21 Natalie
Natalie
Le mando un mensaje a Kate y a Eli para decirles que he llegado al centro para mi primera clase. Voy a dar clase y voy a estar de incógnito.
En este momento, no puedo evitar pensar en mi madre.
Quizá se puso en esta misma situación justo antes de morir.
Quizá entró en este lugar intentando ayudar, intentando destapar algo e intentando salvar a alguien.
Y si estoy en lo cierto, voy a averiguar quién mató a Tyreek y a mis padres.
Solo espero que no me cueste la vida a mí también.
Ahora que tengo a Kate de mi parte —no es que no lo haya estado nunca—, pero ahora que está dispuesta a ayudar, noto que mi confianza aumenta un poco.
Tengo quien me cubra las espaldas. Y no cualquiera.
Hablo de la detective de Homicidios Kate Maddox.
Quince años de servicio, y no hay nadie más adecuada.
Pienso en Martina y en Selena. Si supieran lo que está pasando, también me cubrirían las espaldas.
Entonces tendría un equipo entero con el que nadie querría meterse.
Mientras camino despacio hacia la entrada, pienso en contarle a Martina lo que está pasando. Quizá Kate y yo podríamos quedar a cenar con ellas y ponerlas al corriente.
A Martina se le da genial descubrir secretos enterrados. De ese tipo de cosas que nadie más puede encontrar. Es, en plan, lo suyo.
Sinceramente, cuando la conocí y supe de su reputación, me planteé pedírselo, ver si podría ayudarme a descubrir la verdad sobre mis padres.
Porque nunca llegué a creerme, ni siquiera de adolescente, que fuera un atraco al azar.
Ahora que Kate me ha metido en la cabeza la idea de que quizá no pueda fiarme del Detective Steele, ese pensamiento no me abandona.
Él fue el detective que llevó la investigación.
Él fue quien planteó la teoría de que había sido un robo.
Quizá Kate tenga razón y él encubrió el asesinato de mis padres.
A lo mejor no fue por motivos turbios. Podrían haberlo amenazado a él o a su familia y por eso tiene miedo de decir la verdad.
Es que no sé de quién o de qué fiarme. Desde luego, no puedo quitarme de encima la sensación que me da Sebastian.
O el mensaje que recibí. «Sebastian sabe la verdad». ¿La verdad sobre Tyreek?
Abro la puerta del centro y lo veo al instante. Con mi mejor sonrisa, lo saludo con la mano.
Él me la devuelve.
Hay algo encantador en él. Es un hombre atractivo, de pelo oscuro y piel morena, simpático, y trabaja con los jóvenes del Área de la Bahía.
Nunca me ha dado ningún motivo real para desconfiar de él.
Nunca ha dicho nada raro. Excepto aquella vez que me estuvo observando.
Y en la escena del robo, me vio al otro lado de la calle y no dejaba de mirarme.
Tendré que pedirle a Kate que investigue sus antecedentes. —¿Cómo le va?
—Bien. ¿Con ganas de su primera clase?
—Sí, pero debo decirle que en realidad no he dado una clase en mi vida. Aunque tengo internet y me ha dado algunos consejos.
Se ríe, y parece sincero. —Vamos —dice—. No se preocupe. Estaré en la clase para ayudarla a empezar. Si necesita ayuda, intervengo.
—Se lo agradezco.
La verdad es que sí. Todo lo que he dicho es cierto.
Estoy nerviosa. Ser una agente encubierta no es algo que haya hecho antes.
Aunque debo admitir que siempre he soñado con cómo sería estar en una vigilancia o fingir ser otra persona y entonces, zas, descubrir la verdad antes de que nadie se dé cuenta de quién soy en realidad.
Mientras caminamos hacia el aula, Sebastian dice: —Bueno, como sabe, tuvimos que comprobar sus antecedentes porque va a trabajar con niños.
Y antes de empezar, también tenemos que tomarle las huellas dactilares.
Es un requisito del estado de California.
Podemos pasar un momento por mi despacho. No se tarda nada.
—Sin problema.
Me lleva a una oficina administrativa. Hay una mujer detrás del escritorio, y tiene unos papeles junto a un escáner de huellas dactilares.
—Vamos a terminar con esto —dice ella—. Luego tiene que firmar un par de papeles y ya estará lista para empezar.
Qué oficial. Y pensar que hace una semana creía que podría entrar aquí sin más y ponerme a interrogar a los chavales. Me hace pensar que de verdad intentan ayudar y proteger a los chicos que vienen aquí.
Mientras relleno el papeleo, pienso en lo que eso significa.
A todos los que trabajan aquí les han tomado las huellas dactilares y han superado una comprobación de antecedentes.
¿Estaré equivocándome de medio a medio? ¿Es posible que Sebastian sea completamente inocente?
Bueno, no lo sabré hasta que empiece a hacer preguntas y la gente me dé algunas respuestas.
Dentro del aula, Sebastian se sienta. Hay filas de sillones cómodos en lugar de los incómodos pupitres que recuerdo del instituto.
La sala huele ligeramente a moqueta vieja y a rotuladores de pizarra blanca.
Las paredes están cubiertas de pósteres con frases inspiradoras y algunos dibujos que parecen hechos por los alumnos.
—Esto es muy acogedor —digo.
—Intentamos que sea un lugar cómodo —dice Sebastian—. Dejamos que los chicos coman y beban en clase para que no se sientan como si estuvieran otra vez en el instituto. Intentamos mantener un ambiente informal. Seguro que eso no será un problema para usted.
—No, no lo creo. —Teniendo en cuenta que no soy mucho mayor que estos chicos, puedo actuar como si fuera una de ellos.
A medida que llegan los primeros alumnos, los nervios se apoderan de mí. Noto que me sudan las axilas. ¿Y si estos chicos piensan que soy una pringada? ¿Y si no doy bien la clase? ¿Y si me echan del aula a abucheos?
Los saludo con la mano y sonrío abiertamente.
Sebastian se inclina hacia mí y dice:
—No se preocupe. Ya la presento yo.
—Gracias. —Debería tener más confianza en mí misma. No es más que una clase, al fin y al cabo.
Los chicos entran con las mochilas colgadas al hombro. Uno come de un paquete de galletas. Otro lleva una botella de refresco. Unos pocos me miran con curiosidad. Algunos apenas reparan en mí.
Me apoyo en la mesa del profesor, al frente de la sala, e intento parecer lo más simpática posible.
Sebastian señala por la sala, contando cabezas.
—Creo que ya están todos los que se apuntaron.
Sonrío y echo un vistazo a un rincón de la clase. Y ahí está. Bee. El amigo de Tyreek. A su lado está sentada Kelly, la otra amiga de Tyreek. ¿Están aquí para intentar decirme algo? ¿O de verdad solo les interesa aprender sobre escritura creativa?
Sebastian se pone de pie frente a la clase y da una palmada.
—Gracias a todos por venir. Quiero presentaros a la señorita Sloane—
—Podéis llamarme Natalie —lo interrumpo, levantando la mano en un pequeño saludo.
Sebastian asiente.
—Natalie va a enseñaros un poco de escritura creativa. ¿A quién le apetece?
Algunos asienten. Otros se encogen de hombros. La mayoría, miradas vacías. No me ofendo, al fin y al cabo son adolescentes.
Sebastian se acerca al escritorio, abre un cajón y saca unos cuadernos de composición. Empieza a repartirlos junto con un bolígrafo para cada alumno.
—¿Estáis todos listos?
Más asentimientos.
—Toda tuya —dice Sebastian.
Cojo aire y me vuelvo hacia la clase.
—¡Hola a todos! Para empezar, vamos a meternos de lleno en nuestro primer ejercicio de escritura, y luego lo comentaremos. ¿Qué os parece?
Mi respuesta son algunos asentimientos y miradas vacías.
—Vale, genial. En vuestros cuadernos, quiero que escribáis lo que sea que estéis pensando ahora mismo. No le deis demasiadas vueltas. No os preocupéis por la ortografía, ni por la gramática, ni por si suena bien. Simplemente, escribid. Tenéis cinco minutos.
Pongo en marcha el temporizador de mi reloj.
Durante cinco minutos, en la sala reina el silencio, a excepción del rasgueo de los bolígrafos sobre el papel y el crujido de un envoltorio de galletas. Cuando suena el temporizador, unos cuantos chicos paran de inmediato. Otros siguen escribiendo. Me aclaro la garganta.
—¿Alguien quiere compartir lo que ha escrito?
Nadie se mueve y ninguna mano se levanta. Entonces, para mi sorpresa, Bee levanta la suya.
—Yo comparto lo que tengo —dice.
Asiento.
—Adelante.
Baja la vista a su cuaderno.
—Hoy como. Bebo un refresco. Pienso en quién no está aquí conmigo.
A quién se han llevado. Y estoy enfadado.
Quiero aplastar mis patatas fritas y pisar mi lata.
—Hace una pausa y frota el pulgar por el borde de la página—.
Pienso en cómo la gente dice que no sabe lo que pasó, pero puede que sí lo sepan.
A lo mejor todo el mundo lo sabe y nadie quiere decirlo.
A lo mejor así es como la gente desaparece dos veces.
La primera cuando se van. Y luego cuando todo el mundo actúa como si nunca hubieran estado aquí.
La sala se queda en un silencio sepulcral.
Luego Bee añade, más bajo:
—Debería haberle escuchado cuando me dijo que tenía miedo. —Sigue, con la voz baja pero firme.
Está hablando de Tyreek.
Lo percibo. Quiere contarme más. Cuando termina, la sala está demasiado silenciosa. Trago saliva y asiento.
—Gracias. Gran trabajo, Bee.
Por un segundo, me mira. Luego sus ojos se desvían hacia Sebastian.
El significado está claro. Aquí no. Miro a Sebastian.
Está observando a Bee. No con preocupación, sino como si le estuviera advirtiendo.
Bee vuelve a bajar la vista a su cuaderno, con los hombros encogidos, como si deseara poder desaparecer en la página.
Me doy cuenta de que no solo he conseguido una oportunidad. He recibido una advertencia.