Lo que enterraron 17 Natalie
35%

17 Natalie

Natalie

Con una taza de café gigante de mi cafetería favorita en la mano, me dejo caer en la silla de mi escritorio. Por fin siento que podré funcionar. A los pocos instantes, Eli está de pie junto a mi mesa.

—Acabo de leer el artículo —dice—. Buen trabajo.

—Gracias.

Me pasé casi toda la noche en vela escribiendo el artículo sobre el robo del Marina Savings and Loan.

Cuando por fin logré dormir, me desperté bañada en sudor frío por un sueño en el que Sebastian me estrangulaba.

Me había despertado de un salto, boqueando en busca de aire, con el sudor corriéndome por la espalda.

No es precisamente la mejor receta para pensar con claridad y tener buenas dotes de investigación.

—¿Cómo va la historia de Tyreek? —pregunta Eli—. ¿Conseguiste ir al campamento?

—Sí —le digo, rodeando la taza de café con ambas manos—.

No he conseguido gran cosa, solo más de lo mismo.

Que era un buen tío. Que defendía a las mujeres cuando los hombres les faltaban al respeto.

Sus cosas han desaparecido, seguramente saqueadas por la comunidad.

Nadie habla de lo que pasó, pero parece que todos sospechan quién mató a Tyreek.

Solo que tienen demasiado miedo para decir nada.

Eli asiente y se rasca un lado de la cabeza.

—Podría haber una historia más gorda ahí.

Por eso me llevo bien con Eli a pesar de su habitual semblante arisco. En el fondo es un buen tipo. Aunque no lo diga en voz alta, sé que se preocupa por mí y que piensa que hago bien mi trabajo. Más que nada porque nunca se queja de que lo haga mal.

—Sí —digo—. He empezado a tirar de algunos hilos y la madeja se está empezando a deshacer.

—¿Ah, sí?

Coge una silla del escritorio que hay detrás de mí, le da la vuelta y se sienta.

—Cuéntame qué tienes.

Le doy otro sorbo generoso al café, con la esperanza de que la cafeína pueda sustituir el sueño de verdad, y le explico lo que he averiguado sobre el Carmichael Community Center, las tres muertes asociadas y mi llamada al antiguo periódico de Dean Milford.

A Eli se le abren los ojos como platos.

—Dean Milford. Me acuerdo de él.

—¿De verdad?

—Ahora que dices su nombre, creo que no he sabido nada de él últimamente. Pero solía ser un periodista bastante respetado hasta…

—2013 —digo.

—Sí. —Eli se echa hacia atrás, pensativo—. No éramos amigos ni nada de eso, pero nos movíamos en algunos de los mismos círculos profesionales. Si te paras a pensarlo, la verdad es que es sorprendente que desapareciera así sin más.

El corazón me late un poco más deprisa. ¿Significa eso que a Eli le parecerá bien que me encargue de esto como una historia oficial?

—Tengo su última dirección conocida gracias a los registros de la propiedad. Puedo ir a echar un vistazo. Podría ser una gran historia, ¿no crees?

Añado una sonrisa y todo el entusiasmo que soy capaz de reunir después de dos horas de sueño y con poca cafeína en el cuerpo.

Eli me estudia un segundo y luego asiente.

—Sí. Vamos a seguir con esto. —Hace una pausa y se levanta—. Buen trabajo, Natalie. Ten cuidado. Avísame si necesitas algo. Sigue tu instinto.

Lo único que omito es la implicación de mi madre en el Carmichael Community Center y el hecho de que conocía a Dean Milford.

No quiero que Eli piense que me estoy implicando demasiado porque tengo una conexión personal.

Estoy segura de que, si investigara un poco por su cuenta, lo averiguaría.

Pero no era de dominio público que mi madre diera clases en Carmichael.

Yo lo sabía únicamente porque, después de la muerte de mis padres, guardé todos los archivos que tenían por casa, en el garaje y en su estudio.

Estaba claro que estaba trabajando en algo cuando murió.

Ahora que lo veo todo un poco más claro, tenía que estar relacionado con el Carmichael Community Center.

No había hablado de otra cosa que no fuera dar esa clase.

No tenía notas recientes sobre nada más.

Por eso, necesito encontrar todo lo que pueda sobre el Carmichael Community Center y todos los que estuvieron vinculados a él.

Tengo que averiguar cómo conseguir los registros de quiénes trabajaban allí.

Puede que no sea fácil, teniendo en cuenta que cerró hace más de diez años, pero debería haber algún tipo de registro.

Era una organización sin ánimo de lucro registrada como 501(c)(3).

Luego averiguaré también todo lo que pueda sobre el Bay Youth Center.

Sobre todo de Sebastian. Necesito acercarme a él y conseguir que confíe en mí. Si logro conocer su historia, quizá me cuente «la verdad» o lo que sea que el remitente anónimo de los mensajes cree que sabe.

Con la taza de café vacía, supongo que ya tengo toda la energía que voy a conseguir.

Estoy lista para averiguar todo lo que pueda sobre Dean Milford e intentar encontrarlo.

Él podría ser la clave para desentrañar todo esto.

Pero, de nuevo, si sabe algo, ¿hablará conmigo? Solo hay una forma de averiguarlo.

Voy a toda prisa al despacho de Eli y me detengo en el umbral.

—Voy a ir a la última dirección conocida de Dean Milford. Si sigue viviendo allí, genial. Si no, quizá algún vecino sepa algo.

—Vale —dice Eli, levantando la vista de su escritorio—. Sigues compartiendo tu ubicación con Kate, ¿verdad?

Asiento con la cabeza.

Esboza una leve sonrisa.

—De acuerdo. Mantenme informada.

Tras dedicarle una sonrisa forzada, intentando ocultar mi emoción, lo saludo con la mano y salgo a toda prisa del edificio de oficinas.

Poco después, estoy sentada delante de una casa de dos plantas con paredes de estuco, tejado de tejas y el césped seco. Quitando el césped, la casa está en un estado decente. Echo un vistazo a la calle.

Las demás casas son parecidas. Y cuando digo parecidas, me refiero a que son copias casi exactas. Es una de esas urbanizaciones construidas en los ochenta que intentaban parecerse a alguna zona residencial de Los Ángeles, con sus palmeras, paredes de estuco y tejados de terracota.

Miro a mi alrededor, pero no veo a nadie paseando al perro ni simplemente dando una vuelta. Es mediodía. Es probable que la mayoría de la gente esté en el trabajo o dentro de sus casas. Los niños están en el colegio. Me acerco a la puerta y llamo.

Durante unos segundos, me quedo ahí, escuchando.

Nada.

Miro hacia la ventana, pero las persianas están bajadas. No puedo ver el interior.

Vuelvo a llamar.

Sigue sin haber nada.

Después de echar un último vistazo, voy deprisa hacia la cancela lateral, me subo al muro de contención y me afianzo para poder mirar por encima.

No hay gran cosa en el patio trasero. Unos muebles de jardín viejos.

Unos cuantos árboles. Más césped seco. Un patio agrietado. No hay señales de que viva nadie allí.

A mi espalda, una voz dice:

—¿Qué estás haciendo?

Casi me caigo del muro de contención. Estiro la mano y me agarro a la valla justo a tiempo. Bajo de un salto, con el pulso martilleándome en el pecho.

Un hombre está de pie a pocos metros, observándome. Probablemente tendrá poco más de cuarenta años y lleva pantalones de vestir y una camisa de botones.

—Busco a Dean Milford —digo, intentando que mi voz suene normal—. ¿Sigue viviendo aquí?

Me mira de arriba abajo.

—¿Quién pregunta?

No me gusta que me acorralen así. ¿De dónde ha salido este tío? Empiezo a caminar hacia el bordillo, poniendo distancia entre nosotros y dirigiéndome a la acera.

—Me llamo Natalie —digo—. Soy periodista, como Dean. Intento hacer un seguimiento de un artículo que escribió. Esta era la última dirección conocida que pude encontrar de él.

Mi ritmo se ralentiza una vez que llego a la acera. Ya no me siento tan amenazada. No es que este hombre me vaya a estrangular aquí mismo a plena luz del día, pero aun así. Es mejor que estar acorralada en una esquina, cerca de una valla y un montón de árboles grandes.

—¿Qué artículo? —pregunta él.

Por supuesto que tiene otra pregunta.

—Escribió un artículo sobre… —hago una pausa, recordando todo lo que encontré—. Un Community Center. El Carmichael Community Center. Sobre lo fantástico que era para los niños.

En cuanto lo digo, me pregunto si mencionar Carmichael ha sido un error, pero es lo único que se me ha ocurrido.

Su expresión se endurece.

—Creo que deberías irte de aquí.

Es evidente que conoce a Dean. O lo del Carmichael Community Center. O ambas cosas.

—¿Puedo preguntarte quién eres?

Se encoge de hombros.

—Puedes preguntar. Eso no significa que te vaya a responder.

—Mira —digo, y ahora odio sonar como si estuviera suplicando—. Mi madre y mi padre conocían a Dean. A ambos los mataron en 2013. Trabajaban juntos. Yo solo…

Me lanza una mirada.

Algo cambia. El hombre se relaja y noto que ya no intenta intimidarme.

—¿Conociste a mi madre y a mi padre?

—Mira, siento tu pérdida, pero Dean no está aquí.

—Entonces, ¿dónde está?

Su mirada se desvía hacia la casa y luego vuelve a mí.

—Es mejor que no lo busques. Tienes que irte.

—¿Quién eres? ¿Vives aquí? ¿Eres…?

Con tono serio, dice:

—Déjalo, Natalie. Tus padres no habrían querido que te metieras en esto. Confía en mí.

Me quedo ahí, atónita. Quiero protestar y quiero que me diga dónde está Dean y cómo conoce a mis padres. Porque es evidente que los conocía. Sospecho que es algo más que un vecino.

—¿También eres periodista?

—No. —Suspira—. Pero era amigo de Dean y coincidí con tu madre y tu padre un par de veces. Mira, ya he dicho más de la cuenta. Lo siento, Natalie, pero tienes que dejarlo estar.

Entonces se da la vuelta y se aleja por la calle. No se detiene en ninguna de las casas cercanas. ¿No es realmente un vecino? ¿O es que no quiere que sepa dónde vive? Nunca me ha dicho su nombre. Es solo otra persona que sabe lo que está pasando, pero no me lo dice.

Dijo que mis padres no habrían querido que me involucrara. Quizá tuviera razón, pero mis padres están muertos porque la verdad había sido enterrada. Y yo voy a desenterrarla.