Lo que enterraron 12 Natalie
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Natalie

Mientras camino de un lado a otro del salón, no paro de darle vueltas.

¿En qué me he metido? Tengo que hablar con Dean, suponiendo que siga por aquí, y averiguar qué detective se encargó de las investigaciones de las muertes de los adolescentes.

Si el Carmichael Community Center se cerró por un escándalo, corrupción y tres asesinatos sin resolver, y años después abrieron un nuevo centro para jóvenes en el mismo lugar…

¿Es posible que sea la misma gente? ¿Simplemente esperaron a que pasara el tiempo, cambiaron el nombre y volvieron a empezar?

Necesito saber quién dirigía el antiguo centro y ver si hay alguna coincidencia con la nueva junta directiva. De hecho, necesito los nombres del personal o de cualquiera que trabajara en ambos.

De vuelta en el cuarto de invitados, me dejo caer y me quedo mirando la pantalla brillante mientras continúo con mi búsqueda.

Estoy rodeada de los expedientes de mi madre.

Hay montones de carpetas y cajas. Es el tipo de escena que haría que cualquier persona en su sano juicio retrocediera lentamente para salir de la habitación y cerrara la puerta.

Necesitada de un poco de orden en mi caos, me levanto del suelo con el portátil y la carpeta en la mano. Los pongo sobre mi escritorio antes de coger una caja de chinchetas y un pequeño bloc de notas de un cajón.

Primero, apunto «Junta directiva» y sujeto la nota a la pared con una chincheta. Debajo, una nota para el CCC y el BYC. Vuelvo a la pantalla y leo los nombres de la junta directiva del Carmichael Community Center, el CCC. Los anoto y los cuelgo en la pared.

James Connolly.

Marcy Brown.

Redmond Kabeer.

Charlie Bloom.

Jonathan Koch.

Cambio de pestaña en la pantalla a la página de la junta directiva del nuevo Bay Youth Center, el BYC, y anoto los nombres uno por uno.

Jeremiah Oakley.

Stanley Dinmore.

Kathryn Moore.

Lyla Donavan.

Charles Johnson.

Ni una sola coincidencia.

Me quedo mirando la pantalla más tiempo del necesario, con la esperanza de haber pasado por alto algo obvio. Un apellido. Una inicial del segundo nombre. Algún pequeño hilo del que poder tirar. No hay nada. Eso debería hacerme sentir mejor. Pero no es así.

Me hace sentir que quizá estoy persiguiendo fantasmas. O que los criminales no estaban en la junta. O que no hay ninguna correlación. Solo una increíble coincidencia que mi madre y yo nos topáramos con la enseñanza. En el mismo Community Center. Rodeadas de asesinatos de adolescentes.

Quizá los chicos de los barrios malos tenían más probabilidades de meterse en líos y los centros eran solo una pista falsa.

Tecleo y busco las estadísticas de delincuencia local de la zona, repasando informes, cifras y tendencias.

No hay ningún aumento o descenso significativo de los delitos violentos desde el primer asesinato asociado con el Carmichael hasta la muerte de Tyreek.

Nada que apunte a una nueva oleada de crímenes.

A pesar de esto, no creo que Tyreek sea solo una cifra más.

Siento que su muerte es diferente. Y no puedo quitarme de encima la sensación que tuve cuando salí de ese centro y Sebastian me estaba observando.

Ya me había llamado para decirme que podía dar la clase, lo que debería haberme tranquilizado, y convencerme de que no era un criminal retorcido.

Por teléfono, fue amable y alentador. Perfectamente inofensivo.

Sin embargo, cada vez que pienso en él ahí de pie, mirándome, algo inquietante me recorre. ¿Tenía razón Kate y solo me estaba mirando de arriba abajo? No todo el que me da mal rollo es un asesino. Algunos. Pero no todos. Me aprieto los talones de las manos contra los ojos, intentando pensar.

A Tyreek lo habían matado cerca de donde asesinaron a mis padres. Mi madre había trabajado en un Community Center que parecía tener alguna conexión con tres muertes de adolescentes. Luego, años después, abren un nuevo centro en el mismo lugar y hay un nuevo asesinato.

Me parece que aquí hay algo más grande, pero no tengo ni una sola prueba ni siquiera similitudes.

En realidad, no. Pero eso no significa que haya terminado de investigar.

Tengo que seguir mi instinto. No es que siempre haya acertado, pero soy periodista.

Si no sigo mi instinto, no soy mejor que un alumno de instituto al que le han encargado escribir una reseña de un libro.

Y… sigo sin saber de dónde venía la financiación de ninguna de las dos organizaciones. La cabeza me dice que siga el rastro de ese dinero. Y quizá no sea la única que ha estado tras esa pista.

El nombre de Dean Milford pasa al primer plano de mis pensamientos y lo busco. Aparecen páginas y páginas de noticias antiguas, todas con Dean Milford como autor. Hago clic en ellas rápidamente, ojeando titulares, fechas y firmas. El último artículo suyo que consigo encontrar fue de 2013.

El corazón me da un vuelco. Sus reportajes no se redujeron ni disminuyeron.

Simplemente cesaron. Una inquietud me atraviesa.

¿Le había pasado algo a Dean? ¿Se había jubilado?

¿Había cambiado de carrera? A continuación, busco en las redes sociales y luego resultados más amplios en la web.

Nada. Ni Facebook. Ni LinkedIn. Ni cuenta de X.

Ni TikTok. Ni esquela. Ni ninguna mención a él en la última década.

Era como si Dean Milford hubiera existido justo hasta que murieron mis padres y luego el mundo se lo hubiera tragado entero.