22 Natalie
Natalie
Al final de la clase, siento una inmensa sensación de alivio. Lo he conseguido. He dado una clase y nadie me ha tirado tomates ni se ha ido por aburrimiento.
Con ese alivio llega la expectación. Porque ahora quiero hablar con Bee. Quiero saber de qué tenía miedo Tyreek. Quiero saber por qué Bee ha mirado a Sebastian de esa manera. Quiero saber por qué la sala se ha quedado tan quieta después de que leyera su texto.
Pero Sebastian no se aparta de mi lado. ¿Está ayudándome? ¿O está obstaculizándome?
Mientras los chicos recogen sus cosas, miro hacia Bee, intentando transmitirle que quiero saber más. Que entiendo lo que estaba diciendo. Que sé que su escrito no era ficción. Era un mensaje para mí.
Bee me mira durante medio segundo. Luego, su mirada se desvía hacia Sebastian. Igual que antes. La insinuación: aquí no.
Kelly ni siquiera me mira. Mete el cuaderno en la mochila con brusquedad, mantiene la cabeza gacha y sigue a Bee hacia la puerta.
¿Era por mí? ¿O por Sebastian? ¿O por alguien más en la sala delante de quien no quería hablar?
Tengo que pensar que, si estaba sentada con Bee, han hablado de Tyreek. Saben que he hablado con los dos. Quizá han venido porque querían decirme algo.
—Buen trabajo hoy, Bee —dice Sebastian.
Bee se detiene cerca de la puerta.
Sus hombros se tensan, pero no se da la vuelta. —Gracias. —La palabra suena seca. Luego se va en silencio con Kelly.
Los veo marcharse y la frustración crece en mi interior. Quiero seguirlos. Quiero pillar a Bee en el pasillo y preguntarle qué le dijo Tyreek. A qué debería haber prestado atención. ¿Fue él quien me mandó el mensaje: «Sebastian sabe la verdad»? Pero Sebastian sigue de pie a mi lado.
Una vez que la sala está vacía, dice:
—Ha hecho un buen trabajo hoy.
—Gracias. —Fuerzo una sonrisa—. Los chicos son geniales. No estaba segura de qué esperar.
—Son buenos chicos. Y no sé si lo admitirán, pero les gusta aprender. —Echa un vistazo hacia la puerta vacía—. Ha oído sus relatos. Parece que les gusta escribir. Esta clase les vendrá muy bien.
Los chicos habían compartido algunos de sus escritos a medida que avanzaba la hora, y al final parecían más cómodos.
Algunos incluso sonrieron. Un chico escribió sobre querer abrir una gastroneta.
Otra chica escribió sobre su hermano pequeño y cómo la volvía loca, pero que aun así se pelearía con cualquiera que se metiera con él. Casi parecía una clase normal.
—Parece que se le dan bien —digo—. Si no le importa que le pregunte, ¿qué le hizo interesarse por trabajar con niños?
Sebastian mira alrededor del aula antes de responder, como si se asegurara de que estamos solos. Luego sus ojos vuelven a los míos. —Una vez estuve algo perdido, como algunos de los chicos de aquí. Unas personas me ayudaron a encontrar mi camino. Personas que trabajaban en un centro como este.
¿Un centro como este? —¿Cuál?
—El Centro Comunitario Carmichael —dice—. Estaba aquí antes de que abriera Bay Youth.
El corazón me late con tanta fuerza que lo siento en la garganta. El Centro Comunitario Carmichael. Mi madre. Dean Milford. El viejo caso al que no dejo de darle vueltas.
—Oh —digo—. Yo... eh... No me esperaba eso y no soy capaz de articular palabra ni de pensar en una continuación coherente.
Ve mi sorpresa, pero su expresión apenas cambia, aunque algo afilado se mueve en su mirada. —Quería preguntarle —dice con lentitud—. ¿Tiene usted alguna relación con la señora Melissa Sloane? Daba una clase de periodismo de investigación cuando yo estudiaba allí.
Me deja de una pieza. Conocía a mi madre.
Lo que significa que también tuvo que conocer a Dean Milford.
Lo que significa que podría saber mucho más de lo que dice.
Sebastian sabe la verdad. Me agarro al borde del escritorio, intentando mantener el rostro impasible.
Intentando no parecer que el suelo acaba de abrirse bajo mis pies. —Era mi madre.
Sebastian parpadea. Por un segundo, parece verdaderamente sorprendido. Entonces, algo más cruza su rostro. Algo rápido e indescifrable. —Oh —dice—. ¿Le pasó algo?
¿De verdad no lo sabía? ¿O me está poniendo a prueba? —La mataron en 2013.
Se le demuda la cara. —Lo siento muchísimo. No me había enterado.
Quizá lo siente de verdad. Quizá no. —Fue hace mucho tiempo —digo, aunque tengo el pecho oprimido y las manos frías.
—Aun así —dice—. Lo siento muchísimo.
Asiento, tragándome la emoción que sube con demasiada rapidez. No voy a tener un ataque de nervios delante de él. No aquí. No cuando aún no sé si es un testigo, un inocente, un mentiroso o algo peor. —¿Asistió a su clase? —pregunto—. ¿Cómo era?
Su boca se suaviza, solo un poco. —Era genial. Por un momento, pensé que quizá me haría periodista.
—¿Ah, sí? ¿Qué le hizo cambiar de opinión?
—Decidí que la universidad no era para mí. Me interesaban más los deportes. Luego me lesioné jugando al baloncesto y no pude jugar a nivel universitario, así que decidí que sería entrenador. Empecé a entrenar en el instituto local y luego acepté el trabajo aquí cuando salió la vacante.
—¿Y le gusta?
Quizá me he equivocado por completo con él.
Quizá no es un acosador en la sombra. Incluso si no es una mala persona, eso no significa que no sepa la verdad sobre Tyreek.
Podría estar demasiado asustado para hablar, como la mayoría de la gente.
Quizá esa mirada de advertencia a Bee fuera por la propia seguridad de Bee.
—Sí —dice Sebastian—. Me gusta pensar que puedo marcar la diferencia. Ayudar a guiarlos por el buen camino.
—Seguro que llega a saber mucho sobre ellos.
—Así es. A veces hago de tío o de figura paterna. Muchos de ellos no tienen modelos masculinos positivos. Intento ser eso.
Tiene que haber conocido a Tyreek. —¿Conocía muy bien a Tyreek Masters?
Los ojos de Sebastian se oscurecen un instante.
Luego los abre más, como si forzara una expresión de preocupación.
—Sí —dice—. Era uno de los que yo animaba.
Un buen chaval. No tenía ni un ápice de maldad.
Defendía a los demás. Quería llegar a ser alguien.
Era desinteresado en ese sentido. —Su voz suena firme—.
Su muerte fue trágica —añade—. Se me rompió el corazón cuando me enteré de lo que le pasó.
A mí también. —Eso es lo que me dicen todos —digo—. Pero seguro que tenía cuentas pendientes con alguien.
—Eso no lo sé.
La respuesta llega demasiado rápido. —Pero parece que conoce a todo el mundo —digo, con un poco más de escepticismo del que pretendía. Le dedico una media sonrisa, intentando suavizarlo—. Quiero decir, parece que conoce a los chicos y sus historias.
Sebastian me mira durante un buen rato. Lo bastante como para que me pregunte si he presionado demasiado. —En general, sí —dice—. Pero todos tenemos secretos. Supongo que Tyreek también tenía unos cuantos.
El pulso se me acelera de nuevo. —¿Qué clase de secretos?
Sebastian se tensa. Es un gesto leve. La mandíbula se le aprieta. Un cambio en la postura de los hombros. Pero lo veo. Luego mira hacia el pasillo. —Tengo que volver al trabajo —dice—. Puedo acompañarla a la salida.
No puedo evitar pensar que está intentando deshacerse de mí. —Genial —digo—. Gracias.
Recojo mis cosas, pero mi mente sigue dándole vueltas a lo que ha dicho. Todos tenemos secretos. Supongo que Tyreek también tenía unos cuantos.
Sebastian abre la puerta del aula y espera a que yo pase primero.
Educado, servicial y, por supuesto, con una sonrisa arrebatadora.
Pero al pasar a su lado, siento que se me eriza el vello de la nuca.
Su mano sigue en la puerta y, por un extraño segundo, no tengo la sensación de que me esté dejando salir.
Siento que se está asegurando de que me vaya.