Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Salieron por la puerta lateral, la de los abogados, para evitar a los periodistas.

Elías se quedó un momento en lo alto de la escalera, con los ojos entornados.

Hacía un día claro de octubre, con el viento justo para que las hojas de los plátanos de Queens Boulevard cruzaran la calle de una acera a otra, y el ruido del tráfico le llegó entero, sin paredes, sin puertas de por medio.

Llevaba el traje gris de Margaret, le quedaba un poco ancho de hombros. Se tocó la muñeca izquierda. Allí estaba el reloj, que le habían devuelto en una bolsa de plástico junto con los cordones. Lo miró como si no estuviera seguro de que fuera suyo.

—Diez meses y diecinueve días —dijo.

—Casi once —respondió Josh.

—Nunca supe qué hora era. Me lo decían los demás. —Elías bajó un escalón—. Ahora tengo que fiarme yo.

Silas lo esperaba junto a un coche mal aparcado, con las luces de emergencia puestas y los brazos cruzados, y en cuanto lo vio levantó una mano y no hizo nada más.

Margaret estaba a su lado, y también Markis, con una bolsa de papel.

Nadie corrió. Elías cruzó la acera despacio, y Margaret fue la primera que lo abrazó, sin decir nada, con la mejilla pegada a su hombro.

Josh se quedó donde estaba y los dejó hacer.

Cuando Elías volvió la cabeza, Josh le hizo un gesto con la mano: id, yo voy luego.

Elías asintió. Subió al coche como quien sube a un tren que conoce, y al cerrar la puerta se le vio el perfil por la ventanilla, mirando recto, sin sonreír ni parecer aliviado.

Parecía un hombre que se acuerda de repente de que tiene que hacer algo.

El coche arrancó. Josh esperó a que girara en la esquina.

Dos mensajes habían llegado a su móvil mientras estaba en la sala. Uno era de su secretaria. El otro venía de un número que no tenía guardado, de prepago, con un código de área de Dakota del Sur, y decía solo: Garaje. Nivel 2. Cuando puedas.

Contestó que bajaba.

En el nivel dos del garaje del juzgado había pocos coches, y uno de ellos, una berlina gris de alquiler, estaba aparcado de espaldas a la pared, con el motor apagado. Josh se acercó por el lado del conductor. La ventanilla bajó antes de que llamara.

Genny tenía la misma chaqueta de cuero que en el estrado, con una mancha oscura en la manga que no había salido.

Tenía la cara más delgada. Llevaba el antebrazo izquierdo vendado por debajo del puño, con una gasa limpia, y las manos sobre el volante, agrietadas, con las uñas cortadas casi a ras.

No se las había arreglado. Sencillamente, se las había cortado.

—Te fuiste sin hablar conmigo —dijo Josh—. Después de declarar.

—No quería que me vieran contigo. —Miró hacia delante, a la pared de hormigón—. He oído el veredicto desde el pasillo, y me he ido antes de que salieras.

—¿Dónde has estado estos días?

—Primero en Dakota del Sur, en un motel.

Cuatro días. Me subió la fiebre por el brazo y no quise ir a un hospital.

Luego conduje hasta Chicago y me quedé allí unos días, sin saber si seguir.

Y de allí, hasta aquí. —Se encogió de hombros—.

Cuando entré en la sala venía directamente de la carretera.

Después de declarar volví a dormir en el coche.

No contesté a tus llamadas porque no sabía qué decirte.

—¿Y ahora?

—Ahora sí.

Josh abrió la puerta del copiloto y se sentó.

Genny se inclinó, abrió la guantera y sacó una bolsa de plástico transparente, de las de congelar.

Dentro estaba la libreta negra. El lomo tenía una mancha oscura, brillante donde había grasa y mate donde había sangre seca.

Las tapas se habían combado con la humedad.

—Es lo que había en el bolsillo de su mono —dijo—. Nombres, fechas y coordenadas. Dakota del Norte, Montana, Wyoming. Algunas de esas cruces son tumbas. No sé cuántas. Él era el único que lo sabía, y ya no lo es.

Josh no tocó la bolsa.

—¿Y él?

—Lo enterré junto a una vieja estación de bombeo, a unos cuarenta metros del punto marcado en la última página. Hace casi tres semanas.

—¿Cómo murió?

Ella tardó en responder. Fuera, alguien cerró la puerta de un coche, y el golpe sonó dos veces contra el techo bajo.

—Peleamos. Él sacó un cuchillo y me cortó el brazo. La llave la llevaba yo. Hubo un momento en que pude haberlo dejado en el suelo y llamar. —Hizo una pausa—. No lo hice. Había otras salidas, Josh. No las tomé.

Josh asintió despacio.

—No tienes por qué contarme más —dijo.

—Sí tengo. —Giró la cabeza por primera vez—. Si te entrego esto, tú eres el que tiene que decidir qué haces con ello. No sería justo que decidieras sin saber de dónde viene.

—Soy abogado, Genny. Ya no puedo no saberlo.

—Lo sé.

—Si esto sale con tu nombre, vas a la cárcel.

Si sale sin él, hay una investigación que tarde o temprano llega a ti.

Porque el cuerpo aparecerá, y porque la cadena de custodia de esa libreta no existe.

No se puede probar de dónde viene ni qué hizo nadie con ella.

—Se pasó la mano por la cara—. Y mientras la tenga yo, soy cómplice de algo que ni siquiera puedo nombrar sin que me inhabiliten.

—Entonces dime qué hago.

—No lo sé. —Era verdad, y le sorprendió que fuera tan fácil decirlo—. No sé qué hacer con esto.

Genny sostuvo su mirada un momento. Luego volvió a mirar la pared.

—Hay familias, Josh. El padre de Lacey Neil está en una residencia de Kentucky y todavía pregunta por ella. Y eso es solo uno. —Se frotó el antebrazo vendado, sin darse cuenta—. No te pido que me salves. Te pido que no la dejes en un cajón.

Josh miró la libreta dentro de la bolsa.

Hizo cuentas, sin querer: treinta años de nombres que habían sido notas al pie de los periódicos, un número de teléfono de prepago que ella ya no iba a usar, y una página al final donde alguien, con letra pequeña y apretada, había apuntado una cruz y debajo unas coordenadas.

—Déjamela —dijo al fin.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé todavía. Esta noche lo pienso. Mañana te cuento algo. —La cogió con las dos manos, con cuidado, como una pieza de vidrio—. Y tú vas a ir a un médico de verdad. Ahora.

—He renunciado, Josh. No tengo placa ni seguro.

—Conozco a una doctora en Forest Hills que no hace preguntas. Te escribo la dirección. —Abrió la puerta del coche y se detuvo con un pie fuera—. ¿Vendrás a cenar? Elías ha dicho que quería cocinar para todos esta semana. Aún no sé qué día.

Genny miró el espejo retrovisor. En el cristal, tras ella, solo había un pasillo vacío de hormigón.

—No sé si puedo sentarme a esa mesa —dijo.

—Hank se sentó.

—Hank no sabía lo que yo sé ahora.

Josh no supo qué contestar. Cerró la puerta del copiloto con suavidad y, ya fuera, golpeó dos veces con los nudillos en el techo, como se hace con un taxi. Ella arrancó. Lo vio salir del nivel dos y desaparecer por la rampa, sin encender las luces hasta que ya estaba en la calle.

Se quedó un momento con la bolsa en las manos, de pie en el garaje vacío. Pesaba menos de lo que debería.

Esa noche Josh condujo hasta casa con la bolsa en el asiento del copiloto, sujeta con el cinturón. Era una tontería, y la sujetó de todas formas.

La casa estaba a dos horas de la ciudad, al final de un camino de grava, entre árboles que ya habían empezado a perder las hojas.

La había comprado hacía cuatro años con el dinero de una herencia y la había ido llenando de libros y de mesas largas.

Entró sin encender la luz del recibidor, dejó el maletín en el suelo y puso la bolsa sobre la mesa de la cocina.

Se lavó las manos. Se puso unos guantes de cocina de látex, de los que Elías dejaba en el cajón, y abrió la libreta por la mitad.

Eran páginas de papel barato, cosidas por el lomo, con una letra pequeña y cerrada. En cada línea había un nombre o unas iniciales, una fecha y unas coordenadas. No había ninguna explicación.

Reconoció dos nombres, Jessica Hale y Jennifer Lowe, y se quedó un rato mirando el segundo. No sacó el teléfono.

Lo había pensado desde el garaje y volvió a pensarlo ahora.

Si se la quedaba, era un secreto que no podía explicar.

Si la hacía pública, la manosearía medio país antes de que llegara a nadie con autoridad para usarla.

Si se la daba a la policía, tendría que decir quién se la había dado.

Solo quedaba entregarla a alguien con poder para investigar, sin decir de dónde la había sacado.

Cerró la libreta, la devolvió a la bolsa y se sentó. Fuera, el viento movía los árboles. Se quedó así hasta que se hizo de día.

Nora Pruitt llevaba doce años en la fiscalía federal del Distrito Sur.

Josh la había conocido cuando los dos eran jóvenes y ninguno había oído hablar de un caso que durara más de una semana.

Era una mujer baja, de pelo corto y gafas gruesas, que se tomaba el café sin leche y no decía nada que no fuera a poder sostener con papeles.

Lo recibió a las diez de la mañana en una cafetería frente a Foley Square, en una mesa del fondo.

Josh dejó la bolsa sobre la mesa, sin abrirla.

—No te voy a decir de dónde viene.

Ella miró la bolsa y luego a él.

—Entonces, ¿qué me estás diciendo?

—Que contiene nombres, fechas y coordenadas.

Dakota del Norte, Montana, Wyoming. Creo que algunas son tumbas.

Creo que la persona que escribió esto es Alexey Oliev, que vivía como Jacob St. Pierre y como Arthur Beaumont, y que el FBI busca desde diciembre, desde lo de Cos Cob.

—Hizo una pausa—. Creo, no lo sé. No puedo certificar ni una sola de esas cosas.

—Josh. —Pruitt no tocó la bolsa—. Me estás pidiendo que no pregunte, y además me traes una libreta sin dueño. Con esto no consigo una orden de registro ni para un garaje. Una lista de coordenadas escrita a mano, sin que nadie pueda decir quién la escribió, no es causa probable.

—Te estoy pidiendo que busques. Lo de preguntar queda para después.

—Si abro esto, empieza una investigación. Y en una investigación, tarde o temprano, alguien te pregunta cómo llegó a tus manos.

—Lo sé.