Lo que enterraron 2 Natalie
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Natalie

Tecleo «Fin» y me reclino en la silla para quedarme mirando la pantalla.

No me lo puedo creer. He terminado. He escrito mi primer libro.

¿Quién habría pensado que yo haría algo así?

Aún no he cumplido los treinta, pero supongo que he vivido más que la mayoría.

No es que mi vida sea nada del otro mundo.

Bueno, no lo era, no hasta el año pasado.

Tuve una buena infancia. Normal. Tenía unos padres geniales con trabajos fascinantes. Ambos eran periodistas de investigación, e investigaban y destapaban grandes escándalos y casos de corrupción gubernamental. Mis padres eran mis héroes. Siguen siéndolo.

Y ahora puede que yo también haya hecho algo guay. Había contado mi historia. La historia de la noche en que estuve a punto de morir. Y ahora la he escrito. Un libro. Todavía no me lo puedo creer.

En la universidad me especialicé en Filología Inglesa, y escribir un libro siempre había sido uno de esos sueños para «algún día» que guardaba en el fondo de mi mente. Pero no fue hasta el año pasado, después de todo lo que ocurrió, cuando Charlie me sugirió que escribiera sobre ello.

Charlie era novelista y, de algún modo, se había convertido en mi tutor de escritura extraoficial.

Durante meses, nos habíamos reunido con regularidad, y él me había ayudado a dar forma a aquel caos de recuerdos hasta convertirlo en algo legible.

Todavía me asombraba su capacidad para ver cómo dar forma a la historia que se escondía debajo de todo aquello.

Su mujer, Martina, también había ayudado, rellenando las partes de la terrible experiencia que solo ella podía conocer. Era una de las investigadoras privadas más prestigiosas de la bahía de San Francisco y, si he de ser sincera, era probable que ella también me asombrara un poco.

Verlos juntos me recordaba a mis padres. Charlie, con su energía creativa y afable; Martina, con su apariencia pragmática. Se equilibraban el uno al otro. Había una cercanía entre ellos, una naturalidad que reconocía de mi madre y mi padre.

Era el tipo de relación que esperaba tener algún día, si es que alguna vez me permitía acercarme tanto a alguien.

Mis pensamientos vuelven a mi madre y a mi padre.

Ay, cómo me gustaría que estuvieran aquí.

Ojalá pudiera enseñarles lo que he hecho.

Puedo imaginarme la cara de mi madre. Se le iluminarían los ojos.

Probablemente me organizarían una fiesta.

Seguramente habría globos. A mi madre siempre le encantaban los globos.

Incluso para mi decimosexto cumpleaños, a pesar de que yo decía que ya era demasiado mayor para esas cosas, insistió en que hubiera tarta helada y globos. Decía que los globos lo alegran todo.

Y no era solo en los cumpleaños. Creaba pequeñas celebraciones para todo. El primer día de colegio. El último día de colegio. Sacar una nota muy buena en un parcial. El día de San Patricio. En realidad, cualquier excusa era buena para celebrar.

Hace mucho que se fueron, pero sigo pensando en ellos cada día. La mayoría de los días, soy capaz de sobreponerme a la pena y seguir adelante. Sé que es lo que habrían querido. Desde luego, no habrían querido que me volviera completamente emo.

Pero cuando alcanzo hitos como mis graduaciones del instituto y la universidad, o al conseguir mi primer trabajo, sin ellos, es como si la caverna del dolor se abriera dentro de mí, tan grande que casi me engulle.

Como ahora, que he escrito mi primer libro.

Las lágrimas me resbalan por las mejillas mientras pienso en sus caras, con un agujero en el corazón que resulta casi letal.

Con su muerte, no solo me quedé huérfana; me quedé sin nadie. Sin familia. Solo con un abogado/tutor hasta que cumplí los dieciocho.

No fue hasta que conocí a Kate cuando tuve a alguien en mi vida a quien sentí como de la familia.

La hermana mayor que siempre deseé tener.

Y, más recientemente, Martina y Charlie me habían acogido como si siempre hubiera sido de la familia.

Son todo lo que tengo, y sé que están orgullosos de mí, pero no es lo mismo.

Me seco los ojos y me río de mí misma en voz baja.

Miro hacia el techo y digo: —¡Eh, mamá! ¡Papá! ¡Mirad! —señalo la pantalla—. ¡He escrito un libro!

Sé, en el fondo de mi corazón, que velan por mí y que están conmigo siempre.

Me invade una calidez y sé cuál será mi próxima llamada. Cojo el móvil y llamo a Kate.

—Hola, Nat, ¿qué pasa?

—¡Lo he terminado!

Un grito explota al otro lado del teléfono. —¡Natalie! ¡Es increíble! ¡Estoy muy orgullosa de ti!

Otra oleada de calidez me recorre. —Gracias. Yo también estoy orgullosa de mí.

—Tenemos que salir a celebrarlo. ¿Qué haces dentro de tres horas?

—¿Salir a celebrarlo? —digo con una sonrisa.

—Llamaré a Martina y a Charlie y los invitaré también. ¿Qué te parece si nos vemos en el Lounge a las seis?

—¿Vas a salir pronto hoy? —Kate es detective de homicidios, así que no es raro que trabaje hasta tarde.

—Saldré pronto.

—Me parece perfecto.

—¡Nos vemos entonces! ¡Y enhorabuena otra vez!

—Gracias. —Cuelgo la llamada, y no puedo evitar tener ganas de bailar. O de comprar globos. O algo.

Vuelvo a mirar la pantalla del portátil, que sigue encendida, y todos los recuerdos de los últimos seis meses me inundan la mente. La terapia. Las pesadillas. La forma en que mi vida cambió en un instante.

Antes de que pueda hacer mi siguiente movimiento, me vibra el móvil. —¿Qué pasa, Eli?

Eli es mi jefe en The Bay Insider, donde trabajo como reportera de sucesos. —Tenemos una nueva historia para que la cubras, si te apetece.

Me yergo en la silla. —¿Sí? ¿De qué se trata?

—Homicidio. Antioch.

—¿Circunstancias especiales?

Una pausa. —Bueno, es un adolescente. Un poco feo.

Frunzo el ceño. —¿Cuándo un homicidio no es feo?

—Cierto. Te enviaré los detalles por correo.

—Ah. —titubeo—. ¿Puede esperar a mañana?

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—He terminado el libro e iba a salir a celebrarlo con Kate.

—Ve a celebrarlo. Yo puedo ir al lugar de los hechos.

Así era Eli. Nunca deja que una historia se enfríe. Normalmente, yo me habría lanzado de cabeza, pero hoy no es un día como cualquier otro. —Vale, puedo ocuparme mañana si hay que hacer algún seguimiento.

—Trato hecho. Y enhorabuena por el libro. Estoy... eh, orgulloso de ti.

Eli suele ser el tipo de jefe de «si no hay quejas, es que lo haces bien». Que diga que está orgulloso de mí es muy importante. Quizá lo que pasó el año pasado también lo cambió a él.

Alzando la vista, digo en silencio: «¿Habéis oído eso, chicos? Tengo a mucha gente orgullosa de mí y que también vela por mí».

—Gracias, Eli.

Lanzo el móvil al sillón, me acerco al altavoz y abro mi lista de reproducción motivadora.

La que siempre me anima cuando estoy de bajón o necesito un empujón para seguir adelante.

Me hace sentir poderosa y capaz de cualquier cosa.

Al menos por un rato. La mitad de las canciones son de Taylor Swift y las otras son clásicos de la vieja escuela, cosas que solía poner con mamá y papá cuando montábamos fiestas de baile en el salón.

Subo el volumen del equipo de música y doy vueltas por el salón como si estuvieran aquí, con los pies descalzos deslizándose por el suelo. Hoy es un día que nunca olvidaré.

Mientras Taylor canta sobre hacerlo todo con el corazón roto, bailo y canto con ella… hasta que la curiosidad por el homicidio «feo» de un adolescente en Antioch se abre paso en mis pensamientos.

Mi fiesta de baile para una persona se detiene y corro de vuelta a mi escritorio para ver si Eli me ha enviado los detalles sobre el caso. Lo ha hecho.

Tras leer los detalles, me estremezco. «Feo» no es suficiente para describirlo.

Más bien, espantoso. De los que pueblan tus pesadillas.

Entonces veo la ubicación y se me revuelve el estómago.

Conozco ese lugar. O más bien, sé lo que pasó cerca de allí.

Echo un vistazo a la esquina de la pantalla y veo que tengo tres horas antes de quedar con Kate y los demás.

Tengo tiempo de sobra para acercarme a la escena del crimen.

Después de una rápida llamada a Eli, salgo a toda prisa de mi apartamento y me pongo a trabajar.