Lo que enterraron 13 Natalie
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13 Natalie

Natalie

Apunto de continuar mi investigación sobre Dean, el móvil me vibra. Es Eli.

—Hola, Eli, ¿qué pasa?

—¿Cómo va el nuevo artículo?

¿Le digo que creo que me he topado con algo más gordo? ¿Y que esa es la verdadera razón por la que quería trabajar desde casa hoy y no solo para entrevistar a más posibles contactos de Tyreek? —Sigo intentando averiguar más sobre Tyreek.

—¿Has tenido suerte?

—Todavía no. Aún tengo que ir al campamento donde vivía para ver si alguien quiere hablar conmigo. Quiero contarle lo que he descubierto sobre los asesinatos de los adolescentes, pero está todo un poco verde. Necesito más información antes de poder hacerlo.

—Vale, pues ha habido un atraco a mano armada en un banco hace una hora y deberíamos ir para allá.

—Me pongo a ello. Mándame los detalles.

—Hecho. ¿Puedes tener algo redactado para mañana?

Echo un vistazo a la pantalla: son las dos de la tarde. Si de verdad me pongo, puedo. Y debería. Y de verdad que tengo que ir al campamento. Al fin y al cabo, es mi trabajo. —Entendido. Salgo en diez minutos.

—Ten cuidado.

Le doy las gracias y cuelgo. Tengo que ir a hacer mi trabajo, pero no puedo evitar volverme hacia el ordenador. Solo diez minutos más.

Una búsqueda general del apellido Milford da unos cuantos resultados más. Uno es la página de antiguos alumnos de la Universidad Estatal de Oregón.

Dean Milford. Promoción de 1990. Periodismo.

Se me corta la respiración. Hago una segunda búsqueda: Melissa Cornell. Como si no supiera lo que va a aparecer.

Melissa Cornell. Promoción de 1990. Periodismo.

Un escalofrío me recorre la piel. Esa era la conexión entre mi madre y Dean. No era de Carmichael. Tenían que haberse conocido antes y lo más probable es que fuera en la universidad. Y él la llevó a Carmichael. ¿Por qué?

Sigo buscando, intentando encontrar algo más gratis, pero no hay mucho.

Termino en una web de investigación de antecedentes.

Dudo con el cursor sobre la casilla de pago.

Probablemente podría pasarlo como gasto, aunque sería forzar un poco las cosas.

Eli ni siquiera sabe que estoy investigando Carmichael.

Cojo mi tarjeta de crédito personal e introduzco los números. La búsqueda se carga.

Registros de la propiedad. Concord.

Cónyuge de nombre Leanne Milford, Leanne Jensen.

Sin registros de empleo desde 2013. Un registro de propiedad existente en Concord. Sin registro de venta.

Quizá se ha jubilado o quizá ha desaparecido del mapa. Aparece un número de teléfono. Me lo quedo mirando un segundo, luego cojo el móvil y marco antes de poder disuadirme de ello. El corazón me martillea mientras da tono. Una vez. Dos. Contesta una voz aguda.

—¿Hola?

—Sí, hola. ¿Es usted…? Busco a Dean Milford.

Una pausa. Luego: —Lo siento, creo que se ha equivocado de número.

—Espere…

La comunicación se corta. Bajo el móvil lentamente.

O era el número equivocado… o no lo era. Vuelvo al portátil y sigo buscando.

Ahora tengo una dirección o, al menos, una asociada a los registros de la propiedad.

También tengo los nombres de algunos excompañeros de trabajo y el nombre de la mujer.

Busco a Leanne Milford y a Leanne Jensen.

Al igual que Dean, no tienen cuentas en redes sociales ni información actual que pueda seguir, aparte de la dirección de los registros de la propiedad.

¿Se habían fugado juntos o es que ambos habían decidido que las redes sociales no eran para ellos?

Si Dean y su mujer habían desaparecido de la vida pública, quizá alguien que hubiera trabajado con él sabría adónde había ido.

Abro la lista del personal del East Bay Times y empiezo a buscar nombres en Google, tratando de encontrar a gente que hubiera coincidido con él en 2012 y 2013. Y, sin pensármelo dos veces, llamo.

Una voz aburrida responde:

—East Bay Times. ¿Con quién le pongo?

—Busco a Dean Milford.

—Lo siento, aquí no trabaja nadie con ese nombre.

—De acuerdo. ¿Puedo hablar con Tamara Bones?

—No está en este momento. ¿De parte de quién?

—Una colega —digo de forma automática—. Solo intento localizar al autor de uno de los artículos que he encontrado.

Se produce una pausa.

—¿Hay algún Tim Vintner en la redacción? —pregunto.

—Sí. Le pongo con él.

Suelto el aire y espero, tamborileando con los dedos sobre el escritorio. Si alguien entrara ahora mismo, parecería desquiciada. Obsesionada. Como una de esas personas que empiezan con una corazonada y montan todo un tablón de investigación con hilos rojos que van en todas las direcciones.

Quizá eso es exactamente lo que estoy haciendo. Pero no lo creo.

Puede que no explique cómo murió Tyreek.

Puede que el Bay Youth Center Youth no tenga nada que ver con todo esto.

Pero siento que estoy sobre la pista de algo, solo que no estoy segura de qué.

Si consigo encontrar a Dean Milford, quizá pueda entender por fin por qué mi madre estaba en ese Community Center.

A juzgar por sus antiguos artículos, por las fechas, por la forma en que todo volvía al mismo punto, tiene que significar algo.

Quizá mi madre no solo trabajaba allí. Quizá estaba allí por una razón. Quizá estaba infiltrada.

La línea hace un clic.

—Hola, soy Tim.

—Hola, Tim. Me llamo Natalie Sloane y soy de The Bay Insider. Le llamo por un antiguo colega suyo, Dean Milford.

Silencio. No de los de alguien que está pensando. Sino de alguien que se ha quedado paralizado. Aprieto el teléfono con más fuerza.

—¿Hola?

—Dean ya no trabaja aquí.

Su voz es cautelosa ahora.

—¿Sabe dónde puedo encontrarlo?

—Lo siento. No lo sé.

Miro fijamente la pared donde tengo colgadas mis notas y pienso que Tim sabe algo. Puedo sentirlo. Tomo aire y insisto un poco más.

—Sé que no me conoce y sé que no lo conozco, pero mis padres también eran periodistas.

Melissa y Daniel Sloane. Los mataron, y creo que estaban trabajando en un reportaje.

Creo que Dean lo sabía. No veo ningún artículo suyo posterior a la muerte de mis padres en 2013, y solo intento averiguar qué les pasó. Y si podría estar conectado.

Nada. Y entonces, por fin:

—Lo siento. No puedo ayudarla.

—De acuerdo —digo, intentando que no se me note la desesperación en la voz—. ¿Sabe si sigue viviendo en la ciudad? ¿Tiene su número?

—No. —Esa vez no ha dudado. Luego añade—: Pero aunque lo tuviera, no se lo daría.

Se me forma un nudo en el estómago.

—Siento lo de sus padres —dice, y por primera vez suena menos molesto y más inquieto—. Pero créame cuando le digo que es mejor que deje este asunto en paz.

Paralizada, no puedo moverme.

Él dice:

—Deje de preguntar por Dean Milford.

Antes de que pueda abrir la boca y antes de que pueda decir una palabra más, la llamada termina y me quedo mirando el móvil. Tim no sonaba irritado. Sonaba asustado.

De repente, el desorden de archivos a mi alrededor, los artículos viejos, los nombres, los adolescentes muertos, las notas de mi madre, el Community Center, Dean Milford…

, todo ello parece menos una teoría y más como algo real.

Algo enterrado. Algo que la gente todavía no quiere que se toque.

¿Por qué me advertiría Tim que me alejara de Dean Milford a menos que Dean se estuviera escondiendo de algo? ¿O de alguien?