Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 23 #4
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Capítulo 23 #4

Julio Santos entró en la sala escoltado por un oficial. Tenía veinticinco años, era menudo, con el uniforme azul del edificio puesto como un disfraz que le venía grande. Estaba pálido. Buscó con la vista a Martinsson, sentado ahora en la primera fila, y apartó los ojos como si le quemara.

Sterling fue amable con él.

—Julio, ¿trabaja usted en el edificio de Hallets Point?

—Sí, señor. Mantenimiento.

—¿Estaba allí la noche del catorce de noviembre del año pasado?

—Estaba en la planta doce. Reparando una tubería. —Se retorció las manos—. Con un martillo. Toc, toc, toc. Solo hacía mi trabajo.

—¿Dónde, exactamente?

—En el pasillo de servicio, junto a los ascensores de servicio. Ese pasillo sale de la puerta de servicio del apartamento y lleva a la escalera de emergencia.

—¿Vio usted a alguien salir del apartamento de la señorita Ellison?

—Vi a un hombre. —Tragó—. Salía por el pasillo de servicio hacia la escalera de emergencia, a las nueve y veinte más o menos. Iba rápido. Casi corriendo. Llevaba una bolsa grande de cuero y se tapaba la cara con el brazo. Tenía mucho miedo.

—¿Reconoce hoy a ese hombre en la sala?

Julio levantó un dedo que le temblaba y señaló la mesa de la defensa.

—Es él. El señor Finch.

—Gracias. No tengo más preguntas.

Josh se levantó sin apuro. No fue hacia el atril. Se acercó al estrado hasta quedarse a un metro y se detuvo allí con las manos sueltas.

—Hola, Julio. Soy Josh. No voy a gritarte ni voy a preguntarte nada que no sepas. Solo quiero que me ayudes a entender una cosa. ¿Te parece bien?

—Sí, señor.

—Dices que viste a un hombre salir a las nueve y veinte. ¿Habías hablado con la policía antes sobre esa noche?

Julio miró hacia la primera fila. Josh se movió un paso a la derecha, para taparle la vista.

—Sí —dijo Julio, bajito—. En noviembre. Me llamaron.

—¿Te acuerdas de lo que dijiste en noviembre?

—Más o menos.

Josh le ofreció el DD5 con las dos manos y dejó que lo mirara.

—Esto es lo que se escribió esa semana. Voy a leerte una parte y tú me dices si es verdad. —Leyó despacio—: «Era un hombre bien vestido. Llevaba unas cajas pequeñas, como herméticas, y un maletín de tipo bandolera, de cuero bueno. Eran las nueve y quince, nueve y veinte. Pasó rápido». ¿Dijiste eso?

—Sí.

—¿Era verdad?

—Sí, señor.

—¿Dijiste en noviembre que el hombre llevaba capucha?

Julio parpadeó.

—No.

—¿Que corría?

—Dije que pasó rápido.

—¿Que se tapaba la cara con el brazo?

—No, eso no.

—¿Que tenía miedo?

—No sé. No… no lo dije.

—¿Dijiste su nombre?

—No sabía cómo se llamaba.

Josh asintió.

—Julio. Ayer, cuando fuiste a la comisaría, ¿alguien te preguntó si el hombre llevaba capucha?

El silencio se alargó. Julio se miró las manos. En la galería, alguien tosió.

—Me hicieron preguntas. Es normal, ¿no?

—Es normal. ¿Qué preguntas?

—No sé si… —Miró hacia la mesa del fiscal y luego a otro lado—. Es que no quiero meter a nadie en un lío.

—Solo te pido lo que pasó, Julio. Nada más.

Tardó en contestar.

—El detective me preguntó si estaba seguro de que no la llevaba.

—¿Qué le dijiste?

—Que no me acordaba bien. —Se pasó el dorso de la mano por la nariz—. Y me dijo que pensara. Que a veces uno ve cosas y no las recuerda. Que me haría bien recordarlas.

—Objeción —dijo Sterling, ya sin levantarse del todo—. Es un testimonio por referencia.

—Es la declaración del propio testigo sobre cómo fue interrogado —respondió Josh—. Y lo que dice, Señoría, es relevante para saber cuánto vale su identificación.

—Lo permitiré —dijo Vance, con un tono más seco de lo habitual.

—¿Te pareció que el detective te estaba ayudando a recordar, Julio, o a decir algo concreto?

—No sé. —Julio hablaba mirando al suelo—. Yo solo quería irme a casa.

—Última pregunta, y gracias. ¿Cuando dijiste que ese hombre era el señor Finch, ya lo habías visto en la televisión?

—Sí. Por eso lo reconocí.

—¿Por eso o porque lo habías visto esa noche?

—Yo… no lo sé ya. —Julio empezó a llorar sin ruido—. Lo siento. De verdad que no lo sé.

—Gracias, Julio. —Josh le puso la mano un segundo en el borde del estrado, como quien se despide, y se volvió—. No tengo más preguntas.

Sterling no repreguntó. Se quedó mirando a su testigo con una expresión que Josh reconoció: la de un hombre que descubre un agujero en el suelo que él mismo ha pisado sin saber que estaba allí.

—El Pueblo no tiene más testigos por hoy —dijo.

Vance levantó la sesión hasta la mañana siguiente.

Josh fue al baño de caballeros de la planta sexta, cerró la puerta del último compartimento y se quedó un minuto apoyado en ella. Después se lavó las manos y la cara. Al levantar la vista, vio a Sterling en el espejo.

El fiscal se había quitado la chaqueta y llevaba la corbata floja. Parecía mayor.

—Me dijo que Julio se había presentado solo y que su historia había madurado —dijo Sterling—. Martinsson. Me lo dijo con tanta naturalidad que ni siquiera lo contrasté con el informe de noviembre.

—No lo has contrastado porque confiabas en él.

—No lo he comprobado porque estaba cansado. —Sterling se apoyó en el lavabo—. Eso no me excusa.

Josh cerró el grifo.

—Retira los cargos, Bob. Sin ruido. Di que has encontrado inconsistencias en la investigación. Nadie te lo reprochará.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque sigo teniendo cuatro mujeres muertas, un chef que cocinó para ellas y un forense que dice que lo más probable es que el veneno estuviera en lo que comieron.

—Se frotó la cara con las dos manos—. Martinsson ha mentido, de acuerdo.

Voy a hablar con él esta noche, y mañana tendrás lo que haya en su expediente.

Pero eso no cambia lo que hay en los cuerpos.

—No. No lo cambia.

Josh asintió. Era justo lo que habría contestado él mismo hacía diez años.

—Pues que sigan los dos —dijo, y recogió el maletín—. Pero yo voy a llamar a Vega.

Sterling lo miró un momento.

—Ella no ha testificado nunca contra un compañero.

—Entonces será la primera vez.

A la mañana siguiente, Sterling se levantó antes de que Vance terminara de sentarse.

—Señoría, el Pueblo da por concluido su caso.

No añadió nada más. Josh pidió que se retirara el jurado y presentó la moción de rigor: una orden de desestimación por insuficiencia de la prueba.

Habló cinco minutos, sin adornos. Vance lo escuchó con las manos juntas, miró a Sterling, y la rechazó con una frase: había prueba suficiente para que el jurado decidiera.

Josh esperaba eso. Lo había pedido para que quedara en el acta.

El jurado volvió a entrar. Josh se puso de pie.

—La defensa llama a la detective Vega.

Vega cruzó la sala con una carpeta bajo el brazo y el pelo recogido en una coleta tirante.

No miró a Martinsson, sentado en la primera fila junto a Donnelly.

Tampoco a Elías. Juró con la mano derecha muy recta y se sentó con las rodillas juntas, como alguien que sabe exactamente cuánto cuesta cada cosa que dice.

Estaba allí porque Josh la había citado. Josh lo sabía, y ella también: nadie testifica contra un compañero de buen grado.

—Detective Vega, ¿cuál era su papel en la investigación?

—Segunda investigadora, bajo el mando del detective Martinsson y del capitán Donnelly.

—¿Participó en las primeras horas del interrogatorio al señor Finch, la madrugada en que lo localizaron?

—No. —Respondió sin mirar a nadie—. Estaba en el escritorio revisando los movimientos bancarios de las víctimas. Esa parte la llevaron el detective Martinsson y otros compañeros.

—¿Lo vio usted en algún momento esa noche?

—Sí. Hacia las cinco golpeé el cristal de la sala para llamar a la detective Connor Alvarado. El señor Finch estaba sentado, con las manos sobre la mesa. Tranquilo.

—¿Estuvo en el registro de su domicilio?

—Sí.

—¿Encontraron lejía?

—Un envase de cinco litros bajo el fregadero. Junto a un desengrasante, un limpiador de hornos y varios paños. Es lo que se espera en la cocina de un chef.

—¿Qué dijo el señor Finch cuando se le preguntó?

—Que la usaba a diario para desinfectar su estación, y que la normativa se lo exigía. —Hizo una pausa mínima—. Lo dijo una vez. No lo cambió.

Josh dejó que la respuesta se asentara. No miró al jurado. Miró a Vega.

—Detective, ¿existe en el expediente de la investigación alguna entrevista con un vecino que no quiso dar su nombre y que afirma haber visto al señor Finch huir con capucha?

—Objeción —dijo Sterling—. Pregunta sobre un hecho que ya ha quedado claro en el testimonio anterior.

—Quiero que la testigo lo diga ella, Señoría.

—Puede contestar.

Vega miró un instante hacia la primera fila. Josh no se movió para taparle la vista.

—No existe esa entrevista en el expediente —dijo.

—¿Le consta que se haya realizado?

—No me consta.

—Usted trabajaba a diario con el detective Martinsson en ese caso. ¿Habría sabido de ella?

—Sí. —Tragó—. Habría estado en la carpeta.

Sterling se puso en pie para el contrainterrogatorio y fue hacia ella sin prisa.

—Detective Vega. Lleva usted siete años trabajando con el detective Martinsson, ¿no es así?

—Sí.

—¿Lo considera un hombre honesto?

—Objeción, Señoría —dijo Josh, levantándose a medias—. Es una pregunta sobre carácter.

—Que la conteste —dijo Vance, tras un instante.

Vega se tomó su tiempo. Josh vio cómo le temblaba un músculo en la mandíbula, hasta que la boca se endureció.

—He trabajado con él siete años. Es un buen policía en la calle. —Miró a Sterling—. Yo respondo de lo que yo vi y de lo que está en el papel. Del resto no puedo hablar. No voy a decir lo que no vi.

La sala se quedó en silencio. Sterling asintió despacio, con una expresión que Josh interpretó como respeto.

—Una última pregunta. ¿Cree usted que el señor Finch es culpable?

—Objeción.

—Se sostiene —dijo Vance—. No se permite pedir opiniones sobre la culpabilidad. Detective, no responda.

—No iba a hacerlo —dijo Vega.

Cuando bajó del estrado, pasó junto a la primera fila. Martinsson miró fijamente al frente. Donnelly la siguió con los ojos hasta la puerta. Vega salió sin dar un portazo.