Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—Y tú tendrás que contestar, o negarte a contestar con las consecuencias que eso tiene para tu licencia.

—Lo sé también.

Pruitt se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. Cuando volvió a ponérselas, parecía más cansada, pero no más hostil.

—Hay una cosa que no me cuadra. Tú acabas de ganar un juicio en el que has pasado diez días diciendo que a un hombre se le acusó sin pruebas. Y ahora me traes esto.

—Por eso lo traigo a ti y no a otro. —Josh la miró directamente—.

Lo que me preocupa es que nadie va a poder demostrar cómo se obtuvo, y que si esto llega a un tribunal lo van a deshacer en una tarde.

No te pido que lo uses en un juicio. Te pido que mandes a gente a esos puntos, con perros y con palas, antes de que alguien decida que es más cómodo dejarlo en un cajón.

Pruitt guardó silencio. Un camarero pasó con una bandeja y ella esperó a que se alejara.

—Te voy a decir lo que puedo hacer —dijo al fin—.

Abro un expediente a mi nombre, sin el tuyo, y consta que la recibí de una fuente que no puedo identificar.

Primero cruzo los nombres con las denuncias de desaparecidas que haya en las bases del FBI y de los estados.

Si cuadran, tengo algo que enseñarle a un juez, y entonces importa poco quién escribió la libreta.

No lo hago por ti, Josh. Después miro cuáles de esas coordenadas caen en terreno público, pastizal nacional, tierras del estado, donde no hace falta orden para que un equipo vaya a mirar.

Los puntos en propiedad privada, nada, hasta que haya una razón que no sea esta libreta.

—Cogió la bolsa con las dos manos y la metió en su maletín—.

Será lento, y quizá no salga nada. Y cuando esto se mueva, Josh, te voy a llamar.

No de forma oficial. Y vas a tener que decidir si me cuentas algo o no.

—Lo sabré cuando me llames.

—Eso es lo que me temo.

Esa tarde, a las cuatro, Josh estaba de pie en la acera frente al juzgado de Kew Gardens, con el traje de la víspera y sin corbata. Había cuarenta personas y media docena de cámaras. Donnelly no estaba, ni Martinsson, y nadie de la fiscalía.

No llevaba notas.

—Voy a ser breve —dijo—. El señor Finch fue absuelto ayer de los cuatro cargos. Ya no tengo nada que añadir sobre eso, ni sobre el juicio. El jurado hizo lo que le correspondía.

Dejó que pasaran unos segundos.

—Hoy vengo a hablar de otra cosa. Hace casi un año, un hombre llamado Ezra Kuzma murió en Rikers Island.

Tenía treinta y tres años, llevaba tres años en Rikers sin que nadie revisara su caso, y su muerte se registró como suicidio.

—Sacó una carpeta del bolsillo interior—.

Esta mañana he presentado, en nombre de su abuela, la señora Irene Richards, una solicitud formal ante la fiscalía del distrito de Queens y ante el Departamento de Investigación de la ciudad de Nueva York.

Piden una revisión independiente del informe forense, que hasta donde sé nunca se revisó.

Hay hallazgos en la autopsia que el informe oficial no explica.

No voy a decir cuáles. Corresponde a quien tenga que investigarlo.

—¿Qué hallazgos? —preguntó una voz.

—Los que he descrito. Eso es todo.

Liam Doyle, del NY Chronicle, un hombre alto y flaco con un cuaderno de espiral, levantó la mano sin esperar a que le dieran la palabra.

—Señor Tisdale, ¿esto tiene relación con el testimonio del detective Martinsson?

—Tiene relación con una muerte. —Josh se tomó un momento—. Lo que dijo el detective Martinsson en el estrado, y lo que escribió en su informe, consta en el acta del juicio. Cualquiera puede leerlo.

—¿Insinúa que hubo una conspiración?

—No insinúo nada de nadie, señor Doyle. Pido que se revise un expediente y que quien lo revise tenga acceso a todo.

—¿Y Alexey Oliev? Hay rumores de que el FBI…

—No tengo nada que decir sobre eso.

Doyle bajó la mano. Escribió algo. Josh le entregó una copia de la solicitud, con la fecha de la muerte y el número de expediente. Era todo lo que podía dar. Se alejó con la sensación de haber dicho muy poco.

Sterling lo llamó el lunes siguiente, a las ocho de la mañana. Josh estaba en la cocina con el café, mirando el bosque, y tardó en reconocer la voz porque no tenía la cadencia de siempre.

—He leído el expediente de Martinsson —dijo Sterling—. Entero. Me lo trajeron anoche a casa.

—¿Y?

—Hay otros dos casos con el mismo patrón.

Testigos que «recordaron» más cuando volvieron a declarar, sin informe del primer contacto.

Uno se archivó. En el otro hay un hombre cumpliendo ocho años en Sing Sing desde 2016, por un robo con violencia, sobre la declaración de un testigo que «recordó» al segundo mes.

—Se detuvo—. He pedido a la unidad de revisión de condenas de mi oficina que reabra ese expediente, y se lo he pasado a Asuntos Internos con una nota mía.

—Vega presentó el viernes por escrito su petición de declarar ante Asuntos Internos sobre lo que vio esa madrugada —continuó Sterling—.

Me dijo que no sabía si iba a seguir en el cuerpo después, pero que no pensaba callarse.

—Se aclaró la garganta—. No te llamo para que me felicites ni para que me perdones.

Te llamo porque dije que tendrías lo que hubiera en su expediente, y prefiero que lo sepas por mí.

—Gracias, Bob.

—No me las des. —Una pausa—. Cuídate, Josh.

Colgó. Josh se quedó con el teléfono en la mano.

Durante esa semana, las noticias llegaron en pedazos, sin orden.

Casi nada de aquello empezaba de cero: los expedientes llevaban años en archivos que nadie había vuelto a abrir.

El martes, el NY Chronicle publicó un reportaje de Liam Doyle a partir de la solicitud de Josh.

La abuela de Ezra, Irene Richards, le había entregado las fotografías del cuerpo que la oficina del forense le dio hace un año, las únicas que le dieron, y un patólogo independiente al que Doyle las enseñó decía que las lesiones del cuello «requerían una explicación que el informe no daba».

El miércoles, el Departamento de Investigación de la ciudad confirmó que abría una revisión de la muerte de Ezra Kuzma en Rikers, porque la solicitud había llegado a su registro y el reportaje la había hecho imposible de aparcar.

La fiscalía de Queens anunció que reexaminaba además el caso original de Rachel Harding, el de 2015.

Esa fue decisión de Sterling, que ya tenía abierto el expediente de Martinsson.

Y el jueves, el departamento de policía suspendió de empleo y sueldo al capitán Stuart Lennon, el de la comisaría 112, el que había firmado el cierre de aquel caso y el informe de la muerte de Ezra.

Nada que ver con Donnelly, el de la 114, aunque los periódicos los mencionaban juntos.

El viernes, Donnelly presentó su solicitud de jubilación anticipada, por motivos de salud. Nadie fue a buscarlo a su casa.

Josh leyó las noticias en el móvil, de pie en la cocina o sentado en el coche, y no sintió lo que había esperado sentir. Tenía la impresión de haber empujado una piedra pequeña por una pendiente larga, y de que seguía rodando.

El jueves 24 de octubre sonó el teléfono de la mesita de la entrada, el que casi nadie usaba. Era Pruitt.

—Josh. Hemos llegado a los primeros puntos.

Él se sentó en la escalera.

—Dime.

—Cuatro equipos, tres estados, desde el martes.

Primero cuadraron seis nombres con denuncias de desaparecidas, y con eso el juez firmó una orden para esos seis puntos.

Los demás, los de terreno público, no la necesitaban.

Hemos empezado por esos. De los doce que hemos revisado, en cuatro había restos.

Antiguos, de años. Mujeres jóvenes, en tres de los casos.

—La voz de Pruitt era seca, sin ningún adorno—.

Y en uno de ellos, el que está en la última página, encontraron algo más.

—¿Qué?

—A unos cuarenta metros del punto, en tierras del estado arrendadas a la petrolera, junto a una vieja estación de bombeo, hay un hombre enterrado.

Varón, entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco años.

Mono de trabajo con BEAUMONT bordado en la espalda, sin documentación, unos billetes arrugados en el bolsillo.

Las huellas coinciden con las que el FBI tiene de Alexey Oliev desde Cos Cob.

—Se detuvo—. Es él. Lleva muerto cerca de un mes.

—¿Causa de la muerte?

—En investigación. Por ahora, lesiones compatibles con una pelea. El forense del condado no se pronuncia. —Hizo una pausa—. Lo enterraron deprisa, Josh. No parece algo planificado.

—Ya.

—Todavía no tenemos ninguna pista sólida sobre quién lo hizo. De momento nos ocupamos de identificarlo y de revisar el resto de los puntos, y los privados van a tardar. —Su tono bajó—. Te lo digo para que no te enteres por la prensa. Todavía no hay nada contra nadie. Pero va a haber preguntas.

—Lo sé.

—Hablamos pronto.

Cuando colgó, Josh siguió sentado en el último escalón.

La noticia salió al día siguiente en todas partes, con una foto del cobertizo de Cos Cob y otra del descampado de Dakota, y un titular que repetía una palabra: camaleón.

Hablaban de familias que llevaban décadas esperando. Nadie decía el nombre de Genny.

Genny le había escrito dos veces desde el garaje, la primera para decir que la doctora de Forest Hills le había limpiado la herida, dado ocho puntos y antibióticos, y que la infección no había llegado más lejos, la segunda para dar las gracias. No volvió a escribir. Josh no insistió.

Peter llamó el sábado por la mañana. Josh estaba en el jardín, cortando ramas secas, y contestó con el teléfono sujeto entre el hombro y la oreja.