Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Epílogo
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Epílogo

Peter fue a ver a Elsie el último miércoles de octubre, la víspera de irse a Alaska.

En El Nido Tranquilo, Elsie estaba en su butaca junto a la ventana, con las agujas sobre el regazo y la labor sin avanzar, y alzó la cara cuando lo oyó entrar. Tenía el pelo más blanco que en diciembre, y las manos más pequeñas.

—Has adelgazado —dijo.

—Usted también.

—Yo estoy vieja. —Señaló la silla de enfrente—. Siéntate. No sé por qué sigues viniendo.

Peter se sentó. Había dejado el conejo en el coche, en la mochila, envuelto en el pañuelo que Elsie había bordado. Había pensado en devolvérselo y había decidido que no tenía derecho a decidir eso por ella.

—Me voy mañana —dijo—. Estaré fuera una temporada. Quería despedirme.

—Qué amable.

—Y quería contarle una cosa. —Respiró—. He estado en las Catskills, en un sitio que se llama Willow Run Lodge. Era un hotel. Hubo un accidente allí cerca, en 1997, y…

—No.

Lo dijo sin levantar la voz. Elsie había dejado de mirarlo y tenía la vista en la ventana, en el césped de la residencia, donde un jardinero recogía hojas con una máquina.

—Elsie, no le estoy diciendo que…

—Sé lo que me estás diciendo. —Cogió una aguja y la volvió a dejar—.

Llevo toda la vida sin preguntar. Cuando Reese era niña tenía un conejo en el bolsillo y no pregunté de dónde lo había sacado.

Cuando me llegaron rumores de aquel chico se lo pregunté, me juró que era mentira y la creí.

—Se encogió de hombros, un gesto pequeño—.

Mi nieta murió. Todo lo demás se lo quedan los que saben más que yo.

—No quiero quitarle nada.

—Ya me lo han quitado todo. Me queda lo que recuerdo. —Por fin lo miró—. Y lo que recuerdo es una niña que me dejaba peinarla.

Peter no insistió. Se quedó sentado en silencio un rato largo, escuchando la máquina del jardinero y, más lejos, un carrito de medicinas que rodaba por el pasillo. Elsie volvió a coger las agujas y esta vez tejió dos puntos.

Cuando se levantó, ella le agarró la mano un segundo, con una fuerza que no esperaba.

—Si te enteras de algo —dijo—, no vuelvas a contármelo. Escríbelo en un papel y guárdalo hasta que me muera.

—Elsie…

—Es lo único que te pido.

Él asintió. Le besó la frente y salió al pasillo sin darse la vuelta. En el aparcamiento se quedó un rato con las manos en el volante. Después sacó el conejo de la mochila, lo puso en el asiento del copiloto, y arrancó.

La cabaña estaba a dos horas de Anchorage, al final de un camino que en marzo seguía cubierto de nieve dura.

Era de troncos, con una estufa de hierro, dos ventanas pequeñas y un claro de nieve y abetos al otro lado del cristal.

Un amigo de la serie se la había prestado sin preguntarle cuánto tiempo pensaba quedarse.

Internet llegaba por una antena de satélite que se caía con cada nevada. Peter llevaba allí cinco meses.

No había escrito casi nada. Había caminado mucho y cortado leña mal.

En las últimas dos semanas la radio de la camioneta no hablaba de otra cosa que de un virus que acababa de cerrar un país entero y que se esperaba en Estados Unidos de un día para otro.

En la gasolinera con tienda, a cuarenta minutos, se habían agotado las latas.

El conejo estaba sobre la mesa, junto al portátil, envuelto aún en el pañuelo de Elsie. Lo había sacado de la mochila la primera noche y no lo había vuelto a guardar. Algunas tardes lo miraba. Otras se olvidaba de que estaba allí.

Se sentó delante del ordenador sin ninguna intención, con una taza de té frío al lado. Abrió el correo. Una factura, un mensaje de Josh sin asunto, un aviso de la serie que no leyó.

A las 17:14, que eran las 21:14 en Nueva York, llegó una notificación más.

Venía del panel de administración de Cine Olvidado, el blog que no actualizaba desde hacía casi dos años. El mensaje decía: Envío programado completado. Remitente: Reese Ellison. Asunto: Para Peter. Cuarto aniversario.

Peter se quedó mirando la pantalla. Fuera, el viento movió algo contra el tejado, y la estufa crujió. Pensó en cerrar el portátil. Pensó en llamar a alguien, aunque no tenía a quién. Luego puso la mano sobre el ratón, y la mano no le tembló, y eso le sorprendió.

Lo abrió.

Peter:

Si estás leyendo esto, el programador ha funcionado.

Lo dejé en la cuenta de administración del blog, la misma que monté a tu nombre con verificación en dos pasos y copia de seguridad, y que tú nunca usaste.

Lo programé para el cuarto aniversario, a la hora a la que nos conocimos.

Hay dos razones y ninguna es romántica. Quería que hubiera pasado tiempo, para que me hubieras odiado o dejado de odiarme.

Y si alguien miraba tu correo mientras investigaban, no iba a encontrar nada.

Voy a escribirlo como un informe. Es la única forma en que sé hacerlo sin parar.

Lo que hice. En Albany High había un chico, Trevor Smith.

Estaba enamorado de mí y yo lo sabía. Anna decidió que había que ponerlo en su sitio.

Yo le escribí por Skype durante cuatro días, con un guion que me pasaban las otras tres.

El último día me pidieron que le hiciera hacer algo, y lo hice, y lo grabaron.

Yo no salgo en el vídeo, lo cuidaron para eso.

Lo pusieron en el auditorio. Patricia lo vio desde la tercera fila y dejó de hablarnos.

Yo no. Trevor dejó de ir a clase. Unos días después me buscó en la biblioteca y me preguntó por qué.

Le dije que había sido una broma y que era patético.

Semanas después, en abril, se quitó la vida.

Lo escribo con esas palabras porque no tengo otras.

No me excuso. Tenía miedo de ser la siguiente, y de decepcionar a mi abuela. Son razones y no sirven.

Lo que supe después. El verano pasado fui a pedirles perdón a Patricia y a Diane, la madre de Trevor.

Diane me perdonó, y eso fue lo peor. En su casa vi una foto de Trevor de niño con un conejo de madera, blanco ya desgastado, igual que el que yo tuve de pequeña y que Elsie guardaba en una caja. Pensé que habría miles. Lo dejé pasar.

Unos días después, mientras tú terminabas un guion en el salón, vi un documental sobre un accidente en las Catskills, en 1997.

Un camión fuera de la vía, un matrimonio muerto, dos niños que nadie encontró.

En la puerta del camión había un dibujo de un conejo.

Fui al Willow Run Lodge. Un hombre que cuidaba de las ruinas me dijo que me fuera.

En el pueblo, un anciano llamado Ray me enseñó un álbum con una foto de la familia Peterson delante del hotel, con los dos niños.

La niña tenía dos años y una cicatriz en la rodilla derecha, una Z.

La tengo yo, en el mismo sitio. Elsie siempre me dijo que me caí de un columpio.

Esto no es una prueba. Es un conejo, un camión, una foto y una cicatriz.

No sé cómo se separaron los niños, ni quién me dio los papeles de una familia que no era la mía, ni por qué Elsie nunca preguntó.

Puede que me equivoque. He hecho las cuentas muchas veces y no me salen cuatro casualidades.

Si me equivoco, voy a hacerlo por algo que no era.

Si tengo razón, el chico al que humillé era mi hermano. No sé cuál de las dos es peor.

Lo que decidí. Esto no empezó con el conejo: llevaba siete años con lo de Trevor, y el conejo solo me quitó la excusa.

No voy a escribir cómo. Sí voy a escribir lo que tienes que saber.

Lo haré después de que Elías se haya ido.

Él no sabe nada. Cocina muy bien y cumple con su trabajo, y su cocina no tiene nada que ver con esto.

Me encargaré yo de todo. Compré lo que necesitaba en sitios que no se indexan, y haré lo posible para que no quede ni el envase ni nada en los vasos.

Lo hago así por Diane: no quiero que nadie vaya a su casa a preguntar por Trevor.

Ya pagó bastante cuando aceptó un cheque.

Les diré por qué. Quiero que lo sepan mientras todavía puedan oírlo. Y yo iré la última: no pienso sobrevivir a esto. Antes tengo que acabar de recoger.

Alguien tenía que haber servido esa cena, y lo supe desde el principio.

Pensé que, sin pistas, la policía lo dejaría en una intoxicación sin autor.

Pensé muy poco en Elías. Y fijé esta carta para dentro de cuatro años, que es tarde para quien pague por mí; lo sé.

Fue lo único que encontré para que no te alcanzara a ti, ni a Diane.

Si estás leyendo esto y a alguien lo han acusado por lo que pasó esa noche, enséñale esta carta a su abogado.

No para que me perdone. Para que lo suelten.

Lo que no te pido. Nada. No hay una versión de esto en la que hayas hecho algo mal. Contigo fui lo más parecido a una persona que he sido. Me gustaba tu torpeza con las contraseñas y que nunca publicaras a tiempo. El conejo está en una caja de Elsie marcada ALBANY. Quédatelo, si quieres. O tíralo.

Reese

Peter lo leyó dos veces. La segunda vez en voz baja, moviendo los labios, como cuando era niño y le daba miedo equivocarse con una palabra.

Cuando terminó, se levantó y abrió la puerta de la cabaña.

Hacía un frío limpio. El claro era una placa gris de nieve bajo un cielo que todavía no había oscurecido del todo, y al fondo, entre los abetos, se veía una luz amarilla que debía de ser la casa del vecino más cercano, a once kilómetros.

No pensó en Reese. Pensó, sin saber por qué, en la foto de Elías saliendo del juzgado, que había visto en el periódico.

Más de un año. Y todo ese tiempo había estado en un servidor, esperando una fecha.

Volvió a entrar y se sentó. Tenía muchas preguntas y ninguna iba a tener respuesta.

Quién había cambiado los papeles de una niña de dos años.

Cómo se habían separado los hermanos. Si Reese había hecho las cuentas con la cabeza de alguien que quería encontrarle un motivo a todo.

Lo único seguro era que lo había creído, y que había hecho lo que había hecho.

No lloró. Había pensado que lloraría, y esperó un rato a que pasara, pero lo único que sentía era un cansancio enorme, como el de haber cargado algo cuesta arriba muchas horas.

Cogió el conejo de la mesa. Lo desenvolvió del pañuelo, lo sostuvo en la mano. Orejas largas y caídas, lomo tosco, los ojos marcados a punta de clavo, la madera gastada por el uso. Podía ser el mismo que el de la foto de Diane, o uno igual. Nunca lo sabría.

Abrió un correo nuevo. Escribió el nombre de Josh en el campo del destinatario y se quedó mirando el cursor.

Josh sabría qué hacer con esto, o al menos sabría a quién enseñárselo.

Elías tenía derecho a saber que alguien lo había sabido todo el tiempo, y que la persona que lo sabía nunca le había deseado ningún daño.

Diane tenía derecho a que nadie hablara de su hijo sin pedirle permiso.

Elsie había pedido que se lo escribiera en un papel y se lo guardara hasta que se muriera.

Las familias de Anna, de Misha y de Julia no habían pedido nada, y seguirían sin saber quién había sido, y quizá era mejor así.

Peter no podía decidir todo eso desde una cabaña de troncos a miles de kilómetros de nadie.

Escribió: Josh. Tengo algo que enseñarte.

No es una prueba. Es una carta. Léela antes de contárselo a nadie.

Adjuntó el mensaje de Reese. Con el cursor sobre «Enviar», pensó en la frase de Elsie, escrita en un papel y guardada hasta que ella muriera, y en que acababa de hacer exactamente lo contrario. Tardó un rato. Después pulsó.

La notificación de entrega tardó casi un minuto en aparecer. Peter cerró el portátil, se puso el abrigo y salió a la nieve con el conejo en el bolsillo. No sabía adónde iba. Caminó hasta el final del claro y se quedó allí de pie, mirando los abetos, hasta que se hizo de noche.