Lo que enterraron 16 Natalie
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16 Natalie

Natalie

Totalmente espeluznada, me alejo en coche sin configurar mi próximo destino en la aplicación de navegación.

Quiero ir a hablar con la gente del asentamiento antes de que se me haga de noche.

Estoy a tres manzanas de Sebastian y sus ojos vigilantes cuando paro para introducir la dirección en el móvil.

Antes de que pueda volver a la carretera, llama Kate.

Si fuera cualquier otra persona, no lo cogería, pero Kate probablemente daría la voz de alarma si no contestara. Es un poco sobreprotectora.

—Hola, Kate.

—¿En qué andas?

Tras una breve explicación del escenario del crimen y la historia, le digo que ahora voy al asentamiento.

—Ya casi es de noche —dice.

—Me queda una hora.

—¿No sería mejor que fueras mañana durante el día y, en vez de eso, cenaras conmigo?

Aunque agradezco mucho que Kate se preocupe por mí, a veces desearía que aflojara un poco. Estaré bien.

—Estoy a solo unos diez minutos —le digo.

—Vale. —Se produce un silencio por mi parte. Y entonces dice: —¿Va todo bien?

—Sí, es que tengo muchas cosas en la cabeza. Ya te pondré al día más tarde.

—Llámame cuando llegues a casa.

Asiento para mis adentros, aunque sé que no puede verme.

—Lo haré.

Cuelgo y me quedo mirando por el parabrisas. Probablemente Kate tenga razón. Debería volver otro día. Pero tengo demasiadas preguntas y no creo que pueda esperar a la mañana para obtener respuestas.

Dean Milford. ¿Dónde está y por qué parece habérselo tragado la tierra?

La muerte de mis padres. ¿Está relacionada con el Carmichael Community Center y las otras tres muertes?

Sebastian sabe la verdad. ¿La verdad sobre qué?

¿Quién me envió ese mensaje? ¿Fue Bee? Antes de que pueda entrar en barrena con todas las preguntas que me rondan la cabeza, me centro y miro por encima del hombro antes de reincorporarme a la carretera.

Mientras conduzco hacia el asentamiento, me doy cuenta de que quizá debería contarle a Kate lo que está pasando.

No solo porque podría necesitar refuerzos, sino porque necesito a alguien con quien contrastar ideas.

Al fin y al cabo, es inspectora de homicidios.

Da buenos consejos y tiene mucha experiencia.

Y sí, es sobreprotectora. A veces me trata casi como si fuera una niña pequeña.

Nos llevamos diez años, pero yo tengo casi treinta.

No soy ninguna niña. Aunque se agradece tener a alguien que se preocupe por mí, incluso si no siempre creo que lo necesito.

Reduzco la velocidad cuando veo la hilera de tiendas y los montones de pertenencias.

Es uno de los asentamientos más grandes que he visto.

Las tiendas y viviendas improvisadas se agolpan, remendadas con lonas, cajas de cartón, muebles rotos y cualquier otra cosa que la gente ha logrado arrastrar hasta aquí y convertir en un refugio.

Recuerdo lo que me dijo el Detective Steele sobre la madre de Tyreek y la infancia que había soportado.

Eligió vivir aquí en lugar de estar con ella y sus visitas, que probablemente no eran amables con Tyreek.

Aparco y me palpo el bolsillo para comprobar que llevo la porra y el espray de pimienta.

No es que la gente de los campamentos sea necesariamente conocida por su violencia, pero algunos tienen problemas de salud mental y a veces hay personas que no saben cuándo parar.

No es que yo me haya encontrado personalmente con nada terrible, pero he oído historias.

La gente que vive aquí suele ser invisible para la sociedad. Sé de sobra que no debo suponer que son peligrosos. También sé que no debo dar por sentado que estoy a salvo. Respiro hondo, cojo el bolso y empiezo a cruzar la calle.

No estoy segura de qué espacio pertenecía a Tyreek.

Quizá ya lo hayan desmantelado. Alguien de aquí tenía que haberlo conocido.

Veo a dos chicas jóvenes de pie cerca de una tienda.

Llevan la ropa mugrienta y el pelo recogido en moños deshechos.

Una de ellas sostiene un cigarrillo entre los dedos. Me acerco despacio.

Me miran de arriba abajo.

—¡Hola! Me llamo Natalie —digo—. Soy periodista y busco a gente que conociera a Tyreek. Intento escribir una historia sobre él. Quiero contar su historia. La de verdad.

La mujer del cigarrillo entrecierra los ojos.

—¿Trabajas para la poli?

Niego con la cabeza.

—No. Ya he informado sobre el crimen. Ahora intento contar la historia de Tyreek. La gente con la que he hablado dice que era un buen tío. A pesar de sus circunstancias, era amable.

La mujer sacude la ceniza al suelo y asiente.

—Tyreek era de los buenos.

La otra mujer se cruza de brazos. Tiene las cejas pobladas y una expresión recelosa que deja claro que no se fía de mí.

—Algunos de los tíos de por aquí no lo son tanto —continúa la mujer del cigarrillo—. Él incluso intentaba protegernos cuando algunos no se portaban muy bien, si sabes a lo que me refiero.

—Lo sé —digo—. Por desgracia.

El cigarrillo brilla entre los dedos mientras le da otra calada.

—¿Creéis que alguna de esas personas de las que os defendió podría haber querido hacerle daño?

La mujer de las cejas pobladas niega con la cabeza.

—Probablemente no. Sinceramente, la mayoría de las veces lo dejaban pasar. La gente dejaba en paz a Tyreek porque le cubríamos las espaldas tanto como él intentaba cubrirnos las nuestras, ¿sabes?

Se me rompe un poco más el corazón. Nada de esto es justo. Que una buena persona como Tyreek acabase como acabó, y que naciera en una familia que parece alegrarse de que ya no esté.

—Entonces, ¿qué creéis que le pasó? —pregunto.

Ambas desvían la mirada.

—Mirad —digo, bajando la voz—. He hablado con algunos de sus amigos. Nadie habla, lo que me hace pensar que todo el mundo sabe lo que pasó o al menos lo sospecha. Y tienen demasiado miedo para decir nada.

La mujer del cigarrillo me mira.

—En eso no te equivocas.

Entonces las dos mujeres pasan a mi lado sin dirigirme otra mirada. Vale. No ha ido muy bien, ¿verdad? Sigo adelante.

Un hombre muy delgado con los pantalones caídos pasa arrastrando los pies, con la mirada perdida. Murmura algo que no entiendo y me aparto de su camino.

Unos metros más adelante, un hombre de veintipocos años está sentado en una vieja silla de camping junto a una tienda de campaña. Levanto la mano en un pequeño saludo.

Me echa una mirada que no es precisamente amistosa.

—Me llamo Natalie —digo—. Busco el sitio de Tyreek.

No estoy muy segura de cómo llamarlo.

—Ya no está.

—¿Y sus cosas? ¿Adónde han ido?

Suelta una risa sin humor.

—Si dejas tus cosas, no duran mucho.

—¿Así que la gente se las llevó?

En tono sarcástico, dice:

—Eres lista, ¿eh?

Está claro que así no voy a ninguna parte, pero lo intento de nuevo.

—Mira, soy periodista e intento contar la historia de Tyreek. ¿Lo conocías? ¿Puedes hablarme de él?

—No sé. No estaba mal, supongo. —El hombre se remueve en la silla, con las rodillas muy separadas y una mano agarrada al reposabrazos—.

Era como…, no sé. A veces era un poco creído, ¿sabes?

Como si se creyera moralmente superior. Diciéndonos que respetáramos a las mujeres y todo eso.

A veces nos soltaba sermones. Yo pasaba de él. ¿Y él qué sabrá, de todas formas?

—¿Así que no erais amigos?

Hace una mueca con la boca.

—No.

—¿Te enteraste de lo que le pasó?

—Todo el mundo se enteró.

—¿Sabes quién se lo hizo o quién podría querer hacerle daño?

Vuelve a reírse, pero esta vez parece más cruel.

—Pensaba que eras lista —dice—. Nadie te va a soltar prenda.

Se me encoge el estómago.

—Lárgate de aquí —dice.

Se levanta de la silla de un salto y se me encara tan rápido que doy un paso atrás por instinto.

—Más te vale no volver por aquí —dice—. O te arrepentirás.

—Ya me iba.

—Bien.

Vuelve a acercarse un paso.

El corazón se me empieza a acelerar y sé que es hora de irse. Miro a mi alrededor, de repente consciente de cada faldón de tienda, de cada sombra, de cada par de ojos que podría estar observando. Entonces vuelvo a toda prisa a mi coche.

Dentro, echo los seguros y sigo mirando a mi alrededor antes de alejarme del bordillo.

Me doy cuenta de que no he conseguido más respuestas de la comunidad que la policía.

Quienquiera que matara a Tyreek tiene a todo el mundo asustado.

Si todo el mundo sabe lo que pasa, y todo el mundo tiene demasiado miedo para decir nada, ¿cómo es que todo el mundo menos la policía lo sabe?