la mirada. No le digo que por un segundo he pensado que el chaval de verdad iba a decir algo.

Hay cosas que es mejor dejar fuera de la conversación hasta que sepa lo que significan.

—¿Crees que es una amenaza? —pregunta.

Me paso una mano por la boca.

—No lo creo. Puede que haga preguntas, pero nadie va a hablar con ella.

—¿Estás seguro de eso?

—Me aseguraré de que así sea. —Me inclino hacia delante, bajando la voz—. Sinceramente, aunque esté intentando investigar, esto le viene grande.

—¿Tú crees?

—Sí.

—Creo que deberíamos vigilarla. Quizá ponerle a alguien encima.

¿Insinuaba que no podía encargarme de ella?

—Probablemente no sea necesario.

—Apenas la conoces. ¿Cómo puedes estar tan seguro?

«Porque reconozco a las de su tipo», quiero decir. También parece un poco peligrosa porque no sabe cuándo parar. Pero no lo digo. He aprendido que es mejor no parecer demasiado involucrado.

—Solo digo que no queremos reaccionar de forma exagerada —le explico—. Eso genera problemas.

—Los problemas vienen cuando la gente habla.

Le explico:

—Le hicimos la comprobación de antecedentes. No tiene historial delictivo. Vive sola. No tiene muchos amigos. Pero tiene algunos que podrían ser problemáticos. Una es detective en Oakland. La otra dirige una agencia de investigación privada.

—Si la detective está en Oakland, no debería meterse en mis asuntos.

—No, no creo.

—¿Y la agencia de investigación? —pregunta.

Abro de nuevo la ventana del navegador en mi ordenador.

El artículo sigue ahí. Natalie Sloane. Martina Monroe.

El Asesino de Navidad. Un secuestro. Una historia de supervivencia.

Miro la foto fijamente. Natalie parece diferente en ella.

Más delgada. Pálida. Atormentada. No como hoy en clase, sonriendo a los críos como si ese fuera su sitio.

—Estuvo secuestrada el año pasado con Martina Monroe, de Drakos Monroe Security & Investigations.

Oigo un murmullo al otro lado de la línea.

—Me suena ese nombre.

—Es conocida por resolver casos que otros no pueden —añado.

—¿La está ayudando Monroe a investigar la muerte de Tyreek?

—Ni idea.

—¿Y la detective?

—Kate Maddox —digo.

—¿La está ayudando Kate Maddox?

Cierro los ojos y sopeso cómo responder.

—No lo sé. No he visto a ninguna de las dos por aquí. Natalie no me las ha mencionado.

—Tal vez necesites acercarte más a ella. Hazte su amigo. Gánate su confianza. Averigua qué está haciendo aquí realmente.

—Puedo hacerlo.

—¿Seguro que todo va bien por ahí?

Miro hacia la ventana. Por el estrecho hueco de la persiana, veo el borde del aparcamiento. El coche de Natalie ya no está, pero todavía me lo imagino allí. Es como si aún pudiera verla de pie con Bee y Kelly.

—De perlas —digo.

—Muy bien. Pues que siga así.

La llamada termina. Mantengo el teléfono en la oreja un momento más, escuchando el silencio. Luego lo dejo sobre la mesa y me quedo mirando el formulario de Natalie.

La he mantenido a distancia. Quizá ha sido un error.

La distancia solo hace que la gente como Natalie sienta más curiosidad.

Quizá lo mejor sea dejar que crea que se está acercando.

Vuelvo a coger su formulario y leo su nombre.

Natalie Sloane. La hija de Melissa. Doblo el papel una vez, luego lo meto en el cajón superior de mi escritorio y lo cierro con llave.

Si Natalie quiere respuestas, le daré algunas. Pero no las que está buscando.