Lo que enterraron 15 Melissa
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15 Melissa

Melissa

Con la bolsa preparada, estoy lista para salir a dar la clase de periodismo. O, si quiero ser más precisa, estoy lista para infiltrarme e intentar destapar lo que de verdad está pasando en el Carmichael Community Center. Daniel se me acerca.

—¿Vas a estar bien?

—Estaré bien —digo—. Te mandaré un mensaje si algo parece raro. Esta noche lo hablamos.

—Vale. —Me estudia la cara, con una clara preocupación en los ojos—. Ten cuidado. Y si se te ocurre alguna forma de que pueda ayudarte con el reportaje, puedo sacar algo de tiempo para acompañarte. Podría ser tu ayudante. —Lo dice con esa sonrisa pícara a la que nunca puedo resistirme.

Le doy un beso cariñoso.

—Deséame suerte.

—Suerte.

Sonrío, me cuelgo la bolsa al hombro y salgo a toda prisa por la puerta.

Hace tiempo que no me encargo de un gran reportaje.

De una investigación de verdad. Claro que he cubierto temas de interés humano más pequeños y algunos delitos, pero los grandes casos en los que destapas algo turbio no se presentan muy a menudo.

Este reportaje podría ser el que me devuelva a la portada.

Nos establecimos en la zona de la Bahía, pero ninguno de los dos trabaja para grandes publicaciones.

Mi sueño siempre fue ser corresponsal en el extranjero, pero para llegar a ese nivel, necesitaría firmas importantes en publicaciones serias.

Y la posibilidad de trabajar fuera. Después de que naciera Natalie, ese sueño se acabó.

Pero el año que viene cumplirá dieciocho años y se irá a la universidad.

Esta podría ser mi oportunidad de empezar a perseguir ese sueño de nuevo.

Esto podría ser algo de lo que no solo yo me sienta orgullosa, sino también Natalie. Últimamente parece muy desinteresada por nosotros; quizá un gran titular captaría su atención. ¿Quién sabe? A lo mejor algún día hasta sigue nuestros pasos. ¿No sería genial?

Natalie siempre ha sido muy curiosa. No es que me pregunte necesariamente por lo que he estado haciendo últimamente, no desde que entró en la adolescencia, pero sí que suele preguntar por otras cosas que le interesan.

Incluso cuando le conté lo de dar esta clase, se limitó a poner los ojos en blanco y decir:

—¿Es que no tienen profesores por allí?

Suspiré y dejé que su angustia adolescente me resbalara.

Los diecisiete son una edad difícil. Aunque apenas recuerdo tener diecisiete años, sí recuerdo que pensaba que lo tenía todo bajo control.

Sabía a qué universidad iba a ir, qué carrera iba a estudiar, cuál iba a ser mi profesión, cuándo conocería a mi futuro marido y cuándo formaría una familia.

Todo había sucedido más o menos cuando lo había predicho.

Salvo que mi carrera se había resentido.

No es que no hubiera trabajado en algunos reportajes increíbles, pero en cuanto tuve a Natalie, me alejé de los casos más peligrosos o de los que me llevarían demasiado lejos de casa.

Una chica necesita a su madre. Natalie nunca lo admitiría, pero mi intuición de madre me decía que sí.

Sacudiéndome los pensamientos sobre cosas que no puedo cambiar, me subo al coche, respiro hondo y salgo del camino de entrada.

Para cuando llego al Carmichael Community Center, estoy emocionada y nerviosa a partes iguales.

Tengo las palmas de las manos húmedas contra el volante y me las seco en los pantalones antes de coger la bolsa.

Cuando estuve aquí la semana pasada, fue solo para dar una charla.

Solo para hacerle un favor a Dean. Aunque ahora sé que tenía un motivo oculto.

Ahora estoy aquí con una intención y un propósito.

Tendré que acercarme a los alumnos para que se abran a mí.

Lo he hecho con fuentes adultas, pero no con críos.

Tengo una hija adolescente, así que al menos los entiendo un poco más que si no la tuviera.

Entro en el centro y me anuncio en la recepción. Un momento después, Dean sale con una amplia sonrisa. —Melissa. Bienvenida de nuevo.

—Muchas gracias por invitarme, Dean.

Pienso para mis adentros que me alegro de estar de vuelta. De vuelta a la caza. Buscando pistas. Haciendo algo que podría marcar la diferencia.

—Te enseño el aula —dice Dean.

Mientras caminamos por el pasillo, veo a unos cuantos chavales en un sofá, sentados sin más, de cháchara y bebiendo refrescos. Sonrío, intentando parecer simpática y digna de confianza.

Dentro del aula, veo que está dispuesta de forma diferente a como me esperaba.

Normalmente, en una clase hay pupitres, pero esta sala tiene más bien el aire de una sala de estar.

Sillas acolchadas y sofás de dos plazas colocados en círculo con mesas bajas entre ellos.

Hay cuadernos y bolígrafos preparados para que los alumnos tomen apuntes.

Me vuelvo hacia Dean. —Esto es diferente.

—Intentamos que parezca menos un aula y más un grupo de debate —dice—.

Tienen material por si quieren tomar notas, y puedes seguir proyectando en la pantalla para que lo vean.

Pero te recomendamos que, en lugar de estar de pie todo el rato, te sientes.

Intenta interactuar con los alumnos a su nivel.

Ponte de pie si lo necesitas, pero intenta que participen.

Puede que cueste un poco al principio, pero tienes buen instinto. Sabrás a quién elegir.

—Te lo agradezco. —Instalo mi portátil y me aseguro de que todo el equipo audiovisual funcione. Luego, echo un vistazo a la sala vacía que pronto se llenará de chicos.

¿Quién sabe? Quizá descubra una gran historia o quizá le cambie la vida a alguien. ¿No sería increíble que uno de los alumnos acabase dedicándose al periodismo de investigación?

Poco después, los chicos empiezan a entrar. Con refrescos y bolsas de patatas fritas en la mano.

Sonrío y saludo a cada uno de ellos, observándolos, buscando pistas de que quizá algo no va del todo bien. O, al menos, intentando hacerme una idea de cómo son normalmente. Me detengo cuando veo entrar en el aula a la chica pálida del pelo lacio.

Pongo mi mejor sonrisa. —Hola. Me alegro de verte de nuevo.

Ella se limita a asentir y a sentarse en uno de los sofás más cercanos a la salida.

Una vez que las sillas se llenan de alumnos, empiezo con una presentación y luego explico en qué consiste mi trabajo como periodista de investigación, de forma similar a la charla que di la semana pasada.

Hablo un poco de mi trayectoria y luego pido a cada uno de los alumnos que se presente y me diga qué le interesó de la clase.

Un chico del fondo levanta la mano.

—Empecemos por ti —digo, mientras señalo a un chico con una gorra de los Raiders.

—Claro. Soy TJ. —Se encoge de hombros—. No sé. Dean dijo que podría ser una clase guay. Y me apunté.

—¿Te gusta la idea de investigar? ¿De dar caza a la gente? ¿De destapar historias? —pregunto.

Él sonríe ligeramente. —Tal vez.

Este podría estar realmente interesado en lo que enseño. Unos cuantos alumnos más se presentan hasta que llegamos a la chica pálida.

Dice en voz baja: —Soy Brielle. Oí tu charla la semana pasada y me pareció interesante, así que me apunté. —Hay un mínimo atisbo de sonrisa en su cara.

Me vuelvo hacia el otro lado de la sala. Más presentaciones. Algunos dicen que la tele está rota, o que otro está usando el videojuego al que querían jugar. No me lo tomo como algo personal.

Entonces le toca a un alumno. Es guapo, de pelo oscuro y piel morena. Y con una sonrisa que hace que la sala entera se fije en él. —Soy Baz —dice—. Lo que haces parece guay, y sí, espero aprender algo. Creo que las dotes de investigación se pueden usar para casi cualquier cosa. ¿O no?

Se oyen risitas y carcajadas en la sala.

—Totalmente —digo—. Créeme, tengo una hija adolescente en casa. Las dotes de investigación resultan muy útiles.

Se oyen exclamaciones de sorpresa y algunos murmullos en la clase. Sonrío y levanto una mano. —Bueno. ¿Empezamos?

Miro a Baz a los ojos. Él me dedica un gesto de aprobación. Quizá sea un líder no oficial del grupo. Tras echar un rápido vistazo de nuevo a Brielle, pienso que quizá Baz sea alguien a quien necesito conocer.