Capítulo 23 #6
—Y hay una más, que no les prometí porque no sabía que haría falta: cómo se construyó este caso.
No les pido que decidan si el detective Martinsson mintió.
No es su trabajo. Les pido algo más sencillo: que no usen nada de lo que él dijo que no esté escrito.
El testigo anónimo no está en ningún papel.
La agresividad de la que habló no está en su propio informe.
El joven Julio contó en noviembre del año pasado lo que vio, y esta semana, casi un año después, contó otra cosa, después de que le pidieran que pensara.
La detective Vega no supo confirmar nada de eso.
Y la detective Connor Alvarado les ha dicho lo que oyó en un despacho, a mitad de la entrevista: que necesitaban acusar a alguien.
Se volvió y señaló, sin mirar, la mesa de la defensa.
—No sé quién mató a esas cuatro mujeres.
Es posible que nadie en esta sala lo sepa.
Pero no es lo que ustedes tienen que decidir.
Les corresponde decir si el Estado ha demostrado, más allá de toda duda razonable, que fue él.
Reese Ellison, Anna Pados, Michelle Leyton, Julia Parker.
Ellas merecen que esa pregunta se conteste con cuidado.
No con la primera persona que salió por la puerta.
Se sentó. No miró a Sterling.
El fiscal se levantó último. Esta vez hablaba más despacio que nunca.
—Voy a empezar por reconocer que el señor Tisdale tiene razón en una cosa. No les voy a pedir que confíen en el detective Martinsson. Si ustedes deciden no considerar nada de lo que dijo, el caso del Pueblo no depende de él.
Dejó que el jurado asimilara eso.
—Depende de esto. Cuatro mujeres sanas, jóvenes, murieron la misma noche, en el mismo salón, con la misma sustancia en el cuerpo.
Una sustancia que se traga. Comieron una cena que preparó una sola persona.
El doctor Thorne, que no trabaja para mí, que trabaja para la ciudad, dijo que lo más probable es que la nicotina estuviera en algo que ingirieron esa noche.
El señor Tisdale dice que no hay frasco.
Es cierto. Tampoco hay un frasco en el cuerpo de ninguna de ellas, y las cuatro lo tragaron.
Se acercó al banco.
—Les piden que crean que existe otra persona, un desconocido que entró, las envenenó y se fue sin dejar rastro, mientras el único que estaba allí con ellas se marchaba tranquilo a casa.
No puedo demostrarles que eso no ocurrió.
Tampoco el señor Tisdale puede demostrarles que ocurrió.
Lo que ustedes tienen delante son horas, un forense honesto y una cena.
Si después de pensarlo creen que queda una duda razonable, absuelvan.
Si no, les pido que hagan lo que hay que hacer. Gracias.
Vance les leyó las instrucciones durante cuarenta minutos, con la voz uniforme del que ha leído lo mismo mil veces.
La carga de la prueba, el significado de la duda razonable, el valor de un testimonio.
Después el alguacil los hizo salir por la puerta lateral.
Eran las tres de la tarde de un viernes.
Esperaron.
Los jurados deliberaron hasta las siete y se fueron a casa sin veredicto.
El fin de semana fue largo, y el lunes era festivo y el tribunal permaneció cerrado.
El martes por la mañana llegó la primera nota del jurado: querían que les leyeran otra vez el testimonio del doctor Thorne sobre la ventana horaria, y los resultados del laboratorio.
La secretaria de la sala lo leyó en voz alta, línea a línea, con la voz sin color de una taquígrafa.
Josh vio a la enfermera del banco cerrar los ojos mientras escuchaba.
—No sabemos qué significa —le dijo a Elías en la sala de abogados, mientras el café se enfriaba—. Nadie lo sabe.
—Siempre me toca el sitio donde cae el rayo —dijo Elías, mirando la taza—. Es una broma de Silas, de Barcelona.
—No te creas lo que dice Silas.
Genny no volvió. Josh miró varias veces la puerta del fondo en esos días y siempre estaba cerrada. Peter, en cambio, vino. Se sentó en la última fila y se quedó hasta que levantaban la sesión, sin hablar con nadie.
El miércoles a las doce y diez sonó el timbre del jurado.
La sala se llenó en cuatro minutos. Donnelly ocupó su sitio de siempre. Sterling entró con la carpeta cerrada, sin ayudantes, y se sentó. Josh tomó el brazo de Elías por debajo de la mesa y lo soltó. Estaba frío.
Vance entró, se sentó y recorrió la sala con la mirada.
—¿Ha alcanzado el jurado un veredicto?
La enfermera se puso en pie. Tenía el papel doblado en las manos y la voz firme.
—Sí, Señoría.
El secretario leyó el primer cargo, el homicidio de Reese Ellison. El silencio duró lo que dura la inspiración antes de hablar.
—No culpable.
Elías cerró los ojos.
—Homicidio de Anna Pados.
—No culpable.
—Homicidio de Michelle Leyton.
—No culpable.
—Homicidio de Julia Parker.
—No culpable.
Nadie gritó. Hubo un ruido extraño en la sala, un murmullo que no era alegría ni indignación, y detrás de él, en la tercera fila, un sollozo de mujer. Josh no se volvió. Sabía de quién era.
Vance dejó que pasaran unos segundos.
—El jurado ha cumplido con su deber —dijo al fin—. El tribunal les da las gracias. Señor Finch, queda usted en libertad. El Pueblo no tiene más que añadir. Se levanta la sesión.
El mazo cayó una sola vez, sin ruido de más.
El juez se levantó y salió por su puerta sin mirar a nadie.
Donnelly se había puesto de pie antes que nadie. Salió por el pasillo central con la cara blanca, sin mirar a los periodistas que ya se levantaban de golpe. Martinsson no estaba en la sala.
Elías se había quedado sentado. Josh le puso la mano en el hombro y él la cubrió con la suya. Fue todo lo que se dijeron. Los alguaciles le quitaron la identificación de preso y le devolvieron el reloj y los cordones.
Sterling se acercó cuando la sala empezaba a vaciarse. Traía la carpeta en una mano y la otra extendida.
—Ha sido un buen juicio, Josh.
Josh se la estrechó.
—Tú has llevado el tuyo con honestidad.
—No con toda la diligencia que debía. —Sterling bajó la voz—. Mañana pediré el expediente completo de Martinsson. Si hay más, saldrá.
—Gracias.
El fiscal asintió y se fue sin añadir nada más.
Entre la gente que salía, Josh vio a las familias. Tres de ellas esperaban sentadas todavía, sin moverse, como si el veredicto no hubiera cerrado nada. La madre de Julia Parker miraba el estrado vacío. No lloraba. Tenía un pañuelo apretado en el puño.
Elías se acercó a él, con el reloj puesto y los cordones en la mano.
—No lo hemos resuelto —dijo, en voz baja—. Seguimos sin saber quién fue.
—No.
—Entonces, ¿qué hemos hecho?
Josh miró otra vez a las familias.
—Hemos conseguido que no les valga con adivinar —dijo—. No es poco. Pero tampoco es lo que ellas querían.
Elías asintió, despacio. En la última fila, la silla donde se había sentado Peter durante dos días estaba vacía.