Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 23 #5
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Capítulo 23 #5

Peter Maco subió después. Se había puesto un traje oscuro sin corbata, y su voz, cuando dio el nombre, sonó más baja de lo que Josh esperaba. No miró a Elías, aunque estaba a cinco metros. Miró un segundo hacia la galería. Nadie de la familia de Reese había ido.

Josh fue breve. Le preguntó cómo había llegado a Elías, y Peter lo contó con los datos: los extractos de la tarjeta de Anna, el pago a Clandestino, la web. Se los había dado Rob una noche después de mucho insistir. Peter lo explicó sin esquivar que no había sido un procedimiento correcto.

—¿Qué hizo con ese nombre?

—Fui a la comisaría. Los detectives me dijeron que no tenían registrado ningún proveedor externo. Que era nuevo para ellos.

—¿Cuántos días habían pasado desde las muertes?

—Trece. —Peter hizo una pausa—. Para entonces yo ya llevaba días sin dormir y ellos aún no sabían que había un chef.

—Y después, ¿fue a ver al señor Finch a su casa?

—Sí. Me abrió. Estaba por salir a otro servicio y me recibió igual. Me preguntó si quería café.

—Objeción —dijo Sterling—. No es pertinente.

—Es pertinente si explica cómo se comportó el acusado, Señoría.

—Adelante, pero sea breve.

—¿Qué le contó el señor Finch sobre la noche de la cena?

—La hora a la que llegó y la hora a la que se fue. Lo que sirvió. Que se fijó en un ruido en el pasillo. —Peter levantó un segundo la vista—. Me lo contó sin que yo se lo pidiera dos veces. Me dijo que la policía aún no había hablado con él y que le parecía una torpeza.

—Gracias, señor Maco. No tengo más preguntas.

Sterling no tardó en levantarse. Esta vez no fue amable.

—Señor Maco. Usted ha perdido a la mujer que quería. Eso es evidente, y lo lamento. ¿Es cierto que usted hizo un trabajo de investigación por su cuenta?

—Sí.

—¿Que consiguió extractos bancarios de una de las víctimas sin autorización de su familia?

—Sí.

—¿Que fue a casa del acusado antes de que la policía hablara con él?

—Sí.

—¿Que esto ocurrió cuando usted estaba sin dormir y desesperado por encontrar una respuesta?

—Sí.

—Entonces, ¿no es posible que su juicio sobre el señor Finch esté afectado por ese dolor?

Peter tardó un momento. No miró a la fiscalía, sino al jurado.

—Es posible. Yo no sé si Elías Finch mató a Reese. Nadie lo sabe todavía. —Habló despacio—. Lo que sé es que fui a la policía con un nombre, que me dijeron que lo comprobarían, y que le pusieron una acusación formal en menos de una semana. Eso sí lo sé. Y todavía no sé quién mató a mi pareja.

Sterling dejó pasar medio segundo.

—No tengo más preguntas.

Peter bajó del estrado y pasó delante de la mesa de la defensa sin detenerse. Elías le siguió con los ojos. Cuando Peter llegó a la puerta, no se volvió.

Después del almuerzo, Josh se puso de pie con las manos quietas sobre la mesa.

—La defensa llama a Jennifer Connor Alvarado.

Nadie se movió. El alguacil abrió las puertas dobles del fondo y se asomó al pasillo. Volvió a cerrarlas.

Josh llevaba trece noches de buzón de voz, y esa mañana había llamado otra vez, desde el pasillo, mientras Vega declaraba. Seguía igual.

—Señor Tisdale —dijo Vance, mirando el reloj—. ¿Su testigo está en el edificio?

—Pido quince minutos, Señoría. Está de camino.

—No lo sabe.

—No, Señoría. No lo sé.

—¿Consta que fue notificada?

—En su domicilio, Señoría. El alguacil lo hizo constar.

—Entonces quedará constancia de que se intentó.

Vance lo miró. Josh sintió, sin necesidad de volverse, la mirada de Elías en la nuca, y la de Sterling, y la de Donnelly, que había empezado a sonreír otra vez.

—Quince minutos —dijo Vance—. Ni uno más. A las dos y media, si no ha cruzado esa puerta, daremos por cerrada la fase de la defensa y pasaremos a los alegatos.

Josh salió al pasillo. Silas y Markis se levantaron al verlo. Margaret ya tenía el teléfono en la mano, pero no había nadie al otro lado.

—¿Qué hacemos? —preguntó Silas.

—Esperar.

Esperaron. Josh miró el reloj de pared, el del teléfono y otra vez el de pared.

A las dos y veinte pensó en cómo explicarle a Elías que aquello también estaba perdido.

A las dos y veinticinco, en Genny, sola en alguna carretera.

A las dos y veintinueve el ascensor de la derecha hizo su ruido de cable y se abrieron las puertas.

Genny salió despacio.

Llevaba la misma chaqueta de cuero, y las manos metidas en los bolsillos. El pelo húmedo, sin peinar. Tenía la cara más delgada de como Josh la recordaba, y los ojos secos y muy abiertos. Caminó hasta la puerta de la sala sin acelerar.

—Genny —dijo Josh.

—Luego —respondió ella.

Pasó junto a él y entró.

La sala entera se volvió. Sterling dejó de escribir.

Vance, que había cogido ya el mazo para dar por cerrada la fase, volvió a posarlo.

Genny recorrió el pasillo central y subió al estrado.

Cuando levantó la mano derecha para jurar, la manga izquierda se le subió un par de centímetros y Josh vio el borde de un vendaje blanco, limpio.

Tenía las manos agrietadas y las uñas cortadas al ras.

Josh se acercó al estrado.

—Por favor, diga su nombre.

—Jennifer Connor Alvarado. Genny. Detective de la comisaría 112.

—¿Estuvo usted con el señor Finch la madrugada en que fue localizado?

—Sí. Entré hacia las cuatro, cuando los detectives Martinsson y otros ya llevaban horas hablando con él. Estuve con él una hora.

—¿Cómo describiría su comportamiento?

—Tranquilo. Educado. Contestó a todo lo que se le preguntó. No levantó la voz. —Se miró las manos un instante y volvió a mirar a Josh—. Era más difícil de interrogar por eso. No daba nada.

—¿Le temblaban las manos?

—No.

—¿Pidió algo al principio?

—Pidió hablar conmigo. Dijo mi nombre completo. —La voz no cambió—. Yo no lo conocía.

—¿Sabe por qué?

—No.

—Detective, esa noche, ¿habló usted con el capitán Donnelly?

—Sí. A mitad de la entrevista salí un momento. Estaba con los detectives en su despacho.

—¿Qué le dijo?

—Objeción —dijo Sterling—. Es testimonio de referencia.

—No lo ofrezco para probar que sea verdad, Señoría, sino para mostrar la actitud con que el departamento afrontó el caso.

Vance lo pensó.

—Se admite con esa limitación. El jurado lo considerará únicamente para ese fin.

—Que necesitaban acusarlo de algo —dijo Genny—. Que la acusación era una herramienta para conseguir la orden de registro, y que volviera a entrar y lo presionara hasta quebrarlo.

—¿Qué le contestó usted?

—Que no teníamos nada. Que era el único sospechoso porque era el único que habían encontrado, no porque hubiera pruebas.

Josh asintió.

—Una última cuestión, detective. Cuando usted entró en esa sala, ¿había alguna prueba que vinculara al señor Finch con la nicotina?

—No. Y que yo sepa, sigue sin haberla.

—Gracias. No tengo más preguntas.

Genny le sostuvo la mirada un segundo. Josh tuvo la impresión de que esperaba otra pregunta, y de que se alegraba de que no llegara.

Sterling se acercó al estrado más despacio que con ningún otro testigo.

—Detective Connor Alvarado. ¿Sigue usted en el cuerpo?

—No. Envié mi renuncia por correo hace tres días.

—¿Por qué?

—Porque ya no quería estar.

—¿Tuvo usted conflictos con el capitán Donnelly?

—Muchos.

—¿Siente rencor hacia él?

—Sí. —No titubeó—. Y por eso le pido al jurado que desconfíe de mí en todo lo que no esté en un papel. Lo que he dicho hoy sobre el comportamiento del señor Finch está en el informe del detective Martinsson. El resto, usted lo ha oído.

Sterling se quedó inmóvil un instante. Después asintió, casi para sí.

—Usted no presenció las primeras horas del interrogatorio, de las que habló el detective Martinsson, ¿no es cierto?

—Correcto. Hablo de la hora que yo estuve y del informe que él firmó.

—Una última pregunta. ¿Puede decir a este jurado dónde estuvo el señor Finch entre las nueve y cuarto y las diez de la noche del catorce de noviembre?

—No. No puedo.

—Gracias. No tengo más.

Genny bajó del estrado. Pasó junto a la mesa de la defensa y se detuvo un segundo delante de Elías. Él se había puesto de pie sin darse cuenta. Se miraron un segundo. Ella no dijo nada. Inclinó la cabeza un milímetro.

Cuando llegó a la puerta de la sala, Josh ya no podía verla.

Los alegatos finales empezaron al día siguiente. En Nueva York habla primero la defensa, y Josh llevaba tres noches escribiendo y rompiendo el mismo discurso.

Lo dejó en una página. Se puso de pie sin ella.

—Señoras y señores del jurado. El lunes les prometí tres cosas pequeñas: la hora, el frasco que no aparece y lo que el laboratorio no encontró. Voy a repasarlas con ustedes.

Se acercó al banco, a un metro.

—La primera es el tiempo. El doctor Thorne dijo que las cuatro murieron entre las diez de la noche y la medianoche, y que no puede decirles cuándo se ingirió la sustancia.

El señor Finch salió a las nueve y cuarto.

Entre una cosa y otra hay, como mínimo, tres cuartos de hora.

El doctor no lo descartó. Tampoco dijo que fuera lo habitual.

Eso no refuta nada. Es una dificultad para la teoría del Estado, y a ustedes les toca decidir cuánto pesa.

Hizo una pausa corta.

—La segunda es lo que el Estado no tiene.

Ni un frasco, ni un resto, ni una huella que una al señor Finch con la nicotina.

El laboratorio no la encontró en las muestras.

El doctor Thorne dijo que un negativo no prueba que no estuviera.

Es verdad. Tampoco prueba que estuviera.

El fiscal les dirá que alguien limpió. Nadie les ha demostrado que se limpiara.

No les pido que concluyan que no hubo veneno en esa casa.

Les pido que se pregunten hasta dónde puede llegar una certeza que no sabe cuándo, ni dónde, ni cómo.

Josh se detuvo un momento.