Lo que enterraron 3 Natalie
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Natalie

La multitud, la cinta amarilla de la policía, la media docena de coches patrulla y una ambulancia son señales inequívocas de que he llegado a la escena del crimen.

Mi objetivo está claro. Necesito saber qué le pasó a la víctima y conocer su vida.

No solo quiero informar sobre el crimen en sí y advertir al público de los peligros que hay ahí fuera, sino que también me esfuerzo por dar voz a quienes ya no la tienen.

La gente es algo más que su muerte y más que las horribles circunstancias que rodearon su final.

Quiero saberlo todo sobre este chaval. ¿Cómo había acabado allí?

¿Con quién se había cruzado para que acabase así?

Podría haber sido un asesinato a manos de un desconocido.

Ocurre, pero no tan a menudo como la mayoría de la gente cree.

Me abro paso hasta la primera fila, saco mi acreditación de prensa y saludo con la mano al Detective Steele.

Nos conocemos desde hace años, desde que murieron mis padres, y hemos colaborado en algunos casos.

Cuando digo «colaborado», quiero decir que yo informaba sobre el caso mientras él investigaba y a veces incluso resolvía el crimen.

Suele dejarme visitar la escena si las circunstancias son propicias.

Por ejemplo, si su jefe no está cerca. Intento ayudar cuando puedo, normalmente hablando con el entorno de la víctima para ver si descubro algo que no quieran contarle a la policía.

El Detective Steele se acerca y levanta la cinta de la policía.

—¿Cómo va todo, Natalie?

El Detective Steele es un buen tipo, aunque es evidente que el mundo lo ha desgastado.

—Genial. Justo acabo de terminar mi libro.

Me dedica un leve asentimiento.

—Enhorabuena.

Las luces intermitentes, rojas y azules de los coches patrulla se reflejan en las casas cercanas, pintándolo todo con un resplandor intenso y palpitante.

—¿Qué tenemos?

—Es un caso feo.

—¿Algo que hayas visto antes?

Su rostro se endurece.

—No. Extraoficialmente, uno de los peores que he visto. Siempre es duro cuando se trata de un crío.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—¿Se sabe quién es la víctima?

—Tyreek Masters, diecisiete años.

—¿Qué hace que este caso sea diferente?

El Detective Steele vuelve a mirar hacia la escena del crimen.

—Parece que lo torturaron.

Se me revuelve el estómago.

—¿Bandas?

—Todavía no hemos encontrado ninguna conexión, pero hemos estado preguntando por ahí. Todos dicen lo mismo: buen chaval; con problemas, desde luego, pero no metido en bandas ni drogas.

—¿Habéis averiguado algo más sobre él?

—No.

—¿Algún sospechoso?

—Todavía no. Es inusual. Es el tipo de cosas que lees que hacen los cárteles colombianos. Cosas muy desagradables.

No hay que descartar a los cárteles. Colombia está bastante lejos, pero México solo está a doce horas en coche de la Bay Area. Es bastante fácil que la gente entre, se instale y elimine a cualquiera que no obedezca.

—¿Es posible que los cárteles estén implicados?

—Es posible. O que estuviera en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Aún no lo sabemos. Los de criminalística están peinando la escena ahora mismo.

Con suerte, nos llevará a quienquiera que lo hiciera.

No podemos permitir que un psicópata ande suelto por nuestra comunidad torturando a la gente.

Ya es bastante malo que esto le haya pasado a alguien tan joven.

—¿Ya habéis notificado a la familia?

—Todavía no. He hablado con su amigo —hace una pausa y luego señala con la cabeza a un chaval que está a un lado, de unos dieciséis o diecisiete años, abrazándose a sí mismo con fuerza—.

El amigo, Bee, dice que Masters no tiene familia de verdad.

Eso es todo lo que te puedo decir. No publiques el nombre hasta que estemos seguros.

—¿Algo más que me puedas contar?

—Eso es todo por ahora.

—Entendido.

Le doy las gracias, vuelvo a pasar por debajo de la cinta amarilla y saludo a Bee con la mano mientras me acerco.

Me mira con escepticismo, recorriéndome con la mirada de arriba abajo como si intentara averiguar quién demonios me creo que soy, y luego niega con la cabeza.

—¿Tú quién eres?

—Me llamo Natalie. Soy periodista.

—Yo no hablo con periodistas.

—He oído que eras amigo de Tyreek.

Cierra los ojos un segundo y luego asiente.

—Sí.

—¿Tienes idea de quién ha podido hacerle esto?

Se tensa al instante.

—No pienso hablar con nadie. Ni con la poli. Con nadie.

—No soy policía. ¿Qué puedes contarme extraoficialmente?

Me mira con escepticismo una vez más, como si estuviera decidiendo si le estoy tomando el pelo.

—Mira —le digo, sacando una tarjeta de visita y entregándosela—. Puedes comprobarlo. Trabajo para The Bay Insider. Mi línea… intento contar la historia de la vida de la gente, no solo lo que les pasó. Darles una historia. Permitir que dejen su huella para que no caigan en el olvido.

Mira a su alrededor como si buscara a alguien. A cualquiera que pudiera estar vigilando. No estaba segura de si eran nervios, dolor o alguna otra cosa.

—Eres Bee, ¿verdad?

—Exacto. Bee, como el zumbido de las abejas. —Se gira el brazo para enseñarme el tatuaje de un abejorro.

Pienso: Menudo compromiso.

—¿Tú y Tyreek estabais muy unidos?

—Sí. Después de que su madre lo echara de casa, se quedó conmigo un tiempo. Pero a mi madre no le hizo demasiada gracia. No es que causara problemas ni nada. Es que no paraba de decirme que necesitaba encontrar trabajo.

—¿Cómo os conocisteis?

—En el Bay Youth Center.

—¿Hace cuánto?

—Hace unos dos años.

—¿Qué tipo de cosas hacéis en el centro?

Se encoge de hombros. —Tienen canchas de baloncesto y también dan algunas clases que no están del todo mal. Es más que nada un sitio para pasar el rato, ¿sabes? Comida gratis. Está guay.

Su voz se apaga y su mirada se pierde en algún punto por encima de mí.

—¿Tyreek tenía movidas con alguien?

Bee vacila. —No.

—¿Salía con alguien?

—Qué va. No salía mucho.

Pienso rápido y digo:

—¿Hizo amigos nuevos últimamente?

Se frota la nuca. —No estoy seguro de que tuviera amigos nuevos. Pero estaba muy unido a Kelly. Seguramente a ella le contaba más cosas que a mí.

Asiento. —¿Sabes dónde puedo encontrar a Kelly?

Se vuelve y señala con la cabeza a una chica que está cerca mordiéndose las uñas. Lleva una falda corta y un top palabra de honor y parece que quiera que se la trague la tierra. —Allí.

Le entrego mi tarjeta. —Llámame si se te ocurre algo. Como te he dicho, intento contar la historia de su vida, no solo de su muerte.

Asiente levemente. —Guay. Guay.

Entonces, me dirijo hacia la chica. Al llegar a su altura, le digo:

—Hola, Kelly.

Levanta la vista bruscamente. —¿Cómo sabes mi nombre?

—Mira, acabo de hablar con Bee. Ha dicho que eras amiga de Tyreek.

Se le descompone el rostro. —Sabía que era él. Sabía que algo iba mal.

—¿Por qué dices eso?

Me mira con recelo y dice:

—¿Tú quién eres?

—Soy periodista del The Bay Insider.

—No hablo con periodistas. Sois casi tan malos como la poli.

Empieza a alejarse y voy corriendo tras ella. —No, yo no soy como ellos. No me limito a informar sobre lo que le ha pasado a la gente. Quiero saber sobre sus vidas. Quiénes eran. Cómo eran. Cómo ha podido pasar esto.

Se detiene, pero no me mira de inmediato. En voz baja, dice: —Era un buen tío, con una buena alma. No se merecía esto.

—¿Salíais juntos?

—Qué va. No era nada de eso.

Esto no iba a ninguna parte. —¿Sabes qué pudo haberle pasado?

Asiente, mientras las lágrimas le resbalan por las mejillas. —No puedo decir nada.

—¿Estaba metido en alguna banda?

—No como te imaginas.

—¿No como me imagino?

Niega con la cabeza. —Mira, no puedo decir nada. Ya viste lo que le hicieron. A mí me harán lo mismo. No quieren que nadie hable de lo que están haciendo. ¿Y la poli? Se limitan a mirar para otro lado. No te puedes fiar de ellos.

—¿Conoces al Detective Steele?

—¿Quién es?

Miro hacia él y lo señalo, de pie con su traje arrugado y su pelo oscuro alborotado. —Aquel.

Entrecierra los ojos. —No. A ese no lo conozco.

—Bueno, he trabajado con él antes. Es legal.

Suelta una risita amarga. —No me fío de ninguno. Por muy legales que sean.

Dejo que eso repose un segundo. —¿Conociste a Tyreek en el Youth Center?

—Sí.

—¿Cómo es aquello?

—Está guay. Tienen tele y cosas así. Comida. La gente mola. En general.

—¿Tyreek pasaba el rato con alguien más en el centro?

Suelta un suspiro, niega con la cabeza y se seca las mejillas con el dorso de las manos. —La verdad es que no.

—¿Y fuera del centro?

Aparta la mirada. —Vivía en un campamento. Se llevaba bien con la gente que vivía allí también.

—¿Tuvo problemas con alguno de ellos?

Me mira de cara. —Nada importante.

—¿Alguna persona nueva en su vida?

Vuelve a apartar la mirada. —No puedo decirlo.

—¿Qué es lo que no puedes decir?

Se le quiebra la voz. —Era un buen chaval. Pon eso en tu artículo. Era de los buenos. Nunca hizo daño a nadie. No se merecía eso. —Baja la cabeza y se marcha a toda prisa antes de que pueda preguntarle nada más.

Bueno, hay una cosa segura. Esta historia es algo más que otro asesinato relacionado con bandas.

Todo en mi interior me decía que estaba pasando algo más gordo.

Algo de lo que nadie quiere hablar. Vuelvo hacia el Detective Steele.

Me hace una seña para que me acerque. —¿Qué pasa? ¿Qué has averiguado?

—Todos tienen miedo de algo. Algo de lo que no quieren hablar.

—Bueno, has sacado más que yo.

—Sí. ¿Has hablado con alguien del Bay Youth Center, adonde iba, o has ido a ver dónde vivía?

—Todavía no. El campamento es mi siguiente parada. Mira, aquí no estoy sacando ninguna información nueva, así que me voy a ir yendo.

—Si te enteras de algo más que deba incluir en mi artículo, avísame. Esta noche prepararé un borrador y se lo enviaré a mi editor.

—Claro, pero no publiques el nombre todavía. Primero tengo que hacer la notificación.

—Entendido.

Le digo adiós con la mano y me alejo, con los pensamientos sobre Tyreek arremolinándose en mi mente. ¿Cómo se mete un chico de diecisiete años en algo tan turbio que lo lleva a una muerte tan espantosa? ¿Qué puede ser tan grave como para que todo el mundo tenga demasiado miedo a hablar?