8 Melissa
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Melissa
Sentada en una cafetería concurrida del centro, a solo unos minutos de mi casa, espero a Dean.
El local está lleno y es un poco ruidoso. Todas las mesas están ocupadas por clientes parlanchines, y se oye el tintineo de las tazas contra los platillos. La máquina de café sisea detrás del mostrador. Pero no me centro en nada de eso.
Mi instinto me dice que la chica pálida del Community Center tiene algo que quiere decir. O quizá algo que está intentando decir sin llegar a decirlo.
¿Qué está pasando allí en realidad? ¿Sabe Dean de qué se trata? ¿Es por eso por lo que me pidió que fuera a dar la charla al Community Center?
No me extrañaría. A lo mejor ha estado investigando una historia todo este tiempo.
Cuando me llamó por primera vez, me sorprendió que estuviera haciendo voluntariado allí.
No es que no fuera un buen tipo o altruista.
Lo es, pero Dean es un adicto al trabajo.
No se coge vacaciones y es incapaz de relajarse.
Siempre está trabajando en un reportaje o buscando pistas de que se está cociendo una historia.
Ahora me siento un poco tonta por no haberme dado cuenta antes.
Dijo que había empezado el voluntariado en el centro porque quería devolver algo a la comunidad, pero la idea de que esté pasando algo allí encaja mucho más con Dean que una repentina decisión, en mitad de su vida, de hacerse voluntario en una ciudad a una hora de donde vive.
La puerta de la cafetería se abre y entran un par de chicos con mochilas. Hablan, sonríen y ríen. Están despreocupados y a salvo. No son como los chicos que vi en el Community Center. Estos son los privilegiados. Los que viven en mi comunidad. El lugar donde crío a mi hija.
A veces se me olvida lo afortunados que somos de tener un hogar cálido, una familia que nos quiere y gente que se preocupa por nosotros.
Por lo que me ha contado Dean, esa no es la situación de muchos de esos chicos del centro. Algunos sí tienen padres que los quieren pero que, simplemente, trabajan mucho o no tienen mucho dinero, y por eso van al centro. La otra mitad vienen de hogares problemáticos o directamente no tienen hogar.
La puerta vuelve a abrirse y Dean entra. Levanta una mano y me saluda al verme, luego se abre paso por la cafetería y se sienta a mi mesa.
—Hola, Melissa. ¿Te pido algo?
—Ya he pedido dos cafés con leche.
Su sonrisa se ensancha. —Todavía te acuerdas de lo que tomo. Muy bien. —Se acomoda en la silla frente a mí y se quita la chaqueta—. ¿Cómo va todo?
—Bien. Me interesa saber más sobre esta oportunidad de dar clases en el Community Center.
Asiente y echa un vistazo a su alrededor.
Antes de que pueda decir nada, me inclino hacia delante y digo:
—¿Estás investigando una historia?
Me dedica una sonrisa tensa. —Siempre has tenido buen instinto, Melissa.
—¿Qué pasa ahí? Una de las chicas me ha dado mala espina después de mi charla.
Antes de que pueda contestar, dicen mi nombre en el mostrador y Dean se ofrece a recoger nuestras bebidas.
Lo observo mientras se aleja. Se mueve como siempre, como si ya estuviera pensando tres preguntas por adelantado. Cuando vuelve, deja los dos cafés con leche sobre la mesa. Rodeo el mío con las manos y doy un sorbo, dejando que el calor se extienda por mis dedos mientras espero a que me explique.
Dean baja la voz. —He recibido un soplo —dice—. Parece que alguien está usando a los chavales para traficar con drogas, pero no estoy seguro.
Abro mucho los ojos. Hablo en voz baja. —Probablemente estén escogiendo a los más vulnerables —digo—. A los que pueden manipular.
—Exacto.
—¿Y qué has descubierto hasta ahora?
Vuelve a echar un vistazo por la cafetería y le da un sorbo a su café con leche antes de responder.
—Hay unos cuantos chavales de los que sospecho que están metidos.
Van al centro y parecen… —Niega ligeramente con la cabeza—.
No sé cómo decirlo. Como si fueran más privilegiados que los demás.
Reciben un trato especial. Es probable que los hayan estado preparando y seguramente sientan que lo que hacen es idea suya o que lo hacen por lealtad.
—¿Cuántos?
—Sospecho de tres, pero no he podido acercarme mucho. Dos de ellos estaban en tu charla.
—¿Has hablado con ellos? ¿Has intentado sacarles información?
—No sueltan prenda. Todo son sonrisas y positividad, pero hay pequeños detalles. —Hace una pausa y su expresión se ensombrece—. No creo que vayan a sincerarse conmigo. Para ellos, soy un viejo blanco raro y repelente. —Lo dice con una sonrisilla, pero no hay humor en su mirada.
—Y yo soy una madre —digo, comprendiendo lo que quiere decir—. Es más probable que hablen conmigo que contigo.
—Exacto.
—¿Cuál es el plan?
—Estoy pensando que quizá podríamos dar la clase una vez a la semana —dice—. Quizá durante doce semanas. Intentar acercarnos a los chavales. Quizá ofrecer clases particulares, si tienes tiempo. Sé que te estoy echando mucho encima y no sé si tienes que hablarlo con tu periódico o no…
—Puedo proponérselo a mi editora —digo—. Puedo estar disponible. Ahora mismo no estoy con ningún reportaje importante. De hecho, he estado levantando un poco el pie del acelerador. Natalie se gradúa en primavera.
Se me hace un nudo en la garganta y bajo la vista hacia mi taza. Natalie no dice que me necesite, y no dice que quiera pasar tiempo conmigo, pero sé que es así.
Dean asiente como si lo entendiera. Él no tiene hijos, así que en realidad no puede, pero creo que al menos comprende que mis prioridades son mi familia.
—Mira —dice, inclinándose hacia mí—. Tengo la sensación de que la operación que tienen montada es peligrosa.
Obviamente, son gente muy mala. No creo que sean aficionados, lo que podría hacer que esto fuera peligroso para cualquiera que intente averiguar lo que está pasando de verdad.
Entenderé que no quieras seguir adelante con esto.
Pienso en ello. Sé que Natalie me necesita.
Mi marido me necesita. Y yo los necesito a ellos.
Quiero pasar más tiempo con Natalie antes de que se vaya a la universidad.
¿Cómo se sentirían si me pasara algo? Pero, por otro lado, siempre he sido prudente.
Y seguiría siéndolo. —¿A cuántos chavales crees que ha hecho daño esta gente?
—He oído que a docenas. —Frunce el ceño—. Podrían ser más.
Lo miro fijamente, sintiendo cómo el peso de esas palabras se instala entre nosotros. Docenas. Tomo aire. —Lo haré.
—Imaginaba que lo dirías. —Su expresión sigue siendo seria—. Solo quiero que sepas, al meterte en esto, que tienes que tener cuidado. No te fíes de nadie. Sé que sabes cómo sacarle información a una fuente sin revelar demasiado.
—Lo sé. No es la primera vez que hago algo así.
Esto podría ser un reportaje enorme, pero no me gusta pensar en ello de esa manera. No es solo un reportaje. Esto podría desenmascarar a unos depredadores muy peligrosos. Si lo que dice Dean es cierto, hay que detenerlo. Y haré todo lo que esté en mi mano para conseguirlo.