5 Natalie
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Natalie
Una vez escrito y revisado el artículo, voy hasta la mesa de Eli.
—Oye, Eli. Acabo de enviarte el artículo. Voy a pasarme por el centro a preguntar por ahí, a ver si averiguo algo más sobre Tyreek.
—Vale. Ten cuidado.
—Siempre lo tengo.
Él enarca las cejas y me lanza una mirada de complicidad.
Casi siempre lo tengo. Y ahora llevo un arma. No una pistola, solo una porra extensible y espray de pimienta. Selena y Martina me convencieron de lo de la porra, y Kate dijo que el espray de pimienta venía bien en un apuro.
Cuando llego al centro, inspecciono el complejo. Es bonito. Vaya, muy bonito. Parece nuevo, o quizá recién reformado. Deben de tener mucha financiación.
Fuera hay unas canchas de baloncesto con grupos de adolescentes jugando un partido y un césped verde con chavales sentados en mantas, hablando y comiendo.
Hay incluso un campo de béisbol. Entro y me recibe la que supongo que es una voluntaria, sentada tras un mostrador de recepción y con una camiseta azul con el logo del centro.
—¿Puedo ayudarla?
—Sí. Quería hablar con alguien sobre el centro y quizá hacer una visita.
La mujer me mira con escepticismo.
—Es un Youth Center. Para jóvenes.
No tenía ni treinta años, pero supongo que tampoco parecía una adolescente. Aun así… Venga ya. Dejando a un lado la breve punzada de sentirme vieja, pienso rápido.
—Sí, lo sé. En realidad, estoy pensando en ofrecerme como voluntaria. ¿Puedo dar una vuelta y echar un vistazo?
Su expresión cambió.
—No, no permitimos que las visitas hagan el recorrido sin un acompañante.
Jolín.
—Ah.
—Haré que hable con Sebastian. Él gestiona muchos de nuestros programas deportivos. También algunos de los programas de arte. Podrá hablar con usted sobre el tema y enseñarle las instalaciones.
—Genial. Se lo agradezco.
—Voy a llamarlo. Puede que esté en su despacho. Si no, tendré que buscarlo. A lo mejor está en las canchas.
—Gracias.
Otra cosa que puedo hacer y que la policía normalmente no puede: entrar en un sitio y fingir que soy otra persona. Lo que descubra no tiene por qué ser admisible en un tribunal. No busco procesar a nadie. Solo busco la verdad.
Poco después, sale un hombre de pelo oscuro, un poco mayor que yo, quizá de treinta y tantos, y me tiende la mano. Por debajo de la manga asoman los tatuajes de estilo gótico que le cubren el antebrazo.
Se acerca con una sonrisa torcida y yo le respondo con la más radiante de las mías.
—Hola, soy Natalie. Usted debe de ser Sebastian.
—Sí. Me han dicho que quiere ser voluntaria.
¿He dicho eso? Me ha salido sin más.
—Sí. También me interesa saber más sobre el centro y qué tipo de chicos vienen aquí y qué les puede interesar. ¿Quizá podría enseñármelo?
—Claro.
Le dice a la recepcionista que ahora vuelve y me guía hacia el interior del edificio. Primero, me lleva a lo que parece una sala de estar, con sofás, una tele grande, una mesa de centro y una cocina donde un par de adolescentes están lavando los platos.
—Hola, Lizzie. Hola, Marcus —dice Sebastian.
Ambos responden con un saludo en voz baja.
—¿Trabajan aquí? —pregunto.
—No a cambio de dinero, pero vienen mucho, así que intentamos animar a los chicos a que ayuden. Es una forma de ser parte de la comunidad, no solo de aprovecharse de ella.
—Qué bien.
A continuación, entramos en un gimnasio cubierto con gradas y suelo pulido.
—Es un gimnasio muy chulo.
—Sí, tenemos suerte.
—¿Cuándo abrió el centro? Parece nuevo. —No era una experta en tecnología, pero la tele y las videoconsolas parecían de última generación.
—Abrimos hace unos dos años. Ha sido genial para la comunidad.
—Si no le importa que le pregunte, ¿de dónde sacan la financiación?
—Tenemos algunos donantes privados.
—Deben de tener donantes bastante importantes. ¿Alguno que me pueda sonar? —No era raro que algunas de las grandes empresas tecnológicas de la zona de la bahía hicieran grandes donaciones a programas locales.
—Probablemente no —dice él con rapidez, y sigue andando—. Y como puede ver, esta es una de nuestras aulas. Aunque los chavales vienen aquí sobre todo para pasar el rato, ver a sus amigos, hacer deporte, jugar a videojuegos y ver la tele, también ofrecemos clases.
—Ah, qué guay. Y coincide con lo que Bee, el amigo de Tyreek, me contó sobre el centro.
—¿Qué ha pensado que le gustaría compartir con nuestra comunidad?
—Bueno, no estoy del todo segura. Supongo que puedo ayudar donde me necesiten.
Él se detiene y me mira fijamente, como si sopesara mi oferta.
—Hacemos que los chicos se encarguen de casi toda la limpieza y la cocina.
Y el personal administrativo se ocupa de la logística.
En cuanto a nuestros programas actuales, tenemos todo el personal que necesitamos.
En ese sentido, tenemos suerte. ¿Tiene usted alguna habilidad especial que pudiera compartir? ¿Algún deporte o algo creativo?
Me había imaginado que podía apuntarme para pasar la aspiradora por la sala de estar, hornear magdalenas, ayudar con el servicio de comidas o atender el teléfono.
¿Qué podía hacer yo? No soy precisamente famosa por mi buena forma física.
Más bien al contrario. —No se me dan muy bien los deportes. Pero soy escritora.
—¿Ha dado alguna vez clases de escritura creativa? Podría ser bueno para los chicos. Podría ser una nueva vía de escape para ellos.
¿Dar una clase? Esto iba a ser mucho más trabajo de lo que había previsto. —No, nunca. Pero podría.
¿Podría?
—Sería estupendo. ¿Tiene el programa del curso?
¿El programa del curso? —Todavía no.
—Bueno, ¿por qué no prepara un borrador del programa? Puedo presentárselo a la junta para ver si lo aprueban.
De repente, me invade una profunda tristeza.
Justo antes de morir, mi madre también había estado dando clases en un Community Center.
No recuerdo en cuál, pero decía que era muy gratificante y que se alegraba de haberlo hecho.
En aquella época, yo era una adolescente y no me interesaba demasiado nada de lo que tuviera que decir al respecto.
Hace tanto tiempo que no pensaba en eso. —Me parece bien —digo.
—¿Es usted de por aquí?
—No muy lejos.
—¿De aquí, de Antioch? ¿O de Pittsburg?
—De Walnut Creek.
Me evalúa, mirándome de arriba abajo. —¿Qué la hizo decidirse a venir hasta aquí para hacer voluntariado, en lugar de a algún sitio que le quedara un poco más cerca de casa?
—Bueno, una amiga mía me dijo que aquí tienen programas muy buenos y que probablemente les vendría bien algo de ayuda.
—¿Quién es su amiga?
—Se llama Dana Crawford —digo sin pensar, inventándomelo por completo.
—No me suena ese nombre.
—Ah, no creo que haya estado nunca aquí. Creo que solo ha oído hablar del centro. Se crio por esta zona.
—¿Ah, sí? Yo también. A lo mejor la conocía. ¿A qué instituto fue?
—No lo sé. La conocí hace solo unos meses.
Me lanza una mirada que me inquieta un poco, como si no se tragara mi historia. —Genial —dice—. Bueno, dele las gracias de mi parte. Creo que su clase podría ser fantástica para los chicos. —Hace una pausa y luego sigue caminando.
Estamos a punto de pasar un pasillo y pregunto:
—¿Qué hay ahí?
Él no se detiene. —Solo oficinas administrativas.
Nada que ver por ahí. —Continúa hasta que llegamos a la salida—.
Aquí tiene mi tarjeta. Envíeme los detalles de la clase cuando los tenga preparados.
Y dele las gracias a su amiga de mi parte por la recomendación.
Ojalá pudiera acordarme de ella. Dígale que me contacte si puede.
—Lo haré. Gracias.
Nos damos la mano, salgo del centro e inmediatamente siento unos ojos clavados en la nuca. Sigo caminando hacia el aparcamiento y luego miro por encima del hombro.
Sebastian sigue ahí de pie, observándome.
Lo saludo con la mano y le dedico una sonrisa nerviosa antes de seguir mi camino. ¿Es que de verdad es muy protector con los chicos? ¿O es que sospecha de mí?
Dar una clase me daría más acceso a los chicos para averiguar más sobre Tyreek. Pero eso significa que tengo que dar una clase. Ya en el coche, me siento un segundo y suelto el aire. ¿En qué lío me he metido?