Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—Perdona que no estuviera el día del veredicto —dijo Peter—.

Llevo desde junio en la sala de guionistas de una serie, Línea 9, un procedimental policiaco.

Escribo diálogos de comisaría. Tengo que inventar a gente que dice «tenemos una pista» sin que suene a que no la tienen.

—Se rio, sin ganas—. Me han dado una excedencia. Me voy a Alaska el jueves.

—¿Alaska?

—Un amigo del programa tiene una cabaña. Sin cobertura. Quiero quedarme una temporada. —Hizo una pausa—. Josh, ¿tú sabes ya quién fue?

—No.

—Yo tampoco. —Se oyó un ruido de fondo, un tren o una máquina—. Elías está libre. Lo ha dicho un jurado. Pero a mí me queda un nudo, y no me voy a mover de ahí hasta que lo suelte. No es culpa de nadie.

—Lo sé.

—Dile a Elías que le debo una cena. O que me la debe él, no me acuerdo.

—Se lo digo.

Colgó. Josh se quedó un momento mirando la rama que tenía en la mano, a medio cortar. Después la terminó.

Esa tarde llamó Genny.

—¿Sigue en pie lo de la cena? —preguntó, sin saludar.

Josh dejó la podadora en el suelo.

—Esta noche. A las ocho. Elías lleva dos días en la cocina.

—Voy.

—¿Seguro?

—No. —Hubo un ruido de tráfico lejano al otro lado—. Pero voy.

Genny se quedó un momento en el porche, con la mano en el pomo, escuchando. Dentro había voces, un cuchillo sobre una tabla, una risa corta de Margaret. Era un ruido de gente que lleva horas en la misma habitación.

Había dudado hasta el último kilómetro.

Abrió la puerta.

—Genny. —Josh salió a recibirla con un trapo en el hombro. No intentó abrazarla; le puso una mano en la espalda y la dejó ahí un segundo—. Pasa. Ya están todos.

La mesa larga del comedor estaba puesta para seis.

Silas, con la barba más gris que la última vez, ordenaba los vasos sin necesidad.

Margaret le dijo «hola, querida» desde el otro lado, con una copa en la mano y el pelo de un rojo cereza recién retocado.

Markis se levantó y le estrechó la mano con las dos suyas, enharinadas, y no dijo nada, y ella se lo agradeció.

En la cocina, abierta al comedor, Elías cortaba algo sin levantar la vista.

—Bienvenida —dijo—. Siéntate donde quieras. Esta noche no hay protocolo.

Se sentó junto a Josh, de espaldas a la pared, donde podía ver la puerta. Se dio cuenta de lo que había hecho y no cambió de sitio.

Cenaron sin prisa. Elías sirvió lomo de ciervo sellado en hierro, con una reducción de oporto, chirivías asadas y una salsa de mantequilla tostada con salvia que Genny no supo nombrar.

Nadie habló de la cena mientras comían. Silas contó una historia sobre un tío suyo que había vendido una iglesia a un turista, y Margaret lo corrigió dos veces con un «en rigor», y la mesa se rio, y cuando terminaron el segundo plato la risa había ido bajando hasta quedarse en una especie de calma.

Fue entonces cuando Markis se levantó. Salió del comedor y volvió con un paquete envuelto en una funda de tela, del tamaño de un libro grande, y lo dejó sobre la mesa.

—Mi padre guardó la cinta máster en el sótano durante cuarenta y cinco años —dijo—. El año pasado la llevé a un estudio y la restauraron. No he dejado que la oyera nadie. Hasta hoy.

—¿Es el disco? —preguntó Genny.

—El Acorde del Silencio. El único. —Markis miró a Elías—. Hank me pidió oírlo. Tú le dijiste que otro día.

—Dije que otro día —confirmó Elías.

—Pues es este. —Markis sacó un reproductor pequeño de una bolsa y lo conectó—. No sé si Hank hubiera dicho que es real o inventado. Pero estaba sentado donde estás tú, y tengo la sensación de que se lo debíamos.

Pulsó una tecla.

Primero fue un bajo, hondo y lento, que parecía venir de debajo de la mesa.

Luego una guitarra que entraba tarde, como si dudara de que le tocara a ella.

Tenía un punto de wah-wah tan suave que había que fijarse para notarlo.

Genny dejó la copa. Había escuchado mucha música, pero aquello no se parecía a nada; no pedía que la escucharan, sencillamente estaba ahí.

Josh miraba la vela. Margaret tenía los ojos cerrados.

A Silas se le habían cruzado los brazos sobre el pecho.

Pensó en Hank en esa misma silla, con los hombros en tensión y una mano bajo la chaqueta, convencido de que estaba cenando con el diablo. Pensó que no había llegado a oír aquello. Sintió que se le cerraba la garganta y no hizo nada para evitarlo.

Cuando terminó la primera cara, nadie dijo nada durante un rato.

—Gracias —dijo por fin Genny.

Markis asintió. Silas se levantó para retirar los platos, y Margaret y Josh empezaron a hablar en voz baja del festival de jazz de Newport. Genny cogió las dos fuentes más cercanas y las llevó a la cocina.

Elías estaba de espaldas, enjuagando una sartén bajo el grifo. La cocina estaba iluminada solo por una lámpara sobre la encimera, con los rincones en sombra. Genny dejó las fuentes junto al fregadero.

—Déjalas ahí.

—Puedo ayudar.

—Lo sé. —Cerró el grifo y se secó las manos en un paño—. Pero antes dime lo que llevas toda la noche sin decir.

Genny tardó. Desde la sala llegaba el murmullo de la conversación.

—Hank me habló de los Ward —dijo—. Me contó lo del vídeo de Tommy. Me dijo que probablemente habías sido tú.

—Probablemente.

—Quiero que me lo digas tú.

Elías la miró un momento. En la luz baja tenía la cara cansada, sin ninguna expresión particular. Dejó el paño sobre la encimera y apoyó las manos en el borde.

—Fui yo.

Lo dijo igual que habría dicho el nombre de un ingrediente. Genny sintió que algo dentro de ella, algo que había estado tenso desde Cos Cob, se aflojaba y se apretaba a la vez.

—Víctor Ward. Sus padres. Su hermano.

—Los cuatro que quedaban de los que mataron a Tommy. —Elías habló sin prisa—. Y no lo hice solo. No voy a decirte con quién.

—No te lo he preguntado.

—Ya. —Hizo una pausa—. Hank lo sabía. Lo supo la primera noche, creo, aunque no pudo demostrarlo. Y nunca quiso hacerlo. Eso es lo que más me costó entender de él.

—Murió por una pista que tú le diste.

—Sí.

No se defendió ni intentó explicarlo. Genny esperó a que añadiera algo, una frase, un matiz, y no llegó. Fuera, Markis había puesto la segunda cara del disco, y el bajo subía y bajaba como una respiración.

—Hay una cosa que debería decirte —dijo ella al cabo—. Pero no voy a hacerlo.

Elías bajó la mirada al antebrazo vendado, al puño de la chaqueta, a las uñas cortadas. Volvió a mirarla a la cara.

—No te lo voy a preguntar.

—Ya lo sé.

Se quedaron así, uno frente al otro, con la encimera entre ellos.

Genny había imaginado que, cuando por fin lo oyera, sentiría asco, o miedo, o rabia.

Sentía otra cosa, y no sabía ponerle nombre.

Lo único que se le ocurría era que estaba delante de alguien que había hecho lo mismo que ella y que había aprendido a vivir con ello.

No sabía si eso quería decir que estuviera en paz.

—Esos cuatro no son los de Hallets Point —dijo.

—No.

—Cuatro y cuatro. Un jurado acaba de decir que no fuiste tú. —Lo había decidido en el coche que no preguntaría. Salió igual—. ¿Y Hallets Point?

Elías no apartó la mirada. No hubo pausa teatral, no frunció el ceño, no pareció ofendido.

—Eso es lo que ha dicho el jurado —respondió—. Y es lo que digo yo. No sé quién fue.

Era una respuesta simple, y precisamente por eso Genny no supo qué hacer con ella. Había creído que lo que le inquietaría esa noche sería oírle confesar. Ahora le inquietaba otra cosa: que después de haberle dicho lo de los Ward sin que ella lo forzara, le creyera más en lo otro.

—Gracias por la cena —dijo.

—Vuelve cuando quieras.

Se despidió de todos desde la puerta. Josh la acompañó hasta el coche y no preguntó nada; solo le dio una bolsa de papel con lo que sobraba del lomo, envuelto en papel de aluminio, «por si acaso». Ella la dejó en el asiento de atrás.

—¿Vas a estar bien? —dijo él.

—No lo sé.

—Es una respuesta honesta.

—Es la que tengo.

Arrancó. El camino de grava crujía bajo las ruedas. En el espejo vio la casa, con la luz amarilla de las ventanas.

Condujo despacio hasta la carretera, sin encender la radio.